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Mi marido tenía otra familia

Mi marido tenía otra familia

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Mujer despreciada / Amante arrepentido
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11

Capítulo 11. Lo que quería Valeria

Valeria le pidió que la llevara a casa.

Renata la miró antes de contestar. Hasta ese momento había sido ella quien buscaba maneras de acercarse. Una clase, una pregunta, horas compradas para que la otra mujer no pudiera disponer de ellas.

Ahora la invitación venía de Valeria.

Aceptó.

Durante el trayecto, escuchó las indicaciones sin preguntar más de lo necesario. Se fijó en las calles, en la entrada del edificio, en las cosas que tendría que recordar si quería explicar después dónde había estado.

Le molestó descubrirse haciéndolo. Antes podía llevar a una persona a su casa sin transformar el viaje en información sobre su marido.

Valeria se quitó el cinturón cuando llegaron.

—Sube. Comemos algo.

Renata miró hacia el edificio. No necesitaba que la invitara dos veces.

El departamento era el de una persona que vivía allí. Había cosas de uso diario, un espacio para dejar las llaves, objetos que no parecían recién puestos para recibirla. Eso fue lo primero que le resultó incómodo: la normalidad.

Había imaginado un sitio más fácil de odiar.

Valeria abrió paso y dejó sus cosas. Renata entró despacio, mirando lo que podía ver sin ponerse a abrir puertas.

Una silla. La mesa. El espacio donde alguien podía sentarse después de llegar del trabajo. Se preguntó en cuál había estado Damián. Si ella habría puesto un vaso delante de él. Si él miraba el teléfono allí mientras su esposa creía que estaba en una reunión.

Valeria le ofreció agua.

Renata aceptó para tener algo que hacer con las manos.

Mientras la otra mujer se apartaba, dejó que los ojos recorrieran el lugar con menos disimulo. Buscaba una camisa olvidada, un objeto que reconociera, algo que perteneciera a su marido y resultara imposible confundir con una suposición.

No lo encontró.

Incluso donde alcanzaba a verse la habitación, todo parecía corresponder a una sola persona. No había una segunda vida puesta a la vista, esperando a que ella llegara para descubrirla.

Valeria volvió con el agua y siguió la dirección de su mirada.

—No se queda a dormir.

Renata giró la cabeza.

No le preguntó de quién hablaba.

—Es muy cuidadoso —añadió Valeria.

La frase hizo que el vaso le pesara más entre las manos. Damián sabía cuidar su casa, su trabajo, la impresión que causaba. También sabía no dejar una camisa en el lugar equivocado.

Valeria se sentó.

—Quiero dirigir finanzas.

Renata tardó un momento en responder. Había esperado un rodeo, una manera de justificar la relación o de pedirle que no armara un escándalo. Se encontró con el nombre de un puesto.

—¿Qué?

—La dirección financiera de Bellaria.

Renata la miró con atención. La mujer no estaba diciendo que quisiera alejarse del matrimonio. Le estaba pidiendo ayuda dentro de la empresa que dirigía su marido.

—¿Por eso me invitaste?

—Podemos hablar aquí.

Podían. Nadie las escuchaba. Eso no hacía más fácil estar sentada en el lugar al que Damián había ido para acostarse con otra.

Renata dejó el vaso sobre la mesa.

—Pídeselo a él.

—Ya se lo pedí.

—Entonces espera a que te lo dé.

Valeria la sostuvo con la mirada.

—Eso es lo que quiere que haga.

Contó las respuestas que había recibido. Ahora no. Había que esperar. No convenía mover las cosas todavía. Más adelante revisarían su situación.

La razón cambiaba. El resultado no.

—¿Y tú qué le dices?

—Que quiero avanzar.

—¿No te paga suficiente?

Renata oyó la dureza de su propia voz. No intentó corregirla.

Valeria no bajó la cara.

