Una chica que cree en el amor… incluso cuando el amor no cree en ella.
Después de enamorarse de alguien que nunca cambió, descubre la verdad de la peor forma: a través de sus propias amigas. Aun así, decide no romperse, no cerrarse… porque, en el fondo, sigue creyendo que en algún lugar existe ese amor que siempre soñó.
Entonces aparece él.
Un chico marcado por su propio pasado, que también conoció el dolor, pero que en lugar de rendirse… se volvió más fuerte. Más decidido. Más real.
Cuando sus caminos se cruzan, algo cambia.
No es inmediato.
No es perfecto.
Pero es diferente.
Con la ayuda de quienes los rodean, comienzan a acercarse, a confiar… a sentir algo que ninguno de los dos esperaba volver a vivir.
Sin embargo, el pasado no se queda atrás tan fácilmente.
La exnovia de él está decidida a interferir, intentando arruinarlo todo durante un momento clave: el baile.
Pero esta vez…
Las cosas no serán como antes.
NovelToon tiene autorización de cristy182021 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 1
El verano siempre había sido nuestro.
No porque fuera perfecto.
Sino porque era el único momento donde nada parecía cambiar.
Caminábamos bajo el sol de siempre, riéndonos de cosas tontas que con ellas se sentían importantes.
—Lo mejor es que vamos a seguir juntas —dijo Luna—. Misma prepa, mismos horarios… nada cambia.
—Ya me vi copiándole la tarea a Cris otra vez —rió Dani.
—Ni en sueños —respondí apenas sonriendo.
Ellas siguieron hablando del futuro como si ya estuviera asegurado.
Y yo solo podía pensar en lo poco que quedaba del presente.
Cinco días.
Cinco días y todo iba a desaparecer.
—Cris… estás rara —dijo Luna de pronto.
—Solo estoy cansada.
Mentira.
No estaba cansada.
Estaba intentando no romperme ahí mismo.
Luna se detuvo en seco.
—No te voy a dejar ir así. ¿Qué tienes?
Las miré.
De verdad.
Como si intentara memorizar algo que ya sabía que iba a perder.
—Prométanme algo primero.
—¿Qué cosa?
Tragué saliva.
—Que pase lo que pase… no vamos a desaparecer.
El ambiente cambió.
—¿Por qué dices eso? —preguntó Dani.
Respiré hondo.
—Porque mis papás tomaron una decisión.
Silencio.
—No voy a entrar a la misma prepa que ustedes.
—¿Qué?
—Nos vamos.
—¿A dónde?
Sentí el pecho apretarse.
—A México.
Nadie habló.
Como si la palabra todavía no tuviera sentido.
—No estás jugando… ¿verdad? —susurró Luna.
Negué despacio.
—Me voy en cinco días.
Y ahí fue cuando todo se rompió.
Las lágrimas empezaron casi al mismo tiempo.
—No puedes decir algo así y ya… —murmuró Luna.
—No quería hacerlo así…
—Pues lo hiciste.
Sus ojos brillaban.
No de enojo.
De tristeza.
—No quiero irme… pero no depende de mí.
El silencio se volvió pesado.
Hasta que Luna respiró hondo.
—Entonces no vamos a perder el tiempo.
La miramos confundidas.
—Tenemos cinco días para hacer todo lo que no hicimos en años.
Una pequeña risa se escapó entre lágrimas.
—Eso sonó a amenaza.
—Lo es.
Por primera vez desde que lo dije… sentí que podía respirar un poco.
Hasta que Dani habló.
—Robert tiene que saberlo.
Mi cuerpo se tensó al instante.
—No. Yo le voy a decir.
—Cris…
—Por favor.
Luna dudó unos segundos.
Y luego sacó su teléfono.
—Lo siento.
—Luna, no—
Marcó antes de que pudiera detenerla.
El tono sonó eterno.
Hasta que él respondió.
—¿Hola?
Su voz.
Normal.
Tranquila.
Como si todavía no supiera que estaba a punto de perderlo todo.
—Robert… estamos con Cris —dijo Luna.
—¿Todo bien?
Nadie contestó de inmediato.
—Sus papás decidieron algo…
Silencio.
—¿Qué cosa?
—Se va.
Otra pausa.
—¿A dónde?
Sentí la garganta cerrarse.
—A México.
Silencio.
Pero este dolió diferente.
—¿Qué…?
Su voz salió rota.
—No es broma —susurró Dani.
—¿Cuándo?
—En cinco días.
Del otro lado no se escuchó nada por unos segundos.
Luego soltó un simple:
—…ok.
Pero ese “ok” pesó más que cualquier grito.
—Solo voy a aprovechar estos días —dijo después.
Cerré los ojos.
—No quiero que esto termine incompleto.
