Vladimir Volstok murió después de dedicar toda su vida a su familia.
Fue el hijo perfecto. El hermano que siempre sacrificaba todo por Raúl, el elegido de la familia y el héroe destinado a tenerlo todo. Pero cuando llegó su final, Vladimir descubrió la verdad: su bondad solo había servido para que todos lo utilizaran.
Entonces el destino le ofreció una segunda oportunidad.
Pero no regresaría como Vladimir Rojas.
Regresaría como Vladimir Volstok: el villano de la historia.
Su misión era sencilla: destruir a todos los héroes.
Vladimir aceptó con una sonrisa.
Porque él conocía el futuro.
Sabía quiénes serían los héroes, quiénes serían sus aliados, qué mujeres amarían y qué oportunidades los convertirían en leyendas.
Y decidió robárselo todo.
Su primera jugada será Miranda, la novia de Raúl.
Primero le robará su amor.
Después, su futuro.
Y cuando Raúl descubra que Miranda espera un hijo de Vladimir, comprenderá demasiado tarde qu
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El eco del vacío
Vladimir despierta antes que Miranda. La luz grisácea del amanecer se filtra por las enormes ventanas del penthouse, dibujando sombras suaves sobre su piel desnuda. Ella duerme profundamente, con una expresión de serenidad que contrasta brutalmente con lo que acaba de suceder: el pilar emocional del héroe ha caído, y nadie en el mundo lo sabe aún, excepto él. No hay remordimiento en su pecho, ni culpa, ni esa molestia incómoda que solía acompañar cada una de sus decisiones cuando era Alex. Lo que siente es una calma fría, cristalina, como quien termina de colocar la primera piedra de un edificio que sabrá imponerse sobre todo lo demás. Se levanta con cuidado, sin hacer ruido, y se viste frente al espejo. El hombre que lo mira desde el reflejo no es Alex Rojas. Es Vladimir Volstok: alto, imponente, con rasgos afilados que parecen tallados para dominar, y una cicatriz pequeña cerca de la ceja izquierda que el Vladimir original había conseguido en una pelea estúpida cuando era adolescente. Ahora esa cicatriz parece una marca de guerra, y él la lleva con orgullo.
Mientras se ajusta la camisa, el Sistema del Villano parpadea en su campo de visión, como letras de fuego que solo él puede leer:
[Misión principal activa: Desviar el destino del Héroe]
[Pieza 1 de 6 capturada: Miranda Vance]
[Lealtad: 92% — Estable]
[Siguiente objetivo desbloqueado: Desestabilizar la reputación de Raúl Rojas]
[Instrucción: Raúl no puede seguir siendo el "hombre bueno" si el mundo empieza a dudar de él. Quítale su mayor fortaleza: la confianza de los demás]
Vladimir sonríe ante esas palabras. Sabía que no bastaba con haberle arrebatado a Miranda. Eso era solo el golpe más visible, el más doloroso a corto plazo, pero el destino tenía una forma astuta de recomponerse. Si Raúl seguía siendo admirado, respetado, si todos seguían viéndolo como el joven noble que siempre hacía lo correcto, tarde o temprano aparecería alguien más. El destino buscaría reemplazar lo que había perdido. No, para vencer realmente a Raúl, tenía que derribarlo desde todos los frentes. Tenía que convertir su mayor virtud —su bondad— en su mayor defecto.
Regresa al dormitorio y se sienta en el borde de la cama. Miranda se mueve entre sábanas de seda, abre los ojos lentamente, y al verlo, una sonrisa tímida y genuina aparece en su rostro. Es una sonrisa que nunca había dirigido a nadie con esa intensidad, y él lo sabe. Sabe cada detalle de la historia original, cada conversación, cada momento que Raúl y Miranda habrían compartido si él no hubiera aparecido. Y ahora, cada uno de esos instantes ha sido borrado, reemplazado por él.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto? —le pregunta ella con voz suave, estirándose.
—El suficiente para darme cuenta de que verte despertar se ha convertido en mi momento favorito del día —responde él, y su voz suena tan sincera que incluso él se sorprende. No es mentira del todo. Le gusta tener el control. Le gusta saber que cada palabra que dice pesa en el corazón de ella.
