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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:504
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 8

El zumbido del cortafuegos de la base de datos de origen se había detenido en las pantallas del búnker subterráneo, pero el silencio que lo reemplazó era mucho más aterrador. En el monitor secundario, una línea de código rojo comenzó a parpadear de manera intermitente, devorando los márgenes del mapa digital de la ciudad que Marcus utilizaba para monitorizar las señales de los satélites privados.

Elena Vance no se había movido de la mesa de operaciones digital. Tenía los ojos fijos en el pequeño emisor de radiofrecuencia que parpadeaba en la pantalla de diagnóstico. Marcus había logrado interceptar la transmisión residual del dispositivo que los hombres de Julian habían dejado en el apartamento del detective Cross. El pulso era constante, una nota sostenida en la banda de los microondas que enviaba un único conjunto de números encriptados.

Una coordenada geográfica exacta: el ático del edificio *Meridian*, en el corazón del distrito financiero.

—Es una señal limpia, Elena —dijo Marcus, y su voz, habitualmente firme, temblaba debido a la tensión acumulada—. No están intentando ocultar el origen de la transmisión. Es una invitación formal de Julian. El protocolo de extracción táctica que usaron en el apartamento de Liam duró exactamente dos minutos y catorce segundos. No hubo llamadas al servicio de emergencias, ni alertas en el canal de radio de la policía local. Se lo llevaron limpio.

Elena se acercó a la consola principal. Su rostro era una máscara de hormigón, desprovista de cualquier emoción visible, pero sus dedos, al apoyarse en el respaldo de la silla de Marcus, se hundieron en el cuero con una fuerza que hizo crujir las costuras.

—Julian no quiere un tiroteo en los muelles, Marcus —analizó Elena, su voz bajando a ese registro susurrado y letal que precedía a las misiones más complejas—. Quiere el escenario que él controla. El edificio *Meridian* es de su propiedad a través de una corporación fantasma con sede en Delaware. Todo el complejo está cableado con sensores de presión, cámaras de espectro infrarrojo y lectores de densidad molecular. Si intento entrar usando una identidad falsa ordinaria, el sistema me detectará en el vestíbulo.

Marcus tecleó un comando rápido, desplegando los planos estructurales del rascacielos de cuarenta pisos. La arquitectura era un monolito de acero y vidrio templado, diseñado para resistir ataques terroristas y espionaje industrial.

—El ascensor privado del ático requiere una validación biométrica de nivel alfa —explicó Marcus, señalando el pozo central del edificio—. Pero el conducto de mantenimiento de la zona de climatización de los pisos superiores tiene un punto ciego durante el ciclo de purga de aire, que ocurre cada cuarenta minutos. Si logras llegar al piso treinta y nueve a través de la escalera de emergencia exterior, tendrás una ventana de doce segundos para abrir la escotilla neumática sin activar la alarma de presión diferencial.

Elena se giró hacia el armario de las identidades. Esta vez no se detuvo frente a los trajes de sastre de Valeria Volkova ni la ropa de pana de Alejandra Torres. Abrió un compartimento inferior oculto detrás del panel de madera, revelando un mono táctico de kevlar negro, diseñado con fibras de baja dispersión térmica que absorbían el calor corporal, haciéndola prácticamente invisible a las cámaras de infrarrojos.

Junto al traje, reposaba su equipo original del Proyecto Perséfone: un cinturón con herramientas de intrusión electrónica, un inyector neumático de micro-dardos sedantes y una pistola táctica de aire comprimido con silenciador de fibra de carbono. No iba a convencer a un narcisista ni a chantajear a un político; iba a la guerra contra el hombre que la había creado.

—No vas a poder modular este escenario, jefa —advirtió Marcus, levantándose de la silla para interponerse entre ella y el equipo—. Julian conoce cada uno de tus trucos de lenguaje corporal. Sabe cómo respiras cuando estás bajo presión. Si entras allí buscando un enfrentamiento directo, estás jugando bajo sus reglas. Liam sigue vivo porque eres el premio de Julian. Si dejas que te capturen, el detective perderá su único valor de cambio.

