Esta es la historia de una mujer, una madre, recien separada, y de su pequeña hija. Risas, llanto, inseguridad y amor
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Buscando fuerzas
La vida en casa trataba de seguir una línea normal a pesar del cuco. Directamente, no lo veíamos como parte del círculo familiar, sino como una presencia constante opresora. No era culpa nuestra, él no era capaz de compartir nada pacíficamente, siempre aportaba tensión a cada situación, siempre estaba disconforme, siempre tenía un gesto desagradable para cortar todo buen rollo. Mili estaba cada vez más grande y aventurera, comenzaba a llevarse todo a la boca, quería jugar con los perros, se reía todo el tiempo, descubriendo el mundo en cada color, cada movimiento, en cada gesto de amor que recibía. Era una niña sana y feliz. Los chicos amaban a su hermana, y dejaban de lado sus intereses adolescentes cuando se trataba de ella. Amaban llevarla a pasear por la cuadra, hacer carreras con el coche en el patio, y jugar a la pelota con ella en brazos mientras se agitaba feliz entre risas. Durante el día, mi mamá y yo hacíamos los quehaceres, conversábamos y coordinábamos los ratos en que yo debía salir a trabajar, porque a Mili esa parte no la convencía para nada. Era un escándalo de proporciones épicas, cada vez que descubría que yo había salido. No se resignaba a una rutina que incluyera mi ausencia aunque fuesen un par de horas.
Una noche, al regresar del trabajo con el cuco, encontré a todo el mundo en el patio, disfrutando de la noche fresca. Cuando Mili me vio, inmediatamente tiró sus brazos en mi dirección y adoptó su posición Koala acostumbrada. El cuco les reclamó a los chicos el desorden de la habitación y ellos partieron a limpiar el cuarto, mi mamá me dijo que comenzaría a preparar la cena.
Mientras me sentaba con la niña koala, el cuco se dedicó a hacer llamados telefónicos, siempre con su agenda en mano, tomando notas y planeando su jornada del día siguiente.
Un rato después, apareció Capo a la carrera, con Julián y Cesar por detrás de él, pisándole los talones. Corría con la típica actitud del niño travieso, que sabe que tarde o temprano lo van a pillar, y llevaba en su boca una zapatilla babeada. Los chicos se reían y buscaban la forma de encerrarlo entre los dos, para atraparlo. Mili se divertía con la escena, hasta que el cuco colgó la llamada y con el rostro irreconocible, tomó una escoba de la galería y comenzó a perseguir al animal tirándole terribles golpes al aire.
Cuando me di cuenta de que se había transformado en el cuco más temido, comencé a pedirle que parara, explicándole que era un juego, tratando de parar el desastre. Los chicos se asustaron y retrocedieron a la casa, mientras este monstruo seguía tratando de asestarle un golpe al perro. Un solo golpe de esos hubiera podido lesionarlo malamente, por eso traté de detenerlo, pero no me escuchaba ni tampoco me veía en su furia. Cuando pasó por cerca de mí, logró pegarle de refilon en la cadera, haciendo que Capo llorara y huyera despavorido. Me pare frente a él y le reclamé su violenta actitud, le dije que eso tenía que parar, que esos arranques no podían seguir ocurriendo... y su respuesta fue un empujón que me tiró al piso, ocasionando que mi cabeza golpeara con un reborde del asador.
Los gritos de los chicos y de mi mamá, el llanto de Mili y mi propia sensación de NO VA MÁS, me sacaron del estupor que me tenía sujeta.
Me levanté del suelo, agarré el coche en silencio, y pasé frente a todos rumbo a la calle. No me importaron las preguntas de ese tipo. Ni las respuestas de mi mamá parándolo dentro de la casa. No podía lidiar con eso en ese momento. Salí de la calle en medio de la noche, y caminé meciendo el coche para tranquilizar a mi hija al tiempo que me serenaba yo también. Caminé un buen rato, pensando y pensando, hasta que las piernas me pidieron un descanso. Me senté en una plaza desierta, donde se sentía ya un poco de frío. Arrope a Mili que se había quedado dormida y seguí reflexionando por horas.
Tenía millones de dudas y broncas. Se superponía mi propia inmadurez con mis responsabilidades. No quería volver a esa casa con él. No quería volver a ese cuarto con él. No quería hablarle ni escuchar sus mentiras. A su vez, no podía dejar a los chicos así, asustados y desorientados, mi pobre madre enfrentándose a ese monstruo por mí, mi propia hija que necesitaba descanso, leche y pañales limpios... tenía que moverme hacia el lugar que no quería pisar. No tenía donde más ir en busca de cobijo. No esa noche.
Así que me puse en movimiento y volví a casa. En la entrada me esperaba el cuco, pero esa noche yo no estaba mansa. Me había golpeado pero no vencido, así que lo ignoré, pasé por su lado y fui a la habitación de mi mamá que tenía a los chicos en su cama mirando televisión. Los abracé a todos, los tranquilicé respecto a mi cabeza y les dije que estaba realmente cansada, después llevé a Mili a su cuna, bajo la atenta mirada del cuco que me seguía por todas partes. La cambié, le preparé su leche, para cuando despertara y, vestida como estaba, me acosté en la cama matrimonial, cerca de la cuna, marcando un límite claro ante el cuco, su presencia y sus palabras vacías. Cerré los ojos e implore al cielo fuerzas que me permitieran tomar la mejor actitud al día siguiente...
no es la típica historia de ricos
es de gente sencilla que vive el día a día felicidades
Gracias por compartirla!!! Felicitaciones!!!👏👏👏👏👏
Gracias y FELICITACIONES A LA AUTORA!!!
EXITOS EN SUS NUEVAS PUBLICACIONES!!!!!