Se levantan juntos. Él la lleva a un baño más grande que la sala de su propia casa en la que creció Alex. Le ofrece una bata de seda que ella no se atrevería a comprar nunca, y mientras ella se arregla, él prepara el desayuno: frutas frescas, café recién molido, bollería que llega caliente de una pastelería a la que solo acceden los más ricos de la ciudad. No es solo comida. Es una demostración silenciosa de lo que él puede ofrecer y Raúl no.
Desayunan conversando de cosas ligeras: sus estudios, sus sueños, los lugares que le gustaría visitar. Él la escucha de verdad. No mira el reloj, no responde con monosílabos, no deja que sus preocupaciones familiares le impidan prestarle atención. Cada pregunta que hace está calculada para hacerla sentir importante, valorada, vista de una manera que ella jamás se había sentido. Y cuando ella menciona, casi al final, que Raúl siempre parecía tener prisa, siempre tenía alguna emergencia familiar que le robaba su tiempo, él ve la oportunidad perfecta para plantar la primera semilla de duda.
Apoya su mano sobre la de ella, con una suavidad que contrasta con la firmeza de sus palabras:
—He oído cosas sobre Raúl. Todos dicen que es un buen chico, que siempre está dispuesto a sacrificarse por su familia. Pero... ¿sabes qué he aprendido? Que ser bueno no significa hacer sentir a la otra persona como si siempre fuera la segunda opción. A veces, las personas que viven para todos los demás terminan olvidándose de la persona que está justo a su lado. Y eso no es noble, Miranda. Es solitario.
Ella baja la mirada, jugando con el borde de su taza. Su expresión se vuelve melancólica.
—Siempre me decía que lo entendiera, que su familia lo necesitaba más que yo. Y yo intentaba entenderlo, de verdad. Pero dolía... dolía mucho sentir que nunca era suficiente.
—Tú no eres la que tiene que ser suficiente —dice él, inclinándose levemente hacia ella—. Tú eres el estándar. Y mereces a alguien que te ponga en primer lugar sin que tengas que pedirlo. Mereces a alguien que tenga tiempo para ti, no solo los minutos que le sobran a los demás.
Ella levanta la vista, y en sus ojos hay algo más que atracción. Hay reconocimiento. Hay alivio. Por primera vez, alguien le ha dado permiso para sentir lo que llevaba callando meses.
—Nadie nunca me lo había dicho así —susurra ella.
—Porque nadie te ve como yo te veo.
Terminan de desayunar en un silencio cómodo, cargado de algo nuevo que crece entre los dos. Cuando la lleva hasta su coche, un vehículo de lujo que ella se avergonzaría de admitir que ni siquiera sabía que existía, él abre la puerta para ella como si fuera una reina. Durante el trayecto, ella mira por la ventana, observando la ciudad con ojos diferentes. Todo parece brillar más. Todo parece posible.
Al llegar frente a su edificio, él detiene el motor y se queda un momento en silencio, permitiendo que ella procese todo lo que está sintiendo. Antes de que ella baje del coche, él le toma la mano suavemente.
—No tienes que decidir nada hoy. No tienes que justificarte ante nadie. Solo recuerda lo que sientes cuando estás conmigo. Y compáralo con lo que sientes cuando estás con él. La respuesta ya está en tu corazón, Miranda. Solo tienes que atreverte a escucharla.
Ella asiente, se acerca y le besa suavemente en los labios, con una mezcla de gratitud y deseo.
—Te llamaré —promete ella.
—Estaré esperando. No te apresures. Lo que construimos vale la pena esperar.
Ella baja del coche, camina hacia la entrada y se gira una última vez antes de desaparecer dentro. Vladimir espera hasta que ella ya no es visible, y entonces la sonrisa cálida se desvanece de su rostro. Se recarga contra el asiento, cierra los ojos un instante, y cuando los abre, el calor ha desaparecido por completo. Queda solo la frialdad del estratega que sabe que cada pieza está cayendo exactamente donde debe.
Conduce de regreso a su torre. El destino no sabe aún que la partida ha cambiado de manos. Raúl cree que perdió una novia. No comprende que en realidad acaba de perder su espejo. Y sin espejo, ¿cómo puede un héroe verse a sí mismo?
Vladimir toca el cristal de la ventanilla, como si pudiera atravesarlo y llegar hasta la casa de los Rojas.
—Esto es solo el principio, hermanito. Disfruta tu reputación de buen chico mientras dure. Porque pronto... nadie creerá en ti.