—No estoy pidiendo que me suba el sueldo para seguir haciendo lo mismo. Quiero el puesto. Puedo hacer ese trabajo.

Lo dijo sin convertirlo en una súplica. Tenía preparación, conocía el área, llevaba tiempo trabajando allí. Damián lo sabía. No le faltaba una prueba más de que podía hacerlo. Le faltaba una decisión que él prefería seguir aplazando.

Renata escuchó, con el cuerpo tieso.

Todo aquello habría sido una conversación distinta si la mujer que tenía delante no se acostara con su marido. Podría haber opinado sobre la empresa, haber preguntado por la directora actual o haberle dicho que lo hablara con alguien.

Allí, cada frase llegaba después de aquella otra: no se queda a dormir.

—¿Y por qué tendría que ayudarte yo?

Valeria no fingió no entender lo que estaba preguntando.

—Porque tú también quieres algo.

Renata sonrió sin ganas.

—¿Y ya decidiste qué es?

La otra mujer dejó pasar el tono.

—Fuiste a mis clases. Compraste mi tiempo. Estás aquí.

Renata sintió la humillación de ver ordenados sus movimientos por la persona a la que había intentado estudiar. No había venido como una mujer cualquiera que necesitara aprender a volar. Valeria lo sabía.

Miró el agua que no había terminado.

Podía levantarse, decirle lo que pensaba y bajar al auto con la satisfacción de no haber escuchado una oferta. Damián seguiría teniendo una explicación para cada cosa. Ella seguiría buscando una prueba entre paisajes y datos de un reloj.

Eso no significaba que tuviera que aceptar lo que le pusieran delante.

—No creas que porque sabes qué está pasando puedes pedirme lo que quieras.

Valeria negó despacio.

—Te estoy diciendo lo que quiero. Es mejor que hacerte esperar sin decir nada.

Renata sintió el golpe de la comparación, aunque ninguna nombró a Damián.

Había hombres que llamaban prudencia a no dar una respuesta. No prometían, no negaban, dejaban a la otra persona buscando una forma de conseguir lo que nunca acababa de llegar. Si querían hacerlo, lo hacían. Si no, una podía seguir gastando palabras hasta quedarse sin voz.

Valeria había dejado de esperar por ese lado.

Por eso estaba hablando con ella.

—Quieres que te consiga el puesto —dijo Renata—. En la empresa de mi familia.

—Sí.

La respuesta le dio ganas de reírse. No porque fuera graciosa. Porque no sabía qué otra cosa hacer con la claridad de aquella mujer.

Se había preparado para una rival que quisiera ocupar su cama. La tenía delante pidiéndole una oficina.

Miró alrededor otra vez.

Damián había aprendido a irse sin dejar sus cosas. Valeria había aprendido a no dar sus horas a cambio de frases bonitas. Ella todavía estaba allí, tratando de entender qué parte de su matrimonio no había sido lo que creía.

Su dolor parecía lo único que no tenía un lugar en la conversación.

Valeria señaló la comida que había preparado para las dos.

Renata no se acercó.

Se levantó y tomó la bolsa. Había pasado el tiempo suficiente en aquel departamento para empezar a recordar dónde estaba cada cosa. No quería tener que recordar también el sabor de una comida compartida con ella.

Valeria se puso de pie.

Renata la miró antes de irse.

—Piensa qué puedes darme a cambio.

No prometió el puesto. No dijo que aceptaba colaborar. Le devolvió una pregunta que no podía responderse solo con explicar sus motivos.

Valeria no intentó detenerla.

Renata salió sin tocar la comida.

En el pasillo, volvió a sentir el calor en la cara. No se permitió aflojar el paso. Esperó el elevador mirando al frente y se colocó la bolsa sobre el hombro cuando se abrió la puerta.

Nadie que la viera salir habría tenido por qué saber qué acababan de pedirle.

Eso fue lo que se repitió hasta llegar al auto.

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