"Prisionera de Fuego"
Min-jae, una humilde profesora de 22 años, acepta un trabajo desesperado en la Cárcel Seúl Elite sin saber el mundo que está por descubrir. Allí conoce a Kyung-ho, un apuesto mafioso coreano de 25 años que, tras las rejas, observa cada uno de sus movimientos en silencio.
Lo que comienza como una tensión silenciosa entre profesor y recluso se convierte en algo inevitable cuando un atentado nocturno envenenado los deja a ambos luchando por sobrevivir en la enfermería de la cárcel. Atrapados, drogados y desesperados, se encuentran en una noche que lo cambia todo.
Cuando ella decide irse, él sale libre. Pero el destino tiene otros planes.
Una reencuentro accidental años después deja claro que algunos fuegos nunca se apagan.
Una historia de supervivencia, pasión prohibida y la imposibilidad de olvidar.
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El precio del Poder
CAPÍTULO 8
"El Precio del Poder"
El envenenamiento de Lee fue autoinfligido, parte de un plan de los Cuervos para culpar a Hae-won. Kyung-soon interviene, pero los gemelos descubren que están siendo manipulados. Joon-ho hace un movimiento audaz que cambia todo: revela públicamente la verdad sobre los Cuervos en la Academia, exponiendo a Kyung-soon. En la confrontación final, Kyung-ho debe elegir entre su madre y su familia. La verdadera naturaleza de los gemelos comienza a revelarse.
El envenenamiento era un montaje.
Lo supimos cuando Joon-ho llegó a nuestro refugio temporal —una sala de conferencias vacía— con documentación que no debería haber podido obtener.
— Los Cuervos lo planearon — explicó, desplegando archivos digitales en su laptop con dedos que se movían demasiado rápido para que los ojos normales siguieran. — Lee se administró a sí mismo la toxina. Una dosis subbaja que lo mantuvo inconsciente pero vivo. Todo para inculpar a Hae-won, quien hace poco rechazó su invitación al grupo.
— ¿Cómo obtuviste esto? — preguntó Kyung-ho, observando los archivos con una mezcla de orgullo y horror.
— Hackée los sistemas de seguridad de la Academia — respondió Joon-ho como si estuviera describiendo el clima. — No es difícil cuando comprendes que la mayoría de los sistemas de seguridad no están diseñados contra alguien que literalmente puede ver los patrones de código como si fueran ciudades mapeadas.
Hae-won estaba de pie junto a la ventana, sus ojos de ese color imposible observando Seúl a sus pies.
— Mi hermano tiene razón — dijo sin voltear. — Pero lo que realmente necesitamos entender es que esto no fue iniciativa de los Cuervos. Fue orden de alguien superior.
— ¿De mi madre? — preguntó Kyung-ho, y podía escuchar la batalla en su voz.
— De quien más — respondió Hae-won, finalmente voltéándose. — Ella necesitaba vernos bajo presión. Necesitaba saber qué haríamos. Si cediríamos. Si nos romperíamos.
Comprendí entonces lo que mis hijos realmente eran.
No eran solo niños genio. Eran observadores de dinámicas humanas complejas. Veían patrones donde otros veían caos. Y de alguna manera, habían heredado esa capacidad de Kyung-ho. La misma capacidad que le había permitido construir un imperio desde una cárcel.
— ¿Qué vamos a hacer? — pregunté.
Joon-ho y Hae-won se intercambiaron una de sus miradas silenciosas. Luego Joon-ho sonrió, una expresión que era demasiado adulta para un niño de once años.
— Vamos a devolver el favor — dijo.
La transmisión en vivo fue perfecta.
Joon-ho había infiltrado el sistema de anuncios de la Academia. A las 14:00 en punto, mientras los estudiantes y el personal estaban en el Gran Salón para una asamblea, la pantalla central mostró videos. Uno tras otro. Conversaciones de los Cuervos discutiendo extorsión. Transferencias de dinero de empresas criminales. Instrucciones de Kyung-soon a sus reclutadores sobre cómo identificar y reclutar a los estudiantes más vulnerables.
El salón entero cayó en caos.
Intentos de apagar los videos fracasaron. Joon-ho había asegurado la transmisión a través de múltiples canales, incluyendo salidas directas a medios de comunicación. Los periodistas que habían estado esperando fuera de la Academia —informados por una fuente anónima— irrumpieron inmediatamente en la historia.
"Academia de élite expuesta como centro de reclutamiento criminal."
"Directora Park bajo investigación por traficar menores."
"La red empresarial Park en riesgo: vínculos confirmados con familias yakuza coreanas."