Y ahí entendí algo.
La despedida ya había empezado.
El camino de regreso se sintió más corto.
O tal vez fui yo… que ya no estaba realmente ahí.
Mis amigas seguían hablando de planes, despedidas y cosas que querían hacer en esos cinco días.
Pero todo sonaba lejano.
—Tenemos que hacer algo grande —dijo Dani.
—Una despedida.
—Con todos.
—Sin que Cris se entere —añadió Luna.
La miré cansada.
—No hagan eso…
—Muy tarde.
Levantó el celular sonriendo.
—Mi mamá ya lo sabe. Esto se va a organizar sí o sí.
Solté una risa pequeña.
—Eres imposible.
—Y aun así me quieres.
—Sí… ni modo.
Cuando llegué a casa, el silencio me golpeó antes de entrar.
—¿Ya les dijiste? —preguntó mi mamá desde la sala.
Asentí apenas.
—Sí.
—¿Y cómo reaccionaron?
Subí el primer escalón.
—Luego hablamos… por favor.
No tenía energía para repetirlo otra vez.
Entré a mi cuarto y cerré la puerta.
Entonces sí…
dejé de sostenerme.
Caí sobre la cama mirando el techo.
Todo seguía igual.
Mi cuarto.
Mis cosas.
Mi vida.
Y eso era lo peor.
Porque yo ya no me sentía igual.
Las lágrimas volvieron despacio.
Silenciosas.
—Cinco días…
Lo dije como si así fuera menos real.
No funcionó.
Mis amigas.
Mi casa.
Mi vida.
Y él.
Robert apareció en mi cabeza sin pedir permiso.
Su voz.
Su risa.
La forma en que decía mi nombre.
Sentí el pecho apretarse.
—Tengo que terminar con él…
La frase dolió apenas salió.
No podía pedirle que esperara.
No podía amarrarlo a algo incierto.
Eso no era amor.
Aunque me rompiera.
Aunque lo perdiera.
Me cubrí el rostro con las manos.
Respiré hondo.
Pero el aire no alcanzaba.
—Primero tengo que verlo…
Una última vez.
El agua de la regadera caía sobre mi piel, pero no se llevaba nada.
El dolor seguía ahí.
Ayer todo estaba bien.
Hoy todo se estaba acabando.
—Solo cinco días…
Abrí los ojos.
El mundo seguía normal.
Como si el mío no acabara de detenerse.
Salí del baño y elegí ropa casi sin pensar.
Aunque en el fondo sí estaba pensando.
Quería verme bien.
Para él.
Frente al espejo me quedé quieta unos segundos.
Había algo distinto en mi mirada.
Más cansada.
Más consciente.
—Ya no soy la misma…
Porque cuando sabes que algo va a terminar…
cambias.
Aunque no quieras.
Bajé las escaleras.
—¿A dónde vas? —preguntó mi mamá.
—Al centro comercial.
Ella me observó como si supiera que ocultaba algo.
Pero no preguntó más.
—Cuídate.
—Sí.
Tomé mis llaves y salí.
Sin saber que ese día…
ya estaba empezando a despedirme.
El camino en autobús se sintió eterno.
Cada parada me daba tiempo para arrepentirme.
Para bajarme.
Para no verlo.
Pero no lo hice.
Porque sabía algo:
si no lo veía hoy…
me iba a arrepentir toda la vida.
Cuando el autobús se detuvo, lo vi.
En el mismo lugar de siempre.
Esperándome.
Pero esta vez no era igual.
Porque ahora ya sabíamos.
Caminé hacia él lentamente.
—Hola… —dijo suave.
—Hola…
Intenté sonreír.
No me salió bien.
Por un segundo ninguno supo qué hacer.
Entonces él dio el primer paso.
Me abrazó fuerte.
Más fuerte de lo normal.
Cerré los ojos y lo abracé igual.
Porque ya lo estaba empezando a extrañar.
—Ya sé… —susurró contra mi cabello.
Asentí despacio.
—Lo siento…
—No digas eso.
Nos separamos apenas para mirarnos.
Sus ojos estaban distintos.
Más serios.
—No es tu culpa.
Quise responder algo, pero él habló primero.
—¿Cuándo ibas a decírmelo?
Bajé la mirada.
—Hoy.
Una sonrisa triste apareció en su cara.
—¿Y qué es “hacerlo bien” para algo así?
No supe responder.
Porque no existía una forma correcta.
Nos quedamos en silencio.
Hasta que dijo algo que me dejó sin aire.
—Sabía que ibas a terminar conmigo.
Lo miré de golpe.
—¿Qué?
—Lo pensé anoche.
Su voz no sonó enojada.
Sonó resignada.
—Y tiene sentido.
