Cande, ceo de una gran empresa, muere y reencarna en Fiorella. Volviéndose la niñera del hijo del villano. El frívolo Giovanni. Tiene que proteger al niño para que no muera de una traición por parte de la corona. De lo contrario, ella es quien morirá. ¿lo malo a parte de que su vida depende de un niño? Es que nunca tuvo uno o cuido tan siquiera. Por eso, el joven amo le resulta tan estresante.
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Capitulo 1: Oficina.
El despertador sonó a las cinco y media, como todos los días, con ese tono corto y repetitivo que Cande había elegido porque odiaba los sonidos suaves, decía que si el ruido no molestaba entonces el cuerpo encontraba excusas para seguir acostado, así que abrió los ojos de inmediato, con la garganta seca y la cabeza pesada, miró el techo blanco de su apartamento y durante unos segundos no recordó qué día era, solo sintió el cansancio acumulado en los hombros y en la espalda, esa sensación constante de no haber descansado nunca del todo, como si dormir fuera apenas cerrar los ojos sin que el cuerpo dejara de trabajar.
Se sentó en la cama sin pensarlo mucho, tomó el teléfono de la mesa de noche y antes de levantarse ya estaba leyendo correos, mensajes del consejo directivo, reportes que habían llegado de madrugada, un proveedor que amenazaba con retrasar un envío, el gerente de logística pidiendo aprobación para un gasto extra, tres empleados solicitando reuniones urgentes. Suspiró con resignación, y murmuró para sí misma que ni siquiera habían dado las seis y ya tenía problemas que resolver.
Se duchó rápido, se vistió con uno de sus trajes oscuros, el cabello recogido en una coleta baja, maquillaje ligero para no parecer agotada frente a los demás, y mientras calentaba un café que terminó olvidando sobre la encimera, revisó la agenda del día. Estaba llena de principio a fin. No había espacios en blanco. Le gustaba verlo así. Le daba la sensación de control.
Cuando salió del apartamento todavía estaba oscuro. Tomó un taxi, contestó llamadas durante el trayecto, habló con finanzas, luego con recursos humanos, después con un cliente extranjero al que le prometió soluciones que aún no sabía cómo iba a cumplir. El conductor la miró por el retrovisor un par de veces, quizá sorprendido de que alguien hablara con tanta veces a esa hora, pero Cande ni siquiera lo notó.
Al llegar al edificio de la empresa, el guardia de seguridad le abrió la puerta de inmediato.
—Buenos días, ingeniera Cande —dijo él, con voz respetuosa.
—Buenos días, Tomás, ¿todo tranquilo anoche?
—Sí, señora, sin novedades.
—Perfecto, gracias.
Siempre respondía. Era estricta, pero no maleducada. Sabía los nombres de todos.
Subió al ascensor y mientras avanzaban los pisos sintió esa presión conocida en el pecho, no dolor fuerte, solo tensión constante, como si el cuerpo le recordara que llevaba demasiado tiempo al límite, pero ella lo ignoró porque tenía cosas más importantes que hacer. Pensar en su salud era un lujo que no se permitía.
El día pasó sin pausas. Reuniones largas, discusiones sobre presupuestos, empleados que entraban a su oficina con cara de preocupación y salían con tareas duplicadas. Cande hablaba rápido, caminaba rápido, tomaba decisiones sin titubear.
—Necesito ese informe hoy —le dijo al jefe de marketing, señalando la pantalla— No mañana, no el viernes, hoy antes de las seis.
—Pero el equipo ya se fue a campo, no alcanzamos.
—Entonces llama, reorganiza, quédate tú si hace falta, pero lo quiero hoy.
El hombre asintió, tragó saliva y salió casi corriendo. No la odiaba. Nadie la odiaba realmente. Solo sabían que con ella no había excusas.
