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LÍNEAS CRUZADAS

LÍNEAS CRUZADAS

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor-odio / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

De día, Valeria Vidal y Dante De Rossi son los titanes más implacables de la arquitectura europea: una batalla campal de titanio contra hormigón donde cada licitación se disputa como un duelo a muerte. De noche, despojados de sus armaduras corporativas, son «TintaBlanca» y «PlanoCero», dos almas insomnes que se desahogan y se enamoran a ciegas a través de una plataforma anónima, sin sospechar que su confidente ideal es su peor pesadilla diurna.
Mientras sus socios montan un palco cómico cada fin de semana para verlos batirse en ridículas apuestas —desde carreras en bicicleta de paseo hasta guerras de karaoke—, sus padres deciden intervenir. Enemigos frente a la prensa pero compinches de toda la vida en privado, los patriarcas urden una trampa maestra: un falso matrimonio corporativo por contrato con amenaza de intercambio de mando. Obligados a convivir bajo el mismo techo entre desplantes, planos cruzados y un ataque de celos incontrolable, Valeria y Dante descubrirán que la estructura

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Capítulo 16: La tarantela de medianoche y el San Domenico

El polvo volcánico del acantilado dio paso al mármol pulido y al olor a azahares centenarios del San Domenico Palace.

El antiguo monasterio dominico reconvertido en hotel de lujo dominaba la bahía de Naxos con la serenidad de quien ha visto pasar imperios, piratas y, ahora, a la plana mayor de la ingeniería civil europea. La recepción oficial previa al dictamen final del tribunal de arbitraje congregaba a ministros de infraestructuras italianos, delegados de Bruselas y peritos internacionales vestidos de rigurosa etiqueta negra.

En la antesala de los claustros góticos, Dante De Rossi se ajustaba los gemelos de titanio oscuro con la paciencia al límite. Su esmoquin negro a medida resaltaba su porte atlético, pero en su mandíbula todavía quedaba el rastro de la furia contenida por los comentarios del campamento.

La puerta de la suite se abrió con un murmullo de goznes pesados.

Dante alzó la vista y el aire abandonó sus pulmones en un golpe sordo.

Valeria Vidal avanzaba hacia él con la majestad de una emperatriz romana que acaba de firmar la rendición de sus enemigos. Llevaba un vestido de satén de seda en tono verde esmeralda con la espalda totalmente descubierta hasta la cintura, una abertura lateral que dejaba ver la línea interminable de sus piernas al caminar sobre stilettos de aguja dorados y el cabello castaño recogido en un peinado alto que dejaba libre su cuello y clavículas. En sus labios lucía un carmín desafiante y en su cuello descansaba una gargantilla geométrica de oro pulido diseñada por ella misma.

Valeria se detuvo a medio palmo del arquitecto, enarcando una ceja con una sonrisa ladeada:

—Cierra la boca, De Rossi. No querría que los peritos alemanes piensen que la falta de oxígeno afecta tu coeficiente intelectual antes de los discursos.

Dante tardó dos segundos en reaccionar. Deslizó una mano firme alrededor de la cintura de ella, atrayéndola con una fuerza contenida que hizo que la seda esmeralda rozara la solapa de su esmoquin:

—Ese vestido es una violación flagrante al tratado de no agresión visual, Vidal. Si tu plan para la cena era dejarme sin capacidad de raciocinio para que tú defiendas sola la memoria técnica, casi lo consigues.

Valeria apoyó ambas palmas en el pecho almidonado del hombre, sintiendo el latido seguro y acelerado bajo la tela:

—Mi plan es enterrar a Laurent y a su socia bajo la losa de su propio orgullo, querido. Tú solo procura no romperle la nariz al francés antes de que el juez firme el acta de adjudicación.

—No prometo nada si vuelve a rozarte los dedos —gruñó Dante contra su sien, depositando un beso ardiente sobre la piel desnuda de su hombro antes de ofrecerle el brazo.

