Para el círculo militar y la alta sociedad, ella es la intocable "princesa de cristal": la menor de cuatro hermanos que visten uniforme de élite, la niña consentida de un temido General de cuatro estrellas y la heredera natural del imperio de moda de su madre. Nadie imagina que, a puertas cerradas, sus hermanos la entrenaron sin piedad para que jamás fuera el eslabón débil de la dinastía.
El verdadero golpe no lo recibió en un campo de tiro, sino en una fiesta de graduación.Tras arreglarse para ser vista como la mujer que es, escucha al mejor amigo de su hermano —el chico del que estuvo enamorada en secreto durante años— burlarse de ella y despreciar sus sentimientos ante su círculo militar solo para inflar su ego y marcar territorio.
Ella se marcha con una sola promesa grabada a fuego: ser la mejor
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 25: Cenizas y Marea Alta
La luz del amanecer sobre el Mar de Cortés no pidió permiso para entrar.
Se filtró a través de los ventanales de cristal templado de la suite principal, tiñendo las sábanas de lino blanco de un resplandor cobrizo y cálido. El murmullo del oleaje contra los riscos llegaba amortiguado por la brisa matutina, arrastrando el perfume a salitre, jazmín silvestre y café recién molido que subía desde las terrazas inferiores.
Sienna despertó despacio, con esa lucidez instantánea propia de los operadores que han dormido con un ojo abierto en zonas de fuego.
Pero esta vez no había un fusil apoyado en el cabecero de la cama ni una alarma satelital parpadeando en rojo. Lo que había, envolviéndola por completo en un calor denso y pesado, era el brazo macizo de Dante Cruz rodeándole la cintura por debajo de la sábana, anclándola contra su pecho desnudo como si temiera que el aire de la mañana se la llevara en un parpadeo.
Sienna no se movió.
Se quedó quieta durante un minuto entero, escuchando el compás acompasado y sereno del corazón de Dante latiendo bajo su oreja. En la penumbra dorada, los rasgos afilados del soldado parecían haber perdido por fin la mueca de vigilancia perpetua. La barba corta le rozaba la frente; la cicatriz del labio inferior estaba casi curada y, sobre su omóplato derecho, las marcas de sutura que ella misma le había cerrado en Washington descansaban bajo la sábana como un recuerdo sellado a fuego.
Sienna levantó una mano despacio, rozando con la yema del pulgar el puente de la nariz de él, bajando por el pómulo hasta detenerse en su mandíbula cuadrada.
Dante no abrió los ojos de inmediato, pero una sonrisa lenta, ronca y complacida curvó las comisuras de su boca. Sus dedos se cerraron sobre la cadera desnuda de Sienna, atrayéndola con una presión deliberada que borró cualquier distancia entre sus cuerpos.
—Estás despierta desde hace doce minutos, comandante —murmuró Dante con una voz cavernosa y cargada de sueño, sin levantar los párpados—. Tu ritmo cardíaco cambió exactamente cuando el sol tocó la barandilla.
—Tienes una telemetría insoportable, Cruz —respondió ella, aunque apoyó la barbilla en su esternón para mirarlo desde arriba, con el cabello castaño cayéndole en ondas desordenadas sobre los hombros.
Dante abrió los ojos despacio. Sus pupilas grises, limpias de la furia de los búnkeres y encendidas por una ternura desarmada, la recorrieron con una devoción tan absoluta que a Sienna se le escapó un suspiro tibio.
El soldado subió la mano libre hasta enredar los dedos en la nuca de ella, acariciando la línea suave de su piel con una lentitud que le erizó la espalda:
—Dormir ocho horas seguidas sin que nadie nos dispare debería estar catalogado como falta disciplinaria en SOCID —dijo él, atrayendo la cabeza de Sienna hacia abajo hasta que sus labios rozaron la comisura de su boca—. Aunque si el castigo es quedarme atrapado en esta cama contigo el resto del día... firmo la corte marcial ahora mismo.
Sienna entreabrió los labios contra los suyos, recibiendo un beso lento, profundo y posesivo que sabía a sal y a una intimidad tan limpia que amenazaba con volverla adicta. Sus dedos se hundieron en el cabello oscuro de Dante, disfrutando del poder que tenía sobre ese gigante que media hora antes del amanecer era capaz de quebrar cuellos a mano limpia y que ahora temblaba bajo su roce más sutil.