Elena se ajustó las correas del traje táctico negro sobre los hombros, sintiendo la familiar y fría opresión del material contra su piel. Se calzó las botas de asalto de suela blanda y se colocó el auricular inalámbrico de alta ganancia en el canal auditivo interno.

—Julian cree que me conoce porque él escribió el manual del Proyecto Perséfone, Marcus —dijo Elena, mirándolo con unos ojos grises que brillaban con una resolución implacable—. Pero el manual se escribió antes de que yo descubriera lo que se siente al tener algo que perder. Él cree que voy a ir a salvar a una víctima. No entiende que voy a defender mi derecho a ser humana. Mantén el canal de satélite abierto. Si mi señal se interrumpe, inicia el protocolo de demolición del búnker. No dejes que Julian se quede con los archivos de las mujeres que salvamos.

Marcus la observó durante un largo segundo. Supo que cualquier argumento era inútil. Asintió despacio, extendiéndole el pequeño dispositivo bypass de triple frecuencia que habían usado en la clínica de Novak.

—Buena caza, Elena. Trae al detective de vuelta.

 

El edificio *Meridian* se alzaba en la neblina del distrito financiero como un obelisco oscuro. A las 3:45 a.m., las calles adyacentes estaban vacías, salvo por el camión de la basura que operaba en la avenida trasera y el silbido del viento que se colaba entre las estructuras de cristal.

Una sombra negra, fluida y casi invisible contra el hormigón, se deslizó por el muelle de carga del edificio colindante. Elena Vance no utilizó la entrada principal. Usando un gancho de lanzamiento neumático de alta resistencia, disparó un cable de microfibra de carbono hacia la barandilla de la terraza de fumadores del piso doce del edificio vecino, cruzando el vacío entre los dos rascacielos con una velocidad elástica que desafiaba la gravedad.

Una vez en la fachada lateral del *Meridian*, comenzó su ascenso utilizando ventosas de succión neumática en las palmas y las rodillas de su traje. El viento de la alta atmósfera golpeaba su cuerpo con ráfagas heladas que amenazaban con despegarla del vidrio templado, pero Elena mantenía la respiración suspendida, sincronizando cada movimiento de ascenso con los latidos de su propio corazón.

*Piso treinta... treinta y cinco... treinta y nueve.*

Llegó a la cornisa de la zona de climatización exterior. El conducto de ventilación emitía un zumbido ensordecedor debido a los inmensos extractores que renovaban el aire del ático. Elena consultó el cronómetro digital integrado en su muñequera táctica: *cinco, cuatro, tres, dos, uno.*

El zumbido cesó de golpe cuando el sistema inició el ciclo de purga. Con una agilidad milimétrica, Elena introdujo la ganzúa electrónica en la cerradura neumática de la escotilla. El mecanismo cedió con un siseo sordo. Se deslizó al interior del conducto oscuro justo tres segundos antes de que las inmensas aspas de titanio comenzaran a girar de nuevo, devolviendo el flujo de aire al sistema con una presión que la habría aplastado contra las paredes de metal.

Avanzó a gatas por la tubería de ventilación horizontal, guiada únicamente por el mapa térmico que Marcus transmitía a su visor nocturno, hasta que llegó a la rejilla de salida que daba al vestíbulo de servicio del piso cuarenta. El ático de Julian Vance la esperaba.

 

El despacho principal del ático estaba inundado por una luz blanca, fría y cenital que caía sobre la inmensa mesa de cristal. El detective Liam Cross se encontraba sujeto a una silla de acero estructural en el centro de la habitación. No llevaba la chaqueta de cuero; su camisa gris estaba rasgada en el hombro izquierdo, revelando los hematomas de la conmoción sónica. Tenía la cabeza gacha, pero sus ojos verdes, aunque inyectados en sangre debido al impacto de la granada, mantenían una fijeza desafiante mientras observaba el suelo de parqué oscuro.

