Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 13
—Está aquí, Su Majestad.
La doncella habló en voz baja, inclinando la cabeza con respeto ante la reina Margaret.
La reina, que se encontraba sentada junto a una pequeña mesa de hierro forjado en medio del jardín, levantó apenas la mirada.
—Hazla pasar —ordenó con calma.
La doncella hizo una reverencia y se retiró de inmediato.
Pocos instantes después, el sonido suave de pasos sobre el sendero de grava anunció la llegada de la visitante.
Cuando la joven apareció entre los rosales, la reina Margaret alzó la vista… y por un breve instante quedó en silencio.
La muchacha que se acercaba tenía una apariencia deslumbrante.
Su cabello, largo y sedoso, caía como una cascada de plata sobre su espalda, brillando suavemente bajo la luz del sol de la tarde. Sus ojos, de un profundo tono rosado, contrastaban delicadamente con la palidez de su piel. Sus facciones eran suaves y armoniosas, casi etéreas.
Había en ella una belleza serena, casi angelical.
La reina parpadeó una vez, sorprendida por aquella imagen que, por un instante, había interrumpido el hilo de sus pensamientos.
La joven se detuvo a una distancia respetuosa y realizó una reverencia perfecta.
—Irene Blanch se presenta ante Su Majestad la reina.
Su voz era tan suave y armoniosa como su apariencia.
Aquella melodía delicada hizo que la reina Margaret regresara por completo a la realidad.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Bienvenida, señorita Irene. Por favor, tome asiento.
Irene levantó la mirada con discreción y avanzó con pasos medidos hacia el pequeño conjunto de sillas dispuesto en el centro del jardín.
Mientras caminaba, no pudo evitar observar el lugar con atención.
El jardín era simplemente espectacular.
Estaba rodeado por altos arbustos cubiertos de rosas en plena floración. Rosas blancas, rojas y rosadas se entrelazaban en una sinfonía de colores que parecía extenderse en todas direcciones. El aire estaba impregnado con su aroma dulce y envolvente, que se mezclaba con la suave brisa de la tarde.
Aquel lugar tenía algo especial.
Muy pocas personas conocían aquel jardín.
Era un lugar especialmente querido por la reina Margaret, un espacio al que solo ella decidía quién podía acceder… y quién no.
Aunque Irene no sabía eso.
Con cuidado, tomó asiento frente a la reina, manteniendo una postura elegante y respetuosa, aunque en su interior no podía evitar preguntarse que saldría de aquella reunión.
—Así que usted es la señorita Irene Blanch, la prometida del Duque Markov—dijo con una leve sonrisa.
Irene asintió.
—Debo decir que estoy sorprendida.
Irene levantó la mirada con curiosidad.
—¿Su majestad?
La reina soltó una pequeña risa.
—Es la primera vez que la veo en persona… y me resulta extraño que no sea famosa en la sociedad.
Irene parpadeó ligeramente, sorprendida por la franqueza.
—¿Famosa?
—Con una apariencia como la suya, normalmente ya habría oído su nombre en todos los salones del reino.
Irene bajó la mirada con modestia.
—Me temo que mis gustos son algo simples.
Margaret arqueó una ceja, interesada.
—¿Simples?
—Prefiero pasar el tiempo en casa —explicó Irene con naturalidad—. Leyendo un libro… o caminando entre los frutales del condado. Salir constantemente a reuniones sociales nunca ha sido algo que disfrute demasiado.
La reina la observó con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Eso explica muchas cosas.
En ese momento Irene tomó la pequeña caja que había traído consigo.
—Su majestad… he traído un pequeño presente.
La colocó sobre la mesa y la abrió con cuidado.
Dentro había varias bolsitas de tela delicadamente bordadas, cada una con una etiqueta escrita a mano.
Margaret se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Qué es?
—Tés —respondió Irene—. Los he preparado yo misma.
La reina tomó una de las bolsitas con curiosidad.
—¿Hechos por usted?
—Sí. Utilicé distintos frutos del condado Blanch. Cada mezcla tiene un sabor diferente.
Margaret la miró con sorpresa genuina.
—Eso es… inesperado.
Giró una de las bolsitas entre los dedos y sonrió.
—Debo admitir que nunca antes alguien me había traído algo así.
Irene respondió con una pequeña sonrisa.
—Espero que le agraden.
Margaret dejó la bolsita nuevamente en la caja.
—Estoy segura de que sí.
Durante unos momentos el ambiente se volvió más distendido.
Luego la reina apoyó la barbilla sobre su mano con expresión pensativa.
—Ahora tengo curiosidad por algo, señorita Blanch.
Irene esperó en silencio.
—Si usted no suele salir… ¿cómo conoció al duque?
Irene respondió con absoluta naturalidad.
—Fue él quien me buscó.
Margaret parpadeó.
—¿Él?
—Aparentemente esta unión le resultó conveniente —añadió Irene con franqueza.
