Somos seres divinos, dicen.
Pero la divinidad no es luz eterna. Es resistencia.
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CAPITULO 8: "LA MARCA DEL ABISMO AZUL"
El mar sobre sus cabezas volvió a estremecerse.
Las aguas suspendidas comenzaron a abrirse lentamente, formando círculos gigantescos que giraban en silencio sobre el Luk's stray. Corrientes enteras se retorcían hacia dentro de aquella grieta imposible que flotaba en el océano invertido, y algo dentro de ella… cantaba.
Un sonido suave.
Hermoso.
Terrible.
Los tripulantes dejaron de moverse.
Incluso la capitana quedó inmóvil.
Porque aquella melodía no entraba por los oídos.
Entraba por los recuerdos.
Yo la sentí recorrerme la piel como dedos helados.
El joven también.
Lo vi tensarse inmediatamente.
Su mano fue directo al mango de la espada.
La cruz plateada colgada bajo la empuñadura comenzó a vibrar.
—¿Qué sucede…? —pregunté.
Él no apartó la vista del cielo marino.
—Eso no es una tormenta.
La grieta se abrió más.
Mucho más.
Y entonces las vimos.
Primero fueron sombras.
Formas moviéndose entre las corrientes suspendidas.
Elegantes.
Lentas.
Demasiado grandes para ser humanas.
Después aparecieron los ojos.
Decenas.
Brillando en el azul profundo.
Y luego…
ellas descendieron.
Las aguas del cielo cayeron en espiral alrededor de sus cuerpos mientras las criaturas emergían una tras otra desde la grieta.
Sirenas.
Pero no como en las historias.
No eran delicadas.
No eran bellas de una forma humana.
Eran antiguas.
Majestuosas.
Sus cuerpos parecían hechos del mismo océano: piel azul grisácea cubierta por marcas luminosas, cabellos flotando como algas vivas y enormes colas oscuras llenas de cicatrices plateadas.
Algunas tenían coronas hechas de huesos marinos.
Otras llevaban cadenas enrolladas en los brazos.
Y todas…
sonreían.
Una de ellas descendió más que las demás.
Su tamaño era monstruoso.
La cola golpeó el agua suspendida y una ola atravesó el aire como si la gravedad hubiese olvidado qué dirección seguir.
Los tripulantes cayeron de rodillas.
El barco entero se inclinó.
La criatura observó al kraken retirarse lentamente hacia las profundidades invertidas.
Y entonces habló.
Su voz era un coro.
Miles de voces mezcladas.
—Nuestro guardián ha despertado.
Sentí un escalofrío recorrer por toda la cubierta.
El joven dio un paso adelante.
—¿Guardían…?
La sirena clavó sus ojos sobre él.
Y sonrió con desprecio.
—Sí, humano.
El silencio cayó de golpe.
La palabra sonó como un insulto.
El joven aferró su espada.
La cruz de plata tintineó suavemente.
La sirena inclinó la cabeza al verla y su expresión cambió.
Odio puro.
—Todavía cargan esos símbolos —susurró ella—. Después de todo este tiempo.
—Mantente lejos del barco —gruñó él.
—¿O qué? —rió otra sirena detrás de ella—. ¿Nos rezarás hasta la muerte?
Varias comenzaron a reír.
Aquella risa era peor que un grito.
Sonaba húmeda y vacia.
La capitana desenfundó lentamente su sable.
—No me importa qué demonios sean. Si tocan mi barco, les arranco las aletas.
Las sirenas giraron hacia ella.
Y entonces todas dejaron de sonreír.
La temperatura descendió de golpe.
Escarcha apareció sobre las tablas.
Una de las criaturas abrió ligeramente la boca.
Vi filas de dientes.
Demasiados.
—El kraken solo era una cadena —dijo la gigantesca sirena—. Un perro obediente que estaba atado a esta prisión.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Prisión…? —murmuré.
Ella me miró directamente.
Y por un instante sentí que algo inmenso observaba desde el fondo de sus ojos.
—Él protegía la puerta.
La marca ardió en mi pecho.
La sirena sonrió.
—Pero tú lo liberaste.
El joven giró hacia mí inmediatamente.
