Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.
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Capítulo 22
Seguimos al Dr. Javier por el pasillo en silencio. El sonido de nuestros pasos parecía demasiado fuerte a esa hora. Antes de entrar en la habitación, se detuvo y se giró hacia nosotros.
—Ella está despierta —dijo en voz baja—. Pero está débil. Eviten conversaciones largas. A veces, solo la presencia ya lo dice todo.
Asentí. Mallory me apretó la mano una última vez antes de ponernos uno al lado del otro.
Cuando entramos, vi a mi abuela recostada en la cama, con el rostro más pálido, pero los ojos atentos. Tan pronto como me vio, una pequeña sonrisa apareció en sus labios. Esa sonrisa que siempre me desarmó.
—Tardaste, muchacho —bromeó, con la voz baja, pero dulce.
Sentí que se me formaba un nudo en la garganta. Hice fuerza. Toda la fuerza que tenía. No podía llorar allí. No delante de ella.
Arrastré la silla despacio hasta cerca de la cama. El ruido de la pata raspando el suelo sonó más alto de lo que debía, pero a ella no pareció importarle. Me senté y, sin pensarlo mucho, me incliné, apoyando la cabeza en su pierna como hacía cuando era niño. El tejido fino de la ropa, el calor familiar… todo aquello era hogar.
Tomé su mano con cuidado, entrelazando mis dedos con los suyos. Sonreí, aun sintiendo el pecho arder.
—Estoy aquí, abu —dije, intentando mantener la voz firme—. No te libras de mí tan fácil.
Ella pasó la mano despacio por mi cabello, con un gesto lento, pero lleno de intención.
—Lo sé —murmuró—. Siempre estuviste.
Me quedé allí, respirando despacio, contando mentalmente cada inspiración para mantener las lágrimas donde estaban. Mallory permaneció al otro lado de la cama, en silencio, observando con los ojos aguados, respetando aquel momento que era solo nuestro.
No hablamos mucho. No hacía falta. La habitación estaba llena de cosas no dichas, de memorias, de amor acumulado a lo largo de una vida entera.
Y en aquel instante, con la cabeza apoyada en su pierna y la mano unida a la mía, entendí: incluso en medio del dolor, aún existían momentos que valían la pena ser vividos hasta el final.
Entre los pasillos del hospital
El Dr. Javier empujaba la silla de ruedas despacio, respetando el ritmo corto de la respiración de Doña Rosalía. Ella sujetaba el brazo de la silla con fuerza, como si aquello la mantuviera anclada allí.
—¿Está cómoda así, Doña Rosalía? —preguntó, con la voz calmada de quien ya había hecho esa pregunta muchas veces.
Ella asintió con la cabeza, pero tardó en responder.
—Cómoda… —murmuró—. Dentro de lo posible.
Ya en la sala de exámenes, la enfermera se acercó con el material. Doña Rosalía extendió el brazo sin reclamar, la piel demasiado fina bajo la luz blanca.
—¿La señora está sintiendo dolor ahora? —preguntó el médico, acercándose a ella mientras la enfermera preparaba la extracción.
Ella respiró hondo antes de responder. El aire entró superficial, salió con dificultad.
—En el pecho —dijo, llevando la mano despacio hacia el lado del tórax—. Parece que tengo algo pesado aquí dentro… como si nunca consiguiera llenar los pulmones de verdad. Y a veces… —hizo una pausa corta, tragando saliva— a veces me duele hasta en la espalda. Como un cansancio que no se va nunca.
La enfermera lanzó una mirada rápida al médico, pero continuó el procedimiento con cuidado.
—Vamos a ajustar la medicación para aliviar eso —respondió Javier—. Y después de los exámenes, vamos a conversar sobre los próximos pasos. Sobre el tratamiento, lo que puede suceder…
Doña Rosalía soltó un pequeño suspiro, casi una risa sin humor.
—Doctor —interrumpió, girando el rostro para encararlo—, usted no necesita explicarme todo eso.
Él vaciló.
—Sé que la señora ya ha conversado antes, pero es importante que entienda—
—Entiendo —cortó de nuevo, con una firmeza sorprendente para alguien tan frágil—. Sé que voy a morir.
El silencio cayó pesado en la sala.
El médico abrió la boca para decir algo, pero ella continuó, la voz baja, pero muy clara:
—No hoy. Tal vez no mañana. Pero no va a tardar. Mi cuerpo ya me está avisando hace tiempo.
La enfermera terminó la extracción y se alejó discretamente, dándoles espacio.
Doña Rosalía apretó la mano del médico con la poca fuerza que aún tenía.
—Solo le pido una cosa —dijo—. Cuando vaya a hablar con mi nieto… no sea demasiado directo.
—¿Elias? —preguntó Javier, suavemente.
Ella asintió.
—Él es sensible. Se guarda todo para dentro. Si usted llega hablando de muerte, de tiempo, de porcentajes… lo va a quebrar. —Sus ojos se humedecieron, pero la voz no falló—. Diga despacio. Con cuidado. No asuste a mi niño.
El médico respiró hondo, con respeto.
—Lo prometo —dijo—. Voy a conversar con él del modo más humano posible.
Doña Rosalía cerró los ojos por un instante, cansada.
—Gracias, doctor —murmuró—. Ya basta con que yo tenga miedo. No es necesario que él también lo tenga.
Recostó la cabeza en la silla, exhausta, mientras era llevada fuera de la sala.
Y, aun allí, al borde del final, todo lo que aún conseguía hacer era proteger a quien amaba.