Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: Demasiado Personal
El problema de provocar a un hombre inteligente es que no reacciona de inmediato.
Calcula.
Y cuando finalmente responde…
Lo hace con precisión.
Cassian no se apartó.
Su mano seguía bajo mi mentón, firme pero no forzada.
Su pulgar apenas rozaba mi piel, como si estuviera midiendo mi respiración.
—Tal vez me guste el peligro —había dicho.
Y yo había sonreído.
Error.
Porque ahora su mirada ya no era solo estratégica.
Era personal.
—No juegues con palabras que no entiendes del todo —murmuró.
—Las entiendo perfectamente.
—No —su voz bajó un tono—. No entiendes lo que provocas cuando las dices así.
Mi corazón dio un pequeño salto, pero mantuve la compostura.
—¿Qué provoco?
Silencio.
Sus ojos descendieron a mis labios.
—Impaciencia.
Ah.
Eso no estaba en el plan.
Intenté mantener el tono ligero.
—Pensé que eras un hombre paciente.
—Lo soy.
Su rostro se inclinó apenas más cerca.
—Contigo estoy aprendiendo a no serlo.
Mi pulso se aceleró.
Pero en lugar de retroceder, ladeé ligeramente la cabeza.
—Eso suena peligrosamente cercano a una confesión.
—No es confesión.
—¿Entonces?
Silencio.
—Es advertencia.
Y aun así, no se apartó.
La tensión no era agresiva.
Era… contenida.
Como una cuerda tensada demasiado tiempo.
Mi mano subió casi sin pensarlo y rozó el borde de su chaqueta negra bordada.
—Siempre estás tan compuesto —murmuré—. Tan medido.
—Es necesario.
—¿Y ahora?
Un segundo.
Dos.
—Ahora estoy midiendo cuánto más puedo soportar que me provoques.
La risa se me escapó sin permiso.
Su expresión cambió apenas.
—¿Te divierte?
—Un poco.
—No debería.
—Es adorable cuando pierdes la compostura.
Ah.
Eso sí fue imprudente.
Sus dedos dejaron mi mentón.
Pero no se apartaron.
Descendieron lentamente hasta mi cintura.
Firme.
—No estoy perdiendo la compostura.
—Claro que sí.
—Elian.
Su voz fue baja.
Peligrosa.
No amenazante.
Sino… intensa.
—No confundas mi autocontrol con debilidad.
Lo miré directamente.
Y por primera vez en toda esta dinámica juguetona…
No respondí con broma.
—Nunca lo haría.
El aire cambió.
Se volvió más denso.
Más honesto.
—No quiero debilitarte —dije, más suave—. Solo quiero que no te contengas conmigo.
Silencio.
Sus ojos me recorrieron lentamente, como si intentara descifrar si hablaba en serio.
Lo estaba.
Porque detrás de las bromas, detrás de la política, detrás del juego…
Había algo creciendo.
Y ninguno de los dos era lo suficientemente ingenuo para ignorarlo.
—No estoy contenido —dijo finalmente.
—Sí lo estás.
—¿Tan seguro estás?
Asentí apenas.
—Siempre calculas. Incluso ahora.
Silencio.
—¿Y si dejo de hacerlo?
Mi respiración se volvió un poco más lenta.
—Entonces tal vez descubras que no soy tan frágil como crees.
Sus pupilas se dilataron apenas.
Y esta vez fue él quien se inclinó primero.
Su frente rozó la mía.
Su respiración cálida.
—Nunca pensé que fueras frágil.
—Entonces deja de tratarme como si pudiera romperme.
Silencio.
Su mano en mi cintura se tensó ligeramente.
—No te trato como algo que se rompe.
Su voz fue casi un murmullo.
—Te trato como algo que no quiero perder.
Mi corazón dio un golpe más fuerte que cualquiera anterior.
Ahí estaba.
No era posesión.
No era estrategia.
Era miedo.
Sutil.
Controlado.
Pero real.
Mi mano subió y se apoyó sobre su pecho.
Sentí el latido bajo la tela oscura.
Firme.
Rápido.
—No soy una pieza que puedan mover para herirte —dije suavemente.
—Lo sé.
—Entonces no reacciones antes de que sea necesario.
Sus ojos se cerraron apenas un segundo.
Como si esa petición fuera más difícil de lo que parecía.
—No prometo serenidad —murmuró.
—No la quiero.
—¿Entonces qué quieres?
Lo miré.
Sin ironía.
Sin sonrisa provocadora.
Solo sinceridad.
—Quiero que cuando me mires así… no sea solo porque alguien intentó desafiarte.
Silencio.
Largo.
Profundo.
Su mano subió lentamente hasta mi mejilla.
Más suave ahora.
—No lo es.
Mi respiración se detuvo un segundo.
—No empezó así —continuó—. Pero ya no es solo eso.
Ah.
Ahí estaba el punto sin retorno.
Mi sonrisa volvió, pero esta vez no fue burlona.
Fue pequeña.
Auténtica.
—Eso es más romántico de lo que esperaba de ti.
Sus labios se curvaron apenas.
—No me acostumbres.
—Nunca.
Y entonces, finalmente, me besó.
No fue brusco.
No fue reclamante.
Fue decidido.
Firme.
Como alguien que había medido cada consecuencia y aun así eligió avanzar.
Mi mano se cerró ligeramente en su chaqueta.
Su otra mano subió hasta mi nuca.
El beso no fue largo.
Pero fue intenso.
Cuando se separó, su mirada era distinta.
Menos cálculo.
Más claridad.
—Esto complica las cosas —dijo.
—Siempre lo hacen las buenas decisiones.
—No estoy seguro de que esto sea una decisión estratégica.
—Por primera vez, no lo es.
Silencio.
Y luego, sorprendentemente, soltó una pequeña risa.
Baja.
Cálida.
—Eres un problema.
—Soy tu problema.
Sus ojos brillaron.
—Eso también es peligroso.
—¿Te asusta?
—No.
Un segundo.
—Me preocupa cuánto me importa.
Ah.
Eso sí era confesión.
Apoyé mi frente contra la suya otra vez.
—No dejes que lo usen contra ti.
—No lo haré.
—Y no dejes que el miedo te haga retroceder.
Sus dedos se deslizaron lentamente por mi cabello plateado.
—No retrocedo.
—Lo sé.
Silencio.
La tensión política seguía existiendo.
El consejo seguiría moviéndose.
Ivar seguiría sonriendo demasiado.
Pero aquí, en ese despacho iluminado por candelabros y papeles de estado…
No éramos duque y omega.
No éramos estrategia y equilibrio.
Éramos dos personas que habían dejado de fingir que esto era solo un juego.
—Si sigues mirándome así —murmuré suavemente— voy a empezar a creer que te enamoraste.
Sus ojos no se apartaron.
—Tal vez ya lo hice.
Mi corazón dio un salto traicionero.
—Eso fue demasiado directo.
—Estoy aprendiendo a no calcular todo contigo.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
Y aun así, no dio un paso atrás.
Yo tampoco.
Porque si algo había aprendido desde que desperté en este mundo…
Es que el verdadero riesgo no era morir en el capítulo 23.
El verdadero riesgo era permitir que el villano se enamorara.
Y descubrir que yo ya había caído primero.
Y esta vez…
No pensaba huir. 😏🔥