Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.
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Capitulo 14
Nueva York
Era hoy.
Dante permanecía sentado en el borde de la cama, con los antebrazos apoyados sobre las piernas y la mirada perdida en algún punto de la habitación.
Había dormido poco.
No porque estuviera nervioso.
Dante De Luca no acostumbraba ponerse nervioso.
Pero había pasado buena parte de la noche repasando mentalmente cada uno de los puntos que se discutirían durante las próximas horas.
Negocios.
Territorios.
Rutas.
Hombres.
Dinero.
Muertos.
Y, finalmente, un matrimonio.
Ese día los Kuroda y los De Luca se sentarían frente a frente después de más de un año de enfrentamientos.
Su padre estaría allí.
Takeshi Kuroda también.
Su madre había llegado desde Italia.
Y Misaki...
Dante levantó lentamente la mirada.
Misaki Kuroda.
La mujer que odiaba a su familia.
La mujer que había perdido al hombre que amaba por culpa de su hermano.
La misma que, como respuesta, había atravesado un edificio dejando cadáveres a su paso hasta llegar al responsable.
La misma mujer que había visto durante unos segundos dentro de un ascensor sin imaginar quién era realmente.
Hoy volvería a verla.
Esta vez no habría gafas oscuras.
Ni una bolsa larga escondiendo una katana.
Ni flores entre sus manos.
Esta vez ambos sabrían perfectamente quién tenían enfrente.
Y si todo salía como sus padres esperaban, aquella mujer terminaría convirtiéndose en su esposa.
Dante se pasó una mano por la mandíbula.
Esposa.
Todavía le resultaba extraño incluso pensarlo.
No la conocía.
Conocía su apellido.
Su reputación.
Su historia.
Sabía de lo que era capaz.
Pero no la conocía.
Y, aun así, en pocas horas iba a sentarse frente a ella para discutir las condiciones bajo las cuales compartirían una vida.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Papi! ¡Papi!
Dante giró la cabeza.
Matteo entró corriendo.
Cinco años.
El cabello revuelto.
Una media puesta y la otra aparentemente olvidada en algún lugar de la casa.
Dante arqueó una ceja.
—¿Qué pasó con la puerta?
Matteo frenó.
Miró hacia atrás.
Después volvió a mirarlo.
—Estaba abierta.
—No.
—Un poquito.
—Matteo.
El niño sonrió.
Dante negó apenas con la cabeza.
—Vení.
No necesitó repetirlo.
Matteo corrió hasta él.
Dante lo tomó por la cintura y lo sentó sobre sus piernas.
—¿Qué sucede?
La sonrisa del niño desapareció.
—Mami está triste.
Dante levantó una ceja.
—¿Ah, sí?
Matteo asintió.
—¿Y eso por qué?
El niño bajó la mirada.
Dante lo observó.
—¿Ella te dijo que estaba triste?
Matteo jugueteó con uno de los botones de la camisa de su padre.
Silencio.
Demasiado silencio.
Dante conocía esa expresión.
—Matteo.
El niño siguió sin mirarlo.
Dante le sostuvo suavemente el mentón y levantó su rostro.
—Hablá, hijo. No pasa nada.
Matteo dudó.
—Mamá dijo que vos...
Se detuvo.
—¿Que yo qué?
—Que vas a traer a una mujer.
Dante quedó inmóvil.
Algo frío comenzó a instalarse dentro de él.
—¿Qué más dijo?
—Que cuando venga esa mujer... ella se va a tener que ir.
La mandíbula de Dante se tensó.
Carmen.
Habían hablado.
Había sido claro.
Muy claro.
Y aun así había decidido involucrar a Matteo.
El niño levantó los ojos.
—Entonces... ¿yo con quién me voy a quedar todo el día?
La pregunta terminó de encender algo dentro de Dante.
No lo mostró.
No delante de su hijo.
Matteo no tenía nada que ver con los problemas de los adultos.