La reina la observó con una expresión divertida y sorprendida al mismo tiempo.
—Es usted extraordinariamente sincera.
Irene inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Eso es malo, su majestad?
Margaret soltó una pequeña risa.
—No necesariamente… pero en el mundo social al que está a punto de entrar, esa sinceridad podría traerle problemas.
Irene pareció considerar aquello con calma.
—Lo sé.
Margaret la miró con interés.
—¿Entonces?
Irene respondió con tranquilidad.
—También sé frente a quién puedo ser sincera… y frente a quién no.
La reina entrecerró ligeramente los ojos.
—¿Y por qué cree que puede ser sincera conmigo?
El silencio que siguió fue breve.
Irene respondió con total serenidad.
—Porque su majestad siempre ha demostrado ser alguien justa y racional.
Margaret no dijo nada durante unos segundos.
La joven frente a ella no solo era hermosa y elegante.
Había una calma en su forma de hablar que resultaba… agradable.
Y una inteligencia tranquila que la hacía interesante.
La reina sonrió ligeramente.
—Es una respuesta peligrosa —comentó.
Irene inclinó la cabeza con modestia.
—Pero sincera.
Margaret soltó una pequeña risa antes de que su expresión se volviera más seria.
—Quería verla por otra razón también.
Irene ya lo esperaba.
—El incidente del lago —dijo la reina con franqueza.
El nombre de Lina no tardó en aparecer.
—La princesa heredera… a veces actúa de forma impulsiva.
La reina suspiró con cierto cansancio.
—Pero debo decir con claridad que su comportamiento no representa los valores de esta familia.
Miró directamente a Irene.
—Lamento profundamente lo que ocurrió ese día.
Irene negó suavemente con la cabeza.
—Su majestad no tiene nada de lo que disculparse.
Margaret frunció levemente el ceño.
—Aun así…
—Sé que lo ocurrido no representa a la familia real —continuó Irene con calma—. Fue… desconcertante, ciertamente, pero no lo atribuyo a la institución que usted representa.
La reina la observó durante un largo momento.
Había algo en la forma en que Irene hablaba que transmitía una madurez poco común.
Margaret suspiró con suavidad.
—Nunca imaginé tener que disculparme por actos tan infantiles… y sin embargo capaces de provocar consecuencias desastrosas.
Irene no respondió.
Pero su mirada reflejaba comprensión.
La conversación continuó durante el resto de la tarde.
Hablaron de temas ligeros.
Margaret descubrió con agrado que Irene era una conversadora tranquila pero interesante. No hablaba demasiado, pero cuando lo hacía, sus palabras siempre tenían sustancia.
Finalmente, cuando el sol comenzó a descender, Irene se puso de pie.
—Ha sido un honor conversar con usted, su majestad.
Margaret también se levantó.
—La acompañaré hasta la salida.
La conversación continuaba con ligereza cuando, de pronto, la reina dio unos pasos por el sendero de piedra, observando los rosales que florecían a su alrededor. Sus dedos rozaron distraídamente algunos pétalos antes de detenerse frente a un rosal en particular.
Era una rosa de un delicado tono rosado.
Un color suave, profundo, muy similar al de los ojos de Irene.
La reina la contempló un momento antes de cortar la flor con cuidado.
Luego se volvió hacia la joven.
—Ven aquí, querida —dijo con naturalidad.
Irene se acercó un poco, sin ocultar del todo su sorpresa.
—Déjame colocarte esto.
Con un gesto delicado, la reina acomodó la rosa entre los suaves mechones plateados del cabello de Irene, como si se tratara de un adorno natural.
El gesto tomó a Irene completamente por sorpresa.
No era común que una reina mostrara ese tipo de cercanía con alguien que apenas conocía.
La reina se apartó un paso para observar el resultado.
Sus ojos recorrieron el rostro de Irene y el contraste entre el pétalo rosado y el brillo plateado de su cabello.
Una expresión de aprobación apareció en su rostro.
—Una digna merecedora de estas rosas.
La frase dejó a Irene desconcertada.
No estaba segura de comprender el verdadero significado de aquellas palabras, pero aun así inclinó ligeramente la cabeza.
—Le agradezco, Su Majestad.
Por un instante más, la tranquilidad del jardín se mantuvo intacta.
Pero aquella calma se rompió de pronto.
El sonido apresurado de pasos y voces agitadas comenzó a escucharse desde uno de los senderos que conducían al jardín.
Las damas de compañía de la reina intentaban detener a alguien.
—¡Su Alteza, por favor…!
—¡No puede entrar allí sin permiso!
Sin embargo, la persona que intentaban frenar no parecía dispuesta a escuchar.
La figura irrumpió en el jardín con determinación.
Era Lina.
Su expresión estaba tensa, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
Había ignorado por completo los intentos de las damas por detenerla.
El aire del jardín, que momentos antes había sido tranquilo y perfumado, parecía haberse vuelto repentinamente más pesado.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener