Una vez más Thiago (Rayo) tendrá que enfrentar a sus amigos, pero está vez su estrategia será otra,.
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Un hilo invisible.
—Alberto, dime algo, y quiero que ustedes también lo escuchen. ¿Cómo pretendes liderar si desde ahora no confías en ti?
¿Crees que si le das una orden a uno de ellos no te hará caso? Por Dios, Alberto, manipulabas a Javier, y Berni siempre te ha encubierto. Y Efraín… a él lo enviaste en mi jet a Francia solamente por un antojo o capricho.
Al escucharlo, Alberto sonrió y respondió:
—No era un capricho. En verdad se me hizo la boca agua cuando vi esa pizza en el comercial. Además, ellos también comieron.
Alberto señaló a sus dos secuaces.
—Ya pasó, tu castigo fue cruel, pero el hecho es que, si desde niño lo hacías, ¿a qué le temes ahora?
—Papá, ahora es diferente. Quizás de niño no veía cosas que ahora sí. No solo mi cuerpo ha crecido, sino también mi capacidad para razonar. El caso es que yo sé perfectamente que ellos te guardan lealtad —comentó Alberto, dejando ver un poco de lo que siente.
—Eso no tiene nada que ver. Así te obedezcan o no, ellos son leales a mí. Eso nunca cambiará.
—Alberto, quiero que entiendas algo: un líder da una orden y se tiene que cumplir. Si te equivocas, entonces aprendes de tu error y lo corriges. Pero si te paras delante de ellos y titubeas al momento de ordenar algo, entonces no te tomarán en serio.
—Mi padrino tiene razón, Alberto. Tú siempre has demostrado tener madera de líder.
El joven apretó los puños.
—Les avisaré cuando esté listo para realizar el primer movimiento. El mensajero y hombre de confianza seguirá siendo Berni.
Frente a él, Rayo sonrió y añadió:
—Esperaré ese mensaje.
¿Acaso Rayo transmitió algo… un mensaje oculto?
Quizás lo sepamos más adelante. No obstante, el CEO sí dejó algo claro.
—Santi, anoche te escuché, y déjame decirte que no serás parte de esto. Aún eres menor de edad, te faltan algunos meses. Además, Douglas me encomendó tu vida; mi hijo me dio su confianza.
—Abuelo… —Santi inclinó la cabeza con desánimo.
—Quizás más adelante, pero no ahora —afirmó el hombre, decidido.
Recordemos que Santiago es su primer nieto y, como tal, lo cuida, lo ama y lo protege. Hijo del gran Douglas Beach, un hombre que llegó a completar una parte importante del gran Rayo. Douglas tiene un carisma sin igual: las adversidades siempre las enfrentó con una sonrisa, viendo el lado bueno de las cosas.
Una anécdota que nunca olvidará de su hijo fue cuando los malhechores del Cuervo lo capturaron. Con las armas apuntando a su cabeza, hizo una petición: el joven se atrevió a exigir un último deseo.
Solo él… solo Douglas Beach se atrevió a tanto. Pues detrás de sus elocuencias se esconde un hombre decidido, que primero actúa y luego piensa; es el más osado de los gemelos.
Lo que nadie imaginó es que Santiago absorbió esa esencia de su padre.
Pues sí… Santiago tiene mucho del gran Douglas. Y una de esas cosas es su persistencia, pero eso lo veremos más adelante.
—Abuelo, no te puedo llevar la contraria —dijo el joven con una sonrisa, pero detrás de su espalda cruzó los dedos. ¿Acaso piensa desobedecerlo?
—Bien, entonces estaremos esperando a que Alberto esté listo para la tormenta. Ahora iremos a dejar a mi ahijado; su madre está deseando verlo —dijo Rayo, tomando sus llaves sin esperar.
Aquello dejó a los chicos sorprendidos.
—¿Iremos contigo? —preguntó Alberto.
—Por supuesto. El fin de semana es muy corto, Santiago volverá al internado. Quiero aprovechar; pasaremos el día juntos.
—Efraín preparó el equipo de pesca —contestó mientras llegaban al auto.
—Padrino, eso es injusto. Me dieron en el corazón… hacen planes delante de mí, sabiendo que me gusta estar con ustedes.
—Lo siento mucho, pero recuerda a tu madre. Te prometo que luego iremos contigo. Eres parte de esta familia y todavía hay muchos planes a futuro —afirmó Rayo.
Pero en el fondo sentía un poco de temor. Sabía que, mientras él disfrutaba de esa tranquilidad, lejos de ellos se preparaban para enfrentarlos. Y esta vez, su enemigo había atacado a su hijo. Atacó su corazón… ese joven que iba sonriendo a su lado era una parte de él, y quizás el que más había protegido.
Lo único que lo tranquilizaba era que Alberto siempre fue tenaz. Desde el vientre hizo las cosas a su manera. Supieron que sería varón el mismo día que nació, y no era tiempo: llegó al mundo mientras el CEO pasaba por una oportunidad de vida o muerte.
Y no solamente eso… fue el único Beach que rompió la genética. Esa familia se caracteriza por un color de ojos peculiar: verde esmeralda. Pero Alberto se parecía a su padre, con el color de ojos de los Cedeños, celeste como el cielo en calma.
Si tan solo fuera eso… pero desde niño hizo lo suyo. No solamente movió sus cartas para el rescate de su madre, sino que también presintió una tragedia y envió a sus hermanos mayores a ayudar a Rayo. Douglas fue quien le disparó a Sean antes de que él acabara con su padre; los rescató a ambos, dejando ver que, para él, sus padres eran lo primordial.
—¿Papá…? —la sonrisa de Alberto desapareció al notar que Rayo lo miraba. En ese momento sostuvo la mano de su padre y añadió—: El gran Rayo… Thiago Beach… siempre me llevaba en su auto, así, de la mano, como si yo pudiera escapar de aquí. Pero lo disfruté.
Alberto estiró la palma de su padre y puso la suya sobre ella.
—Aún es más grande la tuya, pero eso es bueno… porque sé que me falta mucho para igualarte. Tus manos aún envuelven las mías, y eso significa que seguirán protegiéndome… siempre.
Rayo lo escuchó en silencio, y en su pecho sintió un orgullo mezclado con miedo. Orgullo por el hombre que su hijo estaba llegando a ser… y miedo, porque sabía que un día esas manos ya no necesitarían las suyas.
—Pa… no creas que no capté el mensaje. Sé que, detrás de todo lo que haga, detrás de mí, siempre estarás tú… el gran Rayo. Así que vamos juntos.
—No se lo digas a nadie… —le susurró Thiago, con una complicidad que solo ellos entendían.
Alberto —o mejor dicho, su Rayito— no solo entendió las palabras: las sintió. Desde siempre han tenido esa conexión que nadie explica, ni siquiera sus hermanos. Incluso Nicole, más de una vez, se ha quedado observándolos en silencio… consciente de que, aunque el tiempo pase, siempre habrá un hilo invisible que unirá a padre e hijo.
Y allí, en medio del ruido de motores y voces, Thiago lo supo: podían venir guerras, pérdidas y tormentas… pero mientras sus manos siguieran enlazadas, ninguna fuerza en la Tierra podría separarlos. Porque algunos lazos no se rompen con el tiempo ni con la distancia… se forjan en la sangre, en la memoria y en el corazón.