En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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7. Voy a conocer mi mundo
Las noches en Andovia jamás eran completamente oscuras,.incluso desde las regiones más alejadas de la capital podían verse las enormes estructuras suspendidas sobre los cielos, los corredores de navegación atravesando las atmósferas superiores y las luces de defensa energética rodeando las ciudades principales del planeta.
Andovia nunca dormía realmente. Y quizá por eso Alnair siempre había sentido que él tampoco podía hacerlo.
La puerta de su habitación se abrió suavemente después de un pequeño aviso lumínico.
- “Pasa, mamá”, dijo Alnair
Aluna de ForB, duquesa de KaoB, ingresó con elegancia tranquila, llevando aún las túnicas oscuras del Alto Tribunal. Su largo cabello rubio caía ordenadamente sobre uno de sus hombros mientras observaba a su hijo desempacando algunas cosas de su bolsa de viaje.
Alnair acababa de regresar de la Tierra hacía apenas unas horas. Y aunque intentaba aparentar normalidad, algo en él parecía distinto. Se le notaba más ligero y despierto.
- “¿Qué te pareció la Tierra, hijo?”, preguntó Aluna, acercándose lentamente.
Alnair dejó sobre la mesa uno de los pequeños objetos humanos que había traído consigo antes de responder.
- “Hacen demasiadas cosas que podrían destruir su ambiente. Y aunque las personas pueden tener sentimientos muy nobles, también pueden ser increíblemente crueles”, respondió Alnair con honestidad.
- “Bueno, eso último también ocurre aquí”, comentó Aluna con una sonrisa.
- “Sí. Supongo que sí”, dijo Alnair, soltando una leve exhalación divertida. La magistrada lo observó unos segundos en silencio “¿Nada te llamó la atención?”, preguntó Alguna con curiosidad.
Y entonces ocurrió algo extraño, Alnair tardó en responder, como si estuviera organizando pensamientos que ni siquiera entendía del todo.
- “Conocí a una niña muy inteligente”, dijo Alnair. “Habla demasiado, es graciosa y optimista. No tiene complejos de superioridad, pero aun así parece muy segura de sí misma”, expresó Alnair.
- “Parece que te llamó bastante la atención”, comentó Aluna, arqueando la ceja. Alnair volvió a guardar algunas cosas dentro de su bolsa.
- “Es diferente”, dijo él.
- “¿También es linda?”, preguntó Aluna.
Por primera vez desde que entró a la habitación, Alnair pareció ligeramente incómodo.
- “Es una niña, mamá”, respondió Alnair. Aquello hizo que Aluna sonriera más.
- “Tú también eres un niño”, dijo Aluna.
- “Tengo dieciséis”, replicó Alnair.
- “Exactamente”, señaló Aluna. Él apartó la mirada.
- “Supongo que cuando crezca será muy linda”, expresó Alnair. Aluna lo observó con evidente diversión.
- “Entonces debe ser maravillosa si logró captar la atención de mi estoico y excesivamente maduro hijo”, manifestó Aluna.
Alnair negó apenas con la cabeza mientras seguía organizando algunas cosas, pero la verdad era que no dejaba de pensar en Yamileth desde que abandonó la Tierra. En la manera en que sonreía, en cómo parecía emocionarse por todo. En las cosas absurdas que decía. Y especialmente, en cómo lograba hacerlo sentir tranquilo.
Aluna entonces notó algo extraño.
- “¿Qué haces?”, preguntó Aluna. Alnair cerró parcialmente la bolsa de excursión.
- “Sé que debo regresar mañana a la academia, pero quiero salir antes”, respondió Alnair. La magistrada parpadeó sorprendida.
- “¿Salir?”, preguntó Aluna.
- “Quiero recorrer algunas regiones de Andovia”, respondió Alnair.
Eso sí logró desconcertarla completamente. Alnair rara vez hacía algo que no estuviera relacionado con estudios, entrenamiento o deberes militares.
- “¿Y eso por qué de pronto?”, preguntó Aluna. El joven guardó silencio unos segundos.
Después recordó a Yamileth sentada junto al río moviendo exageradamente las manos mientras hablaba. Y casi pudo escuchar nuevamente su voz diciendo “Nadie protege con todas sus fuerzas aquello que no conoce ni ama.” Alnair levantó lentamente la mirada hacia su madre.
- “Ella dijo algo que me hizo pensar”, dijo Alnair. Aluna se sentó al borde de la cama.
- “¿Qué cosa?”, preguntó su madre. Alnair observó por unos segundos las luces de Andovia brillando al otro lado del enorme ventanal.
- “Dijo que nadie protege realmente lo que no conoce, ni ama”, comentó Alnair. “Que uno debe vivir intensamente para sentir que el mundo merece ser protegido”.
Aluna lo miró fijamente, porque jamás había escuchado a su hijo hablar de aquella manera. Y tampoco recordaba haberlo visto tan vivo.
- “Así que voy a conocer mi mundo”, concluyó él finalmente.
La magistrada permaneció inmóvil unos segundos antes de sonreír suavemente. Alnair se acercó y besó su frente antes de salir de la habitación llevando su bolsa consigo. Aluna lo observó marcharse todavía sorprendida.
Momentos después, una presencia familiar apareció detrás de ella. Era su esposo Nahor. El comandante llevaba aún parte de su uniforme militar y observaba la puerta por donde su hijo acababa de salir.
- ,“¿Ese es mi niño?”, preguntó Aluna casi divertida. Nahor soltó una leve exhalación.
- “Siempre fue así”, respondió Nahor. Ella giró para mirarlo.
- “No. Nuestro hijo normalmente habla de estrategias militares y protocolos de combate. No de vivir intensamente”, manifestó Aluna. Eso hizo que Nahor sonriera apenas.
- “Con tanto deber, entrenamiento y formalidad, esa parte de él se había quedado dormida”, comentó Nahor. Aluna cruzó lentamente los brazos.
- “Espero que sea algo bueno”, dijo Aluna.
Nahor observó las luces de la ciudad a través del ventanal. Después recordó a la pequeña muchacha junto al río, la niña que se parecía demasiado a Anymza. Y la forma distinta en que Alnair había regresado después de conocerla.
- “Yo también”, murmuró Nahor finalmente.
Porque aunque ninguno de los dos lo sabía todavía, aquel viaje había comenzado a cambiar silenciosamente el destino de su hijo.