La dulzura la llevó a la muerte.
En su segunda vida, aprendera a disfrutar del miedo ajeno, a sonreír mientras destruye y a usar el deseo como castigo. Convertida en la Villa jugara con sus presas como con una hoja afilada: lenta, precisa e inevitable.
La dulzura fue su condena. La villanía, su salvación.
NovelToon tiene autorización de Leydi Nina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
1.
Me llamo Ailana. Crecí entre escombros y espinas. Mi infancia fue dura y, a los 17 años, tomé la decisión de huir de casa después de que mi padrastro intentara ultrajarme. Lo más doloroso no fue su intento, sino ver que a mi madre no le importó. Ese día entendí que ya no tenía un hogar.
Desde entonces vagué por las calles. Busqué refugio donde pude, pasé hambre, frío y miedo. Mi cuerpo se debilitó y mi rostro cambió; ya no era la joven que había sido, pero seguía avanzando porque no sabía rendirme.
Una noche dormía bajo un puente cuando escuché disparos. Me desperté sobresaltada y me escondí, conteniendo la respiración. Permanecí allí hasta que el ruido cesó. Entonces escuché un quejido de dolor. Me acerqué con cautela y vi a un hombre herido, de unos 45 años. Sin pensarlo demasiado, lo ayudé a incorporarse.
Escuché pasos. Sabía que venían más personas. Lo guié como pude y lo escondí detrás de un contenedor de basura, el único lugar disponible. Luego caminé unos metros más adelante y me senté, fingiendo estar asustada y sola. Cuando los hombres se acercaron, uno me preguntó si había visto a un hombre mayor. Negué con la cabeza. Tras unos segundos de tensión, se marcharon.
Regresé junto al herido y me quedé con él toda la noche. Limpié sus heridas como pude y no me alejé hasta el amanecer. A la mañana siguiente llegaron otros hombres buscándolo. Él estaba inconsciente. Al verlos acercarse, tomé un cuchillo del suelo y me puse frente a él, decidida a protegerlo, sin saber que ese acto cambiaría mi vida.
Aquellos hombres resultaron ser sus guardias. Cuando intentaron llevárselo, exigí ir con él. No permitiría que le hicieran daño. Con el tiempo despertó y supe la verdad: era el jefe de la mafia rusa.
Decidí quedarme a su lado. Me entrenó. Aprendí a usar armas de fuego, dagas y técnicas de defensa personal. Entrené boxeo, karate, taekwondo, jiu-jitsu y artes marciales. Acepté cada golpe y cada lección. Pasaron los años y, a los 24, en el bajo mundo me conocían como el Ángel del Ruso. Me convertí en su mano derecha. Ejecutaba órdenes sin dudar y superaba a muchos hombres. Mataba sin compasión.
Sin embargo, tenía una debilidad: su hijo.
Lo conocí, hablé con él, confié en él. Nos hicimos amigos y luego pareja. Creí haber encontrado algo parecido al amor. Un día, mi jefe me envió con él a supervisar un envío de armas. Llegamos al lugar y noté el silencio excesivo. Antes de acercarnos al contenedor, aparecieron hombres armados y comenzó el enfrentamiento.
Mientras luchaba, levanté la vista y lo entendí todo. Mi prometido lideraba la emboscada.
Herida, avancé hacia él entre los disparos. Le pregunté por qué hacía esto. Me respondió que necesitaba el poder, que su padre debía estar muerto y que sin mí todo sería más fácil. Me llamó una bastarda hambrienta de amor y dijo que eso era lo único que me había dado.
No permití que siguiera hablando. Me lancé contra él y peleé con todas mis fuerzas. Logré desarmarlo. En ese instante apareció el ruso. Su hijo lo miró incrédulo; creía que estaba muerto.
No tuve tiempo de reaccionar. Él sacó una daga escondida y me la hundió en el pecho.
Caí al suelo. Sentí el dolor, el frío y las lágrimas correr por mi rostro. Permanecí allí mientras los disparos cesaban y la oscuridad comenzaba a envolverme. Vi al ruso acercarse, arrodillarse junto a mí y abrazarme. Lo escuché pedirme perdón por no haberme protegido. Me dijo que yo era como la hija que nunca tuvo y que la ayuda venía en camino.
Con mis últimas fuerzas le agradecí por cuidarme y por enseñarme todo. Le dije que moría en paz sabiendo que estaba bien, y que gracias a él conocí por primera vez el amor de un padre.
Cerré los ojos antes de perderme por completo, pensé que, si existía otra vida, amaría con fervor, tendría una familia y unos padres a quienes proteger. Prometí que no volvería a justificar el maltrato ni a confundir el dolor con amor. Sabía por qué lo pensaba: José me había tratado mal muchas veces y yo lo había permitido creyendo que así era amar.
Si hay otra vida, todo será diferente.
Esta vez me daré mi lugar.