—¿Qué significa eso?
No pude responder.
Porque la grieta se abrió todavía más.
Y algo dentro de ella se movió.
No alcancé a verlo completamente.
Solo una silueta.
Gigantesca.
Mucho más grande que el kraken.
Las aguas suspendidas comenzaron a temblar.
Los tripulantes entraron en pánico.
—¡Capitana! ¡Algo viene!
—¡No lo puedo ver completo!
—¡¿Qué demonios es eso?!
La capitana levantó el sable.
—¡TODOS A SUS POSICIONES!
Las sirenas descendieron de golpe.
Todo explotó en caos.
Dos criaturas atravesaron el aire como lanzas y cayeron sobre la cubierta. La madera se partió bajo el impacto. Un tripulante gritó antes de desaparecer arrastrado hacia arriba… hacia el océano suspendido.
No volvió.
El chico reaccionó primero.
Desenvainó.
La cruz de plata brilló violentamente.
Y la sirena más cercana chilló.
Un chillido agudo y doloroso.
—¡Atrás! —gritó él.
Su espada cortó el aire.
La hoja atravesó el brazo de una de las criaturas y algo negro salió disparado como tinta líquida, la misma tinta cuando cortamos el tentáculo del Kraken.
La sirena retrocedió siseando.
—¡La plata bendita! —escupió otra—. ¡Los humanos siguen aferrándose a sus juguetes miserables!
El muchacho respiraba agitado.
Por primera vez lo vi realmente.
No solo como alguien perdido en este mundo imposible. Si no alguien que había entrenado en sus movimientos.
Disciplina.
Miedo escondido bajo control.
—¿Quién eres realmente? —pregunté mientras otra ola golpeaba el barco.
Él no respondió enseguida.
Bloqueó el ataque de otra sirena y la lanzó contra el mástil.
—Después.
—¡No hay después si no sobrev—
La cubierta explotó.
Una enorme cola atravesó el piso desde abajo.
Madera y cuerpos salieron despedidos.
Caí de espaldas.
La marca ardió brutalmente.
Escuché voces.
No de las sirenas.
De algo más profundo.
USAME.
El océano invertido comenzó a girar sobre nosotros.
El joven me tomó del brazo antes de que una corriente me arrastrara hacia arriba.
—¡Muévete!
Corrimos entre los tripulantes mientras las sirenas descendían por decenas.
Algunas caminaban sobre el aire húmedo.
Otras nadaban literalmente en las corrientes suspendidas.
Una cayó frente a nosotros.
Su rostro estaba cubierto de grietas luminosas.
—La puerta ya está abierta —susurró—. No pueden detener el despertar.
El chico atacó inmediatamente.
Pero la sirena sonrió.
Y atrapó la espada con la mano desnuda.
La cruz comenzó a brillar otra vez.
La criatura chilló furiosa.
—¡ÉL NOS MARCÓ! —gritó ella mirando al joven—. ¡LOS HUMANOS FUERON MARCADOS!
Todo se congeló un segundo.
—¿Qué…? —susurré.
La sirena abrió la boca.
—Los demonios los eligieron antes de hundirse.
Y entonces el chico le atravesó la garganta.
La criatura cayó convulsionando antes de disolverse en agua negra.
Él respiraba fuerte.
Demasiado fuerte.
—¿Qué quiso decir con eso? —pregunté.
No respondió.
Porque no podía.
La cruz de plata estaba ardiendo. Pequeñas grietas aparecieron sobre el metal.
Y debajo…
algo brillaba.
Azul.
La capitana se acercó disparando una pistola antigua.
El impacto atravesó la cabeza de una sirena.
—¡Dejen de conversar y sobrevivan! ¡Tenemos que proteger este barco y su tripulación! , las almas deben llegar a su destino.
Otra criatura cayó desde arriba directamente sobre ella.
La capitana sonrió.
—Mala elección.
Le clavó el sable en la mandíbula y la lanzó por la borda hacia el ciclón inferior.
El barco crujía violentamente.
Cada vez más agua descendía desde el cielo marino.
La grieta seguía abriéndose.
— ¡Cubran sus oídos! — Grita la capitana. — Que no los atrape su canto.