Eso dolió más que cualquier reclamo.
—No quiero hacerlo…
—Pero tienes que hacerlo.
Asentí lentamente.
Porque sí.
Porque era lo lógico.
Aunque me destruyera.
Él respiró hondo.
—Pero no hoy.
Parpadeé confundida.
—¿Qué?
—No quiero que este sea el recuerdo que tengamos.
Se acercó un poco más.
—Tenemos cinco días.
Otra vez esa palabra.
Cinco.
—Y no pienso desperdiciarlos.
Sentí el pecho romperse lentamente.
—Quiero que cuando te vayas…
hizo una pausa,
—te duela… pero bonito.
Las lágrimas volvieron solas.
Porque entendí exactamente lo que quería decir.
—Nunca voy a olvidarte.
Él sonrió apenas.
—Yo tampoco.
El silencio ya no era igual.
Seguía doliendo.
Pero ahora tenía algo más.
Tiempo contado.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó después.
Negué.
—No sé.
—Yo sí.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Al cine.
Solté una risa corta.
—¿En serio?
—Sí. Porque quieres ver esa película romántica.
Lo miré sorprendida.
—¿Te acuerdas?
—Me acuerdo de todo.
Y eso no ayudaba.
Pero tampoco quería que ayudara.
Le mandé mensaje a mi mamá avisándole.
Después guardé el celular.
—Vamos.
Y caminamos juntos.
Sabiendo que cada paso…
era uno menos antes del final.
Cuando llegamos al cine sentí que algo no cuadraba.
Había demasiada gente conocida.
—¿Qué…?
Entonces apareció Luna sonriendo.
—¿De verdad pensaste que te ibas a despedir así nada más?
Miré alrededor.
Dani.
Compañeros de la secundaria.
Incluso personas con las que casi no hablaba.
Todos estaban ahí.
Por mí.
—Son lo peor… —murmuré.
Luna abrió los brazos.
—Y aún así nos amas.
No pude evitar reír un poco.
—Sí… demasiado.
Y por primera vez en todo el día…
el dolor no fue lo único que sentí.
Entramos todos juntos entre bromas y empujones.
Por unos minutos todo pareció normal.
Las luces bajaron.
La película empezó.
Y al principio funcionó.
Me distrajo.
Me hizo reír.
Hasta que dejó de ser ligera.
Una historia de amor.
Promesas.
Planes.
Un “para siempre” que parecía tan fácil para ellos.
Y ahí fue cuando dejó de ser solo una película.
Porque no podía dejar de pensar en nosotros.
En todo lo que sí teníamos…
y en todo lo que no íbamos a tener.
Sentí el nudo en la garganta antes de llorar.
Intenté contenerme.
No funcionó.
Cuando llegó la escena donde todo terminaba bien…
algo dentro de mí se rompió.
Otra vez.
Las lágrimas empezaron a caer silenciosamente.
Entonces sentí el brazo de Robert rodeándome.
Sin preguntar nada.
Solo estando ahí.
Apoyé la cabeza en su hombro.
Y él me sostuvo fuerte.
Como si supiera exactamente lo que estaba pasando dentro de mí.
Tal vez porque él también lo estaba viviendo.
Cerré los ojos un momento.
Y pensé algo que me dolió demasiado:
ese abrazo tenía fecha de caducidad.
Cuando la película terminó, nadie se levantó enseguida.
Las luces se encendieron lentamente.
Ojos rojos.
Narices llorosas.
Sonrisas incómodas.
—Ni estaba tan triste —dijo alguien.
—Cállate, sí estaba.
Las pequeñas discusiones ayudaron a bajar el peso del momento.
Salimos todos juntos.
Más despacio de lo normal.
Como si nadie quisiera que terminara.
—Foto —ordenó Luna.
—No quiero salir llorando.
—Justo por eso.
Nos acomodamos como pudimos.
Desordenados.
Apretados.
Reales.
—Uno… dos… tres.
Click.
Y ahí quedó congelado un momento que sabía que después iba a doler…
pero también iba a salvarme.
Afuera el aire estaba más fresco.
Robert se acercó a mí.
—Se te va a hacer tarde. Yo te llevo.
Fruncí el ceño.
—¿En qué?
Sonrió apenas.
—En mi carro.
Parpadeé sorprendida.
—¿Qué?
—Junté dinero… mis papás me ayudaron.
Lo miré en silencio.
Porque no era solo el carro.
Era todo lo que significaba.
Estaba creciendo.
Cambiando.
Construyendo algo.
Y yo no iba a estar ahí para verlo.
—Te lo mereces… —susurré.
Él solo sonrió.
Y subimos al carro.
La música sonaba baja mientras avanzábamos por la ciudad.
Nadie quería romper el silencio.
