Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.
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Capítulo 17: El día del festival (Caos en el escenario)
El sol del sábado nació con una nitidez casi insultante, tiñendo de un dorado radiante los adoquines de la plaza principal de Villa Delicia. Desde las ocho de la mañana, el zumbido de la multitud llenaba el aire, mezclándose con el repique de las campanas de la iglesia y el murmullo expectante de cientos de vecinos que abarrotaban las gradas provisionales. El Gran Festival del Pastel de Oro había comenzado, y la expectación era máxima; el tuit viral de Don Augusto y los escandalosos rumores sobre la misteriosa hospitalización del alcalde habían convertido la tradicional competencia en un duelo con tintes de leyenda local.
En el centro del gran escenario elevado, la tensión física era tan densa que se podía cortar con una rasqueta de panadero. Las dos estaciones de cocina en vivo se alzaban separadas por apenas tres metros de distancia, pero la distancia emocional parecía kilométrica.
A la izquierda, la estación de Ramiro era un monumento al orden clásico: superficies de mármol impolutas, palas de madera noble alineadas por longitud y un silencio sepulcral rota únicamente por el latido sordo de sus hornos portátiles. Ramiro vestía una chaquetilla blanca inmaculada, sin un solo pliegue, con los puños firmemente abotonados. Tenía los ojos fijos en sus masas, con las mandíbulas tan apretadas que los músculos del cuello se le dibujaban bajo la piel.
A la derecha, la estación de Penélope era un torbellino de modernidad: cuencos de acero inoxidable relucientes, varillas eléctricas de última generación y un despliegue cromático que hería las pupilas. Ella llevaba su uniforme con los ribetes fucsia y el cabello recogido en una trenza alta y tirante que acentuaba la rigidez de su perfil.
No se miraban. No se habían dirigido una sola palabra desde el portazo en el obrador. Cuando sus movimientos en el escenario los obligaban a quedar frente a frente, ambos desviaban las pupilas hacia sus herramientas con una frialdad gélida, ignorando deliberadamente la existencia del otro. Sin embargo, bajo esa capa de indiferencia forzada, a los dos les ardía el pecho; el dolor de la supuesta traición y el orgullo herido los empujaban a trabajar con una rabia sorda y frenética.
Justo debajo del escenario, presidiendo la mesa del jurado, se encontraba el alcalde, Don Pancracio. Lucía un aspecto notablemente más saludable que el de la tarde del juicio, aunque sus ojos pequeños reflejaban un recelo instintivo cada vez que miraba hacia los dos competidores. En su mano izquierda sostenía, con un celo casi religioso, un protector estomacal de caja azul y un vaso de agua mineral; no pensaba arriesgar la integridad de sus jugos gástricos por segunda vez en una semana.
El cronómetro gigante del escenario marcaba los últimos diez minutos de la gran final, y los dos artesanos ejecutaban los toques definitivos de sus piezas con la precisión de dos cirujanos en plena crisis.
Penélope dio un paso atrás, con la respiración entrecortada y una pequeña mancha de sirope en la mejilla que se negó a limpiar. Ante ella se alzaba su obra cumbre: una estructura helicoidal, una torre de macarons de colores fosforitos —verde lima, rosa chicle y azul cobalto— que desafiaba descaradamente las leyes de la gravedad. Las galletas de almendra flotaban visualmente en el aire, sostenidas por un armazón invisible de hilos de caramelo soplado artísticamente, creando la ilusión de un carrusel futurista suspendido en el espacio. Era una fantasía pop deslumbrante que captaba los destellos del sol, provocando un murmullo de asombro unánime en el público.
Ramiro, por su parte, depositó con extrema delicadeza la última pieza de su creación sobre una base de madera oscura. Su obra era un prodigio de la arquitectura rústica: una réplica exacta, a escala perfecta, del edificio del Ayuntamiento de Villa Delicia, construida en su totalidad con diferentes tipos de panes artesanales. Las columnas eran bastones de pan de centeno trenzado; la fachada lucía el relieve milimétrico del ladrillo antiguo logrado con incisiones precisas de cuchilla sobre masas de hogaza rústica, y el tejado estaba compuesto por cientos de pequeñas tejas de masa quebrada dorada al horno. Era una obra noble, imponente, que destilaba un respeto absoluto por la historia y la técnica tradicional.