Y mucho menos iba a cargar con los miedos de Carmen.
Dante acomodó al niño sobre sus piernas.
—Escuchame.
Matteo lo miró.
—Vamos a hablar de hombre a hombre.
Los ojos del niño se abrieron un poco más.
Dante tuvo que contener una sonrisa.
—¿De hombre a hombre?
—Sí.
Matteo enderezó inmediatamente la espalda.
—Bueno.
Dante lo miró con seriedad.
—Me voy a casar.
Matteo parpadeó.
—¿Sabés qué significa casarse?
El niño pensó.
—Una fiesta.
Dante arqueó una ceja.
—No exactamente.
—Hay torta.
—Generalmente.
—Entonces es una fiesta.
Dante exhaló por la nariz.
Discutir con un niño de cinco años tenía una lógica particular.
—Significa que una persona se convierte en mi esposa.
Matteo lo observó atentamente.
—¿La mujer que viene?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
Dante hizo una pequeña pausa.
—Misaki.
Matteo repitió el nombre en voz baja.
—Mi-sa-ki.
—Exacto.
—¿Y va a vivir acá?
—Sí.
Al menos esa era una de las posibilidades más probables si el acuerdo terminaba de cerrarse.
—Va a vivir con nosotros.
El niño volvió a bajar la mirada.
—Entonces mamá se tiene que ir.
—No.
La respuesta de Dante fue inmediata.
Matteo lo miró.
—Escuchame bien. Que Misaki venga a vivir acá no significa que vos ni tu madre vayan a desaparecer de mi vida.
—Pero mamá dijo...
—Sé lo que dijo tu madre.
Su tono se endureció apenas.
Lo corrigió inmediatamente.
No con Matteo.
—Y no tenés que preocuparte por eso.
Dante apoyó una mano sobre su espalda.
—Vos sos mi hijo.
Matteo asintió.
—Eso no cambia porque yo me case.
—¿Nunca?
—Nunca.
El niño pareció relajarse.
Dante continuó:
—Y hay otra cosa que quiero que entiendas.
—¿Qué?
—Misaki va a venir a esta casa. Es una persona muy importante para nuestra familia y quiero que la respetes.
Matteo asintió seriamente.
—Bueno.
—Nada de entrar corriendo en sus habitaciones.
El niño frunció el ceño.
—Yo no hago eso.
Dante lo miró.
Matteo miró la puerta abierta.
Después nuevamente a su padre.
—Bueno... a veces.
—Ni tocar sus cosas sin permiso.
—Bueno.
—Y vas a portarte bien.
—Siempre me porto bien.
Dante volvió a mirarlo.
Matteo suspiró.
—Casi siempre.
—Eso suena más creíble.
El niño sonrió.
Después rodeó el cuello de Dante con los brazos y lo abrazó.
Dante quedó quieto durante un instante.
Como siempre.
Todavía había gestos de su hijo que parecían exigirle una respuesta que nadie le había enseñado a dar.
Finalmente apoyó una mano sobre su espalda.
—¿Entonces no me voy?
La pregunta, murmurada contra su cuello, borró cualquier resto de humor.
—No.
Dante sostuvo al niño con un poco más de firmeza.
—Vos no vas a ninguna parte.
Matteo asintió contra él.
Dante miró hacia la puerta.
Su expresión se endureció.
Con Matteo ya había terminado aquella conversación.
Con Carmen, no.
Dos horas.
Dante observó el reloj antes de dejar el documento sobre el escritorio.
Faltaban dos horas para que los Kuroda llegaran.
La casa llevaba toda la mañana en movimiento.
Seguridad reforzada.
Hombres en cada acceso.
Vehículos preparados.
Armas revisadas.
Su padre había dispuesto que durante la reunión solo estuvieran presentes las personas estrictamente necesarias.
Nadie quería un mal movimiento.
