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Una Esposa Por Un Año

Una Esposa Por Un Año

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio contratado
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: maleramram

¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?

Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.

Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.

Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.

Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.

Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.

Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.

Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.

NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Un poco de tranquilidad

Nyssa llevaba toda la mañana mirando el teléfono, esperando que le confirmaran que la cuenta del hospital de su madre estaba al día.

Cuando finalmente recibió el mensaje, lo leyó tres veces.

La deuda había sido saldada.

Por primera vez en meses, no tendría que preocuparse por las facturas atrasadas ni por las llamadas que le recordaban cuánto dinero debía.

Se sentó al borde de la cama, apretando el teléfono entre sus manos.

—¿Estás triste? —preguntó Ale desde la alfombra, donde jugaba con sus autitos.

Nyssa levantó la mirada.

—No, cariño. Estoy feliz.

—Pero estás llorando.

Se rio suavemente y se limpió las mejillas.

—A veces una persona puede llorar cuando está feliz también.

Ale dejó sus juguetes y corrió a abrazarla.

—Entonces yo también estoy feliz.

Nyssa lo estrechó contra su pecho y le besó el cabello.

Por él había soportado tantas cosas que a veces olvidaba que también era una niña asustada intentando convertirse en adulta demasiado pronto.

Y ahora, por fin, podían visitar a su madre sin que el dinero fuera lo primero que ocupara sus pensamientos.

Cedric estaba terminando de revisar unos documentos cuando Nyssa apareció en la puerta de su despacho.

Llevaba unos jeans, una blusa sencilla y el cabello recogido. Ale estaba a su lado, sosteniendo una pequeña bolsa con dibujos que había preparado para su madre.

—Necesito ir al hospital —anunció ella.

Cedric dejó los documentos sobre el escritorio.

—¿Tu madre?

Nyssa asintió.

—Quiero visitarla con Ale. Y… —hizo una pausa, todavía acostumbrándose a decir aquellas palabras— quería agradecerte. Me confirmaron que la cuenta está al día.

—No tienes que agradecerme cada vez que se resuelve algo que acordamos en el contrato.

—Quizá tú estés acostumbrado a pagar facturas sin pensarlo, pero yo no.

Cedric la observó unos segundos. No había reproche en su voz, solo una sinceridad que le resultó difícil ignorar.

—Lo entiendo —respondió—. George puede llevarlos.

—Podemos ir en autobús.

—No lo dudo. Pero tienes una visita que hacer, no una prueba de resistencia.

Nyssa entrecerró los ojos.

—¿Siempre tienes que decir las cosas como si estuvieras dando órdenes?

—Solo cuando la persona que tengo delante parece dispuesta a complicarse la vida por orgullo.

—No es orgullo.

—Entonces llámalo como quieras.

Nyssa suspiró, resignada.

—Acepto que George nos lleve. Pero no necesito que alguien nos acompañe dentro.

—De acuerdo. Tú decides.

Aquella respuesta la sorprendió más de lo que quería admitir.

Cedric volvió a sus documentos, aunque antes de que ella saliera añadió:

—Nyssa.

Ella se giró.

—Me alegra que puedas ir a ver a tu madre sin tener que preocuparte por la cuenta.

Nyssa lo miró en silencio.

—A mí también.

Y esta vez, cuando sonrió, no sintió la necesidad de esconderlo.

El trayecto hasta el hospital transcurrió entre las preguntas de Ale y las respuestas pacientes de Nyssa.

El niño quería saber si su madre podría volver pronto a casa, si le gustarían sus dibujos y si todavía recordaría la canción que solía cantarle antes de dormir.

Nyssa contestó todo lo que pudo, aunque algunas preguntas le apretaron el corazón.

—Vamos a verla y preguntaremos cómo está, ¿sí?

—¿Y le diremos que ya no debemos dinero?

Nyssa le acarició la mejilla.

—Sí, mi amor. Se lo diremos.

Cuando llegaron, George los acompañó hasta la entrada y les deseó una buena visita antes de marcharse.

Nyssa tomó la mano de Ale y caminó por los pasillos que conocía demasiado bien.

Sin embargo, aquella mañana había algo diferente.

No llevaba una factura arrugada en el bolso. No había calculado cuánto dinero le quedaba para el transporte de regreso ni estaba pensando en qué turno tendría que cubrir para pagar el siguiente vencimiento.

Por una vez, podía concentrarse en su madre.

Al entrar en la habitación, la encontró despierta, descansando contra las almohadas.