Julian Vance permanecía de pie junto al ventanal, de espaldas a él, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, observando las luces de los barcos de carga en el puerto.

—Su resistencia es admirable, detective Cross —dijo Julian, su voz modulada con una calma que resultaba insultante—. El departamento de policía local suele producir hombres con un umbral de dolor muy bajo, condicionados por los sindicatos y la burocracia de las ocho horas. Pero usted... usted ha soportado dos dosis de suero de la verdad de espectro medio sin dar una sola coordenada del búnker del sujeto 04. Es un comportamiento muy... poco profesional para un funcionario público.

Liam escupió un hilo de sangre sobre el suelo brillante, forzando una sonrisa cínica que hizo que sus labio partido volviera a sangrar.

—Ya se lo dije, viejo —dijo Liam, su voz ronca y rota por la sequedad de la garganta—. No sé de qué diablos me está hablando. Yo solo arresté a un cirujano psicópata en el norte. Si su novia rusa tiene problemas con su visado, no es asunto de la división de homicidios.

Julian soltó una risa corta, casi académica. Se giró despacio, revelando sus ojos de un azul pálido que carecían de cualquier rastro de empatía humana. Caminó hacia la mesa de cristal y tomó una jeringa de precisión con un líquido translúcido.

—El mimetismo de Elena es tan perfecto que incluso un sabueso entrenado como usted confunde la máscara con la carne —dijo Julian, acercándose a Liam—. Ella no es Valeria Volkova, ni la periodista Torres, ni la frágil Clara que destruyó a Pendelton. Ella es un prototipo militar, detective. Una secuencia de respuestas conductuales diseñadas en un laboratorio de la frontera para infiltrarse, extraer y eliminar. Lo que usted cree que es afecto... lo que usted cree que es una conexión romántica en la cabina de su coche húmedo, es solo el residuo de una programación defectuosa que yo mismo voy a corregir esta noche.

Julian levantó la jeringa, alineando la aguja con la vena del cuello de Liam.

—Si ella no cruza esa puerta en los próximos sesenta segundos, administraré esta dosis de cloruro de potasio concentrado en su carótida. Su corazón se detendrá en cuatro segundos, y Elena tendrá que buscar un nuevo motivo para sus fantasías de redención civil.

—No va a ser necesario que uses la aguja, Julian.

La voz resonó desde la penumbra del pasillo trasero, baja, firme y desprovista de cualquier acento artificial. Elena Vance apareció bajo el marco de la puerta de servicio. El traje táctico negro se adhería a su cuerpo como una segunda piel de sombra, y su mano derecha sostenía la pistola táctica de aire comprimido, apuntando directamente al centro de la frente de su antiguo mentor.

Liam levantó la cabeza de golpe al escuchar su voz real. Sus ojos verdes se encontraron con los grises de ella a través del espacio blanco de la oficina, y una mezcla de alivio y pánico cruzó el rostro del detective.

—¡Elena, sal de aquí! —rugió Liam, intentando romper las ligaduras de acero de la silla—. ¡Es una trampa! El edificio está rodeado por...

—Silencio, detective —ordenó Julian, sin mostrar el menor atisbo de sorpresa o temor ante el cañón del arma que lo apuntaba—. Las interrupciones emocionales no están permitidas en esta consulta.

Julian dejó la jeringa sobre la mesa de cristal con un movimiento pausado, manteniendo los ojos fijos en el rostro de Elena. Analizó la fijeza de sus hombros, la posición de sus pies en el suelo y el sutil parpadeo de sus párpados grises.

—Llegas con tres minutos de retraso respecto a mis cálculos del Proyecto Perséfone, Elena —dijo Julian, cruzando los brazos sobre el chaleco de su traje gris—. Parece que el peso de ese traje de kevlar anticuado está afectando tu velocidad de ascenso. O tal vez sea el peso de tu conciencia lo que te hace lenta.