Mucho menos con Takeshi Kuroda dentro de una propiedad De Luca.
Dante tomó otro documento.
No consiguió leer más de tres líneas.
Dos horas.
En dos horas conocería formalmente a Misaki Kuroda.
Una mujer a la que técnicamente ya había visto.
Pero aquella noche en el ascensor ninguno de los dos había pronunciado una sola palabra.
Ella había entrado.
Había presionado el botón del piso diecisiete.
Y había salido.
Poco más de una hora después, Dante había encontrado a su hermano sin cabeza.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Uno de sus hombres entró.
—Señor.
Algo en su expresión bastó.
Dante dejó el documento.
—¿Qué pasó?
—Los irlandeses atacaron dos de nuestros camiones.
Silencio.
Dante levantó lentamente los ojos.
—¿Dónde?
El hombre respondió.
Dante se recostó contra el respaldo.
Justamente hoy.
—¿Pérdidas?
—Uno de los conductores está herido. Dos hombres más recibieron disparos. Ningún muerto confirmado.
—¿La carga?
—Se llevaron parte.
Dante apretó la mandíbula.
Los irlandeses llevaban semanas tanteando límites.
Pequeños movimientos.
Preguntas.
Amenazas disfrazadas.
Pero atacar dos camiones era diferente.
Era una provocación.
—¿Respondemos?
Dante lo miró.
—No.
El hombre pareció sorprenderse.
—Señor...
—No dije que los dejemos pasar. Dije que no respondemos ahora.
Dante se puso de pie.
Cerró lentamente los botones de los puños de su camisa.
—Averiguá quién dio la orden. Quiero nombres. Quiero saber quién manejó los vehículos, quién sabía la ruta y dónde está la carga.
—Sí, señor.
—Y nadie hace un solo movimiento sin que yo lo autorice.
—Entendido.
El hombre se dispuso a salir.
—Una cosa más.
Se detuvo.
Dante levantó la mirada.
—Hoy no.
—¿Señor?
—Hoy los De Luca tienen algo más importante que hacer que empezar otra guerra.
El hombre entendió.
—Sí, señor.
—Encargate.
La puerta se cerró.
Dante permaneció de pie detrás del escritorio.
Los irlandeses podían esperar.
Durante años las familias habían respondido a cada ataque con otro ataque.
Un muerto por otro muerto.
Un cargamento por otro.
Una amenaza por otra.
Y el resultado estaba a punto de entrar por las puertas de su casa dentro de dos horas.
Una mujer que había perdido al hombre que amaba.
Una madre que había perdido a su hijo.
Dos familias contando muertos.
Y un matrimonio intentando detenerlo.
Dante miró nuevamente el reloj.
Dos horas.
Antes de eso tenía que ocuparse de una cosa.
Carmen.
Porque si ella había decidido meter a Matteo en un asunto que no le correspondía, iba a aprender exactamente dónde estaba el límite.
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El avión comenzó a descender sobre Nueva York.
Misaki abrió los ojos.
Había pasado buena parte del vuelo mirando por la ventanilla sin ver realmente nada.
Ahora, debajo de ellos, la ciudad se extendía como una masa interminable de edificios, calles y luces.
Nueva York.
Finalmente.
Misaki contempló el paisaje con expresión impasible.
—Demasiado grande —murmuró.
Takeshi, sentado frente a ella, ni siquiera levantó la mirada del documento que estaba leyendo.
—No vinimos de vacaciones.
—Qué lástima. Ya estaba pensando en comprar un recuerdo.
Takeshi pasó una página.
—Tu sentido del humor empeora cuando estás nerviosa.
Misaki giró lentamente la cabeza.
—No estoy nerviosa.
Esta vez su padre sí levantó los ojos.
La observó.
—Te conozco desde que naciste.
—Eso no significa que me conozcas.
—Significa exactamente eso.
Misaki sostuvo su mirada.
