Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.
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Capítulo 7: Calor en la noche de tormenta
...🩸Lazos de Sangre y Luna🩸...
A las 10 de la noche en la mansión Cullen.
La marca en el cuello de Bella no dejaba de latir. No era un latido normal, de esos que se sienten con los dedos. Era un latido •luminoso•, como si tuviera una estrella pequeña atrapada bajo la piel. Cada vez que Alice la miraba ,y Alice no dejaba de mirarla,la estrella se expandía, enviando oleadas de calor por todo su cuerpo.
—Deja de mirarme así —dijo Bella, sentada en la cama de la habitación de Alice.
—No puedo. Eres demasiado hermosa.
—Estoy sudando y huelo a miedo.
—Hueles a jazmín, a lluvia y a "mía".
Alice se acercó a ella con una lentitud deliberada. La habitación era pequeña para los estándares de la mansión: paredes pintadas de lavanda, una cama enorme con dosel de terciopelo negro, y ventanas que daban al bosque. No había cuadros, pero sí docenas de espejos.
Bella se había dado cuenta de que Alice necesitaba verse a sí misma para recordar que existía. Los vampiros no tenían reflejo, pero Alice había cubierto las superficies reflectantes con una capa de plata líquida que "sí" los devolvía.
—¿Por qué plata? —preguntó Bella cuando llegó.
—Porque quemo a los lobos, pero a mí me da la única imagen que tengo de mí misma.
Ahora, con la noche cayendo y la tormenta eléctrica azotando los cristales, la plata de los espejos brillaba como agua envenenada. Bella vio su propio reflejo: ojos dorados, cicatriz en el cuello, mejillas encendidas. Y detrás de ella, Alice, que no se veía en los espejos normales pero que en estos sí aparecía como una silueta de sombras.
—Tu don se está expandiendo —dijo Alice, sentándose a su lado en la cama—. Mis visiones también. Antes solo veía fragmentos. Ahora veo casi todo.
—¿Qué ves?
—Que tu celo empezará en menos de una hora. Y que no será como los calores que has tenido antes. Será… un incendio.
El núcleo de Bella dio un vuelco. Literalmente: lo sintió moverse dentro de ella, como un animal despertando.
—¿Y tú vas a apagarlo?
—Voy a controlarlo. Si es que puedo.
Alice le tomó la mano. Sus dedos helados contrastaban con la piel ardiente de Bella. El contacto hizo que la estrella en el cuello lanzara una chispa dorada.
—¿Te duele? —preguntó Bella.
—Nunca he marcado a nadie. No sé si duele.
—¿En serio? ¿Soy tu primera?
Alice sonrió. Era una sonrisa triste, de esas que esconden siglos de soledad.
—Eres mi primera todo, Bella. Mi primer amor, mi primera marca, mi primera oportunidad de no estar sola.
Bella se inclinó y la besó. No fue un beso de invasión ni de confirmación. Fue un beso de calma. Como si supiera que en medio de la tormenta que se avecinaba, aquel momento de paz era un regalo.
—No tengas miedo —susurró Bella contra sus labios—. Yo también soy tuya.
****************
El celo de Bella llegó sin avisar. Un segundo Bella estaba besando a Alice, y al siguiente su cuerpo se derrumbó. No es una metáfora: sus huesos de volvieron blando y su piel ardió a 42 grados, y un olor a jazmín y lluvia llenó la habitación tan intensamente que Alice tuvo que apartarse un segundo para no ahogarse.
—Bella… —Alice jadeó (los vampiros no jadean, pero ella lo hizo)—. Respira.
—No… puedo… —Bella se retorcía en la cama, las sábanas empapadas en sudor y en algo más. Un líquido dorado, parecido a la luz de su aura, manaba entre sus piernas—. Me quemo. Me quemo por dentro.
—Es el núcleo. Está liberando feromonas para atraer a su alfa.
—¿Y si atrae a otros?
—Por eso cerré la puerta con llave.
La puerta no era el problema. La puerta era de roble macizo, pero Emmett podía romperla con un dedo. El problema eran los "olfatos". El olor de Bella en celo atravesó las paredes, los pasillos, los jardines. Llegó hasta el bosque. Y allí, en la frontera entre el territorio de los Cullen y la reserva Quileute, dos grupos se preparaban para reaccionar.
