Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible
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Bajo la lluvia de los deseos ocultos
—¡No entres! ¡Estoy bañándome! —el grito de Hana fue un alarido de puro pánico, un reflejo instintivo que hizo que Ji-hoon se congelara en seco con la mano en el pomo de la puerta.
Se retiró rápidamente, con el corazón golpeándole las costillas con una fuerza que le resultaba dolorosa. La imagen de ella, desnuda tras esa delgada barrera de madera, encendió en él un incendio que no estaba preparado para controlar. Sin articular palabra, se obligó a bajar a la cocina, refugiándose en la tarea mecánica de preparar el desayuno para esconder el temblor de sus manos.
Minutos después, Hana bajó, luciendo radiante y llena de una vitalidad nueva, aunque sus ojos buscaban constantemente los de él con una mezcla de adoración y recelo. Ella recordaba el beso que le había dado la noche anterior, un secreto que le quemaba los labios, sin saber que Ji-hoon lo había sentido todo, permaneciendo en un estado de vigilia fingida mientras exploraba la posibilidad de hasta dónde era capaz de llegar ella.
—¿Quieres ir a algún lado hoy? —preguntó él de repente, rompiendo la tensión del desayuno—. Tengo un par de entradas para el cine. ¿Me acompañas?
Hana aceptó, sintiendo una chispa de felicidad pura que iluminó su rostro. Tras arreglarse, llegaron al centro comercial, un mundo lleno de luces y ruido donde el mundo exterior parecía desvanecerse. En la taquilla, mientras compraban palomitas, la empleada los miró con una sonrisa cómplice:
—Qué guapa es su novia —dijo, dando por sentado el vínculo.
Hana se sonrojó profundamente, esperando el desmentido, la corrección fría que reafirmaría su posición como hermana. Sin embargo, Ji-hoon simplemente dio las gracias con un asentimiento breve. Caminaron hacia la sala en un silencio electrizado.
—No le dijiste que soy tu hermana —susurró ella, con el corazón al borde de la ilusión—. ¿Por qué?
—Mmm... no, no lo encontré necesario —respondió él, evitando sus ojos, aunque una chispa de intensidad oscura brilló en su mirada.
La película transcurrió en una calma tensa, seguida de una tarde en la que recorrieron tiendas y centros de juegos, disfrutando de una complicidad que se sentía prohibida y deliciosa. Al volver, una lluvia repentina los sorprendió al bajar del autobús, obligándolos a correr hacia la casa entre risas y empujones. Entraron empapados, con la ropa pegada a la piel. Ji-hoon, sin inhibiciones, se quitó la chaqueta y la camiseta, revelando un abdomen trabajado y firme que hizo que Hana perdiera el aliento.
Él la observaba mientras reía, pero su expresión cambió drásticamente cuando se percató de que el vestido de ella, al estar mojado, se traslucía, revelando la ropa interior en un juego de luces y sombras que resultó devastador para su autocontrol.
—Ve a cambiarte —ordenó él con voz ronca, desviando la mirada hacia el techo.
Hana subió la escalera con prisa, pero el suelo estaba resbaladizo; un pie falló y sintió el vacío mientras caía hacia atrás. Ji-hoon, con una velocidad felina, se lanzó tras ella, amortiguando la caída con su cuerpo. Terminaron en el suelo, ella sobre su pecho desnudo, sintiendo el calor abrasador de su piel. Él rodeó su cintura con los brazos, aferrándose como si no quisiera soltarla nunca.
El golpe había sido fuerte, pero cuando Hana intentó levantarse, él no aflojó el agarre. Al mirar hacia atrás, vio las mejillas de Ji-hoon encendidas en un rubor intenso. En ese instante, ella comprendió todo; la tensión que emanaba de su cuerpo, la rapidez con la que latía su corazón contra su espalda y la presión de su dureza contra ella, todo hablaba de un deseo que él ya no podía ocultar. Se quedó inmóvil, apoyada sobre su torso, mientras los dedos de él, grandes y posesivos, acariciaban suavemente su cintura bajo el vestido mojado. El aire en la escalera se volvió denso, casi irrespirable, cargado de una intimidad que rozaba lo prohibido y que ninguno de los dos se atrevía a romper.