Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.
¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?
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capitulo 8
El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el mar de un color que recordaba demasiado a la sangre seca. Desde la terraza de mi suite, el lujo de Aethelgard se sentía como una bofetada. Todo aquí era demasiado perfecto: el mármol que no reflejaba ni una mota de polvo, las sábanas de mil hilos que me envolvían como un sudario y ese silencio sepulcral que solo se rompía por el siseo del aire acondicionado. Me quedé mirando mis manos, que no dejaban de temblar. El anillo de oro que me habían regalado al llegar pesaba toneladas.
Habían pasado solo cinco días, pero el tiempo en esta isla se dilataba de una forma perversa. Éramos ocho, cada uno encerrado en su propia jaula de cristal. Al principio, la cena de bienvenida nos hizo creer que esto era un retiro, una compensación por los años de miseria y ansiedad. Pero esta noche, el inicio del segundo bloque del Acto I, el aire se sentía distinto. Más pesado. Como si el oxígeno estuviera siendo reemplazado por algo tóxico.
Me puse el vestido de seda negro. El roce de la tela contra mi piel me provocó un escalofrío. En el espejo, mi reflejo me devolvía la mirada de una extraña. Elena, la mujer que siempre sabía qué decir, la que había escalado posiciones en el mundo corporativo a base de silencios estratégicos, se veía ahora pequeña, casi traslúcida. Me apliqué un labial rojo intenso, intentando dibujar una armadura sobre mi rostro.
Salí de la habitación y caminé por el pasillo infinito. Los otros ya estaban bajando. Pude escuchar los pasos pesados de Marcus detrás de mí; el olor a su tabaco caro siempre llegaba antes que él. No nos hablamos. En Aethelgard, la cortesía se estaba agotando. Al llegar al Gran Comedor, la mesa estaba dispuesta con una opulencia casi obscena. Langostas, cristalería de Murano y velas negras que ardían sin soltar humo. Los otros seis ya estaban sentados. Lucía evitaba mi mirada, concentrada en destrozar una servilleta de lino bajo la mesa. Julián bebía vino como si fuera agua, y el resto... el resto eran sombras, perfiles de personas que conocí hace una década y que ahora parecían fantasmas de una vida que intenté enterrar.
—Cinco días —dijo Marcus, rompiendo el silencio mientras cortaba un trozo de carne casi cruda—. Cinco días sin una señal de "Él". Ni una instrucción, ni una bienvenida formal. ¿Alguien más siente que nos están engordando para el matadero?
—No seas dramático, Marcus —respondió Julián, aunque su voz traicionaba su falsa calma—. Es una experiencia de exclusividad extrema. El misterio es parte del marketing.
Yo no dije nada. Me limité a observar la silla vacía en la cabecera de la mesa. El lugar del anfitrión. Siempre estaba ahí, imponente, recordándonos que éramos invitados de alguien que no quería ser visto. De repente, las luces del comedor bajaron de intensidad. No fue un apagón, fue una transición coreografiada. El murmullo de las conversaciones se extinguió de golpe.
En el centro de la mesa, un dispositivo circular comenzó a emitir un zumbido sordo. De él emergió una luz azulada que se estabilizó en un holograma borroso, pero lo que realmente nos detuvo el corazón fue la voz. No era una voz humana, era una composición sintética, fría, carente de cualquier rastro de empatía.
"Bienvenidos a la sexta noche", resonó en las paredes de piedra. "Hasta ahora, han disfrutado de la hospitalidad de Aethelgard. Han comido, han dormido y han recordado. Pero la memoria es un músculo que se atrofia con la comodidad. Es hora de ejercitarlo".
Sentí un nudo en la garganta. Miré a Lucía; estaba pálida, con los ojos fijos en la silla vacía. Todos sabíamos que este momento llegaría, pero ninguno estaba preparado para que la realidad nos golpeara tan pronto.
"En este comedor hay ocho personas", continuó la voz. "Ocho personas que comparten un secreto. Un secreto que ocurrió hace diez años, en una carretera secundaria, bajo una lluvia que no dejaba ver más allá de unos metros. Todos ustedes creen que el barro lo cubrió todo. Pero el barro siempre se seca y se convierte en polvo que el viento arrastra".
El corazón me latía con tanta fuerza que temía que los demás pudieran oírlo. El accidente. El momento en que mi vida se partió en dos.
"Esta noche no pediremos confesiones", dijo la voz con una pausa que pareció eterna. "Esta noche, la isla les mostrará que no hay salida para los que huyen de sí mismos. Si miran a su derecha, encontrarán un sobre. Solo uno de ustedes recibirá una llave. El resto... tendrá que empezar a pagar su deuda".
Extendí la mano hacia el pequeño sobre que acababa de aparecer, casi mágicamente, junto a mi plato. Mis dedos rozaron el papel frío. Los demás hacían lo mismo, sus rostros iluminados por la luz azul del holograma. El pánico empezó a circular por la mesa como una corriente eléctrica. Julián tiró su copa de vino, manchando el mantel blanco de un color púrpura que se extendía como una herida abierta.
Nadie se atrevía a abrir el suyo. El silencio era tan denso que podía oír la respiración agitada de Lucía a mi lado. Estábamos en una jaula de oro, rodeados por el mar, sin teléfonos, sin conexión, solo nosotros y los pecados que juramos nunca mencionar.
