Alina siempre creyó que era una chica común, hasta que una noche de primavera un encuentro inesperado en el campo de cerezos cambió su vida para siempre.
Un extraño de mirada intensa comienza a aparecer entre las sombras del bosque. Él guarda secretos, conoce peligros que nadie en el pueblo imagina y parece estar ligado a algo que despierta una inquietud desconocida dentro de ella.
Pronto, sueños extraños, aullidos en la noche y recuerdos que nunca vivió empiezan a perseguirla. Mientras intenta descubrir quién es realmente Kael, Alina también deberá enfrentarse a una verdad que su propio padre le ocultó durante años.
Entre cerezos, luna llena y secretos de sangre, Alina descubrirá que algunas primaveras no solo traen flores… también despiertan destinos dormidos.
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Capitulo 8: La caja escondida
Aquella noche, Alina no pudo dormir.
La figura inmóvil al final del sendero seguía clavada en su memoria como una sombra que se negaba a desaparecer. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a verla de pie junto a los árboles, quieta, observando la casa como si supiera exactamente dónde encontrarla.
Su padre tampoco parecía haber dormido.
Lo escuchó caminar por la casa hasta muy tarde. Sus pasos iban de una habitación a otra, lentos, inquietos. En un momento incluso creyó oír cómo abría la puerta principal y permanecía un rato en el porche, como si vigilara la oscuridad.
Cuando amaneció, el cielo de Valdoria estaba cubierto por una niebla espesa.
Alina bajó a la cocina.
Su padre ya no estaba.
Sobre la mesa había una nota escrita con su letra.
“Volveré antes del mediodía. No salgas.”
La leyó dos veces.
Aquella orden solo consiguió despertar aún más su inquietud.
Se preparó un poco de café, pero apenas pudo dar dos sorbos. Tenía el cuerpo tenso y la mente llena de preguntas.
Desde el sueño de la noche anterior, una frase no dejaba de girar en su cabeza.
Recuerda el árbol.
Se levantó lentamente.
Había algo en aquellas palabras que no sonaba como una advertencia.
Sonaba como una pista.
Tomó su chaqueta.
No iba a salir de la casa.
Al menos no todavía.
Pero había un lugar donde nunca había buscado respuestas.
La habitación de su padre.
Se quedó unos segundos frente a la puerta.
Desde niña había aprendido a respetar aquel espacio. Él era reservado, casi silencioso con sus cosas. Entrar allí le parecía extraño, casi una traición.
Aun así, giró el pomo.
La habitación olía a madera, libros viejos y café.
Todo estaba en orden. La cama bien tendida. La ropa doblada con precisión. La vieja cómoda junto a la pared.
Miró alrededor.
No sabía exactamente qué buscaba.
Solo sabía que algo debía estar oculto.
Se acercó al armario.
Revisó los estantes.
Nada.
Abrió el cajón de la cómoda.
Papeles. Un reloj viejo. Algunas cartas sin abrir.
Nada.
Estaba a punto de rendirse cuando notó algo raro.
La tabla del fondo del último cajón estaba ligeramente levantada.
Contuvo la respiración.
Introdujo los dedos con cuidado y la levantó.
Debajo había una caja de madera.
Pequeña.
Oscura.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
La sacó despacio y la dejó sobre la cama.
No tenía cerradura.
Solo una pequeña marca tallada en la tapa.
Un árbol.
Un cerezo.
El mismo que aparecía en sus sueños.
Sus manos temblaban cuando la abrió.
Dentro encontró tres cosas.
Un colgante de plata con una piedra opaca.
Una fotografía antigua.
Y una carta doblada con cuidado.
Alina tomó primero la fotografía.
Era vieja, amarillenta por el tiempo.
En ella aparecía una mujer joven de cabello oscuro, de pie bajo un cerezo en flor.
El aire se le quedó atrapado en el pecho.
La había visto.
No en persona.
En el sueño.
La misma mirada.
La misma forma de inclinar la cabeza.
Los mismos ojos.
Sintió que le ardían los ojos.
—Mamá… —susurró.
Se sentó lentamente en el borde de la cama.
Durante años había intentado imaginar su rostro.
Y allí estaba.
Real.
Cercano.
Dolorosamente real.
Tomó el colgante.
Al tocarlo, un escalofrío le recorrió el brazo.
La piedra estaba fría.
Pero, por un instante, juraría haber sentido un latido leve en la palma de la mano.
Lo soltó de inmediato.
El corazón le golpeaba el pecho.
Miró entonces la carta.
La abrió con cuidado.
No estaba dirigida a ella.
Reconoció de inmediato la letra de su padre.
Y debajo, otra distinta.
Más fina.
Más elegante.
Comenzó a leer.
“Si algún día ella pregunta, no le mientas más.”
Las manos le temblaron.
Siguió leyendo.
“No podrá vivir para siempre lejos de lo que es. Si vuelve al campo de cerezos, significará que empezó a recordar.”
Alina sintió que el aire desaparecía de la habitación.
Bajó la vista hacia la última línea.
“Cuando eso ocurra, dile que sigo viva.”
El corazón le dio un golpe brutal.
La carta cayó sobre sus piernas.
Su madre.
Viva.
No era solo una intuición.
No era solo un sueño.
Era verdad.
Se llevó una mano a la boca.
Durante unos segundos fue incapaz de moverse.
Todo lo que había creído durante años acababa de romperse.
De pronto escuchó el sonido de la puerta principal.
Su padre había vuelto.
El pánico la sacudió.
Guardó la carta, la fotografía y el colgante dentro de la caja, pero antes de cerrar la tapa algo llamó su atención.
Había un pequeño pliegue de tela en el fondo.
Lo levantó.
Debajo encontró una palabra grabada en la madera.
Darian.
El pulso se le disparó.
No sabía quién era.
Pero algo en ese nombre le produjo un miedo inmediato.
—Alina —llamó su padre desde la planta baja.
Ella cerró la caja con rapidez.
Su respiración era corta.
Guardó todo de nuevo en el escondite, colocó la tabla en su lugar y salió de la habitación.
Cuando bajó las escaleras, su padre estaba de pie junto a la mesa.
La observó en silencio.
—¿Qué hiciste? —preguntó.
El tono de su voz la dejó helada.
Porque, por primera vez, sonaba como si ya supiera la respuesta.