En el bando vampiro: Edward apoyado contra la pared del pasillo, respirando con dificultad (aunque no necesitaba respirar), los puños sangrando otra vez. Emmett a su lado, sosteniéndolo.
—No entres —dijo Emmett.
—Huelo sus fermonas me está volviendo loco —Necesito gruñó Edward—. Necesito…
—Necesitas a Jacob. No a Bella. Recuérdalo.
En el bando lobo: Jacob Black en forma humana, pero con los ojos brillando amarillos. Leah Clearwater a su lado, en cuclillas sobre una roca, olfateando el viento.
—La humana digo la Omega Puro está en celo —dijo Leah—. Y no es un celo normal.Sus fermonas
huele muerte.
—Huele a vida —corrigió Jacob, y su voz era ronca—. Huele a lo que pudo ser.
—No te pongas poético, Black. Tenemos órdenes: vigilar, no intervenir.
—¿Y si la vampira no puede controlarla?
—Entonces intervendremos. Pero solo para matar.
Jacob la miró con horror.
—¿Matar a Bella?
—Si mataremos a la omega. Si el celo la vuelve loca y empieza a morder humanos, no habrá otra opción.
—Eso no va a pasar.
—¿Cómo lo sabes?
Jacob no respondió. Pero su lobo interior aulló. No de advertencia, sino de lamento.
****************
Mientras tanto dentro de la habitación, las cosas se habían complicado.
Bella había perdido la capacidad de hablar. Su boca solo emitía gemidos y aullidos. Su cuerpo se arqueaba sobre la cama, y cada vez que Alice intentaba tocarla, la estrella en su cuello lanzaba una descarga eléctrica.
—Estás rechazando mi contacto —dijo Alice, confundida—. ¿Por qué?
—No… lo rechazo… —Bella forcejeó para sentarse—. Es que… me duele. Cuando me tocas, el núcleo aprieta. Como si quisiera expulsar algo.
—¿Expulsar qué?
—No lo sé. Pero siento que si no me marcas de verdad, voy a explotar.
Alice la miró fijamente. Sus ojos rojos de un color de sangre se volvieron negros, luego dorados, luego rojos otra vez.
—La marca que hice en tu cuello era superficial —admitió—. Para calmar a tu padre. La marca verdadera, la que sella la unión, es más… profunda.
—¿Cuánto más profunda?
Alice se quitó la camiseta. Debajo, su torso era perfecto, pálido como el mármol, cubierto aquí y allá por cicatrices blancas de batallas centenarias. Pero en el centro de su pecho, justo donde los humanos tienen el corazón, había piel lisa, fría, y debajo de ella, un órgano perfectamente formado. Un corazón. Su corazón.
—Los vampiros tenemos corazón —dijo Alice, tomando la mano de Bella y apoyándola sobre su pecho izquierdo—. Un corazón de carne y sangre, como el que tuvimos cuando éramos humanos. El mío nunca desapareció. Pero cuando me transformé, cuando el veneno recorrió mis venas y la muerte me arrancó de este mundo… mi corazón se detuvo. Dio su último latido mientras mi cuerpo se consumía en el fuego del cambio. Desde entonces, lleva más de un siglo en silencio. Frío. Inmóvil. Pero sigue ahí.
Bella sintió bajo sus dedos la forma del corazón de Alice. No latía. Estaba frío, duro, como una piedra redonda dentro de un cofre de hielo. Pero era real. Era *suyo*.
—Antes de convertirme —continuó Alice, con la voz más baja, más íntima—, cuando era humana, mi corazón ya estaba débil. Una enfermedad. Los médicos dijeron que me quedaba un solo latido. Uno. Y entonces… llegó el vampiro que me transformó. Me mordió justo cuando ese último latido estaba por ocurrir. Y en lugar de morir del todo, me convertí en esto. Mi corazón nunca dio ese último latido. Quedó suspendido. Esperando.
—¿Esperando qué? —susurró Bella, con los ojos muy abiertos.
—Esperando a ti. Porque para sellar la unión, tienes que morder aquí. Sobre mi corazón. Y cuando tu sangre omega, tu núcleo ardiente, toque este órgano dormido… despertará. Latirá. No como el corazón de una vampira, sino como el de una humana. Lento al principio. Luego más rápido. Y cada vez que estemos juntas, latirá al ritmo del tuyo.
Bella tragó saliva. Su cuerpo seguía ardiendo por el celo, pero aquella revelación la había dejado sin aliento.
