Llegué a la selva con miedo.
Me quedé por su protección.
Y sin darme cuenta… encontré un hogar.
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Capítulo 9 – Cuando el mundo responde
Aiden despertó con una calma distinta.
No era solo que el calor hubiera desaparecido, ni que su cuerpo ya no se sintiera extraño. Era algo más profundo: una sensación de equilibrio, como si por fin su cuerpo y su mente estuvieran caminando en la misma dirección.
Se sentó lentamente y observó sus manos. Eran las mismas… y al mismo tiempo, no lo eran. Había fuerza en ellas, una seguridad nueva en la forma en que se movían. Se puso de pie y caminó fuera de la vivienda.
La selva lo recibió.
Los sonidos ya no lo abrumaban. Los distinguía con claridad. El canto lejano de un ave, el crujido suave de una rama, el murmullo del río. Todo parecía hablarle en un idioma que ahora entendía.
—Buenos días.
La voz lo hizo girarse.
Era una de las hembras adultas de la tribu. Le sonrió con calidez, sin condescendencia.
—Dormiste bien —dijo—. Tu aroma ha cambiado.
Aiden se sonrojó levemente, pero no bajó la mirada.
—Creo que… sí.
Ella asintió, satisfecha.
—Has pasado tu primer umbral.
A lo largo del día, lo notó una y otra vez. Las miradas ya no eran solo protectoras, sino respetuosas. Los más jóvenes se le acercaban con curiosidad, los adultos escuchaban cuando hablaba. Nadie lo trataba como algo frágil.
Raegor apareció al mediodía.
Se detuvo al verlo.
Aiden estaba de pie bajo la luz que atravesaba las hojas, con la piel clara iluminada, el cuerpo relajado, la mirada firme. Ya no había confusión en sus ojos. Había presencia.
Raegor se acercó despacio.
—Te ves distinto.
Aiden levantó la vista y sonrió.
—Me siento distinto.
Caminaron juntos hacia el río, como tantas otras veces, pero el silencio entre ellos no era el mismo. No era incertidumbre. Era comprensión compartida.
—Raegor… —dijo Aiden al fin—. Ya no tengo miedo de lo que siento. Aún no lo entiendo todo… pero sé que quiero quedarme. Aquí. Contigo.
Raegor se detuvo.
Sus ojos dorados se suavizaron.
—Eso es todo lo que necesitaba escuchar.
Se arrodilló frente a él, no como un gesto de dominio, sino de respeto. Tomó las manos de Aiden entre las suyas.
—Aún no te pediré el vínculo —dijo con voz firme—. Esperaré a que el tiempo sea correcto. Pero quiero que sepas algo.
Aiden contuvo la respiración.
—Cuando llegue ese día… si aún me eliges… te pediré que camines a mi lado como mi compañero. No por deber. No por instinto. Por elección.
El pecho de Aiden se llenó de una emoción profunda, cálida, serena.
—Te elegiré —respondió sin dudar—. Ya lo estoy haciendo.
Raegor inclinó la frente hasta tocar la suya. No hubo beso. No hizo falta. El gesto estaba cargado de promesa.
Esa noche, la tribu encendió el fuego central.
No hubo anuncio formal, pero todos lo sabían. Aiden ya no era solo el humano perdido que había llegado herido desde otro mundo. Era alguien que había crecido, resistido y florecido.
Cuando se sentó junto a Raegor, apoyándose contra su costado, no hubo timidez.
Solo paz.
Mientras el fuego danzaba y la selva cantaba alrededor, Aiden pensó que tal vez no había sido transportado por accidente.
Tal vez había sido llamado.
Y esta vez, por primera vez en su vida, respondió sin miedo.