Abril sabe lo que es amar hasta perderse a sí misma.
Cuando acepta un trabajo inesperado, jamás imagina que la llevará a conocer a Darío, un hombre atrapado en una relación donde los celos, el control y la manipulación se confunden con amor.
Él cree que su pareja lo cuida. Ella sabe que lo está destruyendo.
Mientras Abril intenta ayudarlo a abrir los ojos, se ve envuelta en un triángulo peligroso donde los sentimientos reales chocan con secretos, mentiras y decisiones que pueden romperlo todo.
¿Es posible amar sin dolor cuando el pasado aún sangra?
¿O algunas personas están destinadas a perderse antes de encontrarse?
Corazones en Juego es una historia intensa sobre relaciones tóxicas, segundas oportunidades y el valor de elegir un amor que no duela.
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Capítulo 17: Límites que duelen
Abril cerró la puerta de su apartamento con cuidado, como si temiera que cualquier ruido demasiado fuerte pudiera romper algo frágil dentro de ella. Se apoyó unos segundos contra la madera, respirando hondo. La conversación con Darío aún le vibraba en el pecho, no como un eco lejano, sino como una presencia insistente.
No había sido una discusión. Tampoco una reconciliación. Había sido algo más difícil: una conversación honesta.
Se quitó los zapatos y caminó descalza hasta la sala. Dejó el bolso en el sofá y se sentó frente a la ventana, mirando las luces de la ciudad. Pensó en lo fácil que habría sido ceder, volver a lo conocido, abrazar la costumbre aunque doliera. Pero también pensó en todo lo que le había costado aprender a decir no sin sentirse culpable.
Por primera vez en mucho tiempo, había puesto un límite sin gritar, sin llorar, sin justificarse de más.
Y eso, aunque correcto, dolía.
Su teléfono vibró sobre la mesa. El nombre de Darío apareció en la pantalla. Abril lo miró durante varios segundos sin tocarlo. No era miedo lo que sentía, era precaución. Finalmente, tomó el celular y leyó el mensaje.
“No escribo para cambiar lo que dijiste. Solo para decirte que lo entendí. Y que me duele, sí… pero creo que era necesario.”
Abril cerró los ojos. Esa frase era distinta a todo lo que había escuchado antes de él. No había reproche, ni presión, ni promesas vacías. Solo aceptación. Sus dedos se movieron despacio sobre la pantalla.
“Gracias por entender. Eso no lo hace más fácil, pero sí más real.”
Envió el mensaje y dejó el celular boca abajo, como si así pudiera contener lo que sentía. Se levantó y fue a la cocina. Preparó una taza de té aunque no tenía sed. Necesitaba el ritual, el movimiento, algo que la mantuviera en el presente.
Mientras el agua hervía, pensó en Victoria.
En cómo su sombra aún aparecía en los silencios de Darío, en las pausas que él hacía antes de responder ciertas preguntas, en la forma en que evitaba algunos temas como si fueran minas a punto de estallar. Abril nunca había competido con ella, pero tampoco había sido ajena a su presencia invisible.
Y ahora, por primera vez, Darío parecía enfrentarlo.
Darío, por su parte, caminaba sin rumbo por su apartamento. Había dejado el teléfono sobre la mesa después de enviar ese mensaje, como si temiera arrepentirse. Se pasó una mano por el cabello y soltó una risa breve, sin humor.
Decir “lo entendí” había sido más difícil de lo que esperaba.
Se sentó en el borde de la cama y miró el suelo. Pensó en Victoria, en todo lo que había permitido, en las veces que confundió control con amor y costumbre con estabilidad. Pensó también en Abril, en su forma de hablar sin levantar la voz, en cómo decía las cosas difíciles sin herir a propósito.
Ella no le había pedido que eligiera entre dos mujeres.
Le había pedido que se eligiera a sí mismo.
El teléfono vibró de nuevo. Esta vez no era Abril. Era Victoria.
Darío lo miró con el estómago apretado. Dudó, pero respondió.
—Hola —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía.
—¿Por qué no contestabas? —preguntó ella, sin saludo previo.
Darío respiró hondo.
—Porque necesitaba pensar.
Hubo un silencio breve, cargado.
—¿Pensar en qué? —insistió Victoria.
Darío cerró los ojos.
—En nosotros. En lo que somos. En lo que ya no funciona.
La reacción no se hizo esperar. Victoria habló rápido, con ese tono que él conocía demasiado bien, mezclando reproche con falsa calma. Darío escuchó sin interrumpir, algo que antes no habría hecho. Cuando ella terminó, él habló despacio.
—No quiero seguir así —dijo—. No quiero sentir que cada paso que doy tiene que ser aprobado.
Victoria rio, incrédula.
—¿Eso te dijo ella? —preguntó.
—No —respondió Darío—. Eso me lo estoy diciendo yo.
Esa frase cambió el aire de la conversación. Victoria se quedó en silencio unos segundos más de lo habitual. Cuando volvió a hablar, su voz ya no era la misma.
—Entonces ya decidiste —murmuró.
Darío no respondió de inmediato. Miró la pared, la ventana, su reflejo en el vidrio.
—Estoy empezando a hacerlo.
Colgó poco después, con el corazón acelerado y una extraña sensación de vértigo. No era alivio completo, pero tampoco culpa. Era algo nuevo.
Responsabilidad emocional.
Esa noche, Abril se acostó más tarde de lo habitual. Miró el techo durante largo rato, repasando cada palabra dicha y no dicha. Sabía que poner límites no garantizaba finales felices, pero sí relaciones más honestas.
Antes de dormir, tomó su teléfono una última vez. Había un nuevo mensaje de Darío.
“No te escribo para pedirte nada. Solo quería que supieras que hoy di un paso que llevaba años evitando. Gracias por no soltarme la mano… incluso cuando decidiste no tomarla.”
Abril sintió un nudo en la garganta. No respondió de inmediato. Dejó el teléfono sobre la mesa y apagó la luz.
Por primera vez, no sentía que estuviera perdiendo a alguien.
Sentía que se estaba encontrando a sí misma.
Y eso, aunque dolía, también era una forma de amor.
pero más gracias por una historia muy diferente...
definitivamente cuando la obsesión y los celos te nublan el juicio te vuelves peligroso porque no entiendes de razones...
no va a dejarlo tan fácil
si vuelve siempre fue para ti, si no nunca lo fue...
Camila en verdad tiene serios problemas