Takeshi cerró la carpeta que tenía entre las manos.
—Dentro de unas horas vas a sentarte frente a Dante De Luca.
—Estoy al tanto.
—Entonces actuá como tal.
—¿Qué esperás que haga? ¿Que sonría?
—Espero que escuches.
Misaki soltó una pequeña risa sin humor.
—Ya tuvimos esta conversación.
—Y la tendremos todas las veces que sean necesarias hasta que entienda que hoy no representás únicamente tus propios intereses.
La mirada de Misaki se endureció.
—Nunca los represento.
—Hoy menos que nunca.
Silencio.
Takeshi señaló discretamente su ropa.
—Al menos hiciste caso en algo.
Misaki bajó los ojos hacia el vestido, se habia cambio hacia un momento en el avion.
Marfil.
Seda.
Largo.
Elegante.
La tela caía suavemente sobre su cuerpo y dejaba sus hombros descubiertos. Una abertura lateral permitía ver parte de su pierna al caminar.
Lo odiaba.
No porque fuera feo.
Precisamente porque no lo era.
Era hermoso.
Y no se parecía en absolutamente nada a ella.
—No te acostumbres.
—No pensaba hacerlo.
Misaki volvió a mirar por la ventanilla.
Su mano descendió distraídamente hasta el cuello.
Debajo de la tela estaba la cadena.
Y al final de ella, oculto contra su piel, el anillo de Ren.
Takeshi observó el movimiento.
No preguntó.
Misaki tampoco explicó.
—¿Hiroshi tiene todo preparado? —preguntó Takeshi.
—Sí.
A varios asientos de distancia, Hiroshi revisaba algo en su teléfono.
Había permanecido cerca durante todo el viaje.
Como siempre.
—Cuando lleguemos —continuó Takeshi—, Hiroshi y nuestros hombres se ocuparán de la seguridad. Vos te quedás conmigo.
Misaki giró la cabeza.
—Sé comportarme en una reunión.
—Nunca dudé de eso.
—Entonces dejá de hablarme como si tuviera doce años.
Takeshi apoyó ambas manos sobre el bastón que descansaba entre sus piernas.
—Cuando tenías doce años eras menos problemática.
Misaki arqueó una ceja.
—Cuando tenía doce años hacía exactamente lo que me ordenabas.
—Ese es mi punto.
Ella soltó una pequeña exhalación.
—No voy a arruinar tu acuerdo.
—Nuestro acuerdo.
—Tuyo.
—Kuroda.
Takeshi sostuvo su mirada.
—Y mientras lleves ese apellido, la diferencia es irrelevante.
Misaki apartó los ojos.
Ahí estaba otra vez.
El apellido.
Siempre el apellido.
Kuroda antes que Misaki.
Familia antes que persona.
Deber antes que deseo.
—Quiero que entiendas algo antes de bajar de este avión —continuó Takeshi.
Ella no respondió.
—Dante De Luca no es su hermano.
Los ojos de Misaki volvieron inmediatamente hacia él.
—Ya lo sé.
—Entonces recordalo.
—Sé perfectamente quién mató a Ren.
—No estoy hablando de eso.
Misaki entrecerró los ojos.
Takeshi continuó:
—No descargues sobre Dante la culpa de un muerto.
—No necesito tus consejos sobre cómo tratarlo.
—No. Necesitás recordar por qué estás acá.
Misaki se inclinó ligeramente hacia delante.
—Estoy acá porque vos decidiste que casarme con un De Luca era una buena manera de terminar una guerra.
Takeshi no pestañeó.
—Estás acá porque esa guerra ya costó demasiado.
—A mí también.
—Especialmente a vos.
Eso la hizo callar.
Takeshi la observó durante unos segundos.
—Precisamente por eso debería importarte que termine.
Misaki miró hacia la ventanilla.
Nueva York estaba cada vez más cerca.
—Voy a escucharlo —dijo finalmente.
