Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
NovelToon tiene autorización de Estefaniavv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: El sabor del deseo
Cuándo estarás en tus días, Valentina?
—En cuatro días... —respondí, apenas pudiendo pensar..
Esa respuesta pareció darle el permiso que buscaba. Me levantó de la cama, cargándome sin salir de mí, y me llevó hasta la mesa de la peinadora. Mis piernas se enredaron en su cintura mientras él continuaba reclamando mi cuerpo con una fuerza arrolladora.
—Te amo, mi Valentina —declaró, y en ese instante, rompiendo su propia promesa, estalló por completo dentro de mí.
Quedamos exhaustos, el silencio de la cabaña solo roto por nuestras respiraciones agitadas. Cuando logré recuperar mis cinco sentidos y la gravedad de la situación se asentó en mi mente, le reclamé con firmeza:
—¿Por qué terminaste adentro, Ricardo?
—Ahorita pasamos por la farmacia para una píldora del día después —dijo, intentando recuperar el aliento—. Pero después de lo que me confesaste anoche... de saber que soy el primero... sentía la necesidad terrenal de llenarte de mí, por muy morboso que suene. Quería que fueras mía en todos los sentidos posibles.
—No tomes decisiones sobre mi cuerpo por mí —le reproché, apartándome un poco—. Ten presente que necesito dar mi autorización. No te confundas, fue fenomenal, es una sensación distinta, pero yo debí aceptar antes de que lo hicieras.
—Tienes razón... perdóname, preciosa. Me dejé llevar por la intensidad —admitió, bajando la mirada en un gesto de arrepentimiento genuino.
Ricardo parecía no querer dejarme ir, como si al cruzar el umbral de esa cabaña, el hechizo fuera a romperse para dar paso a la cruda realidad. Sin embargo, el reloj en mi teléfono marcaba las nueve de la mañana. Tenía que volver. La vida real, con sus preguntas y sus juicios, me esperaba en la ciudad.
El trayecto de regreso fue inusualmente silencioso. Yo miraba por la ventana, viendo cómo el verde vibrante de la montaña se transformaba gradualmente en el gris monótono del asfalto. Ricardo sostenía mi mano izquierda con fuerza, entrelazando sus dedos con los míos y llevándolos a sus labios de vez en cuando, como si necesitara confirmar que seguía allí.
—Prométeme que no te vas a alejar —dijo de pronto, sin quitar la vista de la carretera—. Sé que lo de anoche cambia las cosas, Valentina. Sé que ahora hay un vínculo que no puedes ignorar.
—No me voy a alejar, Ricardo —respondí, aunque una parte de mí se preguntaba cuánto tiempo podría sostener esta doble vida.
No tenía lógica ni razón nuestros encuentros; no había motivo para buscar una respuesta trascendental. Era aceptarlo o marcharme, pero definitivamente no le iba a dar un ultimátum. La decisión de estar en ese limbo era solo mía.
Al llegar a casa, la culpa me visitó brevemente, pero la oculté bajo la fachada de la hermana perfecta. Entre excusas y medias verdades, Verónica nunca había sospechado nada; me veía tan enfocada en mi carrera que no concebía que su hermana menor estuviera viviendo un romance clandestino. Mis amigas, en cambio, eran mis mayores alcahuetas. Ellas conocían toda la historia y, en su romanticismo a veces peligroso, creían que en algún momento él tomaría la decisión de dejar a su pareja para formalizar lo que teníamos. Yo, con los pies más cerca del suelo por mi formación científica, prefería no hacerme ilusiones, aunque mi corazón ya no me perteneciera.
Los días que siguieron a la noche en la cabaña se sintieron como si estuviera caminando sobre una cuerda floja, suspendida entre la euforia y el pánico. La píldora del día después, que compramos en una farmacia de turno antes de que él me dejara en casa, fue el recordatorio físico de que nuestras acciones tenían consecuencias reales, a pesar de la atmósfera mágica que Ricardo intentaba crear a mi alrededor.
