Valentina creyó haberlo dado todo. Años de amor, de entrega, de familia y de sostener una vida que sin darse cuenta ya estaba quebrada.
Hasta que una noche, sin aviso, todo termino. Lo que siguió no fue una separación... fue un descenso al vacío. Entre el dolor, soledad y la reconstrucción de si misma, aparece Santiago... Un encuentro inesperado que despierta en ella emociones que creia muertas. Pero no todo lo que se enciende... sana, no todo lo que llega... permanece.
Esta es la historia de una mujer que tuvo que perdió a si misma, para finalmente reencontrarse.
"A veces, para volver a vivir... hay que aprender a soltarse"
NovelToon tiene autorización de Maria Rosalva para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 6
Valentina
Despertarme dejó de ser algo natural.
Ya no era abrir los ojos y empezar el día.
Era un esfuerzo.
Un peso.
Una sensación constante de que algo dentro mío no quería levantarse.
Esa mañana me quedé unos minutos mirando el techo, sin moverme. Sentía el cuerpo cansado, pero no era un cansancio físico. Era algo más profundo. Algo que no se iba durmiendo.
Respiré hondo.
Intenté convencerme de que todo estaba bien.
De que las cosas estaban mejorando.
De que Lucas estaba cambiando.
Pero no.
Había algo dentro mío que no me dejaba creer.
Algo que me repetía, una y otra vez, que todo eso que estaba viendo… no iba a durar.
Que en cualquier momento… todo se iba a caer.
Me levanté sin fuerzas.
Caminé hasta la cocina.
Y me quedé ahí, de espaldas al ventanal, mirando hacia afuera como si en algún punto del horizonte fuera a encontrar una respuesta.
Esa mañana necesitaba salir, así que le escribí a Melina mi amiga.
"Meli buen día, debo ir al súper"
No tardó mucho tres puntos aparecían...
"Y pensante voy a ir a tomar un café con Meli antes que todo"
Sentí con una sonrisa aparecía en mis labios, si necesitaba salir con ella no por obligación, no por rutina.
"¿Vamos?"
Llegaron unas caritas con corazones y los puntos aparecían de nuevo.
"Vamos que te extraño Valen"
Me sente en la cama y mire al espejo me sentía tan apagada, algo dentro mío que pedía un poco de aire.Me vestí despacio, sin pensar demasiado en cómo me veía. Ya no buscaba perfección, solo comodidad. Algo simple, algo mío.Cuando salí, el sol estaba suave, como si el día se hubiera puesto de acuerdo para no pesar tanto.
Melina ya me estaba esperando.
Melina Sánchez.
Mi amiga.
Mi cable a tierra en medio de tanto ruido.
—¡Al fin aparecés! —dijo apenas me vio—. Pensé que te habías arrepentido.
Sonreí.
—No, necesitaba esto.
Y era verdad.
Caminamos juntas hasta el café. Hablando de cosas simples. De nada importante. O tal vez… de todo lo que necesitábamos decir sin nombrarlo, entramos.
El aroma a café recién hecho me envolvió de inmediato. Ese tipo de lugar donde el tiempo parece ir más lento.
Nos sentamos cerca de la ventana.
Y por un rato… fui otra.
Nos reímos.
Hicimos chistes.
Recordamos cosas viejas.
—¿Te acordás cuando quisiste hacer ese postre imposible y terminaste incendiando la cocina? —me dijo entre risas.
—¡No lo incendié! —respondí—. Solo… se me fue de las manos.
—Claro, claro… “se te fue de las manos”.
Reímos.
De verdad.
Y eso… hacía mucho que no me pasaba.
En un momento, mientras hablábamos, vi a una mujer entrar.
Elegante.
Segura.
Caminó hasta una mesa y se sentó cruzando las piernas con una naturalidad que llamaba la atención, no sé por qué la miré tanto.
Tal vez porque había algo en ella…
Algo que yo sentía que había perdido.
Melina también la notó.
—Mirá esa —dijo en voz baja—. Tiene una presencia…
—Sí —respondí—. Se nota que sabe quién es.
Me quedé mirándola unos segundos más.
Y sentí algo raro.
No envidia.
No tristeza.
Algo distinto.
Como una mezcla de admiración… y deseo no por ser ella, sino por volver a ser yo.
Después del café, salimos a caminar.
El día seguía tranquilo,pasamos por el supermercado, compramos algunas cosas, seguimos hablando de todo un poco.
Melina era así.
Ligera.
Directa.
Pero también profunda cuando tenía que serlo.
En un momento, mientras estábamos en una de las góndolas, se detuvo y me miró.
—Ah Valentina… ¿mm viste?
—¿Qué cosa?
—En el restaurante donde trabajo… están buscando a alguien.
La miré sin entender del todo.
—¿Para qué?
—Para ayudar en la cocina —dijo—. Nada pesado. Un turno corto. Buena paga.