—Bien.
—No significa que vaya a gustarme.
—Nunca pedí que te gustara.
—Ni que vaya a aceptar todas sus condiciones.
—Tampoco.
Misaki lo miró.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Todavía no.
Takeshi volvió a abrir su carpeta.
—Para eso vinimos.
El avión continuó descendiendo.
Misaki apoyó nuevamente la cabeza contra el asiento.
Nueva York.
Dante De Luca.
Matrimonio.
Tres cosas que jamás habría imaginado juntas.
Su mano volvió inconscientemente hacia la cadena escondida.
Por un segundo cerró los ojos.
Después los abrió.
La Katana de la Yakuza había llegado a Nueva York.
Horas más tarde, la ciudad ya estaba oscureciendo.
El lugar elegido para la reunión no era exactamente un restaurante.
Era uno de esos establecimientos privados que funcionaban únicamente para personas que no necesitaban preguntar cuánto costaba entrar.
El salón principal había sido reservado por completo.
Techos altos.
Madera oscura.
Grandes ventanales.
Mesas preparadas con una precisión casi absurda.
Copas de cristal.
Cubiertos de plata.
Flores discretas.
Personal reducido.
Y seguridad.
Mucha seguridad.
Dante permanecía de pie cerca del centro del salón.
Traje oscuro.
Camisa impecable.
Expresión indescifrable.
Su padre conversaba a pocos metros con dos de sus hombres.
Su madre había llegado antes.
Vestida de negro.
No había hablado demasiado desde que entró.
Dante sabía por qué.
En cualquier momento cruzaría aquella puerta la mujer que había matado a su hijo.
No era precisamente la clase de reunión familiar que alguien esperaba disfrutar.
Dante consultó su reloj.
—Cinco minutos —informó uno de sus hombres.
Dante asintió.
Los Kuroda estaban cerca.
Su padre se aproximó.
—¿Todo preparado?
—Sí.
—Tu madre...
—No va a hacer nada.
Su padre lo miró.
—¿Estás seguro?
Dante dirigió los ojos hacia ella.
—No.
El hombre casi sonrió.
Dante volvió a mirar hacia la entrada.
Cinco minutos.
Después de meses de nombres, fotografías, informes y cadáveres, finalmente conocería a Misaki Kuroda.
No a la mujer del ascensor.
No a la Katana de la Yakuza.
No a la asesina de su hermano.
A Misaki.
Un ruido seco resonó en algún punto del edificio.
Dante giró la cabeza.
Su padre también.
Silencio.
Después otro.
Esta vez no hubo dudas.
Un disparo.
—¡Abajo!
El salón explotó en movimiento.
Los hombres De Luca sacaron sus armas.
Un cristal estalló.
Una de las puertas laterales se abrió violentamente.
—¡¿Qué mierda...?! —alcanzó a decir uno de los hombres.
Entraron armados.
Dante reconoció inmediatamente a uno.
Irlandeses.
Su expresión se volvió de hielo.
Los camiones.
Aquello no había sido el ataque.
Había sido la distracción.
—Hijos de puta.
Los primeros disparos atravesaron el salón.
Las mesas se volcaron.
Las copas estallaron contra el suelo.
Los hombres de Dante respondieron.
—¡Saquen a mi madre de acá!
Dos hombres se movieron inmediatamente hacia ella.
Dante sacó su arma.
Disparó.
Uno de los atacantes cayó.
Otro apareció detrás de una columna.
Dante volvió a disparar.
El hombre se ocultó.
—¡Cierren el acceso oeste!
—¡Señor, entraron por atrás!
Demasiado coordinados.
Sabían dónde sería la reunión.
Sabían la hora.
Aquello no le gustaba.
Nada.
Dante se movió detrás de una de las columnas.
Escuchó un disparo a su derecha.
Después otro.
Uno de sus hombres cayó.
—¡Dante!
La voz de su padre.
