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Dos Lobos, Una Luna

Dos Lobos, Una Luna

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Mujer poderosa / Amor eterno / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: clau21

Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.

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capitulo 7

... Traición Interna...

...****************...

Ganar una batalla no significa ganar la guerra.

Eso lo entendió Elena cuando el silencio después del ataque de los cazadores no duró ni 12 horas.

El refugio de Ceniza estaba hecho para resistir asedios. Muros de piedra volcánica, túneles que se cerraban desde dentro, trampas que Roran había instalado hace 15 años. Pero ninguna piedra detiene a un traidor.

Lo supieron cuando el vínculo se fracturó.

No se rompió. Eso hubiera sido peor. Se fracturó como vidrio bajo presión. Un dolor agudo, repentino, que hizo que Elena cayera de rodillas en la sala principal. Kael y Roran se pusieron de pie al mismo tiempo, garras saliendo sin control.

“¿Qué fue eso?”, gruñó Kael.

Roran ya estaba en la puerta, olfateando el aire. Su cara se puso pálida.

“Plata”, dijo. “Y sangre. De los nuestros”.

Elena se levantó temblando. La marca en su muñeca ardía, pero no con calor. Con advertencia.

“¿De los nuestros quiénes?”, preguntó.

“Los que quedaron en Monte luna”, respondió Roran. “Los que envié a vigilar. Solo confío en tres”.

Kael maldijo. “Llegaron tarde. Muy tarde”.

Salieron corriendo. No había tiempo para explicaciones. Elena los siguió, con el cuchillo en la mano y el corazón en la garganta.

El túnel que llevaba a la salida este colapsó frente a ellos. No fue un derrumbe natural. Era demasiado limpio. Demasiado preciso.

“Trampa interna”, dijo Roran. Su voz era hielo. “Alguien sabía exactamente dónde poner la carga”.

Kael golpeó la pared con el puño. La piedra se agrietó. “Mi tío. Solo él conoce estos túneles”.

“Tío”, repitió Elena. “¿El tío que está en el consejo?”

“Sí”, dijo Kael. “Varis Vardren. Hermano de mi padre. Creía que estaba muerto”.

Roran ya se movía. “Si está vivo, significa que nos llevó directo a ellos. Sabe que estás aquí, Elena. Sabe lo del vínculo”.

Elena sintió que el estómago se le caía.

“¿Y ahora qué?”

“Ahora”, dijo Roran, “corremos. Porque si Varis está aquí, trae a los cazadores de élite. Y ellos no fallan”.

No corrieron. No tuvieron tiempo.

La puerta principal del refugio explotó.

---

El estruendo fue ensordecedor. Piedra, polvo, fuego. Elena se cubrió la cabeza y se pegó al suelo. Cuando pudo abrir los ojos, la entrada era un cráter humeante y por ahí entraban hombres con armadura plateada y rifles de plata pura.

Cazadores de élite. Los mejores del consejo.

No gritaban. No hablaban. Solo avanzaban en formación, como máquinas.

Kael se transformó a medias. Mandíbula alargada, garras, ojos dorados brillando de furia. Se lanzó contra la primera línea.

Roran no se transformó. Era más peligroso así. Se movía entre las balas como si las viera venir, desarmando, matando, sin detenerse.

Elena no podía quedarse atrás. El vínculo le gritaba que si se quedaba quieta, los perdía a los dos.

“¡A la sala de ecos!”, gritó Roran. “¡Ahora!”

Elena no preguntó. Corrió.

La sala de ecos era una cámara circular bajo el refugio. Diseñada para amplificar el vínculo. Si iban a pelear, lo harían ahí. Con ventaja.

Kael llegó dos segundos después, arrastrando a un cazador que aún se movía. Lo estrelló contra la pared y se giró hacia Elena.

“¿Estás bien?”

“Bien”, dijo ella. Mentira. Tenía sangre en la frente, pero no sabía si era suya.

Roran cerró la puerta de piedra. No iba a aguantar mucho.

