Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 8
La abuela Mariana bajó la ventanilla y me miró con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien.
---Subí\, hija. No vas a quedarte sola en la vereda.
Subí al auto, todavía sorprendida. Creía que ella se había ido hacía rato.
---Abuela\, pensé que ya se había marchado...
---Vi todo ---dijo ella\, sin perder la sonrisa---. Mateo cree que es muy vivo\, pero a mí no me engaña.
Sacó el teléfono y marcó sin dudar. Puso el altavoz.
---Mateo\, ¿qué clase de marido sos que dejás a tu mujer tirada en la calle? Volvé ahora mismo y llevála a cenar como corresponde. Si no\, te juro que voy yo misma a buscarte.
Del otro lado se escuchó un suspiro largo y resignado. Mateo cortó sin contestar. Dos minutos después, su auto negro apareció otra vez y se detuvo junto a nosotros.
Subí. El ambiente dentro del coche era denso, como antes de una tormenta. Mateo arrancó sin decir una palabra. Después de unos minutos, habló con voz cortante:
---Le fuiste con el cuento a la abuela\, ¿no?
---No fui yo ---contesté tranquila---. Subestimaste lo bien que te conoce.
El auto tomó la autopista. El trayecto hasta la Estancia de los Enamorados era largo. El asiento era cómodo, el movimiento suave, y el cansancio del día me cayó encima de golpe. Me dormí sin darme cuenta.
Cuando desperté, fue por el golpe seco de la puerta del conductor. Mateo había bajado y caminaba hacia el hall del restaurante sin esperarme. Me arreglé el pelo rápido y corrí para alcanzar el ascensor justo antes de que se cerrara.
Dentro ya había dos mujeres muy arregladas, hablando con Mateo. Cuando me vieron entrar, las dos me miraron con fastidio.
---¿Qué falta de educación es esta? ---dijo una---. ¿No podés esperar el próximo?
Sonreí con calma.
---Esta señorita tan educada seguro no le molesta esperar un poquito más.
La mujer se quedó sin palabras un segundo.
---¿No ves que el señor no quiere subir con vos?
---Yo no veo eso ---contesté\, y me quedé donde estaba.
Cuando el ascensor se abrió en el piso del restaurante, salí primero y le indiqué al mozo nuestra reserva. Nos sentaron en una mesa junto a la ventana que daba al lago. Apenas nos acomodamos, el mozo apareció con un carrito: un enorme ramo de rosas rojas, dos esferas de cristal y una botella de champagne. Sonrió ampliamente.
---Felicitaciones por su reciente matrimonio. Que sean muy felices y que vengan muchos hijos.
Me puse colorada y murmuré un gracias. Mateo ni se inmutó.
El mozo empezó a recitar los menús especiales para parejas, con nombres llenos de romanticismo.
---No queremos el menú de parejas ---dijimos los dos al mismo tiempo.
El mozo parpadeó, sorprendido. Siguió insistiendo.
---Entonces\, para mí un filet mignon ---pedí.
---Para mí un filet mignon ---dijo Mateo en el mismo instante.
Otra vez las palabras exactas. Nos miramos un segundo. Yo bajé la vista rápido cuando él me clavó esa mirada fría. El mozo sonrió, encantado.
---Qué lindo\, se nota que son matrimonio de verdad. Tienen una conexión especial.
Quería que la tierra me tragara.
La comida llegó pronto. Yo tenía hambre después de toda la tarde caminando. Empecé a comer sin esperar. Afuera, sobre el lago, se juntaban nubes oscuras y se escuchó un trueno lejano. El filet llegó chisporroteando, con un olor delicioso. Estos días mi apetito había aumentado mucho; seguramente era por el embarazo.
Comimos en silencio total. Ninguno de los dos habló. Alrededor, otras mesas nos miraban de reojo, extrañados por lo callados que estábamos.
A mitad de mi plato, levanté la vista sin querer y vi el filet de Mateo: jugoso, con el centro todavía rosado y algo de sangre en el plato. El estómago me dio un vuelco violento. Me tapé la boca y solté una arcada seca, apartando la mirada.
Mateo levantó los ojos y me miró con cara de tormenta.
---¿Lo hacés a propósito?
---Perdón ---dije\, todavía con náuseas---. Tu carne está muy cruda\, me revolvió el estómago.