—¿Quieres decir que… volverás a tener un latido humano?
—Quiero decir que tú me devolverás la vida. No la inmortalidad. La vida. La que perdí hace cientos de años.
—¿Y si duele?
—Me dolerá. Pero no me matará. Y después de que lo hagas… ya no seré solo una vampira. Seré tuya. Y tú serás mía.
Bella dudó. Su cuerpo le pedía a gritos que lo hiciera, que hundiera los dientes en ese pecho helado y bebiera. Pero su mente humana, la parte que todavía se aferraba a la normalidad, le susurraba "esto es una locura".
—¿Y si no quiero? —preguntó—. Me da miedo hacerte daño.
—No me harás daño, mi omega. Me harás "vivir".
Alice se tumbó boca arriba con los brazos abiertos. Su pecho se elevaba y descendía lentamente (una respiración innecesaria pero adquirida por costumbre). Bella se inclinó sobre ella, sintiendo el calor de su propio cuerpo contrastar con el frío de la vampira. Sus labios rozaron la piel sobre el esternón de Alice. Olía a cereza, a hielo, a *eternidad*. Y debajo, muy adentro, sintió la presencia de ese corazón dormido.
—No sé cómo morder algo que no está latiendo —murmuró Bella, temblando.
—Muerde con tu alma. No con tus dientes. Confía en tu núcleo. Él sabe lo que tiene que hacer.
Bella cerró los ojos. El calor del celo la envolvía, pero también había otra cosa: una ternura feroz, una necesidad de "dar" tanto como de recibir. Abrió la boca y hundió los dientes suavemente sobre el pecho de Alice, justo donde el corazón yacía inmóvil.
No fue como morder la piel. Fue como morder *un recuerdo*. Un recuerdo de latidos, de sangre caliente, de vida. El frío de Alice invadió su boca, pero entonces su núcleo omega respondió, enviando una oleada de calor dorado a través de sus dientes. Una gota de sangre negra brotó de la pequeña herida. No era sangre muerta. Era sangre que olía a jazmín y a trueno.
Alice gritó. No un grito de dolor, sino de •asombro•.
Thump.
El corazón de Alice dio su primer latido en ciento treinta años.
—¡Alice! —Bella levantó la cabeza, los labios manchados de sangre—. ¡Lo siento!
—No pares —susurró Alice, con los ojos llenos de lágrimas—. Por favor, no pares.
Thump. Thump.
Bella volvió a morder, esta vez con más seguridad. Su lengua lamía la sangre de Alice, y cada vez que la tragaba, sentía cómo algo se desataba dentro de ella. El núcleo omega latía al unísono con aquel corazón recién despertado.
Thump. Thump. Thump.
—Más —pidió Alice, arqueando la espalda—. Bebe más, mi omega. Despiértame del todo.
Bella succionó. La sangre de Alice ya no era fría. Estaba tibia. Se estaba calentando. Y el corazón debajo de sus labios latía más rápido, más fuerte, más humano.
De repente, el núcleo omega de Bella estalló.
No fue un orgasmo. Fue todos los orgasmos del mundo al mismo tiempo. Bella sintió cómo su cuerpo se deshacía y se rehacía. Cómo sus huesos se fundían y se solidificaban. Cómo su piel se volvía un poco más fría, un poco más fuerte, un poco inmortal.
—No te he convertido —susurró Alice, con el corazón ya latiendo firme bajo su pecho—. Solo te he… anclado.
—¿Anclado a qué?
—A mí. Y yo a ti. Para siempre.
El corazón de Alice latía. Lento, pero constante. Era un milagro diminuto en medio de la tormenta. Y por primera vez en más de un siglo, la vampira sintió calor en el pecho. Un calor que no venía de la sangre, sino del amor.
La tormenta eléctrica golpeó la mansión. Un rayo cayó sobre el jardín, incendiando un roble centenario. Y en el bosque, los lobos aullaron.
No era un aullido de advertencia. Era un aullido de luto.
Porque algo había cambiado. Algo que los ancianos de la tribu habían predicho hacía siglos. La unión de una omega pura y una vampira alfa había roto el equilibrio. Y ahora, en las sombras de Italia, en el trono de los Volturi, Aro abrió los ojos.
—La profecía ha comenzado —dijo, con una sonrisa que prometía sangre—. Envía a Selene. Quiero a esa niña •viva•
Continuará 🔥