Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
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Capítulo 16 — “Cuarto sueño”
Después de aquella tarde en la ventana, después de verlo apoyado contra la pared de la ferretería como si fuera un hombre cualquiera en una calle cualquiera, Valeria no pudo pensar en otra cosa.
Habían pasado dos días. O tres. Había perdido la cuenta otra vez.
Cada vez que cerraba los ojos, lo veía. La postura. La mirada fija en ella. La forma en que el aire parecía doblarse a su alrededor.
Y luego el parpadeo.
La desaparición.
La pared vacía.
Había vuelto a la ventana docenas de veces. Se asomaba a diferentes horas, con diferentes luces, esperando verlo otra vez.
Nada.
La ferretería abría y cerraba. El dueño la saludaba con la mano alguna vez. La gente pasaba. Los perros se detenían en la misma farola.
Pero él no volvió.
La marca seguía latiendo.
El olor, presente.
Pero él no.
Valeria intentó escribir. Se sentó frente al ordenador tantas veces que el cojín de la silla guardó la forma de su cuerpo.
Abría el manuscrito, leía las últimas líneas —las suyas, las de él— y apoyaba las manos en el teclado.
Nada.
Las palabras no venían.
El cursor parpadeaba con su paciencia infinita, esperando.
—No puedo —susurraba a veces—. No sin ti.
Pero él no respondía.
El manuscrito no recibía líneas nuevas. Solo estaba ahí, con esa última frase que había aparecido después de la visión:
Ya era hora.
Sí.
Ya era hora.
¿De qué?
¿De que él se mostrara?
¿De que ella dejara de fingir?
¿De qué?
No lo sabía.
El jueves por la noche —o tal vez viernes; ya no importaba— Valeria se dejó caer en el sofá después de otro día sin rumbo.
La tele estaba apagada. El ordenador, en reposo. La cocina, a oscuras.
Solo la luz de la calle entraba por las persianas, proyectando esas sombras quietas que ya no respiraban.
Cerró los ojos.
Solo un momento.
Solo para descansar la vista.
El cansancio le pesaba en los huesos. Ese cansancio extraño de quien no ha hecho nada físico y, aun así, ha pasado el día entero luchando contra su propia cabeza.
La marca latía suave, como un arrullo.
El olor la envolvía. Esa mezcla de ozono, tormenta y algo antiguo que ya era parte de ella.
Y entonces, sin saber cuándo pasó, sin poder señalar el momento exacto…
Algo cambió.
El apartamento es el mismo.
Pero la luz es diferente.
Valeria lo nota sin abrir los ojos del todo. Sabe que está en el sofá. Siente el cojín bajo la nuca, el brazo apoyado en el respaldo.
Pero la luz que se cuela por sus párpados no es la de las farolas.
Es más tenue.
Más antigua.
Como si el tiempo hubiera retrocedido.
Abre los ojos.
Él está ahí.
Apoyado en el marco de la puerta del dormitorio.
Brazos cruzados. Una pierna ligeramente flexionada. La cabeza ladeada.
La misma postura de la primera noche. Del tercer sueño.
Como si algunos gestos no pudieran cambiarse.
Como si pertenecieran a un ritual.
Pero esta vez hay algo diferente.
Ella sabe que está despierta.
O cree que lo sabe.
—Todavía estás despierta —dice él.
Su voz confirma lo que ella está pensando.
—Puedo sentirlo.
Valeria intenta hablar.
Preguntar cómo.
Preguntar qué está pasando.
Preguntar por qué ahora.
Pero las palabras no salen. O salen demasiado lentas.
O él ya está demasiado cerca.
—No te esfuerces —dice—. Aquí las palabras sobran.
Se acerca.
La distancia entre el marco de la puerta y el sofá se reduce sin que ella lo vea moverse.
O se mueve, pero de una forma que sus ojos no pueden seguir.
En los sueños, las distancias son sugerencias.
Él se inclina.
La besa.
El beso es diferente a todos los anteriores.
No es el beso breve y controlado del segundo sueño.
No es el beso largo del tercero.
Es otra cosa.
Más hondo.
Más urgente.
Como si el tiempo que ha pasado desde la última vez —días, semanas, una vida— hubiera acumulado una presión que ahora encuentra salida.
La boca de él sabe a lo de siempre: noche, tormenta, espera.
Pero hay algo más.
Algo que ella no puede nombrar.
Como si por fin hubiera dejado de contener algo.
Las manos de ella buscan su nuca, sus hombros, su espalda. Lo toca con una urgencia que ya no controla.
Quiere sentirlo todo.
Quiere que no haya distancia entre ellos.
Él responde.
La sostiene.
La ajusta contra su cuerpo como si encajara ahí.
Como si siempre hubiera encajado.
Como si los siglos de espera hubieran sido solo un preámbulo para este momento.
Las manos de él empiezan a moverse.
Recorren sus brazos, despacio, aprendiendo de nuevo cada centímetro.
Bajan por su espalda.
Trazan la curva de la cintura.
Suben por las costillas.
Los dedos encuentran el borde de la camiseta y se deslizan debajo.
Ella siente el calor de su piel contra la suya.
Directo.
Sin ropa de por medio.
Gime contra su boca.
Él sonríe.
Lo siente en los labios.
—¿Todavía crees que es un sueño? —susurra.
La pregunta queda flotando.
Ella no responde.
No puede.
No sabe.
Solo sabe que las manos de él siguen moviéndose. Que ahora recorren su vientre, sus caderas, el borde del pantalón.