Él miró su plato. Estaba a punto, nada exagerado.
---Si te molesta tanto\, cambiá de mesa.
---Detrás tuyo hay un lugar vacío ---contesté.
Me fulminó con la mirada.
---Te dije que cambies vos.
No valía la pena discutir. Tomé mi plato y me mudé a la mesa de al lado. Allí me sentí más cómoda; al menos no tenía que ver esa carne.
Cuando terminé, fui al baño. Al salir, vi que el piso alrededor de los lavabos estaba mojado. Había un trapeador apoyado contra la pared. Lo tomé y empecé a secar el agua para que nadie se resbalara.
---Ey\, vení a limpiar acá también ---ordenó una voz arrogante.
Levanté la vista. Eran las mismas dos mujeres del ascensor.
La que hablaba me miró de arriba abajo.
---¿Qué mirás? Te estoy hablando a vos.
Dejé el trapeador en su lugar y me lavé las manos.
---No soy del personal de limpieza.
La mujer soltó una risa burlona.
---Ah\, entonces sos de las que limpian baños. Perfecto\, adentro hay un inodoro sucio. Andá a cepillarlo.
Me tendió un cepillo de inodoro.
---No soy limpiadora ---repetí\, y quise irme.
Ella se plantó delante, bloqueándome el paso. Tenía los ojos llenos de envidia.
---Sé muy bien por qué estás acá. Viniste a tirarte encima de ese hombre tan guapo\, ¿no? Hasta te sentaste al lado. Qué descarada.
---No tengo tiempo para esto ---dije---. Si querés perder el tiempo contando las rosas que hay en la mesa de ese hombre\, hacelo. Son bastante evidentes.
La mujer se puso roja.
---Ese hombre me gustó a mí primero. Si te atrevés a seguir coqueteando\, te vas a arrepentir.
Intenté pasar, pero ella me empujó contra la pared.
---Aunque no seas limpiadora\, vas a cepillar todos los inodoros de este baño. Si no\, no salís de acá esta noche.
Ya había tenido suficiente. Le saqué el cepillo de la mano.
---Abrí la boca.
---¿Qué?
---Si querés que te cepille algo\, abrí la boca.
La mujer explotó.
---¡Hija de puta! ¿Me estás diciendo que mi boca es un inodoro? ¡Te voy a matar!
Levantó la mano para pegarme. Yo le metí el cepillo en la mano.
Ella lo agarró sin pensar y empezó a gritar como loca.
El escándalo se escuchó en todo el piso. Varias personas se asomaron. Un mozo llegó corriendo.
---Señorita\, ¿está todo bien?
La mujer señaló hacia mí, histérica.
---¿Cómo dejan entrar a cualquiera acá? ¡Esta basura no debería estar en un lugar como este!
El mozo me miró incómodo.
---Si tiene alguna queja\, podemos atenderla...
---¡Quiero que esta tipa limpie todos los baños ahora mismo! ¡Si no\, no se va a ningún lado!
En ese momento una figura alta se acercó. Mateo se plantó delante de mí.
---¿No escuchaste? Te dijeron que limpies los baños. ¿Qué esperás?
Lo miré sin poder creerlo. Sentí un frío en el pecho. ¿Tan poco le importaba que se pusiera del lado de esa loca?
La mujer sonrió triunfante.
---¿Escuchaste\, basura? ¡Movete!
Me quedé quieta, mirándolo fijo.
Mateo suspiró, como si todo le aburriera.
---Parece que hay que explicártelo mejor.
Se dio vuelta hacia la mujer.
---Abrí la boca.
Ella, todavía creyendo que Mateo estaba de su lado, abrió la boca sin pensar.
Mateo me quitó el cepillo de la mano y se lo metió a la mujer sin piedad, girándolo un par de veces.
Todo el mundo se quedó helado. La mujer se quedó rígida, con los ojos desorbitados, incapaz de reaccionar.
Mateo ya había empezado a caminar hacia la salida. Se detuvo un segundo y me miró por encima del hombro.
---¿No venís?
Salí del shock y lo seguí rápido. Mientras caminábamos por el pasillo, no pude evitar que se me escapara una sonrisa pequeña. Este hombre era realmente implacable.
Atrás quedó el grito desgarrador de la mujer, que resonó por todo el restaurante como si se hubiera vuelto loca.