“Varis está afuera”, dijo. “Y trae algo peor que cazadores”.

“¿Peor que qué?”, preguntó Elena.

Roran la miró. “Un alfa renegado. Se llama Drakar. Fue expulsado de Luna Plateada hace 10 años por traicionar a su propia manada. Ahora trabaja para quien paga más”.

Kael gruñó. “Drakar. Mierda. Si él está aquí, no vienen por captura”.

“Vienen por matar”, dijo Roran.

La puerta cedió.

El sonido fue como un trueno contenido. La piedra se agrietó en el centro y cayó hacia adentro.

Y ahí estaba él.

Alto, más que Roran. Piel cicatrizada, un ojo de vidrio, el otro amarillo como el de un lobo salvaje. Llevaba una armadura ligera de placas de plata y un hacha que parecía pesar 40 kilos.

Drakar.

“Kael Vardren”, dijo. Su voz era grave, rota, como si no usara la garganta en años. “El perrito fiel del consejo. Qué bajo has caído”.

Kael se puso delante de Elena.

“Y tú, Drakar. Sigues siendo un perro sin dueño”.

Drakar sonrió. “Perro con dinero. Eso es mejor”.

No hubo más palabras.

Drakar atacó.

Se movía rápido para su tamaño. El hacha silbó en el aire y Kael apenas alcanzó a esquivarla. El impacto contra la piedra hizo que toda la sala temblara.

Roran entró por el flanco. Drakar lo vio venir y giró, usando el mango del hacha para bloquear. El choque hizo que chispas volaran por toda la sala.

Elena no podía quedarse mirando.

Buscó en el vínculo. Buscó a Kael. Buscó a Roran. Y encontró el dolor de ambos. Dolor, cansancio, ira.

Y lo absorbió.

Fue como tragar fuego. Su garganta ardió, su pecho se contrajo, pero el dolor de ellos disminuyó un poco.

Kael lo sintió. Se giró un segundo, sorprendido.

“Elena, no—”

“¡Cállate y pelea!”, gritó ella.

Drakar aprovechó la distracción. El hacha bajó hacia Kael.

Roran se interpuso.

El sonido del metal contra hueso fue horrible.

Roran cayó de rodillas, sujetándose el brazo izquierdo. Sangre oscura manaba entre sus dedos.

“¡Roran!”, gritó Elena.

Drakar sonrió. “Uno menos”.

Elena vio rojo.

No pensó. No calculó. Solo actuó.

Corrió hacia Drakar. El hacha venía hacia ella, pero ella no se detuvo. Se tiró al suelo, rodó bajo el golpe, y le clavó la daga en la pantorrilla.

Drakar rugió de dolor y la pateó. Elena salió volando contra la pared. El aire se le fue de los pulmones.

Pero funcionó. Drakar cojeaba.

Kael aprovechó. Se lanzó sobre él, tirándolo al suelo. Empezaron a pelear cuerpo a cuerpo, garras contra cuchillos ocultos, dientes contra hueso.

Roran se levantó con dificultad. Sangraba mucho.

Elena se arrastró hasta él. Puso las manos sobre la herida.

“Déjame ayudarte”, dijo.

Roran la agarró del brazo. “Si haces esto, te vas a desmayar. No tienes suficiente fuerza”.

“No me importa”.

“Me importa a mí”, dijo Roran. Y por primera vez, su voz temblaba.

Elena no escuchó. Cerró los ojos y abrió el vínculo por completo.

El dolor de Roran entró en ella como un río helado. Sintió el músculo desgarrado, el hueso astillado, la pérdida de sangre.

Y lo revirtió.

La marca brilló con fuerza cegadora. La luz salió de ella y se metió en la herida de Roran.

Roran gritó. No de dolor. De alivio.

Cuando Elena abrió los ojos, la herida estaba cerrada. Solo quedaba una cicatriz vieja.

Roran la miró como si no la reconociera.

“Eres más fuerte de lo que pensaba”, dijo.

