nunca hay que mentirse a uno mismo
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19
Un mes y medio después de aquella marea de sangre y decisiones implacables, Italia entera se había convertido en un reloj suizo. El imperio de la familia Salvatore caminaba a la perfección, con una sincronía milimétrica que rozaba lo aterrador. Nadie se atrevía a respirar fuera de tiempo; ningún clan rival, ningún socio insatisfecho ni el más osado de los empresarios de fachada se atrevía a dar un paso en falso que pudiera desestabilizar a Vincent . Todos en el continente sabían que la ira del capo ya no era una simple rabieta de poder, sino una marea negra y devastadora que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso . El dolor de la ausencia de Carmín lo había vuelto una máquina quirúrgica . Bajo su mando, los negocios prosperaban en un silencio sepulcral, impulsados por el miedo puro a despertar al monstruo .
Sin embargo, el cuerpo humano tiene formas extrañas de pasar factura cuando la mente se niega a registrar el desgaste o eso cree el .
Un sábado por la mañana, el sol de la Toscana se filtraba con una agresividad inusual a través de los pesados ventanales de la mansión. Vincent abrió los ojos en medio de su amplia cama, pero el despertar no trajo la lucidez habitual de un cazador. Antes de que pudiera siquiera estirar los brazos, sintió que la recámara entera daba vueltas en un torbellino violento. El techo de caoba parecía subir y bajar, y la luz dorada del sol parpadeaba contra sus párpados como ráfagas estroboscópicas que le taladraban el cerebro. Un pitido agudo le invadió los oídos, distorsionando el silencio de la habitación.
Desorientado, Vincent apoyó las palmas de las manos en el colchón e intentó ponerse de pie. Fue un error. En cuanto sus pies tocaron el suelo, sintió con horror cómo la gravedad se distorsionaba y el suelo firme lo abandonaba por completo, hundiéndose bajo su peso. Las piernas, habituadas a sostener su musculatura y autoridad, le temblaron como si fueran de gelatina.
A la par del vértigo, una oleada de calor gélido le subió por el pecho. Su estómago, implacable hasta ese día, experimentó una contracción violenta, enviando una señal inequívoca y desesperada de la necesidad absoluta de desalojar su contenido.
Vincent apretó los dientes, sintiendo que el sudor frío le perlaba la frente en un segundo. Corrió lo más aprisa que sus debilitadas fuerzas se lo permitieron, tambaleándose contra el marco de la puerta del baño principal. Cruzó el umbral de mármol, se dejó caer pesadamente de rodillas al pie del escusado y, aferrándose con las manos temblorosas a la porcelana blanca, vació el contenido de su estómago.
Las arcadas fueron grandes, desgarradoras y consecutivas. Una tras otra, sin darle tiempo a tomar aire, el espasmo muscular le sacudía la espalda con una violencia que le hacía crujir las costillas. El dolor en el diafragma era tan agudo que Vincent, el hombre que había sobrevivido a atentados y ráfagas de metralla, sintió genuinamente que se estaba muriendo en ese instante, completamente indefenso, abrazado a un inodoro en la soledad de su palacio de piedra.
El eco de sus arcadas resonaba en las paredes de mármol del baño de la misma forma en que sus órdenes resonaban en los muelles de Calabria, pero esta vez no había poder que pudiera salvarlo de su propio cuerpo. Con los ojos inyectados en sangre y las lágrimas involuntarias del esfuerzo corriendo por sus mejillas, Vincent apoyó la frente fría contra el borde del escusado, jadeando, buscando desesperadamente una bocanada de oxígeno puro en medio del desastre.
La Bestia de Florencia estaba de rodillas, derrotada no por un enemigo con armas de fuego, sino por una marea interna que no lograba comprender. El silencio regresó al baño, interrumpido solo por su respiración rota y el goteo de la llave de la tina. Vincent se quedó allí, en el suelo, sintiendo que el peso del mundo entero —y de un mes de mentiras y añoranzas— le caía encima de golpe.
no se vale