Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 8.
Sofía manejaba como una loca, esquivando baches mientras no paraba de parlotear. Yo estaba hundida en el asiento del copiloto, con el corazón todavía martilleando contra mis costillas y los labios pulsando por el beso que no fue. El silencio en mi lado del coche era un contraste total con los gritos de emoción de mi mejor amiga.
—¡Es que no me lo puedo creer, Iris! ¡Mi hermano! ¡El ogro de Aidan! —Sofi soltó una carcajada y golpeó el volante—. Te juro que si me lo cuentan, no lo creo. Estaban a punto de devorarse ahí mismo, en medio del mirador. ¡Casi les interrumpo el postre!
—¡Cállate, Sofía! —le grité, tapándome la cara con las manos—. No pasó nada. Solo... estábamos hablando.
—¿Hablando? ¡Por favor! Estaban tan cerca que no cabía ni una hoja de papel entre sus bocas. Además, te vi la cara, nena. Tenías esa mirada de "hazme tuya ahora mismo o me muero".
Llegamos a mi casa y entramos a hurtadillas para que mis padres no nos oyeran. Nos encerramos en mi habitación, esa que Aidan conocía tan bien, y nos tiramos sobre la cama. Sofía se puso cómoda, cruzando las piernas, esperando el chisme completo.
—Suéltalo todo, Iris. Desde el principio. ¿Desde cuándo mi hermano dejó de ser el "cerdito asqueroso" para ser el hombre que te hace temblar las piernas? —preguntó Sofía, bajando el tono de voz a uno más cómplice.
Suspiré, mirando al techo. Ya no podía ocultarlo más. Sofía era mi hermana de otra sangre, la única que sabía lo mucho que me dolió cada vez que Aidan me llamó gorda o se burló de mí frente a todos.
—No lo sé, Sofi. Te juro que lo odio —dije, y sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas de pura frustración—. Lo odio por cada vez que me hizo sentir pequeña, por cada apodo cruel. Pero cuando me toca... cuando me mira con esos ojos oscuros, siento que todo mi orgullo se deshace. El sábado en la gala, un hombre con máscara me besó en el bosque. Y hoy, cuando Aidan me dio ese chocolate y luego lo vi en las carreras... me di cuenta de que era él. Siento que me estoy volviendo loca.
Sofía se quedó callada un momento, mirándome con una mezcla de lástima y diversión. Ella sabía cosas que yo no, lo veía en su cara.
—Ay, Iris... eres tan tonta a veces —dijo Sofi, soltando un suspiro—. Mi hermano es un idiota, un bruto y un posesivo de lo peor. Pero... ¿nunca te pusiste a pensar por qué te decía esas cosas? Él siempre fue un celoso de m... Desde que éramos chicos. Te llamaba gorda porque era su forma estúpida de que nadie más te mirara. Pensaba que si te hacía sentir mal, te quedarías escondida y serías solo para él. Fue un cobarde, Iris. Eligió verte "feliz" lejos de él, incluso con el tonto de tu ex, antes que arriesgarse a decirte lo que sentía y
que tú lo rechazaras.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté, sentándome de golpe—. ¿Me estás diciendo que me hizo bullying por... amor? ¡Eso es de enfermos!
—Es de hombres Colman y Lennox, Iris. Son todos unos cavernícolas —Sofía se encogió de hombros, restándole importancia—. Pero mi mamá... ¡ay, mamá! Si se entera de que ustedes dos están en algo, se pone a organizar la boda mañana mismo. Sabes que te adora. Y mis hermanos... bueno, ya sabes que Dorian te considera una más. Estarían felices de que quedaras en la familia de verdad.
Nos quedamos hablando horas. Le conté lo de las flores, lo de la lencería negra que estaba escondida en mi cajón, y cómo sentía que Aidan me estaba cazando poco a poco. Sofía solo se reía, disfrutando del drama, hasta que se quedó dormida en la alfombra, agotada de tanto chisme.