Giró.
Error.
No vio al hombre que apareció detrás de él.
Pero el irlandés sí lo vio.
A varios metros.
Arma levantada.
Directamente hacia Dante.
El dedo comenzó a apretar el gatillo.
Entonces algo atravesó el aire.
Rápido.
Preciso.
El hombre se sacudió.
Su arma cayó al suelo.
Un cuchillo sobresalía de su cuello.
Dante se quedó inmóvil apenas una fracción de segundo.
El irlandés cayó de rodillas.
Después de frente.
Dante giró.
Y la vio.
Misaki permanecía en la entrada.
Vestida de marfil.
Durante un instante, todo pareció detenerse.
El vestido era exactamente lo contrario de lo que Dante había esperado.
Claro.
Elegante.
La seda caía hasta el suelo y una abertura dejaba ver una de sus piernas.
La misma de donde acababa de sacar el cuchillo.
Su larguísima trenza negra descansaba sobre uno de sus hombros.
Detrás de ella estaba Takeshi Kuroda.
Y detrás de ambos...
Hiroshi.
Los hombres Kuroda.
Misaki bajó lentamente la mano con la que acababa de lanzar el cuchillo.
Sus ojos encontraron los de Dante.
Él la reconoció inmediatamente.
No por las fotografías.
No por el tatuaje.
Por los ojos.
Los mismos que había visto durante unos segundos en aquel ascensor.
Ella también lo reconoció.
No hubo sorpresa.
Solo una mirada larga.
Directa.
Dante observó el cadáver entre ambos.
Después volvió a mirarla.
Misaki inclinó apenas la cabeza.
No hubo tiempo para nada más.
—¡Kuroda!
Uno de los irlandeses gritó el apellido.
Misaki giró.
Dos hombres avanzaron hacia la entrada.
Hiroshi llevó la mano hacia su arma.
Misaki fue más rápida.
—Míos.
Una sola palabra.
Hiroshi se detuvo.
Dante alcanzó a verla levantar ligeramente la falda del vestido.
Otro cuchillo.
Por supuesto.
Misaki Kuroda podía presentarse a una negociación vestida de seda.
Pero seguía llegando armada.
El primer hombre intentó sujetarla.
Error.
Misaki esquivó el brazo, atrapó su muñeca y utilizó su propio impulso para hacerlo girar.
El cuchillo entró rápido.
El hombre cayó.
El segundo levantó el arma.
Misaki pateó su muñeca.
El disparo terminó en el techo.
Lo golpeó.
Una vez.
Dos.
Él consiguió agarrar parte del vestido.
La seda se tensó.
Misaki miró la mano sobre la tela.
Después al hombre.
La expresión de su rostro cambió.
—No deberías haber hecho eso.
El hombre apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Misaki lo golpeó con el codo.
Le quitó el arma.
Un disparo.
Cayó.
Una pequeña gota de sangre apareció sobre el vestido marfil.
Misaki la miró.
—Perfecto.
Dante, a varios metros, casi habría encontrado gracioso el comentario si no estuvieran intentando matarlos.
Otro disparo.
Misaki giró.
Hiroshi abatió al atacante antes de que llegara a apuntarle.
Ella lo miró.
—Ese era mío.
—Lo siento, señorita.
No parecía sentirlo.
Dante observó aquel intercambio.
Interesante.
Pero tendría tiempo de pensar en eso después.
—¡De Luca!
Dante giró y disparó.
El hombre cayó detrás de una mesa.
Los Kuroda ya habían entrado por completo.
Lo que segundos antes había sido un ataque contra los De Luca se convirtió en algo que los irlandeses claramente no habían previsto.
Dos familias.
Dos grupos armados.
Y en medio de ellos, Misaki.
Ella avanzaba.
Sin esconderse.
Sin esperar que nadie despejara el camino.
Dante comprendió entonces por qué la llamaban la Katana de la Yakuza.