Hasta que él habló.
—¿Te vas a olvidar de mí?
Lo miré de inmediato.
—No digas eso.
—Es pregunta real.
Respiré hondo.
—No podría.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Qué bueno…
Pausa.
—Porque yo tampoco.
Y esa frase se quedó entre nosotros.
Como algo demasiado grande para decir más.
Cuando llegamos a mi casa, lo vi de inmediato.
Mi papá estaba afuera esperándome.
Mi estómago se tensó.
—Ya es tarde… —murmuré.
Robert apagó el carro.
El silencio se volvió pesado.
—Gracias por hoy —le dije.
Él asintió.
—Mañana también cuenta.
Eso me sacó una sonrisa triste.
—Sí.
Abrí la puerta del carro, pero antes de que Robert se fuera, mi papá habló.
—Espera.
Los dos nos detuvimos.
Mi papá lo observó unos segundos.
—Tu papá me contó algunas cosas.
Robert bajó la mirada.
—Que mejoraste en la escuela.
—Sí, señor.
—Que dejaste de meterte en problemas.
—Sí, señor.
Mi papá asintió lentamente.
—Eso no lo hace cualquiera.
Robert levantó la mirada, sorprendido.
—Gracias…
—Habla bien de ti.
Pausa.
—Y de la persona que te hizo cambiar.
El aire se sintió más pesado.
Robert no respondió.
Pero sus ojos cambiaron.
—Tu mamá debe estar orgullosa.
Él tragó saliva.
—Eso intento.
Mi papá dio un paso atrás.
—Puedes irte tranquilo. Yo hablo con tus papás.
—Gracias, señor.
Antes de arrancar, Robert volvió a mirarme.
Y por un segundo nada más importó.
—Adiós, Cris.
No dijo “nos vemos”.
Dijo adiós.
Y eso dolió demasiado.
—Adiós…
Vi cómo las luces de su carro desaparecían poco a poco.
Y entendí algo horrible:
la despedida ya había empezado.
Entré a la casa sintiendo el pecho vacío.
Subí directo a mi cuarto.
Pero apenas cerré la puerta, todo volvió.
El cine.
La película.
Su abrazo.
Su voz diciendo “no hoy”.
Me dejé caer en la cama mirando el techo.
—Tengo que terminar con él…
La frase seguía sintiéndose imposible.
Pero lo peor era otra cosa.
Que ahora tenía tiempo.
Cinco días para seguir enamorándome sabiendo que iba a perderlo.
Me cubrí el rostro con las manos.
—¿Cómo se supone que haces eso?
No había respuesta.
Solo silencio.
Hasta que escuché la puerta principal abrirse.
Mi mamá había llegado.
Bajé unos minutos después.
Ella me miró apenas entré a la cocina.
—Justo quería hablar contigo.
Algo en su tono me hizo poner atención.
—¿Qué pasó?
Mis papás se miraron unos segundos.
Y entonces mi mamá habló.
—Hoy hablé con la mamá de Robert.
Mi corazón se tensó.
—¿Por qué?
—Solo salió el tema de ustedes.
Silencio.
—No sabías todo sobre él… ¿verdad?
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Mi papá respondió esta vez.
—Robert no siempre fue como ahora.
Sentí el pecho apretarse.
—Antes se metía en problemas. Tomaba. Peleaba mucho. No le importaba la escuela.
Cada palabra cayó lentamente.
Pesada.
—¿Qué…?
—Pero cambió —dijo mi mamá—. Muchísimo.
Tragué saliva.
—¿Por qué?
Entonces ella me miró directo.
—Por alguien.
Y no necesitó decir más.
Porque lo entendí todo.
Sentí cómo todas las piezas encajaban.
Su esfuerzo.
Su cambio.
La manera en que me trataba.
Todo.
Bajé la mirada lentamente.
—Qué bueno… —susurré.
Pero por dentro no era “qué bueno”.
Era algo mucho más difícil.
Porque no solo me estaba yendo.
También estaba dejando atrás la versión de él que existía conmigo.
La que ayudé a construir.
La que tal vez nadie más iba a conocer igual.
Tragué saliva.
—Me voy a dormir.
Subí las escaleras más lento que antes.
Entré a mi cuarto y cerré la puerta.
El silencio volvió a envolverme.
Me recosté mirando el techo.
Otra vez.
Pero ahora ya no era solo tristeza.
También era certeza.
Esto iba a doler muchísimo.
Pero también sabía algo más.
Nunca iba a olvidarlo.
Cerré los ojos.
Y su nombre apareció solo.
Como siempre.
—Robert…
Respiré hondo.
Y por primera vez desde que todo empezó…
acepté la verdad.
Esto ya no era el inicio de algo.
Era el principio del final.