La plaza estalló en un aplauso ensordecedor. Los vecinos se pusieron en pie, vitoreando la monumental demostración de talento de las dos aceras de la calle principal.
Entre la multitud que abarrotaba la primera fila, Don Cornelio observaba la escena apoyado en su bastón con empuñadura de plata. El dueño de "Pan-Industrial S.A." mantenía una sonrisa malévola, una mueca de satisfacción corporativa que desentonaba con el entusiasmo general del pueblo. Había visto la frialdad entre los dos panaderos y sabía que su plan de división había funcionado a la perfección; la desconfianza mutua los había desgastado por dentro. Ahora solo faltaba propinar el golpe de gracia para que el festival terminara en un desastre técnico absoluto, dejando el terreno libre para el desembarco de su franquicia de bollería congelada.
Don Pancracio se levantó de la mesa del jurado, abriendo los brazos para pedir silencio a la grada. Se tomó su protector estomacal de un trago, carraspeó con solemnidad y apuntó con el dedo hacia el escenario.
—Llegó el momento del veredicto —anunció el alcalde a través del micrófono—. Los jueces procederemos a subir al escenario para evaluar el sabor, la estructura y el equilibrio de estas dos...
Justo en el instante en que el pie del alcalde tocaba el primer peldaño de la escalera de madera, un chasquido metálico, seco y violento, resonó detrás del palco de las autoridades.
En el callejón trasero de la plaza, el secuaz de Don Cornelio, provisto de unas cizallas industriales aisladas, acababa de cortar de un solo tajo los cables de alta tensión conectados al generador principal que abastecía de energía a todo el evento municipal.
¡Clack!
El mundo se tiñó de sombras. Las pantallas gigantes de televisión del escenario se apagaron con un parpadeo moribundo; el hilo musical de fondo enmudeció al instante y los micrófonos emitieron un pitido sordo antes de quedar muertos. Toda la plaza de Villa Delicia se quedó a oscuras, privada de la megafonía y de la energía auxiliar en mitad de la tarde soleada.
Un murmullo de desconcierto que rápidamente se transformó en un pánico generalizado corrió entre las gradas. Los vecinos empezaron a levantarse de sus asientos, hablando entre sí a voces, mientras el cabo Ramírez intentaba restablecer el orden a base de silbatazos inútiles en mitad de la confusión.
En el escenario, el impacto del apagón se cobró sus primeras víctimas técnicas de forma inmediata. Las turbinas de refrigeración de la estación de Penélope dejaron de zumbar. La pastelera se abalanzó sobre sus vitrinas, con los ojos abiertos de par en par por el terror: sin el flujo constante de aire frío seco, los delicados hilos de caramelo soplado que sostenían su torre helicoidal comenzaron a absorber la humedad ambiental de la tarde, perdiendo su rigidez estructural en cuestión de segundos. Los macarons de colores empezaron a ladearse peligrosamente, amenazando con derretirse en una amalgama viscosa de azúcar fosforito sobre el mármol.
A tres metros, Ramiro sintió que la sangre se le congelaba al escuchar el silencio de sus hornos. Los indicadores digitales de temperatura se habían apagado. Sus piezas de pan crujiente para la base de la estructura necesitaban un golpe de calor seco final de cinco minutos para fijar el alveolado interno y evitar que el peso de la fachada colapsara la réplica del ayuntamiento. Sin energía, los hornos portátiles comenzaron a perder grados con una rapidez alarmante, amenazando con transformar su obra maestra en una masa hundida y blanda de centeno crudo.
Penélope miró su torre tambaleante, sintiendo que las lágrimas de frustración regresaban a sus ojos; su sueño de salvación económica se desmoronaba ante sus ojos. Ramiro contempló su réplica de pan, con las manos suspendidas en el aire, impotente ante la física del enfriamiento. En mitad del caos y la oscuridad del escenario, rodeados por el griterío de una plaza en pánico, los dos rivales se encontraron desarmados, viendo cómo sus esfuerzos eran devorados por un elemento imprevisto que amenazaba con destruirlos a los dos por igual.