—Tenemos una agenda, teniente —susurró ella sobre su boca, mordiéndole apenas el labio inferior antes de apartarse unos centímetros con una sonrisa desafiante—. Mis amigas no vinieron a Cabo para que nos encerremos en una suite. Y conociendo a Chloe... si no bajamos a desayunar en diez minutos, hackeará el sistema domótico de la villa para encender los aspersores antiincendios sobre la cama.
Dante soltó una carcajada baja contra su clavícula, dejando un último beso ardiente sobre la piel dorada de su hombro antes de liberarla:
—Esa chica rubia es una amenaza para la paz internacional. Tu hermano parecía un recluta acorralado anoche en el barco.
—Liam se lo merece —sentenció Sienna, deslizándose fuera de las sábanas con una agilidad felina, recogiendo una camisa de lino blanco de Dante del suelo y abrochándose los botones frontales mientras dejaba que la tela masculina le cayera hasta la mitad de los muslos—. Le vendrá bien aprender que no todos los enemigos se rinden con una demostración de fuerza.
En la terraza del nivel intermedio, la mesa de piedra volcánica estaba cubierta por una fuente de frutas tropicales cortadas, aguacates frescos, café de olla especiado con canela y una jarra de zumo de naranja recién exprimido.
Sentada con las piernas cruzadas sobre una silla de teca, vestida con un top deportivo negro y unos pantalones cortos militares que claramente le pertenecían a Liam Keller, Chloe tecleaba en su tableta mientras mordía una tostada con mermelada. A su lado, el capitán del equipo Bravo estaba de pie junto a la barandilla, bebiendo café negro con una expresión de desconcierto absoluto, alternando miradas entre el Pacífico y sus propios pantalones de faena que la rubia lucía con una insolencia insultante.
—Te quedan enormes —soltó Liam con voz ronca, intentando recuperar un vestigio de autoridad que se había evaporado a medianoche.
Chloe ni siquiera levantó los ojos de la pantalla:
—Me quedan perfectos, capitán. Tienen bolsillos amplios para mis memorias USB y huelen a pólvora y detergente barato. Además, tú perdiste el derecho a reclamar tu ropa cuando te gané tres carreras seguidas en la lancha.
Liam apretó la mandíbula, pasando una mano por su nuca rapada. Miró a Julian Montgomery, que estaba cómodamente sentado al otro lado de la mesa sirviéndole una taza de café a Valeria con la parsimonia de un embajador en Ginebra.
—¿Tú ves esto normal, Montgomery? —masculló Liam—. La chica me robó los pantalones del camarote y ahora me mira como si fuera su asistente de logística.
Julian soltó una risa seca, acomodándose sus gafas de sol de carey:
—Mi estimado Liam, llevas seis años diciéndonos que el equipo Bravo es impenetrable. Bastó una rubia de metro sesenta armada con una sonrisa burlona para desmantelar tu línea de suministros. Yo que tú guardaría silencio antes de que decida expropiarte las botas de combate.
Valeria levantó la mirada de su propio ordenador portátil, dedicándole a Julian una sonrisa sutil y peligrosa que hizo que el diplomático enderezara la espalda involuntariamente:
—No le des ideas, Julian. Chloe tiene debilidad por el calzado militar. Y hablando de defensas caídas... —Valeria giró los ojos hacia la escalinata de piedra— parece que la comandante en jefe finalmente decidió concedernos una audiencia.
Sienna y Dante bajaban los peldaños juntos.
Ella caminaba con los pies descalzos sobre la piedra tibia, la camisa de lino de Dante ondeando alrededor de sus piernas y una serenidad luminosa en las facciones que sus dos amigas jamás le habían visto. Detrás de ella, Dante vestía unos pantalones cortos de lino gris y una camiseta oscura que delineaba la envergadura de sus hombros; llevaba una mano en el bolsillo y la otra rozando casualmente la espalda baja de Sienna, en un gesto protector tan natural que parecía haber estado allí toda la vida.
Liam clavó sus ojos en Dante.
Durante dos segundos, los dos mejores amigos de la academia militar se miraron en silencio: el hermano mayor midiendo el terreno, y el soldado sosteniéndole la mirada sin un solo titubeo de culpa, declarando en silencio que no había marcha atrás.
Liam soltó un suspiro pesado, negó con la cabeza y levantó su taza de café en una tregua silenciosa:
—Cruz. Más te vale que no hayas roto nada en esa habitación. Mamá todavía tiene mi tarjeta de crédito como fianza.
