Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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El examen que no podía reprobar Cap 8
Llegó noviembre y con él la primera oleada de exámenes presenciales. Hasta ese momento, todo había sido en línea: trabajos subidos a la plataforma, foros de discusión, cuestionarios de opción múltiple. Pero el parcial de Introducción a la Literatura era diferente. Era en aula, con lápiz y papel, frente a un profesor que te miraba mientras escribías.
Y ese examen valía el cuarenta por ciento de la nota final.
La noche anterior no pude dormir. No solo por los nervios. Mi madre había estado tosiendo toda la semana, y el ruido atravesaba la pared de chapa como si no existiera. Me levanté tres veces a darle agua. La cuarta vez, ella me agarró la mano en la oscuridad y me dijo:
—Tu ocupate de estudiar. Yo me ocupo de toser.
Me reí. Ella también. Y ese pequeño momento de humor me dio fuerzas para volver a la mesa del comedor, donde la computadora rugía con su ventilador eterno.
Repasé hasta las dos de la mañana. Los apuntes escritos a mano, algunos con manchas de dulce de leche de cuando los revisaba mientras vendíamos tortas. Los poemas de Borges, los cuentos de Cortázar, los ensayos de María Zambrano. Todo mezclado en mi cabeza como una licuadora de palabras.
A las cinco de la mañana ya estaba despierta. No había dormido más de tres horas, pero el cuerpo no sentía cansancio. Sentía adrenalina. Me puse la camisa blanca —la misma del primer día, la única—, los zapatos pero está vez con la suela pegada, y revisé la mochila tres veces: dos lapiceras azules, una negra, el carnet universitario, un paquete de galletitas por si me daba hambre, y una foto de mi madre que siempre llevaba en la funda del celular.
El teléfono nuevo no se apagaba con el sol. Ese día lo agradecí como nunca.
El colectivo iba lleno. Me subí apretada entre un señor con una caja de herramientas y una señora con un bebé en brazos. El bebé lloraba. El señor olía a grasa. Yo apretaba la mochila contra mi pecho y repetía en mi mente los conceptos clave: "El realismo mágico no es magia, es realidad con otra mirada".
Llegué al campus con una hora de anticipación. Me senté en una banca bajo un árbol, saqué los apuntes y repasé una última vez. A mi alrededor, otros estudiantes también repasaban. Algunos con café en vasos de cartón. Otros con auriculares inalámbricos. Todos con computadoras brillantes. Yo tenía mis cuadernos manchados, mis lapiceras gastadas, mi camisa blanca que ya empezaba a amarillear por los lavados.
Y no me importó.
Cuando entré al aula, el profesor de barba canosa ya estaba sentado. Me miró por encima de sus lentes y asintió. No sonrió. Pero tampoco frunció el ceño. Era algo parecido al respeto.
El examen tenía cinco preguntas. La primera era un análisis de un cuento de Julio Cortázar. Lo había leído tres veces. La segunda, un ensayo breve sobre la relación entre literatura y memoria. Había escrito sobre eso en mi cuaderno la semana anterior, mientras mi madre dormía. La tercera, la cuarta, la quinta…
Escribí sin parar. La lapicera azul se me escapaba de los dedos por el sudor, pero no importaba. Las palabras salían como si hubieran estado esperando ese momento. A veces levantaba la vista y veía a mis compañeros mirando al techo, mordiendo sus lapiceras, pidiendo hojas adicionales. Yo no pedí nada. Escribí en las dos caras. Apreté hasta el último borde blanco.
Cuando el profesor dijo "tiempo", dejé la lapicera sobre el escritorio. Mis dedos temblaban. Mi nuca estaba mojada. Pero en mi pecho crecía algo que no sentía desde hacía meses: tranquilidad.
Entregué el examen. El profesor lo recibió sin mirarlo, lo puso sobre la pila y dijo:
—Buen fin de semana, señorita Ramírez.
Dijo mi nombre. Lo recordaba. Eso me dio una esperanza enorme.
Salí del aula y el sol me pegó en la cara. Pero esta vez no me quejé. Caminé hasta la parada del colectivo con una sonrisa que no podía disimular. En el camino, una chica de mi clase —de las que tenían MacBook— me alcanzó y me dijo:
—Escribiste todo el tiempo. Ni siquiera levantaste la cabeza. ¿Habías estudiado mucho?
—Sí —respondí—. Mucho.
No le dije que estudié en una mesa del comedor, con una computadora que ruge como tractor, con un teléfono nuevo que mi madre compró vendiendo la máquina de coser de la abuela. No le dije que estudié mientras vendía tortas en la parada del colectivo. No le dije que estudié con el sol quemándome la espalda durante meses.
No hacía falta.
Esa noche, mi madre me preguntó cómo me había ido. Le dije que bien. Ella sonrió y volvió a amasar. El olor a vainilla llenaba la casa. La computadora rugía en el comedor. Afuera, el barrio dormía.
Y yo, por primera vez en mucho tiempo, dormí sin pensar en el sol.