Hizo una pausa.
—Y pensé en vos.
Me quedé en silencio.
—Podrías hacerlo —agregó—. Salir un poco. Despejarte. No estar tan encerrada.
Bajé la mirada.
Mis manos se quedaron quietas sobre el carrito.
—No sé, Meli…
—Sí sabés —me interrumpió suavemente—. Te hace falta.
Suspiré.
—No es tan fácil.
—¿Qué es lo difícil? —preguntó—. ¿El trabajo… o lo que te pasa en casa?
No respondí.
Pero mi silencio dijo todo.
Melina apoyó su mano sobre la mía.
—Valentina… vos no naciste para quedarte apagada.
Sentí un nudo en la garganta.
—Es solo un turno —continuó—. Nada que te ate. Nada que te obligue.
Sonrió.
—Pero puede ser un comienzo.
La miré.
Y por un momento…
me vi.
No como estaba.
Sino como podía ser.
—Además —agregó—, te gusta cocinar. Siempre te gustó.
Y eso…
eso me tocó.
Porque era verdad.
Había cosas mías que había dejado de lado.
Que había guardado.
Que había olvidado.
—No quiero que te pierdas —dijo bajito—. No así.
Tragué saliva.
Sentí cómo algo se movía dentro mío.
Algo que hacía tiempo estaba quieto.
—Podés hacerlo a tu ritmo —insistió—. Nadie te está apurando.
Miré alrededor.
El supermercado.
La gente.
La vida siguiendo.
Y yo…
detenida.
—Es solo un paso —dijo—. Nada más.
Levanté la mirada.
Y por primera vez en mucho tiempo…
no sentí miedo.
Sentí duda.
Pero también…
posibilidad.
—Lo voy a pensar —le dije.
Melina sonrió.
—No lo pienses tanto —respondió—. A veces las mejores decisiones son las que se sienten.
Asentí.
Sin decir más,salimos del supermercado con las bolsas en la mano, el aire fresco me pegó distinto.
Más liviano.
Caminamos en silencio unos metros.
Pero no era un silencio incómodo.
Era un silencio lleno.
De esos que no necesitan palabras.
—Gracias —le dije de repente.
Melina me miró.
—¿Por qué?
—Por insistir.
Sonrió.
—Para eso estoy.
Seguimos caminando.
Y mientras lo hacíamos…
sentí algo nuevo.
Pequeño.
Sutil.
Pero real.
Como si, en medio de todo lo que estaba pasando…
hubiera un espacio.
Un lugar.
Donde todavía podía encontrarme.
Y tal vez…
volver a empezar, llegué a casa entre a mi laptop repase mi currículum, una y otra vez. Me quede viendo la pantalla ¿si envio y no me aceptan? entonces clic lo envié por inercia, mi corazón se aceleró pero ya estaba no había vuelta atrás.
El día había pasado lento, demasiado lento.
Había mirado el reloj más veces de las que podía contar.
Mi teléfono sonó veo que es un correo electrónico, lo abro era del restaurante:" Valentina Balmaseda, queremos notificarle que hemos recibido su currículum y estamos ansioso por conocerla la esperamos mañana 11:30 am. Atte... Luciano Ferre"
Cerré y abrí mis ojos, era increíble como nunca antes ya estaba a punto de tener una entrevista que cambiaría un poco mi vida.
Ya eran pasado las 19 hs y Lucas no llegaba... algo no cerraba.
Sabía que Lucas no venía de la oficina.
Lo sentía.
No tenía pruebas.
Pero lo sabía.
Y ese saber… me estaba consumiendo.
Cuando escuché el sonido del auto entrando, mi corazón se aceleró de golpe.
Fuerte.
Desordenado.
Sentí un nudo en el estómago que subió hasta la garganta.
Y por un segundo… tuve ganas de llorar.
De romperme ahí mismo.
Pero no lo hice.
No dije nada.
No pregunté.
No reclamé.
Como tantas otras veces.
La puerta se abrió.
Escuché sus pasos.
Su voz.
Todo parecía normal.
Como si nada estuviera pasando.
Como si todo estuviera bien.
Cenamos tranquilos.
Hubo charla.
Comentarios simples.
Superficiales.
Y por un momento… yo también fui parte de eso.
De esa mentira compartida.
Pero esa noche… algo era distinto.
Porque yo tenía algo para decir.
Algo mío.
Algo que no tenía que ver con él.
Y eso… me dio una pequeña luz.
—Hoy llevé un currículum a un restaurante —dije, tratando de sonar tranquila—. Y me tomaron.
Hubo un segundo de silencio.
Después… sonreí.
—Voy a empezar a trabajar.
Massimo y Elizabeth reaccionaron enseguida.
—¡¿En serio, ma?! —dijo Massimo, sorprendido.
