Felicity siempre ha vivido para servir a su familia.. Pero, ahora cuando se siente madura y en paz, tiene la posibilidad de volver a empezar..
* Esta novela es parte de un universo mágico *
** Todas novelas independientes **
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Boda Fantine
Cuando el carruaje cruzó los portones de la mansión Scriew, el sol comenzaba a descender, tiñendo de dorado los jardines perfectamente cuidados. A ambos lados del camino principal, antorchas encendidas y estandartes de la casa ondeaban suavemente, como si Deira entera se hubiera preparado para recibirlas.
Antes incluso de que el carruaje se detuviera por completo, se escuchó música proveniente del interior de la mansión.
Las puertas se abrieron y los anfitriones ya los esperaban. Criados alineados, mesas dispuestas con elegancia y el aroma de platos recién preparados llenaban el aire. El banquete había sido organizado con esmero, no solo como muestra de hospitalidad, sino como una celebración anticipada de la unión que estaba por venir.
Fantine descendió del carruaje con los ojos abiertos de par en par, incapaz de ocultar su felicidad. Llevaba una sonrisa radiante, de esas que nacen sin esfuerzo, y sus manos se entrelazaron de inmediato, nerviosas y emocionadas a la vez.
—Es… es maravilloso —susurró.
A su lado, Felicity ayudó a bajar a Florence y luego se incorporó con calma, observando la escena con atención. No buscaba deslumbrarse; buscaba asegurarse de que su hermana estuviera bien, cómoda, feliz. Y al verla así, tan luminosa, sintió algo que pocas veces se permitía sentir: una alegría plena, sin reservas.
Mientras eran guiadas al interior, Fantine reía, agradecía, se inclinaba con cortesía, pero cada tanto giraba la cabeza para buscar a Felicity, como si necesitara confirmar que ella estaba allí. Y Felicity siempre respondía con una leve inclinación de cabeza, una sonrisa cómplice.
Florence, fascinada por las luces y los sonidos, balbuceaba feliz, apoyada contra el hombro de Felicity.
El salón del banquete era amplio y cálido. Las mesas rebosaban de frutas, carnes, panes y copas brillantes. La música llenaba el espacio sin ser invasiva, y el ambiente estaba impregnado de expectativa y celebración.
Fantine estaba feliz.
Pero Felicity lo estaba aún más, porque esa felicidad no le pertenecía a ella… y aun así la sentía como propia. Porque ver a su hermana amada, bienvenida y celebrada, hacía que todo el sacrificio, el cansancio y las dudas hubieran valido la pena.
Mientras Fantine era guiada a su lugar de honor, Felicity permaneció a un paso de distancia, con Florence en brazos, observando en silencio, con el corazón lleno.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía que estaba sosteniendo el mundo sola.
En Deira, rodeadas de luces y risas, las hermanas Dagger estaban exactamente donde debían estar.
Al día siguiente, la mansión Scriew despertó antes del alba. El aire estaba impregnado de expectativa y emoción, como si incluso los muros supieran que aquel no sería un día cualquiera. Criados iban y venían en silencio apresurado, las flores frescas llenaban los pasillos y la música suave comenzaba a ensayar en el patio interior.
Era el día de la boda de Fantine y Miles.
En los aposentos de la novia, la luz de la mañana entraba tamizada por cortinas claras. Fantine estaba sentada frente al espejo, con el cabello suelto aún, las manos entrelazadas sobre el regazo, respirando hondo para calmar los nervios. Y a su lado, como había estado siempre, se encontraba Felicity.
Fue ella quien ayudó a ajustar el corsé con cuidado, quien sostuvo las telas mientras la modista hacía los últimos arreglos, quien recordó cada pequeño detalle: las flores correctas, el velo bien colocado, el broche heredado de su madre prendido en el lugar exacto.
Entre una cosa y otra, Felicity no dejó de atender a Florence. La pequeña iba de unos brazos a otros, pero siempre regresaba a los de ella. Felicity la mecía, le susurraba palabras suaves, le acomodaba el pequeño vestido que la modista había confeccionado, tan delicado que parecía hecho de luz.
—Tranquila, pequeña —murmuraba—. Hoy es un día feliz.
Fantine observaba la escena a través del espejo, con los ojos humedecidos.
—No sé qué haría sin ti —dijo en voz baja.
Felicity sonrió, ajustando una cinta con manos firmes.
—Todo saldrá bien. Hoy solo debes ser feliz.
Cuando llegó el momento de caminar hacia la ceremonia, Fantine tomó aire, temblorosa. Felicity se acercó y acomodó un mechón rebelde detrás de su oreja, como lo había hecho desde niñas.
—Mírame —le dijo—. Estás hermosa… y no estás sola.
La ceremonia fue hermosa y serena. Bajo arcos de flores, Fantine avanzó con paso firme, y Miles la esperaba con una mirada llena de emoción sincera. Las palabras fueron claras, las promesas honestas, y cuando intercambiaron los anillos, el murmullo de aprobación recorrió a los presentes.
Felicity observaba desde un costado, con Florence dormida en su pecho, su pequeño peso cálido como un ancla. No lloró, pero su corazón estaba lleno hasta el borde. No de envidia, ni de nostalgia, sino de orgullo y amor.
Cuando Fantine y Miles se besaron y fueron declarados esposos, Felicity fue la primera en sonreír, la primera en aplaudir suavemente para no despertar a Florence.
Ese día, Felicity no fue solo la hermana mayor.
Fue el sostén invisible, la mano que ordenó el caos, el corazón que cuidó a todos.
Y mientras la música se elevaba y la celebración comenzaba, supo que, aunque siempre se preocupara por los demás, ese día también había ganado algo: la certeza de que el amor que había dado volvía a ella, multiplicado.
🤣🤣
Ahora con Florence recién nacida vuelca ese amor 🥰