—El tiempo de tus cálculos terminó la noche que me deslicé por el conducto de la frontera, Julian —respondió Elena, manteniendo el arma inmóvil, con el dedo índice rozando el gatillo de pelo—. He borrado cada una de las secuencias de comandos que instalaste en mi cabeza. Las mujeres que salvé en esta ciudad están libres de hombres como tú, y el disco duro de tu servidor corporativo está siendo desmantelado en este mismo instante por mi analista. No tienes nada que vender a la inteligencia militar. Estás solo en este ático.

Julian dio un paso hacia delante, ignorando por completo la amenaza del arma. Su sonrisa se ensanchó, una mueca depredadora que Elena reconoció con un escalofrío de memoria muscular.

—¿De verdad crees que has borrado la programación, número cuatro? —preguntó Julian, su voz bajando a un tono melódico, el mismo registro que usaba durante las sesiones de privación sensorial en el orfanato militar—. El mimetismo no es una máscara que te pones y te quitas; es tu naturaleza. Salvas a esas mujeres porque necesitas ver tu propio dolor reflejado en sus rostros rotos para convencerte de que estás viva. Pero mírate ahora. Estás vestida de negro, sosteniendo un arma en un ático desierto, dispuesta a matar a tu creador por un policía local que apenas conoce tu verdadero nombre de pila. Has vuelto al punto de partida. Eres una herramienta de ejecución.

Elena sintió que el aire de la habitación se volvía espeso. Las palabras de Julian, cargadas con los desencadenantes neuro-lingüísticos latentes de su infancia, intentaban abrir las compuertas del miedo y la sumisión que ella creía haber sellado para siempre. El cañón de su arma tembló sutilmente, una fracción de milímetro, pero fue suficiente para que el ojo entrenado de Julian lo notara.

—Miras al detective buscando una validación que tu propia carne no puede darte —continuó Julian, dando otro paso hacia ella—. ¿Qué crees que pasará si lo llevas de vuelta a su mundo, Elena? ¿Crees que un oficial de la ley va a cenar todas las noches con un fantasma que cambia de rostro según la misión? ¿Crees que va a amar a la mujer real cuando descubra que la mujer real no existe, que solo es un vacío rodeado de máscaras de alta fidelidad?

—¡No la escuches, Elena! —gritó Liam desde la silla, con los ojos verdes brillando con una furia salvaje—. ¡Sé quién eres! Te vi en el callejón, te vi en el coche, te vi cuando me besaste con la verdad en los labios. ¡No eres una máquina! Eres la mujer que me devolvió la vida en esta maldita ciudad corrupta. ¡Dispara al viejo de una vez!

Las palabras de Liam golpearon el pecho de Elena con la fuerza de un impacto físico. El temblor del arma cesó de golpe. El hielo de la Camaleona se derritió, pero no para dejar paso a la debilidad, sino al fuego puro de la rabia humana. Sostuvo la mirada de Julian, y los ojos grises de la mujer real se fijaron en el azul pálido del monstruo con un desprecio absoluto.

—Él conoce mi nombre, Julian —susurró Elena, y su voz recuperó una firmeza que hizo que el cirujano táctico diera un paso atrás—. Y conoce mi rostro. El rostro de la mujer que va a terminar con tu programa esta noche.

Antes de que Julian pudiera reaccionar o alcanzar la jeringa de la mesa, Elena apretó el gatillo. El dardo neumático de punta de titanio y carga de espectro sedante de acción ultra-rápida impactó directamente en el músculo del hombro izquierdo del cirujano, perforando la tela del traje de sastre gris.

Julian soltó un bufido de sorpresa. Se llevó la mano al hombro, arrancando el dardo de plástico, pero el compuesto químico modificado por Marcus ya había entrado en su torrente sanguíneo a través de la arteria subclavia. Sus ojos azules pálidos se abrieron con una expresión de absoluto pánico al notar que sus piernas perdían la capacidad de sostener su peso.

—Elena... —intentó decir Julian, pero sus cuerdas vocales se paralizaron, imitando el mismo efecto que Novak infligía a sus víctimas—. Tú... no puedes...