—¡Qué bueno! —agregó Elizabeth—. Te lo merecés.
Los dos se levantaron, me abrazaron, me felicitaron.
Y en ese momento… sentí algo que hacía mucho no sentía.
Orgullo.
Un pequeño destello de mí.
Como si una parte que estaba apagada… empezara a encenderse.
Pero cuando lo miré a él…
todo cambió.
Lucas hizo una mueca.
Leve.
Pero suficiente.
—¿Con qué necesidad te vas a ir a trabajar?
Sus palabras fueron suaves.
Pero no tenían amor.
Tenían control.
Sonreí.
Pero fue una sonrisa triste.
—Quiero sentirme bien —le dije—. Sentirme suficiente.
Y en ese instante… lo sentí.
Como si algo se volviera a romper.
Como si esa pequeña luz… molestara.
La cena siguió.
Pero ya no fue igual.
Esa noche, los chicos se fueron a descansar.
La casa quedó en silencio.
Y yo me quedé en la cocina, lavando los platos.
Despacio.
Sin apuro.
Como si alargar ese momento pudiera evitar lo que sabía que venía.
Cuando terminé, subí a la habitación.
Y ahí estaba.
Esperándome.
—Valentina —dijo—. ¿Con qué necesidad te vas a ir a trabajar?
No respondí.
—¿Por qué vas a trabajar para otros? —insistió—. No necesitás nada. No te falta nada.
Tragué saliva.
Cerré los ojos un segundo.
Intenté callar.
Intenté dejarlo pasar.
Pero no pude.
Las palabras estaban ahí.
Atoradas.
Esperando salir.
Lo miré.
Y sentí cómo los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Una oportunidad necesito —dije finalmente—. Para mí.
Mi voz temblaba.
Pero no se rompía.
—Quiero sentirme libre.
Respiré hondo.
—Todo este tiempo estuve encerrada… siendo tuya, siendo de esta casa, siendo lo que vos necesitabas.
Hice una pausa.
—¿Me sirvió de algo?
Silencio.
—No —respondí yo misma—. No me sirvió de nada.
Lo miré fijo.
—Lo único que gané… fue que me engañaras.
El aire se tensó.
Lucas me miró.
Sus ojos cambiaron.
Se acercó de golpe.
Me agarró de los brazos.
—Valentina, basta —dijo, firme—. Es suficiente.
Sentí la presión de sus manos.
—No hay necesidad de que esto haya pasado —agregó.
Lo miré.
Y sonreí.
Pero no fue una sonrisa linda.
Fue amarga.
Cansada.
Llena de verdad.
—¿Lo sabés? —le dije, con los ojos llenos de lágrimas—. Pasaron quince días…
Mi voz se quebró apenas.
—Y estoy segura de que en cualquier momento vas a volver a ella.
Hice una pausa.
—Si no es que ya lo estás haciendo.
El silencio fue absoluto.
Me solté de sus manos.
Sin violencia.
Pero con decisión.
Y me fui.
Entré al baño.
Cerré la puerta.
Y esta vez…
no pude sostenerme.
Abrí la ducha.
El agua cayó fuerte.
Y me metí debajo sin pensar.
El calor me envolvió, pero no alcanzaba.
Nada alcanzaba.
Me tapé la cara con una toalla.
Para que no se escuche.
Para que nadie me escuche.
Y lloré.
Como hacía mucho no lloraba.
Lloré por todo.
Por lo que sabía.
Por lo que sentía.
Por lo que ya no podía negar.
Porque en el fondo…
yo sabía la verdad.
Aunque no la pudiera probar.
Aunque él la negara.
Aunque todo pareciera estar bien.
Yo sabía.
Y ese saber… dolía.
Dolía más que cualquier otra cosa.
No sé cuánto tiempo estuve ahí.
Solo sé que en algún momento el llanto se volvió silencio.
Y el silencio… vacío.
Cuando salí, la habitación estaba en calma.
Demasiado en calma.
Lucas ya estaba acostado.
De espaldas.
Como si nada hubiera pasado.
Como si no hubiera escuchado.
Como si no le importara.
Me quedé mirándolo unos segundos.
Esperando algo.
Una palabra.
Un gesto.
Algo.
Pero no hubo nada.
Me acosté.
En mi lado de la cama.
Sin tocarlo.
Sin acercarme.
Sin buscar.
Y en ese momento entendí algo.
Ya no éramos los mismos.
Ya no estábamos en el mismo lugar.
Y tal vez…
ya no había vuelta atrás.
Cerré los ojos.
Pero no dormí.
Solo me quedé ahí…
sintiendo cómo, poco a poco…
todo lo que creí seguro…
se desmoronaba dentro mío.
siento que eso es lo peor que una mujer le puede pasar pensar que es hasta que lleguemos a viejitos los dos..y resulta que nada es para siempre sin saber que duele excelente inicio