En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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capítulo 9: Supervivencia.
Hoy, el sol se alzó más temprano de lo habitual, tiñendo el horizonte de un presagio cálido. Era la promesa de que el cruel invierno por fin se retiraba, dejando tras de sí un rastro de agotamiento y pérdida. Este invierno había sido particularmente duro, incluso más que los anteriores. El trabajo era implacable, las horas se estiraban sin un momento de descanso, y la ración de comida seguía haciendo una porción al día.
Los últimos dos años, no habían llegado más esclavos ni campesinos a la hacienda. La ausencia de refuerzos, sumada a las condiciones inhumanas, había cobrado un precio terrible, habían perdido a muchos de ellos, sus cuerpos y espíritus quebrando bajo la carga. Era una realidad devastadora.
Mientras tanto, en el otro lado de la hacienda, los señores disfrutaban de su mejor momento. La ganadería florecía, la venta de pieles generaba cuantiosas ganancias y las cosechas se recogían a montones. La prosperidad de los amos contrastaba brutalmente con la miseria de quienes la hacían posible.
Al llegar el atardecer, la luz dorada se desvanecía en tonos rojizos, y los esclavos comenzaron a reunirse, sus cuerpos cansados y ansiosos por la única porción de comida del día. La costumbre, el único consuelo en sus vidas, los llamaba. Pero la espera se alargó. Los minutos se convirtieron en una eternidad, y el silencio expectante se rompió con los primeros murmullos. La incertidumbre pronto dio paso a la ira, y la ira se transformó en una angustia palpable que se apoderó del lugar. La comida no llegó.
"Cálmense, ya vendrán, no desesperen", dijo Águeda, su voz un murmullo cansado intentando sofocar la creciente ola de impaciencia. Pero la calma era un lujo que ya no podían permitirse.
"Esa gente pretende matarnos a todos de una vez", espetó un joven, su voz cargada de una desesperación . "Son las cocineras que terminan su trabajo y se olvidan de nosotros", añadió otro.
Un joven sentado en el suelo, empuñó su hacha con firmeza. "Si voy a morir, no será de hambre. ¡Digo que vayamos por nuestra comida!". La idea, peligrosa y audaz, prendió en muchos. El miedo al castigo era inmenso si el reclamo llegaba a oídos de los señores, pero el hambre era una bestia aún más temible.
Un grupo de hombres, con la luna como único testigo, esperó hasta que el disco plateado ascendiera en el cielo nocturno y se dirigieron sigilosamente hacia la casona. Allí, a través de una ventana iluminada, vieron a dos mujeres, las mismas que debían entregarles el alimento, bebiendo cocido con pan, riendo plácidamente, ajenas a sus deberes y a la agonía que esperaban. La furia de aquellos hombres brotó, caliente y desenfrenada. Con ruidos calculados, hicieron que las mujeres se acercaran al parque. Una vez afuera, las atacaron con una furia contenida, desesperados por ingresar y tomar la comida que les pertenecía.
En medio del terrible altercado, una tercera mujer se acercaba. Fue entonces cuando Esperanza, quien había seguido a los hombres desde la distancia, actuó con rapidez. La detuvo, arrastrándola y escondiéndola detrás de uno de los grandes pilares de piedra que sostenían la casona.
"Si te descubren, estarás acabada", susurró Esperanza, la urgencia en su voz.
"¿Por qué? ¿Por qué hacen eso?", preguntó la mujer, el terror en sus ojos.
Esperanza exhaló un suspiro ahogado, cargado de dolor y comprensión. "Lo hacen por supervivencia, por no ver a los niños y ancianos morir de hambre".
Los gritos de las mujeres de la cocina, que poco a poco se desvanecían en el silencio nocturno, fueron interrumpidos por un nuevo sonido, el golpe sordo de los palos. Un grupo de campesinos, alertados por el alboroto, se aproximó contra el grupo de esclavos. Algunos lograron huir, deslizándose entre las sombras de regreso a las casillas, pero otros no tuvieron tanta suerte. Ante los ruidos y la violencia, la casona entera comenzó a iluminarse, vela tras vela, una luz fría que revelaba la gravedad de la situación.
Los señores estaban despiertos, y todos en la hacienda sabían el terrible precio que se pagaría por tal ofensa. La noche, que había empezado con hambre, terminaba con la amenaza de un castigo brutal.