Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 8: La humillación del hierro
La retirada del ejército unificado de las Cinco Manadas a través de los valles del norte fue una marcha lenta, silenciosa y deshonrosa. El orgullo militar que había tardado siglos en consolidarse se había evaporado en una sola mañana, bajo el yugo de un invierno que no respondía a las leyes de la naturaleza. Los soldados caminaban con sus pesadas armaduras de hierro abolladas y cubiertas por una escarcha que goteaba agua helada a cada paso, mientras los oficiales intentaban ocultar el temblor de sus manos. La invencibilidad del Alpha Supremo había sido quebrantada ante los ojos de todo el continente.
En la retaguardia, la situación política dentro de la coalición era aún más devastadora que el terreno congelado. Silas, el Alpha del Oeste, marchaba con un vendaje rúnico rodeando su hombro izquierdo, donde el frío de los parias celestiales había quemado su piel licántropa. Sus ojos inyectados en sangre fijos en la silueta debilitada de Derek, quien apenas lograba mantenerse erguido sobre su semental negro.
—Esto es una maldita vergüenza, Blackwood —siseó Silas, emparejando su caballo con el del Supremo—. Nos arrastraste a una guerra fronteriza asegurando que aplastaríamos a una turba de rogues. Nos enfrentamos a una fuerza que detuvo a seis mil guerreros sin derramar una sola gota de sangre. Y tú... estás colapsando. Tu aura de Alpha es un chiste en este momento.
Derek no se molestó en mirarlo. Sus dedos estaban entumecidos y su respiración era un silbido asmático de vapor blanco. La marca del rechazo en su pecho se había expandido; ya no era una quemadura interna, sino una red de venas de un azul pálido que se extendía bajo su piel, irradiando una congelación que adormecía sus músculos. Sabía que los demás Alphas ya estaban comunicándose a través de sus enlaces mentales de sombras, tejiendo una red de traición para destronarlo en cuanto regresaran a la Fortaleza de Hierro. Un Alpha Supremo debilitado era una invitación abierta al magnicidio.
Mientras el ejército de las manadas se fracturaba por la paranoia y la desconfianza, el Valle de los Proscritos celebraba su primera noche de paz bajo el amparo del Santuario Celestial. Los manantiales de agua curativa desprendían un vaho cálido que contrastaba con la fresca brisa estrellada, y los cachorros jugaban entre los brotes de flores de invierno que ahora decoraban las laderas de la meseta. El ejército de Elena había demostrado que la dignidad de los olvidados podía doblegar el acero de los opresores.
Elena permanecía en el balcón del altar mayor, contemplando el firmamento. Su forma humana exudaba una serenidad regia, pero sus ojos de azul eléctrico reflejaban el peso de la soberanía. Sentía la vibración de cada alma que se había refugiado bajo su estandarte, pero también sentía algo más: el agónico e intermitente pulso del lazo que aún la conectaba con Derek Blackwood. El lazo estaba roto, sí, pero la energía celestial que ahora corría por sus venas lo utilizaba como un canal unidireccional. Estaba castigando al Alpha por su soberbia, absorbiendo su vitalidad terrenal para alimentar el despertar del santuario.
—Mi reina —intervino el líder de los guardianes rúnicos, apareciendo entre las sombras con una inclinación de cabeza—. Los centinelas informan que las Cinco Manadas han cruzado la frontera de regreso a sus territorios. Sin embargo, hay una anomalía. Alguien se ha desviado del camino principal. Alguien se dirige hacia aquí, solo.
Elena no necesitó que el guardia mencionara el aroma a pino y chocolate amargo, ahora debilitado y mezclado con el olor de la nieve derretida. El pulso en su pecho se lo había advertido minutos antes.
—Déjenlo pasar —ordenó Elena, y su voz mística apaciguó el instinto de caza del centinela—. Asegúrate de que nadie interfiera. Este asunto debe resolverse donde comenzó.
Dos horas más tarde, bajo la pálida luz de una luna que parecía inclinarse ante el santuario, una silueta solitaria cruzó la línea de hielo del desfiladero. Derek Blackwood ya no vestía su armadura ceremonial ni cargaba su espada de acero negro. Avanzaba a pie, arrastrando las botas sobre la escarcha brillante, con el rostro pálido y los labios azulados por la hipotermia interna que devoraba su cuerpo. Su lobo interno estaba tan exhausto que ni siquiera emitía un gemido dentro de su mente; era una criatura derrotada por el destino.
Al llegar a la explanada del santuario, Derek cayó de rodillas sobre el círculo de hielo perfecto. El esfuerzo por mantener la cabeza alzada drenó las últimas fuerzas de sus músculos. Ante él, descendiendo por las escaleras de piedra tallada, apareció Elena. La túnica de seda blanca flotaba a su alrededor, y el fulgor azul de sus ojos iluminaba la penumbra de la noche.
—Viniste solo, Alpha Supremo —pronunció Elena, deteniéndose a tres pasos de él. Su aroma a flores de invierno inundó los sentidos moribundos de Derek, provocándole un alivio instantáneo que casi lo hace flaquear—. ¿Buscabas una muerte digna en mi altar, o es que tu Consejo de manadas te abandonó antes de que pudieras regresar a tu trono?
Derek alzó la mirada con dificultad, con los ojos grises empañados por la fiebre del frío. La arrogancia que había mostrado en el Gran Baile de Emparejamiento y en el desfiladero había desaparecido, reemplazada por la cruda y desesperada realidad de un hombre que luchaba por su supervivencia y la de su pueblo.
—No vengo a pelear, Elena... —la voz de Derek fue un susurro roto, desprovisto de cualquier rastro de la autoridad que una vez gobernó el norte—. Vine porque... el lazo me está matando. Mi lobo se muere, y con él, la estabilidad de las cinco manadas. Silas y los demás ya están preparando sus colmillos para despedazar mi territorio en cuanto caiga.
Derek apoyó las palmas de las manos contra el hielo, inclinando el cuerpo hacia adelante en una postura que jamás pensó adoptar ante nadie, mucho menos ante la sirvienta que había despreciado.
—Te lo suplico... —continuó, y la palabra quemó su garganta más que el frío babilónico—. Detén esta tortura. No por mí, sino por los miles de inocentes que morirán en la guerra civil de las manadas si mi corona cae. Concédeme una tregua. Ayúdame a salvar el norte de la destrucción que mi propio orgullo desató.
Elena observó la sumisión del guerrero más temido del continente. Las marcas rúnicas de su columna destellaron con un suave pulso azul, sopesando las palabras del Alpha. El destino de la raza licántropa dependía de la decisión de la Loba Celestial.