—La casa está intacta, Keller —respondió Dante con una media sonrisa tranquila, sentándose en el banco de teca y sirviendo dos vasos de zumo sin apartar su pierna del contacto con la de Sienna—. Y tu hermana sigue estando a cargo.
Chloe soltó un gritito amortiguado contra su servilleta, codeando a Valeria por debajo de la mesa:
—¡Míralos! ¡Están sincronizados hasta para respirar! ¡Valeria, pásame el azúcar antes de que me dé un síncope de ternura bélica!
Sienna se sentó al lado de Dante, tomando un trozo de mango con los dedos:
—Si terminaron con el análisis de campo de mi vida personal... ¿alguien me va a explicar por qué hay tres vehículos todoterreno militares modificados estacionados en la entrada de la villa desde las seis de la mañana?
Julian dejó la cafetera sobre la mesa con un brillo de anticipación en sus ojos verdes:
—Cortesía de la firma Keller y un par de favores que cobré en la embajada. Tres Baja Trophy Trucks de seiscientos caballos de fuerza, suspensión de largo recorrido, jaula antivuelco de cromo-molibdeno y tracción total. Hay una ruta de sesenta millas a través de los cañones del desierto de San José que termina en una playa virgen de dunas gigantes en el Mar de Cortés.
Valeria cerró su pantalla con un chasquido rotundo:
—Chloe y yo alquilamos el sistema de cronometraje satelital. Una carrera en tres parejas a través del cañón de la Trinidad. Sin límites de velocidad, sin reglas de tráfico y con una apuesta sobre la mesa: la pareja que pierda prepara la cena de gala de esta noche y lava los platos sin rechistar.
Liam entrecerró los ojos, sintiendo el desafío encenderle la sangre de soldado:
—¿Una carrera en el desierto contra una analista de sistemas y un diplomático? Es un insulto para los que fuimos entrenados en conducción evasiva todoterreno en Fort Bragg. Cruz y yo conocemos esos motores con los ojos cerrados.
—Oh, qué tierno —ronroneó Chloe, poniéndose de pie y arrojándole las llaves del primer camión directamente al pecho a Liam, obligándolo a atraparlas al vuelo—. Asumes que vas a correr con Dante, capitán. Pero las reglas las pusimos nosotras: las chicas manejamos. Ustedes van de copilotos asegurándose de no gritar cuando tomemos las curvas en dos ruedas.
Dante miró a Sienna de reojo, con una ceja alzada y una sonrisa feroz bailándole en los labios:
—¿Manejas tú, comandante?
Sienna apuró su café de un solo trago, levantándose de la mesa con esa soltura letal que hacía que hasta el lino blanco pareciera un uniforme de asalto:
—Asegúrate de apretarte el arnés de cuatro puntos, teniente Cruz. Porque en el barro del desierto... tampoco tengo la costumbre de frenar.
El cañón de la Trinidad era un tajo salvaje de roca caliza roja, cactus gigantes y lechos de ríos secos cubiertos de arena suelta que ardían bajo el sol del mediodía.
En la línea de salida improvisada entre dos riscos de granito, los tres monstruos de carreras rugían con una vibración gutural que levantaba nubes de polvo dorado. Los motores V8 sobrealimentados escupían calor a través de los tubos de escape laterales; las suspensiones neumáticas oscilaban como animales enjaulados esperando la orden de caza.
En el vehículo de la izquierda, Julian se ajustaba los guantes de cuero en el asiento del copiloto mientras Valeria, con un pañuelo de seda cubriéndole el pelo bajo el casco y la mirada serena tras las gafas de protección, aceleraba el motor en vacío con una precisión milimétrica.
En el del centro, Liam tenía una mano aferrada a la barra de seguridad del tablero y la otra en el botón de la radio, mientras Chloe, con una coleta alta saliendo por la parte trasera del casco y una sonrisa desquiciada, le guiñaba un ojo a través del parabrisas enrejado:
—¡Si vomitas en mi tablero, Keller, te bajo en marcha! —le gritó la rubia por el intercomunicador.
—¡Tú solo mira la pista y no te mates, loca! —bramó Liam, aunque una carcajada salvaje delató que estaba disfrutando cada segundo del caos.
Y en el camión de la derecha, Sienna Keller ajustó el volante de competición forrado en ante con sus dos manos enguantadas.