Kyung-soon salió de su oficina como un tifón. Su control se había evaporado, reemplazado por una furia pura y cruda que sacudía su forma. Encontró a los gemelos en el pasillo.
— ¿Qué demonios hicieron? — gritó, su voz ecoando a través del pasillo como un hacha cortando árboles.
— Lo que era necesario — respondió Joon-ho, sin intimidarse ni un poco.
Hae-won agregó tranquilamente:
— Expusimos la verdad. Y la verdad, Directora, es lo único que no puede ser controlado por poder o dinero.
Kyung-soon levantó la mano. Yo me moví sin pensarlo, colocándome entre ella y los gemelos. Su mano se detuvo a centímetros de mi mejilla.
— Ah — susurró, sus ojos quemando. — Así que la profesora emerge. ¿Sabía sobre esto?
— No — respondí con total honestidad. — Pero no lo habría detenido si hubiera sabido.
— ¿Sabe lo que ha hecho? Ha destruido a mi hijo. Ha destruido la reputación de décadas. Ha hecho que toda la familia sea vulnerable a investigaciones, incautaciones...
— Ha expuesto un crimen — interrumpió Kyung-ho desde la entrada.
Todos nos giramos. Kyung-ho estaba parado en el umbral, su expresión impenetrable, su cuerpo tenso como un resorte a punto de estallar.
— Kyung-ho — dijo su madre, girándose hacia él. — Estos niños. Estos niños que claramente son tuyos, han destruido todo lo que construimos.
— No — respondió él, caminando hacia nosotros con paso deliberado. — He estado pensando en eso durante los últimos treinta minutos mientras observaba cómo se desarrollaba eso. Y he llegado a una conclusión. Estos niños no han destruido nada. Han expuesto lo que debería haber sido expuesto hace años.
— ¿Estás sugiriendo que apoyes esto? — preguntó su madre, incrédula.
— Estoy diciendo que apoyo a mis hijos — respondió Kyung-ho. — Porque son valientes. Porque están dispuestos a quemar todo para proteger lo que es correcto. Y porque, madre, llevo cinco años sabiendo que eres capaz de cosas monstruosas. Simplemente elegí no verlo hasta ahora.
Kyung-soon retrocedió como si la hubiera abofeteado.
— Entiendo — dijo lentamente, y su voz era casi mecánica. — Así que elegiste el lado equivocado. Como esperaba.
Se giró para irse, pero se detuvo.
— Cuando las investigaciones comiencen, cuando las finanzas se examinen, cuando el imperio se derrumbe... espero que recuerdes este momento. Espero que entiendas que fue culpa tuya.
Luego se fue, dejando tras ella un silencio que parecía tener peso.
La noche que siguió fue de caos.
La policía llegó. Los agentes federales comenzaron a sellar secciones de la Academia. Los padres de los otros estudiantes retiraban a sus hijos. Los medios estaban en frenesí.
Y en medio de todo, en la pequeña casita del personal donde me habían alojado, estábamos los cinco: Kyung-ho, los gemelos, la Abuela Kim —quien había insistido en viajar a Seúl cuando se enteró de lo que había sucedido— y yo.
— Hiciste lo correcto — le dije a Joon-ho mientras le curaba un pequeño corte que se había hecho antes, desde sus hackeos.
— Lo hicimos lo necesario — corrigió Hae-won. — Lo correcto es un concepto más complicado.
Kyung-ho estaba sentado en el sofá, la cabeza entre las manos. Toda su vida había cambiado en un día.
— ¿Quieres que me vaya? — pregunté.
Levantó la vista como si hubiera sido golpeado.
— ¿Qué? No. Min-jae, eres lo único que... — se detuvo, mirando a los gemelos. — Ustedes son la razón por la que esto fue posible. Porque no tengo nada más que perder que no sea a ustedes.
— Tendrás más que perder cuando todo esto termine — advirtió la Abuela Kim desde la cocina, donde preparaba té con la práctica de alguien que había criado a niños perdidos durante toda su vida. — La vida no es un video que se puede pausar. Seguirá adelante, y ustedes tendrán que enfrentarla juntos.
Esa noche, Kyung-ho durmió en el sofá. Joon-ho y Hae-won durmieron en su dormitorio temporal. La Abuela Kim ronqueaba tranquilamente en su propia cama.
Y yo estuve despierta, viendo a Kyung-ho dormir, preguntándome cuánto más dolor tendríamos que atravesar antes de que el destino finalmente decidiera que habíamos sufrido lo suficiente.