Que cada caricia enciende algo que ella no sabía que existía.
La marca pulsa.
Fuerte.
Con cada movimiento.
Con cada roce.
Él la besa en el cuello.
En la mandíbula.
En el hombro, apartando la ropa con los dientes.
Ella arquea la espalda, ofreciéndose.
Quiere más.
Quiere todo.
—Por favor… —susurra.
Ni siquiera sabe qué está pidiendo.
Él se detiene.
La mira.
Los ojos grises están más oscuros que nunca.
Hay deseo, sí.
Pero también otra cosa.
Una pregunta.
Una exigencia.
—¿Cuándo vas a dejar de fingir?
La voz es grave, contenida.
Pero hay algo debajo.
Algo que ella no había escuchado antes.
Cansancio.
Necesidad.
—¿Cuándo vas a dejar de llamar sueño a esto?
Ella abre la boca.
Quiere responder.
Quiere decir algo, cualquier cosa.
Pero las palabras no salen.
Porque es verdad.
Lo ha estado llamando sueño desde el principio.
Sueño.
Fantasía.
Producto de su imaginación.
Cualquier cosa menos lo que es.
Cualquier cosa menos aceptar que él es real.
Que lo que siente es real.
Que todo esto está pasando de verdad.
Él espera.
El silencio se alarga.
—Está bien —dice al final—. Todavía no.
Vuelve a besarla.
Pero el beso es diferente ahora.
Más lento.
Más triste.
Como si estuviera despidiéndose de algo.
Las manos de él siguen recorriéndola, pero ya no con la misma urgencia.
Ahora es una caricia de memoria.
De alguien que sabe que el tiempo se acaba.
—No te vayas —dice ella.
Él sonríe contra su boca.
—Siempre vuelvo. Pero esta noche, cuando despiertes…
No termina la frase.
En lugar de eso, se inclina y roza su oído con los labios.
—Abre la mano.
Ella no entiende.
Pero obedece.
Abre la mano derecha, que hasta ese momento había estado cerrada sin que ella lo supiera.
Él deposita algo en su palma.
Algo que pesa.
Algo que tiene textura.
Luego el sueño empieza a desvanecerse.
—No —dice ella—. No, espera…
Pero él ya se está difuminando.
Los bordes se vuelven borrosos.
La luz cambia.
La densidad del aire disminuye.
La última imagen que ve es su sonrisa.
Esa sonrisa triste que ella conoce tan bien.
Luego…
Nada.
Valeria abrió los ojos.
El techo.
La grieta.
La luz de la calle entrando por las persianas.
El sofá.
Su casa.
Todo normal.
Respiró hondo.
El corazón le latía demasiado rápido.
Los labios, calientes.
El cuerpo, temblando.
—Sueño —susurró—. Solo un sueño.
Pero la mano derecha estaba cerrada en un puño.
Se quedó mirándola un momento.
Sin moverla.
Sin atreverse.
Luego, muy despacio, abrió los dedos.
Tierra.
Oscura.
Húmeda.
Pegada a la palma como si hubiera estado ahí desde siempre.
Pequeños grumos que se deshacían con el calor de su piel.
Un olor a húmedo, a raíces, a algo profundo.
La marca pulsó.
Fuerte.
Como un grito.
El olor de Dorian llenaba la habitación.
Ozono.
Tormenta.
Él.
Valeria se incorporó de golpe.
La tierra cayó de su mano, esparciéndose sobre el sofá, sobre su ropa, sobre la madera del suelo.
Pero no toda.
Parte seguía pegada a su piel.
Parte seguía ahí.
Prueba de algo que no podía explicar.
Se llevó la mano a la cara.
La olió.
Tierra.
Tierra de verdad.
Con ese olor específico de los lugares donde nadie ha pisado en mucho tiempo.
—No puede ser… —susurró.
Miró a su alrededor.
El apartamento, igual.
La puerta del dormitorio, entreabierta.
La cocina, a oscuras.
Nadie.
Pero la tierra estaba ahí.
Se levantó.
Fue al baño.
Encendió la luz.
Se miró las manos.
La derecha, manchada de tierra.
La izquierda, limpia.
Se las puso bajo el grifo.
El agua arrastró los restos, formando pequeños remolinos marrones que desaparecieron por el desagüe.
Pero no podía lavar lo que había pasado.
Volvió al salón.
Se arrodilló junto al sofá.
Recogió los grumos que habían caído al suelo.
Los sostuvo en la palma, mirándolos.
Eran reales.
Eran físicos.
Eran imposibles.
—¿Cómo? —preguntó en voz alta—. ¿Cómo has hecho esto?
Nadie respondió.
Pero el olor se intensificó.
La marca pulsó.
Y ella supo, con una certeza que no necesitaba pruebas, que él había estado ahí.
No en un sueño.
En su sofá.
Tocándola.
Besándola.
Dejando algo de sí mismo en ella.
La tierra en su mano era solo un recordatorio.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá.
Los grumos de tierra en la palma.
La marca latiendo.
El olor envolviéndolo todo.
Y por primera vez desde que empezó todo esto, no intentó buscar una explicación racional.
No había explicación.
Solo estaba él.
Y ella.
Y la tierra que lo demostraba.
—Ya no puedo fingir —susurró—. Ya no puedo llamarlo sueño.
El silencio respondió.
Pero en ese silencio, algo había cambiado.
La frontera se había roto.
Y ella, en lugar de tener miedo…
Sonrió.