Yo no podía dormir. El aire en la habitación se sentía pesado, cargado de una electricidad que conocía muy bien. Me levanté a cerrar la ventana, pero cuando llegué al marco, una mano grande y callosa se cerró sobre mi boca, ahogando mi grito.
—Ni una palabra, Colman —susurró esa voz que me ponía a vibrar.
Era Aidan. Estaba apoyado en el marco de la ventana, con la ropa todavía oliendo a gasolina y a noche. Entró en la habitación con una agilidad de gato y me empujó suavemente contra la pared, justo al lado de la ventana, donde las sombras nos ocultaban de Sofía, que roncaba suavemente en el suelo.
—¿Estás loco? —le siseé, intentando apartarlo, pero él me atrapó las dos manos sobre mi cabeza con una sola de las suyas—. Mi amiga está ahí, mis padres están abajo...
—Me importa una mierda quién esté cerca —gruñó él, pegando su cuerpo al mío.
Aidan no esperó. Se enterró en mi cuello, aspirando mi aroma con una desesperación que me asustó y me excitó a partes iguales. Sus labios eran fuego puro sobre mi piel. Me mordisqueó el lóbulo de la oreja y luego bajó por mi garganta, dejando un rastro de besos húmedos y hambrientos que me hicieron arquear la espalda.
—Me estás volviendo loco, Iris —susurró contra mi piel, y sentí su mano libre deslizarse bajo mi bata de seda—. Pasé tres años imaginando este momento. Tres años queriendo quemar cada centímetro de este cuerpo que me pertenece desde que éramos unos críos.
Su mano subió por mi muslo, apretando la carne con una firmeza que me hizo soltar un gemido que él atrapó con sus labios. Me besó con furia, con una sed que parecía no tener fin. Su lengua jugaba con la mía, reclamando cada rincón de mi boca, mientras sus dedos jugaban con el borde de mi braguita, rozando apenas la zona prohibida, volviéndome loca de pura necesidad.
Sentía su erección golpeando contra mi vientre a través de la tela fina, recordándome que él no era un niño, sino un hombre con necesidades brutales. Sus dedos empezaron a jugar, a buscar, a darme esa "probadita" que me hacía humedecer de golpe. Me tocaba con una mezcla de delicadeza y rudeza, como si fuera una joya que quería romper.
—Aidan... para... —supliqué, aunque mis manos se aferraban a sus hombros, pidiéndole más.
—Dime que me quieres, Iris. Dime que me odias pero que te mueres por que te haga mía —siseó él, bajando de nuevo a mis pechos, lamiendo la tela de mi pijama hasta que mis pezones se pusieron duros como piedras.
Me manoseó con hambre, apretando mis curvas con una devoción que nunca esperé de él. Sus manos, esas manos que antes yo creía que solo sabían golpear o burlarse, ahora me hacían sentir como la mujer más deseada del planeta. Me acarició la cintura, bajando hasta mis glúteos, apretándolos con fuerza mientras me pegaba más a él.
—No nos vamos a entregar hoy, pequeña —dijo, separándose apenas unos milímetros, con los ojos brillando como los de un demonio en la oscuridad—. Quiero que sufras. Quiero que mañana no puedas caminar sin pensar en cómo se sintieron mis dedos dentro de ti. Quiero que cada vez que veas a tu familia, sientas el peso de mi marca en tu piel.
Me dio un último beso, uno que sabía a posesión absoluta, y me soltó. Yo me quedé apoyada en la pared, con las piernas temblando y la respiración rota, mirando cómo volvía a salir por la ventana con la misma facilidad con la que había entrado.
Me toqué los labios, que estaban hinchados y calientes. Miré a Sofía, que seguía durmiendo como si nada, y me dejé caer al suelo, abrazándome a mis rodillas.
Aidan Novak me había dado una probada del infierno, y lo peor de todo es que ahora estaba dispuesta a arder entera con tal de volver a sentirlo.
.
Si se subió es porque lo aceptaron...