*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 8* *Mira Asciende*
Sonya Smith sabía una verdad: un general sin soldados es solo un loco con un cuchillo.
Elira Valemot iba a construir su ejército. Empezaba con una chica de cocina y un par de quemaduras.
Bajó al desayuno como si el té con el Emperador hubiera sido té con una tía abuela. Vestido gris, cabello suelto, manos sin vendas. Las costras a la vista. _Que las vean. Que recuerden que sangro y sigo en pie._
Roderick no la miró. Cristal untaba mantequilla con la mirada perdida. Andrew leía cartas con el ceño fruncido, buscando en cada línea una forma de salvarse de la ira de Darian.
Samantha entró tarde. Ojerosa. Pálida. El _dulcesueño_ todavía le pesaba en los párpados. Vio a Elira y el odio le subió por la garganta como bilis.
“¿Dormiste bien, hermana?” preguntó Elira, sirviéndose agua. Su voz era miel. Podrida. “Te veías... agotada ayer. Te caíste en tu plato. Otra vez.”
Samantha tiró la servilleta. “No sé de qué hablas. Yo no...”
“Claro que no,” cortó Elira. Dejó el vaso. El sonido fue un golpe seco en la mesa. “Las Valemot nunca nos caemos. Nos tiran.”
Roderick levantó la vista. “Elira. Basta.”
“No, padre.” Se puso de pie. Todos la miraron. Por primera vez, no para burlarse. Para entender qué demonios pasaba. “No basta. Ayer fui al Palacio de Invierno. Su Majestad Imperial me preguntó por el personal. Si estaba bien atendida. Si tenía una dama de compañía de confianza.”
Mentira. Cassian no preguntó nada de eso. Pero Sonya sabía que una mentira dicha con suficiente acero se volvía verdad.
“Le dije que no,” siguió Elira. “Que en esta casa, las duquesas se sirven solas. Que las damas de compañía están muy ocupadas hablando de los amoríos de mi prometido como para peinarme.”
Samantha se puso de pie, roja. “¡Eso es una calumnia! ¡Yo nunca...!”
“Entonces,” Elira la ignoró. Miró directo a Roderick. A Cristal. “Arreglé el problema. Su Majestad estuvo de acuerdo en que una duquesa sin doncella personal es una vergüenza para el ducado. Y para el trono.”
Chasqueó los dedos. Una vez. Fuerte. Como llamaba Sonya a sus hombres.
La puerta de la cocina se abrió.
Mira entró.
No con el uniforme de sirvienta. Con un vestido azul oscuro, sencillo, limpio. El cabello recogido. Sin quemaduras a la vista. Elira había gastado tres monedas de oro en ungüento anoche. Inversión.
Temblaba. Pero caminó. Un paso. Otro. Hasta pararse al lado de la silla de Elira.
“Ella es Mira,” dijo Elira. Su voz llenó el comedor. “Mi dama de compañía personal. A partir de hoy. Responde ante mí. Solo ante mí. Si alguien le da una orden, me la da a mí. Si alguien le levanta la mano, me la levanta a mí.”
Silencio.
Andrew fue el primero en reír. Una risa nerviosa, incrédula. “¿La hija del cocinero? ¿Estás demente? Padre, no vas a permitir...”
“Padre no permite nada,” lo cortó Elira. Miró a Roderick. “Su Majestad Imperial _sugirió_ que la hija de un hombre leal es mejor que una víbora con título. ¿Queréis escribirle para decirle que se equivoca, padre?”
Roderick abrió la boca. La cerró. Cassian Ashford Thorne no “sugería”. Ordenaba. Y contradecir al Emperador porque tu hija eligió a una plebeya era firmar tu sentencia de muerte.
Cristal por fin reaccionó. Dejó la mantequilla. Miró a Mira de arriba abajo. Luego miró a Elira. Y por un segundo, Sonya juró que vio algo en los ojos de la duquesa. No tristeza. _Cálculo_.
“Si es voluntad del Emperador,” dijo Cristal, con voz suave, “entonces que así sea. Bienvenida, Mira.”
_Interesante_, pensó Sonya. _La estatua habla. Y sabe elegir bando._
Samantha explotó. “¡No! ¡Es una criada! ¡Huele a cebolla! ¡Dormirá en mi ala! ¡Me robará! ¡Madre, no puedes...!”
“Puedo,” dijo Elira. Dio un paso hacia su hermana. No levantó la voz. No hacía falta. “Y lo hago. Mira dormirá en la habitación contigua a la mía. La que tú usabas para guardar tus vestidos de verano, ¿recuerdas? Los que Darian te regaló.”
Samantha se quedó blanca. El golpe dio justo.
“Además,” siguió Elira, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja de Samantha. Solo ella oyó lo siguiente: “Necesito a alguien que sepa cómo se duerme una persona en cinco minutos. ¿Verdad, hermana? Para que no se caiga en más platos.”
Samantha se tambaleó como si la hubieran abofeteado. _Lo sabe. Sabe lo del dulcesueño. Sabe que fui yo._
Andrew se levantó de golpe. “¡Ya basta! ¡Esto es una farsa! ¡Tú no eres nadie para...!”
“Mira,” dijo Elira, sin mirarlo. Sin levantar la voz.
Mira entendió. Era su primera orden en público. Su prueba.
Dio un paso al frente. Tomó la jarra de agua de la mesa. Y la vació, entera, sobre la cabeza de Andrew.
El agua helada le empapó el cabello rubio, la camisa, las cartas que leía. Se quedó sentado, chorreando, boqueando como un pez.
“Mi señora,” dijo Mira. Su voz temblaba, pero era clara. “El señor Andrew estaba acalorado. Pensé que necesitaba refrescarse.”
Elira sonrió. Por primera vez en la mesa, la sonrisa le llegó a los ojos. A los de Sonya.
“Buena chica,” dijo.
Se giró hacia Roderick. “¿Alguna objeción, padre? ¿O preferís que le escriba a Su Majestad que su sugerencia fue... mal recibida?”
Roderick miró a su hijo chorreando. Miró a su hija menor pálida de terror. Miró a su esposa, que volvía a untar mantequilla como si nada pasara.
Luego miró a Elira. Y por primera vez, vio a la heredera del ducado. No a la niña rota.
“Ninguna objeción,” dijo. Su voz sonó vieja. Derrotada. “Mira... bienvenida a la familia Valemot.”
_No a la familia_, corrigió Sonya. _A mi ejército._
Esa tarde, Elira llevó a Mira a su cuarto. Cerró la puerta. Pasó el pestillo.
Mira se arrodilló al instante. “Mi señora, yo... perdón si me excedí con el señor Andrew. Yo solo...”
“Levántate,” ordenó Elira. “Los soldados no se arrodillan ante su general. Se paran a su lado.”
Mira se levantó, con los ojos llenos de lágrimas. No de miedo. De algo peor. De esperanza.
Elira sacó el libro que le mandó Cassian. _Venenos del Imperio, Volumen III_. Lo puso en las manos de Mira.
“Lección dos,” dijo. “Vas a aprenderte esto de memoria. Cada planta. Cada síntoma. Cada antídoto. Porque a partir de hoy, tú pruebas mi comida. Tú tocas mi ropa. Tú abres mis cartas.”
Mira apretó el libro contra el pecho. “¿Y si me equivoco, mi señora? ¿Y si...?”
“Entonces morimos las dos,” dijo Elira, simple. Honesta. La verdad era la mejor correa. “Pero si no te equivocas, te prometo que cuando Darian Montclair cuelgue, serás tú quien le ponga la soga al cuello. Y Sofía Lauren verá tu cara mientras cae.”
Mira no lloró. Asintió. Una vez. Como un soldado aceptando una misión suicida.
“¿Cuál es la lección tres, mi señora?” preguntó.
Elira caminó hasta la ventana. Pasó el dedo por la muesca treinta y nueve. Recién hecha. Para Darian.
“La lección tres,” dijo, mirando hacia el palacio que se veía a lo lejos, “es que a partir de ahora, nosotras ponemos las reglas. Y la primera es: la casa Valemot tiene una dueña nueva.”
Afuera, un cuervo graznó. Cuatro veces.
Mira sonrió. Y por primera vez, no parecía una sirvienta.
Parecía un cuchillo.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️