Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.
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Capítulo 8: La tregua del lavavajillas
La risa histérica comenzó a apagarse lentamente, dejando en su lugar el frío implacable de las cuatro y cuarto de la madrugada. El viento sopló con fuerza por el callejón, y el agua de la llovizna, al mezclarse con la harina y el sirope de fresa que cubrían sus cuerpos, empezó a solidificarse. Ramiro intentó mover los brazos, pero la costra de almidón que se había formado sobre su gabardina crujió como una armadura de yeso barata. Al mirar a Penélope, vio que el sirope de su rostro se estaba volviendo opaco y tirante, obligándola a parpadear con dificultad mientras sus pestañas se quedaban pegadas.
—Tenemos un problema —dijo Penélope, con la voz ligeramente distorsionada porque la masa dulce le tensaba la piel de las mejillas—. Como el cabo Ramírez vuelva a pasar con el coche de patrulla y nos vea así, nos encierra en el calabozo por vandalismo municipal. Y mañana tengo que entregar cincuenta cruasanes de mantequilla.
Ramiro miró hacia ambos lados del callejón desierto. La perspectiva de ser fotografiado por algún vecino madrugador y terminar en los grupos de mensajería del pueblo lo llenó de un pánico genuino. Su reputación de artesano serio, pulcro y meticuloso se desintegraría antes del amanecer. Miró la cerradura de su puerta trasera y luego contempló a la pastelera, que tiritaba de frío bajo su capa de gominola rosa. Un conflicto interno le arrugó la frente: su obrador era un templo sagrado, un espacio libre de azúcares industriales y colorantes artificiales. Dejarla entrar violaba todos sus principios, pero el sentido común terminó por imponerse.
—Está bien, entra —rezongó Ramiro a regañadientes, sacando las llaves del bolsillo de la gabardina con dos dedos cubiertos de polvo blanco. Abrió la puerta metálica y se hizo a un lado, manteniendo una distancia prudencial—. Pero camina recto y, por lo que más quieras, no toques mis mesas de masa con tus manos pegajosas. Si dejas un solo rastro de esa fresa química en mi harina de centeno, la tregua se acaba aquí mismo.
Penélope arqueó una ceja pastosa, dedicándole una mueca de superioridad que perdió toda fuerza cuando tuvo que despegar con esfuerzo su zapatilla del asfalto con un sonido húmedo.
—Tranquilo, aristócrata del trigo —replicó ella, cruzando el umbral con los brazos levantados para no rozar los marcos de la entrada—. Tu preciada pureza está a salvo de mi modernidad.
El fondo de la panadería "El Trigo de Oro" albergaba la zona de lavado industrial, un espacio dominado por un enorme fregadero de acero inoxidable, estanterías repletas de bandejas relucientes y una manguera de alta presión conectada a una caldera de agua caliente. La luz blanca del tubo fluorescente del techo caía con crudeza sobre los dos competidores, desnudando la absoluta ridiculez de sus aspectos.
Ramiro descolgó la manguera metálica, reguló la temperatura del agua con precisión científica y apuntó hacia sus propias piernas. Al apretar el gatillo, un chorro de vapor y agua a presión golpeó la gabardina, desprendiendo grandes trozos de costra blanca que cayeron en el desagüe como pedazos de escombro.
—Toma esto —dijo Ramiro, pasándole a Penélope un estropajo gigante de fibra verde y un bote de jabón neutro de manos—. Es lo único que tengo que corta la grasa. Tendrás que frotar fuerte si no quieres ir al Ayuntamiento pareciendo un algodón de azúcar andante.
Penélope agarró el estropajo con recelo y se colocó bajo el chorro de agua tibia sobrante. Al frotarse el cabello, el sirope de fresa comenzó a diluirse en un líquido rosado y espumoso que le caía por los hombros del chándal de licra. La incomodidad física y el cansancio acumulado no tardaron en reabrir el canal de las hostilidades verbales, aunque esta vez el tono carecía de la agresividad de los días anteriores; era un juego de pullas para tapar la vergüenza de la situación.
—¿Jabón neutro? Qué predecible eres, Ramiro —comentó Penélope, rascándose la nuca con energía para quitarse un trozo de azúcar solidificado—. Todo en esta tienda tiene que ser aburrido, gris y tradicional. Tu masa madre huele a calcetín usado de tres días, ¿lo sabías? No sé cómo la gente del pueblo no ha desarrollado una inmunidad bacteriana.
Ramiro detuvo el chorro de la manguera y la miró por encima del hombro, con los ojos entornados y el orgullo herido.
—Ese "olor a calcetín", como lo llamas tú con tu total ignorancia fermentativa, es el aroma de la microbiota natural y la digestibilidad —respondió el panadero, tensando la mandíbula—. Es un proceso que requiere paciencia, algo que tú no entiendes. Tus dónuts tienen suficiente azúcar y aditivos para despertar a una momia de la dinastía de los faraones y ponerla a correr los cien metros lisos. Usas luces LED porque tus masas no tienen la estructura suficiente para sostenerse por sí solas. Es pura fachada visual.
—¡Es marketing del siglo veintiuno! —replicó Penélope, enjuagándose la cara con las manos y salpicando un poco de agua jabonosa—. La comida entra por los ojos. A la gente le gusta divertirse mientras come, no tener la sensación de estar masticando un trozo de corteza de árbol del paleolítico medio.
—La comida entra por el paladar y el estómago, pastelera —sentenció Ramiro, apagando la manguera con un golpe seco de la válvula—. Y el pan de verdad nutre; tus volcanes de chocolate solo provocan visitas urgentes al dentista.