Empecé mis turnos en la clínica pediátrica con una energía renovada, pero también con una distracción peligrosa. Mi mente volvía constantemente a la mesa de la peinadora, al calor de su piel y a la forma en que me llamó "su mujer". El secreto pesaba, no solo ante Verónica, sino ante mis propios principios. Yo, la doctora que siempre seguía las reglas, ahora ocultaba una relación que desafiaba toda lógica social.
Ricardo, lejos de calmarse tras haberme "poseído", se volvió más demandante. Sus llamadas eran constantes y sus visitas a las afueras de la clínica se volvieron parte de mi rutina. Un martes, mientras terminaba de revisar el historial de un paciente, recibí un mensaje: "Baja al estacionamiento. No puedo esperar a las siete".
Sentí un escalofrío. La audacia de Ricardo empezaba a superar los límites de la prudencia. Al llegar a su camioneta, me subí rápidamente, mirando a ambos lados para asegurarme de que ningún colega me viera.
—¿Estás loco? —le dije, aunque mi sonrisa me delataba—. Estoy en medio de mi turno.
—Loco es poco, Valentina —respondió, tomando mi rostro con ambas manos—. Desde que te dejé el sábado, siento que me falta el aire. No puedo concentrarme en las reuniones, no puedo estar en mi casa... solo pienso en ti.
El deseo que emanaba de él era casi tangible. En la penumbra de los cristales ahumados de la camioneta, me besó con una urgencia que me hizo olvidar por un momento que estaba usando mi bata blanca. Su mano subió por mi pierna, buscando el límite de mi falda, pero lo detuve con suavidad.
—Aquí no, Ricardo. Tenemos que ser cuidadosos. Mi reputación en esta clínica es lo único que tengo.
—Lo sé, lo sé —suspiró, recostando la cabeza en el asiento—. Pero me desespera tener que compartirte con el mundo. Quisiera llevarte de nuevo a la finca, encerrarnos allí y que nadie supiera de nuestra existencia.
Esa tarde, mis amigas Roxana y María me invitaron a tomar un café. Ellas eran mis alcahuetas, sí, pero también mi cable a tierra. Les conté lo de la cabaña, omitiendo los detalles más crudos pero dejando clara la entrega total.
—Amiga, ten cuidado —me advirtió Roxana, removiendo su café—. Ese hombre está marcando territorio. Lo de terminar adentro... no fue un accidente, fue un reclamo. Él sabe que eres virgen, o que lo eras, y ahora siente que tiene derechos sobre ti que no le corresponden.
—Él dice que me ama —respondí, tratando de convencerme a mí misma—. Y yo... creo que nunca he sentido esto por nadie.
—Nadie duda que te quiera —intervino María—, pero el problema es el "mientras tanto". Mientras tanto, él tiene una hija y una mujer en casa. Mientras tanto, tú eres la que tiene que esconderse. ¿Hasta cuándo vas a aguantar ese papel?
Sus palabras se quedaron grabadas en mi mente. Esa noche, al llegar al apartamento, encontré a Verónica revisando unas fotos viejas en la sala. Me miró con una mezcla de ternura y tristeza.
—Estás distinta, Vale. Te brilla la mirada de una forma que me asusta. Solo espero que el hombre que te tiene así valga cada una de las lágrimas que podrías derramar después.
No supe qué responder. Entré a mi cuarto y me toqué el cuello, buscando el collar que Ricardo me había regalado. Me preguntaba si realmente él dejaría su vida de lujos y su estructura familiar por mí, o si yo simplemente era el oasis de paz en medio de su tormento. La respuesta llegó más pronto de lo esperado cuando, al día siguiente, Ricardo me llamó con una voz que no era la suya, una voz cargada de una preocupación real.
—Valentina... mi esposa empezó a hacer preguntas. Alguien le habló de la camioneta en la clínica. Tenemos que ser más discretos que nunca.
El corazón se me detuvo. La burbuja no se estaba rompiendo; se estaba incendiando. La cacería de la que él me había advertido ya no era una posibilidad lejana, sino una amenaza que respiraba cerca de mi cuello.