—¡Mamá!

Ale soltó la mano de su hermana y corrió hacia la cama, frenando justo antes de chocar con ella.

Su madre abrió los brazos como pudo y lo recibió con una sonrisa cansada.

—Mi niño… ¿cómo estás?

—¡Bien! Te traje dibujos.

Nyssa se acercó despacio. Ver a su madre sonreírle a Ale le provocó una mezcla de alivio y tristeza. Seguía enferma, seguía necesitando cuidados, pero estaba allí. Podía escuchar la voz de su hijo y acariciarle la cabeza.

Y eso importaba.

—Hola, mamá —susurró Nyssa.

Su madre extendió una mano hacia ella.

—Ven aquí, cariño.

Nyssa se inclinó para abrazarla con cuidado. Cuando sintió los dedos de su madre acariciándole el cabello, tuvo que contener las lágrimas.

—¿Qué pasa? —preguntó la mujer, mirándola con atención—. ¿Ha ocurrido algo?

Nyssa negó con la cabeza.

—No. Esta vez no ha pasado nada malo.

Se sentó junto a la cama y tomó su mano.

—La cuenta del hospital está pagada, mamá. Ya no tenemos deudas pendientes aquí.

Su madre se quedó inmóvil.

—¿Qué has dicho?

—Está todo al día.

Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas.

—Nyssa… ¿cómo lo hiciste?

Ella bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.

No podía contarle todavía todos los detalles. No quería que su madre se angustiara pensando en el prestamista, ni que Ale escuchara conversaciones que no le correspondían.

—Encontré una solución —respondió—. Estoy trabajando en algunas cosas y, por ahora, estamos bien.

Su madre la conocía demasiado.

—No quiero que te sacrifiques más de lo que ya lo has hecho.

Nyssa tragó saliva.

—No estoy sola en esto, mamá.

Aquellas palabras le resultaron extrañas. Durante años había actuado como si todo dependiera exclusivamente de ella, como si pedir ayuda fuera una derrota.

Ahora tenía un contrato firmado con un hombre al que apenas conocía, una oportunidad para intentar recuperar su sueño y un lugar seguro donde Ale podía dormir sin miedo.

No sabía cómo terminaría todo aquello.

Pero al menos había dejado de estar completamente sola.

—¿Y tú estás bien? —preguntó su madre.

Nyssa sonrió con suavidad.

—Estoy intentando estarlo.

No era toda la verdad, pero tampoco era una mentira.

Pasaron un buen rato conversando.

Ale le mostró cada dibujo a su madre, explicándole con entusiasmo qué había hecho en la escuela. Después le contó que la casa donde estaban viviendo tenía un jardín enorme y que había visto flores de muchos colores.

—¿Una casa con jardín? —preguntó su madre, mirando a Nyssa.

—Es temporal —aclaró ella rápidamente—. Estamos quedándonos allí mientras organizo algunas cosas.

Su madre no insistió, aunque la observó con esa expresión que siempre había conseguido hacerla sentir transparente.

—Me gustaría conocer ese lugar algún día.

—Claro que sí.

Nyssa le acomodó la manta sobre las piernas y comprobó que tuviera todo lo necesario al alcance de la mano.

Antes de marcharse, su madre le apretó los dedos.

—No olvides tu vida por cuidar la nuestra.

Nyssa sintió que algo se le cerraba en la garganta.

—Nunca podría olvidarlos.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Te estoy pidiendo que también te cuides tú.

Nyssa bajó la cabeza y besó su mano.

No supo qué contestar.

Porque su madre tenía razón.

Y porque, por primera vez en mucho tiempo, Nyssa empezaba a preguntarse qué quería hacer con su propia vida, además de sobrevivir.

Cuando salió de la habitación, Ale caminaba a su lado, hablando de los dibujos que haría para la próxima visita.

Ella lo escuchó con una sonrisa y le apretó la mano.

La cuenta del hospital estaba al día.

Su madre había podido verla sonreír.

Y dentro de dos semanas tendría una oportunidad de presentarse a una selección de modelos.

Todavía había problemas que resolver, pero aquel día Nyssa decidió permitirse algo que llevaba demasiado tiempo postergando.

Sentirse aliviada.

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Carmen Chávez Rebolledo
excelentes relatos me encantan
𝑴𝒊𝒏𝒂𝒓𝒚ღ
Nueva seguidora ✨
Claudia Oroná
que mujer tan estúpida y cobarde!!! xq no lo llamo a Cédric y averigua?
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