El claustro del San Domenico era un hervidero de copas de champán, conversaciones en susurros diplomáticos y música de cuerda suave.

En una esquina iluminada por antorchas de hierro forjado, Jean-Paul Laurent y Delphine Renard sostenían una acalorada discusión con el doctor Lindemann. Laurent ya no llevaba el lino manchado del mediodía: vestía un esmoquin de terciopelo azul noche que pretendía devolverle su empaque parisino, aunque la quemadura del sol siciliano en su nariz delataba su humillación en el campo de pruebas.

Al ver entrar a la pareja de milaneses del brazo, el murmullo de la sala descendió varios decibelios.

—Mon Dieu... —masculló Laurent entre dientes, viendo a Valeria avanzar con la soltura de quien es dueña del terreno.

Delphine Renard entrecerró los ojos con una frialdad matemática:

—Concéntrate, Jean-Paul. Tienen los datos de amortiguamiento, pero carecen del respaldo político. Si ofrecemos transferir la fabricación de los cables de suspensión a los astilleros de Marsella, el comité nos dará el visto bueno por cuota comunitaria. Divide y vencerás.

Laurent dio un trago largo a su copa y se encaminó hacia ellos con una sonrisa ensayada que pretendía camuflar su despecho.

—Madame Vidal... —saludó el francés, ignorando ostensiblemente a Dante mientras intentaba capturar la mano libre de Valeria—. Veo que la toba volcánica no logró empañar su elegancia. Aunque lamento informarle que la comisión acaba de abrir una mesa de concertación: proponemos que Atelier Saint-Germain asuma el cálculo integral del viaducto y Vidal Vanguard aporte la consultoría paisajística y el centro de visitantes. Una solución civilizada que excluiría las... toscas interferencias del señor De Rossi.

Valeria no retiró la mano; la dejó flotar en el aire, fría y distante, mirándolo desde su altura con una compasión letal:

—¿Consultoría paisajística, Jean-Paul? —soltó ella con una risita suave que atrajo la atención de tres miembros del jurado vecinos—. Qué conmovedor que el Atelier Saint-Germain necesite recurrir al maquillaje floral después de que sus pilares simétricos crujieran como ramas secas ante una detonación de grado tres.

Delphine se incorporó al cerco con una mueca de desdén:

—Nuestra celosía es un estándar probado en el Sena, señora Vidal. Lo suyo es un experimento temerario basado en la intuición.

Dante dio un paso al frente, recortando el espacio con una presencia tan rotunda que Laurent retrocedió medio metro de forma refleja. El barítono del italiano resonó con la autoridad de un martillo hidráulico:

—El Sena no tiene una cámara magmática activa roncando a diez kilómetros bajo el lecho fluvial, Madame Renard. Lo que ustedes llaman «intuición» son setenta mil líneas de cálculo no lineal desarrolladas conjuntamente por mi equipo y el de mi esposa. Y si cree que puede fracturar esta alianza con ofertas de subcontratación barata... le sugiero que revise los estatutos fundacionales de Vidal & De Rossi.

En ese instante, la orquesta de cuerdas cambió de compás.

Un cuarteto tradicional de mandolinas y guitarras sicilianas tomó el relevo en el centro del claustro, arrancando con los acordes vibrantes y vertiginosos de una tarantela clásica que llenó el patio de piedra de una energía popular y festiva. Los delegados extranjeros sonrieron, aplaudiendo el cambio de tono hacia el folclore local.

Valeria clavó sus ojos en Dante. Una chispa salvaje y desafiante ardió en sus pupilas castañas.

—¿Decías algo sobre resistencia física en la pista, De Rossi? —provocó ella en un susurro, soltando el brazo de su marido para dar un giro sobre sus tacones en dirección al centro del claustro.

Dante la miró con los ojos entrecerrados. La sonrisa de lobo volvió a curvarle los labios:

—No me tientes, Vidal. No sabes en qué terreno estás entrando.