Aquella presencia…
seguía acercándose.
Sentí náuseas.
Como si mi cuerpo rechazara la existencia misma de aquello que venía.
Una sirena gigantesca aterrizó sobre el mástil principal.
Era la líder. La corona de huesos la distinguía.
Las demás guardaron silencio inmediatamente.
Ella me observó.
Solo a mí.
—Tú portas la llave.
La marca ardió.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
Su voz cambió, la sentía recorrer todo mi cuerpo.
—La puerta responde a los rotos. La marca en tu pecho ya no arde sola; late con el pulso de este mar invertido, un eco compartido con lo que duerme más hondo.
El joven se interpuso entre ambas.
— ¡No te acerques!
La líder lo observó lentamente.
Después miró la cruz colgando de su espada y sonrió.
Pero esta vez…
con verdadera crueldad.
—Mírate.
El muchacho apretó la mandíbula.
—Humano… llevando el símbolo de quien los abandonó.
La cruz comenzó a romperse.
Pequeñas grietas negras avanzaron por la plata.
El joven dio un paso atrás confundido.
—No…
La sirena inclinó la cabeza.
—¿Nunca te preguntaste por qué sobreviviste al naufragio?
El silencio cayó junto con mi corazón que se detuvo.
Pude notar que el de él también.
La líder abrió lentamente los brazos.
—Porque tú ya pertenecías al mar.
La cruz explotó.
No fuerte.
Pero sí lo suficiente para partirse por la mitad.
El brillo azul oculto en su interior quedó expuesto.
Y entonces lo vi.
No era una cruz normal.
Era un sello.
Una marca idéntica a la mía.
El chico la soltó inmediatamente.
Como si quemara.
—No… no puede ser…
Su voz tembló por primera vez.
Las sirenas comenzaron a cantar otra vez.
Más fuerte.
Más profundo.
El océano suspendido respondió.
Las aguas empezaron a girar formando un gigantesco ojo sobre nosotros.
La presencia detrás de la grieta se acercó más.
Y esta vez…
alcancé a ver un fragmento.
Dormido bajo el agua del cielo.
Cavidades vacías.
La sola visión hizo que varios tripulantes comenzaran a sangrar.
Uno cayó de rodillas llorando.
Otro empezó a reír histéricamente.
—¡No miren arriba! —gritó la capitana.
El barco comenzó a elevarse.
Lentamente.
Arrastrado hacia el océano invertido.
Las sirenas cantaban alrededor.
La líder me señaló directamente.
—Ábranle el camino.
Todas las criaturas se lanzaron sobre nosotros.
Caos absoluto.
El joven volvió a tomar su espada rota.
Y entonces ocurrió algo imposible.
La marca azul dentro de la cruz se extendió por toda la hoja.
La espada entera comenzó a brillar.
No como fuego.
Como océano.
Las sirenas se detuvieron.
Asustadas.
—No… —susurró una.
La líder abrió los ojos con sorpresa.
—Portas la marca del demonio Azul…
El joven también parecía horrorizado.
—¿Qué me está pasando…?
Una sirena atacó.
Instinto.
Él giró la espada.
Y el aire se partió.
Una grieta azul atravesó la cubierta y explotó contra el océano suspendido.
Tres sirenas quedaron desintegradas.
Un silencio absoluto inundó el barco.
Todos lo miraron.
El joven respiraba temblando.
La espada vibraba en sus manos.
La voz de la líder salió apenas como un susurro.
—El hijo del abismo…
El muchacho levantó lentamente la mirada.
Confusión.
Terror.
Y algo más.
Algo despertando detrás de sus ojos.
La marca en mi pecho respondió violentamente.
Como si lo reconociera.
Y entonces entendí algo horrible.
Yo no era la única conectada a ese mundo.
Él también.
Tal vez desde antes.
Tal vez desde siempre.
La presencia dentro de la grieta abrió lentamente una cavidad vacía. Y el océano entero… Respondió.
— Acaso, ¿moriremos aquí? — Le dije con el mayor de los miedos.
Baje la vista y por una milésima de segundo pasaron frente a mí 150 años en este mundo invertido. Una lágrima rozó mi mejilla derecha.
—MAHUA...