Se miraron fijamente a través del vapor de agua que llenaba la zona de lavado. Los dos estaban empapados, con la ropa pegada al cuerpo y el cabello chorreando, despojados de sus disfraces de espías y de sus delantales de combate. Bajo la luz fluorescente, la hostilidad empezó a evaporarse, dejando al descubierto el agotamiento real de dos autónomos que llevaban días sin dormir más de tres horas seguidas.
Diez minutos después, la situación alcanzó un nuevo nivel de surrealismo doméstico. Para poder secar sus prendas antes de que abrieran las tiendas al público, Ramiro había encendido el horno de carros rotatorios a una temperatura controlada de cuarenta grados centígrados, la misma que utilizaba para los levudados lentos de los panes de molde. La gabardina beige, el chándal negro y el pasamontañas rosa colgaban ahora de unos ganchos carniceros en el interior de la cabina iluminada, girando lentamente detrás del cristal templado.
Ramiro y Penélope se sentaron en sendos cajones de plástico invertidos, de los que se usaban para transportar el pan de reparto. Vestían únicamente camisetas interiores blancas de algodón y unos pantalones de repuesto que Ramiro guardaba en el vestuario: unos pantalones de lino blanco con cordón que a Penélope le quedaban gigantescos, obligándola a remangarse los bajos hasta los tobillos.
El silencio del obrador solo estaba roto por el zumbido constante del ventilador del horno. Ramiro sostenía dos tazas de porcelana blanca con agua caliente y una rodaja de limón, lo único que su estricta dieta de madrugadas le permitía tomar a esa hora. Le tendió una a Penélope sin mirarla a los ojos.
—Gracias —murmuró ella, aceptando el calor de la taza entre sus manos. Sus dedos, normalmente ágiles con la manga pastelera, temblaban levemente debido al bajón de adrenalina.
Ramiro fijó la vista en sus propias manos, que lucían las cicatrices típicas del oficio: pequeñas quemaduras circulares en los antebrazos causadas por los bordes de las bandejas calientes.
—¿Por qué te empeñas tanto en esas cosas con luces y colores, Penélope? —preguntó de repente, con una voz suave, desprovista de la ironía habitual—. Tienes buena técnica con el hojaldre. Lo vi cuando analizamos tu dónut... antes de que Charly se lo devorara. No necesitas los fuegos artificiales para demostrar que sabes trabajar.
Penélope miró el vapor que subía de su taza, y un gesto de vulnerabilidad ensombreció sus ojos. Se encogió de hombros, perdiendo por un momento la postura defensiva.
—Tengo miedo, Ramiro —confesó, con una honestidad que sorprendió al propio panadero—. Abrí "LaGlase" con un préstamo que todavía me quita el sueño cada fin de mes. En este pueblo todo el mundo venera lo antiguo. Si hago los mismos pasteles de manzana y las mismas tartas de tres chocolates que hacían las abuelas hace cincuenta años, nadie entrará en mi tienda. Los diseños locos, el tecno-pop, las luces... son mi forma de gritar que estoy aquí, que existo. Si fracaso con esto, no tengo un plan B. No tengo una herencia familiar que me respalde.
Ramiro la escuchó en silencio, sintiendo cómo una punzada de empatía le oprimía el pecho. La imagen de la competidora arrogante y ruidosa se desmoronó, dejando ver a una mujer joven que intentaba sobrevivir en un mercado implacable.
—Comprendo —dijo el panadero, dando un pequeño sorbo a su taza—. Pero la tradición tampoco es un camino de rosas. Este obrador lo construyó mi abuelo con sus propias manos en el año cincuenta y cuatro. Cada mañana, cuando enciendo las soleras de piedra, siento que él está mirándome por encima del hombro. La gente del pueblo no busca novedad aquí; buscan el sabor exacto del pan que comían cuando eran niños. Si cambio un solo porcentaje de la mezcla de harinas o si acelero el tiempo de fermentación para dormir una hora más, siento que estoy traicionando su memoria. Es una presión que te aplasta los hombros todos los días a las tres de la mañana.
Penélope levantó la vista, encontrándose con la mirada de Ramiro. Por primera vez en meses, se miraron de verdad, reconociendo el mismo cansancio, los mismos sacrificios y la misma pasión desmedida por la harina que compartían, aunque la expresaran de formas opuestas. La luz cálida que escapaba del horno industrial iluminaba el perfil de sus rostros, suavizando las líneas de tensión.
Ramiro notó el brillo de los ojos de Penélope, libres de la pintura de colores y del cinismo de la calle. Ella avanzó un poco el torso hacia delante, apoyando los codos en las rodillas, cautivada por la seriedad noble que el panadero desprendía cuando hablaba de su oficio. El espacio entre los dos cajones de plástico pareció reducirse. Había una intensidad nueva en el aire, un hilo invisible que los unía en mitad de la madrugada desierta, una complicidad eléctrica que ninguno de los dos sabía cómo gestionar. Ramiro carraspeó, sintiendo que el pulso se le aceleraba por razones ajenas al café o a la harina.
¡PI-PI-PI-PI-PI-PI!
El temporizador del horno industrial estalló con un pitido escandaloso y metálico, rompiendo la burbuja de intimidad en mil pedazos. Los dos dieron un respingo en sus cajones de plástico, apartando la mirada de inmediato con los rostros súbitamente encendidos por la vergüenza.
—Vaya... parece que la ropa ya está lista —dijo Ramiro, levantándose a toda prisa con una rigidez torpe, mientras se rascaba la nuca para disimular el rubor de sus mejillas.
—Sí... las cuatro y media. Tengo que encender mis hornos —respondió Penélope, fijando la vista en el suelo mientras se ajustaba el cordón gigante de los pantalones prestados.
La tregua del lavavajillas había concluido con el aviso del minutero, pero el calor que quedaba en el obrador ya no pertenecía únicamente a las soleras de piedra de "El Trigo de Oro".