Llevaba unas gafas de sol oscuras bajo la visera del casco, una camiseta sin mangas gris ceñida y los brazos firmes sobre los mandos. A su lado, Dante Cruz ocupaba el asiento del copiloto con la tranquilidad del hombre que ha sobrevivido a saltos en paracaídas a cuatro mil metros. El soldado estiró el brazo y apoyó su mano grande sobre el muslo de ella, apretando la pierna con un calor protector que compitió con el rugido de los cilindros:
—Sesenta millas de cañón cerrado, Sienna. Piedras sueltas a la salida de la curva tres.
Sienna metió la primera marcha con un golpe seco de la palanca secuencial:
—Canta las notas del mapa satelital, Cruz. Y prepárate para comer polvo de victoria.
El claxon satelital de la tableta de cronometraje emitió tres pitidos descendentes y un tono continuo:
¡¡BEEP!!
Los tres vehículos soltaron los frenos simultáneamente.
Tres toneladas de metal y caballos de fuerza salieron disparadas hacia el lecho del cañón, levantando una tormenta de arena roja que oscureció el sol.
Sienna clavó el acelerador a fondo. El morro del camión se elevó por la tracción brutal de los neumáticos de cuarenta pulgadas; el motor rugió con un bramido ensordecedor mientras ella recortaba la trayectoria hacia la primera curva cerrada de granito, rozando la pared de roca a escasos diez centímetros sin levantar el pie del acelerador.
A su izquierda, Chloe conducía como un demonio suelto: derrapaba en cada curva cruzando el eje trasero, arrancando gritos y risas furiosas de Liam que se filtraban por la frecuencia de radio abierta. Valeria, por el contrario, trazaba las líneas con una geometría matemática implacable, manteniéndose pegada al rebufo de Sienna como una sombra plateada guiada por los cálculos de Julian.
—¡Salto a trescientos metros! —cantó Dante por el auricular, con la voz firme sobre el estruendo de los amortiguadores machacando la piedra—. ¡Cresta ciega, cae hacia la derecha!
Sienna corrigió el volante con un movimiento seco de las muñecas.
El todoterreno despegó del suelo sobre la cresta del cañón.
Durante dos segundos enteros, el camión flotó en el aire caliente de Baja California, suspendido contra el cielo azul mientras abajo se abría la inmensidad del Mar de Cortés: una lengua de arena dorada interminable donde las olas rompían con violencia turquesa.
En pleno vuelo, Dante giró la cabeza hacia ella.
A través de la visera del casco, vio los ojos castaños de Sienna encendidos en una euforia pura, salvaje e indomable: la chica que no le temía a nada, la mujer que había conquistado su corazón a balazos y código limpio. Dante sonrió, apretando su pierna en el aire, fascinado por la maravilla de estar vivo a su lado.
El vehículo aterrizó con un estruendo amortiguado sobre la arena de las dunas, comprimiendo las suspensiones antes de salir disparado a ciento sesenta kilómetros por hora hacia la línea de playa.
Sienna cruzó la baliza imaginaria medio metro por delante del camión de Valeria y dos segundos antes de que Chloe derrapara en un trescientos sesenta que levantó una ola de arena sobre la orilla.
Los motores se apagaron en un coro de suspiros mecánicos y chasquidos de metal enfriándose.
El silencio del desierto cayó de golpe, roto solo por el viento y el jadeo colectivo de los seis.
Sienna se quitó el casco de un tirón, sacudiendo su melena revuelta por el sudor y la adrenalina. Tenía las mejillas arreboladas, los labios partidos en una sonrisa radiante y los ojos brillando como diamantes bajo el sol del Pacífico.
Se giró hacia Dante en la cabina estrecha.
El soldado ya se había quitado el casco. No dijo una palabra sobre la carrera, ni sobre el salto, ni sobre la victoria. Se soltó el arnés en un chasquido, invadió el espacio entre los dos asientos y tomó el rostro de Sienna con ambas manos enguantadas, estrellando sus labios contra los de ella en un beso hambriento, caliente y desbocado que sabía a polvo del desierto y a libertad absoluta.
Sienna se aferró a su nuca, riendo contra su boca mientras los aplausos y las burlas de sus amigos estallaban afuera del vehículo.
Liam bajaba del camión tambaleándose sobre la arena mientras Chloe saltaba sobre su espalda entre carcajadas, Julian ayudaba a Valeria a descender con una reverencia principesca bajo el sol ardiente, y en la cabina del todoterreno ganador, el soldado y su intocable sellaban con fuego la certeza de que no había trinchera en el mundo a la que no pudieran sobrevivir... siempre que la guerra la libraran juntos.