“No soy fuerte”, dijo Elena. “Estoy enojada”.

Drakar se zafó de Kael y se levantó. Cojeaba, pero seguía de pie.

“Interesante”, dijo. “La Luna de Ceniza es una sanadora. El consejo va a pagar una fortuna por ti”.

Kael se puso delante de Elena de nuevo.

“No va a pasar”.

Drakar se rió. “Ya lo hizo. Varis entró por el túnel norte. Tiene a tu hermano, Kael. El pequeño. Si no te rindes, lo mata”.

Kael se quedó quieto.

Elena sintió el pánico de él como si fuera suyo.

“Estás mintiendo”, dijo Kael.

Drakar sacó un teléfono. Mostró un video.

En la pantalla, el hermano de Kael. Diecinueve años. Arrodillado, con una pistola en la sien. Detrás, Varis sonriendo.

“Diez segundos”, dijo Varis en el video. “O muere”.

El tiempo se detuvo.

Kael miró a Elena.

“Lo siento”, dijo.

Y se rindió.

Bajó las garras. Se arrodilló.

“No la toquen”, dijo. “Tómenme a mí”.

Drakar sonrió.

“Demasiado tarde para negociar, perrito”.

Se lanzó hacia Elena.

Fue Roran quien lo detuvo.

Roran, que apenas podía mantenerse en pie, se lanzó contra Drakar con un rugido que hizo temblar la sala. No era humano. No era lobo. Era algo más antiguo. Algo que solo salía cuando lo que amabas estaba en peligro.

Chocaron contra la pared. Rodaron por el suelo. Puños, dientes, sangre.

Elena corrió hacia Kael.

“Levántate”, dijo. “No te rindas”.

Kael la miró con ojos llenos de derrota.

“Mi hermano…”

“Tu hermano no quiere que mueras por él”, dijo Elena. “Pelea”.

Kael dudó. Un segundo.

Luego se levantó.

Roran estaba perdiendo. Drakar era más grande, más experimentado. Tenía a Roran contra el suelo, el hacha levantada para decapitarlo.

“¡Ahora, Kael!”, gritó Elena.

Kael no lo pensó. Se lanzó sobre Drakar por detrás y lo derribó.

Los tres rodaron por el suelo, un nudo de furia y sangre.

Elena no podía quedarse mirando.

Se concentró en el vínculo. Lo abrió al máximo.

Y empujó.

Empujó fuerza a Kael. Empujó resistencia a Roran. Empujó coraje a los dos.

Sintió que algo dentro de ella se rompía. Como si hubiera abierto una puerta que no estaba lista para abrir.

Pero funcionó.

Kael logró inmovilizar a Drakar. Roran le quitó el hacha.

Drakar escupió sangre.

“Esto no termina aquí”, dijo. “El consejo va a enviar más. Siempre hay más”.

Roran no respondió. Le rompió la nariz de un puñetazo.

Kael se levantó, temblando.

“Mi hermano”, dijo. “El video…”

Roran se levantó también. Miró el teléfono en el suelo.

Estaba apagado.

“Era falso”, dijo Roran. “Una grabación. Varis es bueno en eso”.

Kael se quedó quieto. Luego dejó salir el aire que no sabía que estaba conteniendo.

“Lo mataré”, dijo. No era una amenaza. Era una promesa.

Elena se acercó a los dos. Tenía las manos temblando, las piernas a punto de fallar.

“Se acabó”, dijo. “Por ahora”.

Kael la abrazó. No preguntó. Solo la abrazó. Como si tuviera miedo de que desapareciera.

Roran se acercó también. No abrazó. Puso una mano en su hombro.

“Sobrevivimos”, dijo.

Elena asintió.

“Sobrevivimos”.

Pero el vínculo le decía otra cosa.

Varis seguía vivo. El consejo seguía buscando. Y Drakar tenía razón: siempre hay más.

La guerra no había terminado.

Solo había cambiado de fase.

1
Rosa Pandui
Que suerte tiene
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