Se desplomó de rodillas sobre el parqué brillante, con la cabeza golpeando el borde de la mesa de cristal antes de quedar completamente inmóvil, con los ojos abiertos pero fijos en el techo blanco de la oficina. El creador del Proyecto Perséfone había sido neutralizado con sus propias armas de diseño.

Elena no se detuvo a mirar el cuerpo caído de su mentor. Corrió hacia la silla de acero donde Liam estaba sujeto, guardando la pistola en su cinturón táctico. Sacó la herramienta de corte de microfibra y comenzó a seccionar las ligaduras de acero que aprisionaban las muñecas del detective.

En cuanto las fijaciones cedieron, Liam no intentó levantarse de inmediato. Extendió sus brazos heridos, tomó a Elena por la cintura y la atrajo hacia él con una desesperación que hizo que el traje de kevlar de ella crujiera contra su pecho. Elena se arrodilló entre sus piernas, rodeando el cuello del detective con sus brazos, permitiendo que su rostro se ocultara en el hueco de su hombro mientras la respiración de ambos se mezclaba en el silencio del ático.

—Estás aquí —susurró Liam contra su oído, con su voz ronca llena de una emoción que ya no intentaba ocultar—. Sabía que vendrías, camaleona. Sabía que no me dejarías con este bastardo.

Elena se separó sutilmente, lo suficiente para mirar su rostro herido. Con sus dedos enguantados en el material negro táctico, acarició con una suavidad infinita el pómulo magullado de Liam y la comisura de su labio partido.

—Te dije que no llegaras tarde, detective Cross —respondió ella, y una lágrima real, limpia y cristalina, resbaló por su mejilla gris, borrando el último residuo de la frialdad de sus misiones—. Pero esta vez, fui yo quien tuvo que correr para alcanzarte.

Liam forzó una sonrisa, y a pesar del dolor de sus heridas, la atrajo de nuevo hacia sus labios en un beso largo, profundo y cargado de una complicidad que sellaba su destino para siempre. Ya no importaba la ley, ni el departamento de policía, ni los secretos del Proyecto Perséfone; en medio del ático destrozado del distrito financiero, el cazador y la vigilante habían encontrado su único refugio real en el centro de la tormenta.

De repente, la voz de Marcus resonó en el auricular inalámbrico de Elena, rompiendo la intimidad del encuentro con una urgencia que devolvió el pulso operativo a la habitación.

—Elena, la señal de Julian ha caído, pero los sensores perimetrales del edificio muestran que un equipo de limpieza táctica de la inteligencia militar acaba de entrar al estacionamiento subterráneo. Tienen sesenta segundos antes de que bloqueen los ascensores de servicio. Tienen que salir de ese ático ahora mismo.

Elena se levantó de un salto, ayudando a Liam a ponerse en pie. El detective tambaleó por un segundo debido al residuo del suero de la verdad, pero se apoyó firmemente en el hombro de ella, recuperando el equilibrio gracias a la adrenalina del escape.

—¿Podrás caminar, Liam? —preguntó Elena, ajustándole la pistola de 9 milímetros que había recuperado de la mesa de cristal en su mano derecha.

Liam amartilló el arma con un movimiento seco, sus ojos verdes brillando con el fuego habitual del sabueso de homicidios.

—Contigo a mi lado, camaleona, puedo correr hasta el fin del mundo —respondió Liam, con una sonrisa atractiva y cínica cruzando sus labios partidos—. Dirige el camino. Yo cubro tu retaguardia.

Se giraron hacia el conducto de ventilación de la zona de climatización por donde Elena había entrado. El pasado de Julian Vance quedaba atrás, sumido en la inconsciencia química del suelo, mientras la Camaleona y el Detective se adentraban juntos en la neblina de la madrugada, listos para escribir sus propias reglas en las grietas de una ciudad que ya nunca volvería a ser la misma.

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Cliente anónimo
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