—Demuéstramelo —desafió ella, chasqueando los dedos al ritmo de las mandolinas.

Lo que siguió en el patio del San Domenico fue un espectáculo de dominación y fuego que dejó mudos a los burócratas de Bruselas.

Dante se desabrochó el botón central del esmoquin, avanzó con zancadas seguras y atrapó la mano en alto de Valeria en el primer compás fuerte. No bailaron con la timidez de dos ejecutivos en una fiesta de gala; bailaron con la ferocidad milimétrica de dos rivales que conocían cada resorte del otro.

Valeria se movía con una ligereza hipnótica, haciendo volar la falda verde esmeralda en círculos rápidos, desafiando la gravedad sobre sus tacones mientras su espalda desnuda destellaba bajo la luz de las antorchas. Dante marcaba el ritmo con una potencia rotunda, guiando sus giros con una mano firme en su cintura, rozando su cuerpo con el de ella en cada quiebro, atrayéndola y soltándola con una precisión que no regalaba un solo milímetro al azar.

Bailaban mirándose a los ojos, con las frentes casi rozándose, desafiándose con cada cambio de paso como si estuvieran disputando una licitación sobre las losas de piedra. El calor de sus respiraciones se mezclaba con el aroma a salitre y jazmín. Cuando la música alcanzó el clímax vertiginoso del último redoble, Dante la atrapó por la cintura con ambos brazos, levantándola apenas unos centímetros en una suspensión perfecta antes de bajarla despacio, pegando su pecho agitado contra el de ella mientras los aplausos de toda la sala rompían en una ovación cerrada.

Incluso el doctor Lindemann aplaudía con entusiasmo indisimulado, levantando su copa de vino siciliano en señal de respeto hacia los italianos.

Laurent y Delphine se quedaron al fondo del claustro, aislados, con las copas en la mano y la certidumbre aplastante de que no existía grieta burocrática en el mundo capaz de separar a esos dos titanes.

A las dos de la madrugada, la suite del hotel descansaba en un silencio templado.

Valeria estaba de pie en la terraza que daba al mar, descalza sobre las baldosas de terracota, sosteniendo una copa de vino blanco helado. El viento nocturno le alborotaba los mechones sueltos de la melena. A lo lejos, sobre la cumbre oscura del Etna, un punto rojo de lava incandescente parpadeaba contra las estrellas como un faro silencioso.

Unos brazos fuertes rodearon su cintura desde atrás.

La calidez del torso de Dante, despojado ya de la chaqueta y la pajarita, se pegó a su espalda desnuda con una familiaridad que le disipó cualquier resto de cansancio. Él apoyó la barbilla en su hombro, respirando hondo contra la curva de su cuello:

—Lindemann firmó el informe técnico provisional hace veinte minutos en el vestíbulo —murmuró Dante con su barítono bajo—. El viaducto es nuestro, socia. La comisión desestimó la impugnación francesa sin derecho a réplica.

Valeria sonrió despacio, apoyando la cabeza contra el pecho de él, cubriendo las manos grandes de Dante con las suyas:

—Nunca dudé de nuestra elasticidad, troglodita.

Dante soltó una risa apagada, besándole la comisura de la mandíbula:

—Yo tampoco dudaba de los cálculos, Vidal. Dudaba de si mi corazón resistiría verte bailar con ese vestido sin arrastrarte a la suite antes del postre.

Valeria giró el rostro hacia él, con los ojos castaños brillando en la penumbra con una ternura infinita y descarada:

—El contrato conyugal definitivo sigue en redacción, señor De Rossi. Todavía tienes que demostrar que sabes mantener la estabilidad de la estructura cuando se apagan las luces.

Dante le quitó la copa de la mano, dejándola sobre la barandilla de piedra, y la alzó en vilo en sus brazos con la facilidad de quien levanta un boceto de papel:

—Vamos adentro, TintaBlanca. Esta noche las pruebas de carga las hacemos nosotros.

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