A las dos de la tarde alguien le dejó un almuerzo sobre el escritorio. Se enfrió intacto mientras ella seguía firmando documentos. A las cinco seguía en la misma silla. A las ocho aún quedaban luces encendidas en su piso, solo su oficina y la de contabilidad.
Una de sus asistentes se asomó con cautela.
—Licenciada, ¿no se va a ir ya? —preguntó—. Todos se fueron hace rato.
—En diez minutos —respondió sin levantar la vista—. Vete tú, ya hiciste suficiente.
—Pero usted no ha comido nada.
—Estoy bien, no te preocupes.
La chica dudó un segundo.
—Descanse un poco, por favor.
Cande alzó la mirada por fin, forzó una pequeña sonrisa.
—Cuando cerremos este trimestre, te prometo que descanso.
Las dos sabían que eso no iba a pasar, pero la asistente asintió igual y se despidió.
El silencio del edificio vacío siempre le resultaba cómodo. Nadie interrumpía. Podía concentrarse. Terminó un último correo, apagó la computadora y miró la hora. Casi las once. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo la piel caliente.
—Otro día más —murmuró.
Tomó su bolso, bajó por el ascensor y caminó hacia el estacionamiento subterráneo. El aire era frío y olía a gasolina. Sus pasos resonaban en el eco del lugar casi vacío. Sacó el teléfono por costumbre, vio que tenía más mensajes acumulados y empezó a responder mientras avanzaba.
—Sí, autoricen el pago —escribió rápido—. No, ese contrato no se modifica. Mañana a primera hora lo revisamos.
No miraba al frente. Confiaba en la rutina. Ese estacionamiento lo había recorrido cientos de veces.
A lo lejos, un montacargas se movía cargando unas cajas. El conductor hablaba por radio, giró sin verificar el pasillo lateral. Todo ocurrió en segundos.
Un ruido brusco, ruedas arrastrándose, alguien gritando.
—¡Cuidado!
Cande alzó la vista tarde. Solo alcanzó a ver la luz blanca del vehículo acercándose demasiado rápido.
El golpe fue seco. Sintió el impacto en la cadera, luego la espalda contra el suelo. El teléfono salió disparado. El aire se le fue de los pulmones como si alguien la hubiera presionado con fuerza.
Intentó respirar, pero no pudo. Abrió la boca y nada entró.
El techo del estacionamiento quedó borroso. Escuchó pasos, voces alteradas.
—¡Llama a una ambulancia!
—¡Señorita, escúcheme!
Quiso responder. Decir que estaba bien, que solo necesitaba levantarse porque aún tenía cosas pendientes, informes que revisar, correos que enviar. Le molestaba más la idea de dejar trabajo sin terminar que el dolor que empezaba a extenderse por su cuerpo.
Trató de mover los dedos. No respondieron.
—No te duermas, por favor, mírame —decía alguien, arrodillado a su lado.
Sintió manos presionándole el hombro.
Pensó en lo ridículo que era todo. Tantos años preparándose, estudiando, trabajando hasta el límite, sacrificando fines de semana, cumpleaños, amistades, y al final iba a terminar tirada en el suelo de un estacionamiento, sin familia cerca, sin nadie que la tomara de la mano.
Le dio rabia. Como cuando algo sale mal después de un día largo.
Intentó hablar.
—Mi… bolso… —susurró, pero la voz apenas salió.
Ni siquiera sabía por qué lo decía. Tal vez por costumbre. Siempre cuidaba sus cosas.
El frío empezó a colarse por la ropa. O tal vez era su propio cuerpo enfriándose. Ya no distinguía.
Las voces se volvieron lejanas, como si estuvieran en otra habitación.
—La ambulancia ya viene.
—Respira, por favor, respira.
Quería obedecer, pero el cuerpo ya no le pertenecía. El dolor se transformó en una presión sorda, luego en nada.
Sintió una calma extraña. Como cuando por fin se termina una jornada demasiado larga.
Sus ojos se cerraron solos.
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