No era solo por el arma que utilizaba.
Era por la manera de moverse.
Directa.
Precisa.
Sin desperdiciar nada.
Un hombre intentó atacarla desde un costado.
Misaki lo vio.
Lo esquivó.
Golpeó su rodilla.
El hombre cayó.
Ella le arrebató el arma antes de que tocara el suelo.
Otro apareció frente a ella.
Disparó.
El cuerpo cayó.
Una salpicadura roja alcanzó su mejilla.
Otra manchó el frente del vestido.
Misaki ni siquiera pestañeó.
Dante sí se quedó mirándola.
El marfil comenzaba a teñirse.
Pequeñas gotas rojas sobre la seda.
Después más.
Una mancha cerca de su cintura.
Otra sobre una manga.
Sangre sobre su rostro.
Y aun así...
Impecable.
No por la ropa.
Por ella.
Su postura.
Su calma.
Su expresión.
Como si aquello no fuera una emboscada.
Como si fuera simplemente otro día.
Finalmente, los disparos comenzaron a disminuir.
—¡Último! —gritó uno de los hombres De Luca.
Un atacante intentó escapar por la puerta lateral.
Hiroshi levantó el arma.
Misaki alzó una mano.
—Dejalo.
Hiroshi se detuvo.
El hombre alcanzó la puerta.
Misaki recogió del suelo una de las armas.
Apuntó.
Disparó.
El irlandés cayó.
Silencio.
Un silencio brutal.
Solo quedaron respiraciones agitadas.
Cristales rotos.
Mesas volcadas.
Cuerpos.
Y el olor de la pólvora.
Dante bajó lentamente el arma.
Sus ojos buscaron a su padre.
Vivo.
Después a su madre.
También.
Los hombres comenzaron inmediatamente a revisar el salón.
—Cierren todo.
—Nadie entra ni sale.
—Revisen los cuerpos.
Dante apenas escuchó las órdenes.
Porque Misaki estaba caminando hacia él.
El vestido que había debido ser marfil ya no estaba impecable.
La parte inferior tenía manchas de sangre.
Una salpicadura cruzaba su hombro.
Varias gotas marcaban su cuello.
Y otra había quedado sobre su mejilla.
Su cabello seguía recogido en aquella larga trenza.
Misaki caminó entre los cadáveres como si no estuvieran allí.
Hiroshi permaneció varios pasos detrás.
Takeshi observaba desde la entrada con una expresión imposible de interpretar.
Dante no apartó los ojos de ella.
Ahora podía verla realmente.
No a través de una fotografía.
No escondida detrás de unas gafas.
No durante cinco segundos dentro de un ascensor.
A ella.
Misaki se detuvo frente a él.
Dante bajó la mirada un instante.
El vestido.
La sangre.
Después volvió a sus ojos.
Misaki hizo lo mismo.
Lo recorrió de arriba abajo sin ningún intento de disimularlo.
Silencio.
Alrededor de ellos, De Luca y Kuroda seguían apuntándose casi por reflejo mientras intentaban determinar si la amenaza había terminado.
Pero ninguno de los dos pareció notarlo.
Dante habló primero.
—Misaki Kuroda.
No fue una pregunta.
Ella inclinó apenas la cabeza.
—Dante De Luca.
Tampoco lo fue.
Por primera vez estaban formalmente frente a frente.
Misaki miró alrededor.
Los cristales rotos.
Las mesas destruidas.
Los cadáveres.
Después volvió a mirarlo.
Una pequeña gota de sangre descendió lentamente por su mejilla.
Ella no la limpió.
Una esquina de sus labios se levantó apenas.
No era exactamente una sonrisa.
Misaki extendió ligeramente los brazos, mostrando el vestido salpicado de rojo y el desastre que los rodeaba.
—Esperaba que nuestra primera reunión fuera aburrida.
Sus ojos volvieron a encontrarse.
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/