—Esto es una locura —susurró Marcus, aunque no hizo amago de levantarse. Sus ojos pequeños y astutos escaneaban la habitación buscando una cámara, un altavoz, cualquier cosa física que pudiera atacar—. Sea quien sea este tipo, no tiene derecho a retenernos aquí.
—Tiene todo el derecho —dije yo, y mi propia voz me sorprendió por lo firme que sonó—. Él tiene los registros, Marcus. Él sabe lo que hicimos.
La voz volvió a sonar, esta vez más baja, casi como un susurro al oído de cada uno de nosotros.
"Elena tiene razón. El conocimiento es poder, y yo lo tengo todo sobre ustedes. Disfruten de la cena. Es la última que tendrán en paz. A partir de ahora, la isla empezará a cambiar. Las puertas que están abiertas se cerrarán, y las que están cerradas... bueno, esas son las que realmente deberían temer".
El holograma se desvaneció, dejando la sala en una penumbra inquietante, solo rota por las llamas de las velas que ahora bailaban frenéticamente, como si hubiera entrado una ráfaga de aire de ninguna parte. Me levanté de la mesa, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. Necesitaba aire. Necesitaba ver el mar, aunque el mar fuera nuestra muralla. Caminé hacia los ventanales que daban a la costa norte de la isla. Allí, a lo lejos, vi algo que no estaba ahí antes. Una luz roja, parpadeante, en mitad del bosque que rodeaba la villa. Una señal. O una advertencia.
—¿Lo ves? —Lucía se había acercado a mí. Sus manos se aferraban al alféizar con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos—. No nos van a dejar ir, Elena. Nos trajeron aquí para matarnos, ¿verdad?
—No lo sé —respondí con sinceridad, sintiendo cómo el frío de la noche se filtraba por el cristal—. Creo que morir sería demasiado fácil para lo que tiene planeado. Él quiere que nos destruyamos entre nosotros primero.
Miré de nuevo hacia el bosque. La luz roja desapareció, pero en su lugar, una sensación de ser observada me recorrió la nuca. No era una cámara. Era algo más primitivo. Algo que nos vigilaba desde las sombras de Aethelgard, esperando el momento exacto en que nuestra fachada de civilización terminara de desmoronarse. Regresé a la mesa donde los demás discutían a gritos, perdiendo la compostura que tanto les había costado mantener. El sobre seguía en mi mano, cerrado. No quería saber qué había dentro. No quería saber si yo era la que tenía la llave o la que empezaría a pagar. En ese momento, comprendí que el lujo, la comida y las suites eran solo el envoltorio de una ejecución lenta.
El estruendo de un trueno resonó en la distancia, aunque el cielo minutos antes estaba despejado. La tormenta estaba llegando, y en esta isla, las tormentas no solo traían agua, traían verdades que ninguno de nosotros estaba preparado para sobrevivir. Me guardé el sobre en el escote del vestido, sintiendo el papel como una cuchilla contra mi pecho, y caminé hacia las sombras del pasillo, lejos de la luz de las velas y de los ojos aterrorizados de mis amigos, de mis cómplices, de mis verdugos.
Subí las escaleras de mármol en un trance. Cada escalón parecía una montaña. El eco de mis propios pasos me perseguía, recordándome que en este lugar, incluso la arquitectura estaba diseñada para amplificar la paranoia. Al llegar a mi suite, no encendí las luces. Me quedé allí, de pie en la oscuridad, escuchando el rugido del viento que empezaba a azotar las paredes de la mansión.
Me acerqué al ventanal una vez más. Aethelgard ya no parecía un paraíso; parecía un mausoleo iluminado por la luna. Y entonces, lo vi. En la orilla, justo donde la espuma blanca de las olas golpeaba las rocas negras, una figura permanecía inmóvil. No llevaba un uniforme de la isla, ni una máscara. Era alguien que nos miraba, alguien que no estaba esperando a que el juego comenzara, sino que ya lo estaba dirigiendo desde el barro y la sal.
Busqué mi teléfono, sabiendo que no tenía señal, solo para iluminar el sobre. Mis manos sudaban. El papel negro tenía un sello de cera roja con el símbolo de una balanza rota. No era una invitación, era una citación judicial. Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aroma a lavanda y miedo que impregnaba la habitación.
"Diles la verdad, Elena", susurró una voz en mi cabeza, o quizás fue solo el viento filtrándose por alguna rendija. "Diles quién iba al volante aquella noche".
Me senté en el borde de la cama, la seda del vestido arrugándose bajo mi peso. La opulencia de la habitación ahora me resultaba nauseabunda. Miré el sobre una vez más. Sabía que abrirlo cambiaría todo, que a partir de ese segundo, ya no habría vuelta atrás para ninguno de nosotros. La armonía del primer acto se había roto definitivamente. El lujo ya no nos protegía; nos señalaba.
Afuera, la primera gota de lluvia golpeó el cristal con la fuerza de una bala. Luego otra, y otra, hasta que el mundo exterior desapareció tras una cortina de agua gris. Estábamos solos. Estábamos atrapados. Y el primer secreto estaba a punto de ser devorado por la noche.