En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 7
El viaje de regreso se sintió eterno para todos los que iban a bordo de ese avión. La tensión entre los tres primos era una cuerda tensada al máximo y el silencio solo se rompía por el ruido constante de los motores y el tintineo de los hielos en el vaso de Franco. Elena se había acomodado en uno de los sillones del fondo con los auriculares puestos y los ojos cerrados, fingiendo que dormía para no tener que cruzarse con la mirada de su primo. No le gustaba la dirección que estaban tomando las cosas. Camilo siempre había sido el ancla del grupo, el que pensaba con la cabeza fría mientras ella y Franco se encargaban del trabajo sucio, pero ahora esa frialdad parecía haberse volcado en una obsesión que ninguno de los dos lograba entender
Isabella permanecía encogida en su asiento, mirando la comida intacta que tenía en la bandeja frente a ella. Tenía los labios agrietados y el cansancio acumulado le pesaba en los párpados, pero el miedo a lo que vendría en cuanto el avión tocara tierra la mantenía despierta. Cada vez que intentaba moverse o acomodarse, sentía el peso de la mirada de Camilo desde el asiento de enfrente. Él no le había dirigido la palabra desde que despegaron, pero sus ojos oscuros la seguían como los de un vigilante que no se permite un solo error
Cuando el avión comenzó a descender, el cielo gris de Chicago los recibió con una tormenta que golpeaba con fuerza las ventanillas. Franco se estiró en su asiento, apagando la pantalla de su ordenador y lanzando una mirada rápida hacia la ventanilla antes de volverse hacia su primo
— Tu padre mandó a las camionetas blindadas a buscarnos, Camilo — dijo Franco mientras se abrochaba la chaqueta de cuero — Parece que el ambiente en la ciudad está un poco movido desde que se enteraron de lo que pasó en el búnker de la Comisión. Los viejos que quedaron vivos están asustados y cuando los perros viejos tienen miedo, a veces intentan morder antes de tiempo
— Que lo intenten — respondió Camilo con una tranquilidad que helaba la sangre — La Comisión ya no existe y los que queden con ganas de pelear se van a encontrar con la misma respuesta que les dimos a los franceses. Elena, quiero que vayas directamente a la oficina de contabilidad en cuanto lleguemos. Necesito que revises los libros de Moretti antes de que sus abogados intenten esconder el dinero de las propiedades del norte
Elena se quitó los auriculares despacio, mirándolo con una frialdad que rivalizaba con la suya
— Voy a ir a ver a mi madre primero, Camilo. Llevamos días fuera y ella sabe perfectamente que lo de Nueva York no fue un viaje de negocios común y corriente. Además, no me gusta que me des órdenes como si fuera uno de tus soldados del puerto. Franco puede ir a la oficina si tanta prisa tienes
Franco levantó las manos en un gesto de paz, soltando una risa nerviosa
— A mí no me metan en sus peleas de poder. Yo tengo que ir al sótano a revisar el cargamento que llegó desde la frontera. Bastante trabajo tengo ya con asegurarme de que la gente nueva no intente robarnos los camiones
Camilo no replicó, pero el gesto de su mandíbula se endureció al escuchar a su prima. La complicidad que siempre había existido entre los tres empezaba a mostrar sus primeras grietas y todo el mundo en esa cabina sabía perfectamente que la mujer sentada junto a la ventanilla era la causa de ese distanciamiento invisible pero real
El avión aterrizó en la pista privada con un impacto seco y las camionetas negras se acercaron a la escalerilla casi de inmediato. Los guardias abrieron las portezuelas bajo la lluvia torrencial, manteniendo los paraguas listos mientras los tres primos descendían
Camilo tomó a Isabella del brazo con firmeza, obligándola a caminar deprisa sobre el asfalto mojado. El frío de la lluvia de Chicago golpeó el rostro de la joven, haciéndola temblar mientras subía a la parte trasera de la primera camioneta, donde los cristales polarizados borraban por completo el paisaje exterior
El trayecto hacia la mansión familiar de los Rossi fue un viaje tenso a través de las calles de la ciudad. Isabella intentaba memorizar el camino, pero los giros constantes y la velocidad de los vehículos hacían que fuera imposible orientarse. Todo lo que veía eran siluetas de fábricas antiguas y zonas industriales que parecían sacadas de una película vieja, un entorno que aumentaba su sensación de desamparo
Cuando las grandes puertas de hierro de la propiedad se abrieron para dejarlos pasar, Isabella contuvo el aliento. La mansión era una estructura inmensa de piedra oscura, rodeada de jardines perfectos que en ese momento estaban azotados por el viento de la tormenta. Parecía más una fortaleza o una prisión de lujo que una casa familiar
En el porche principal, Marco Rossi esperaba de pie, con las manos metidas en los bolsillos de su abrigo largo y una expresión de preocupación genuina en el rostro que compartía con su hermano Fabián, que fumaba un cigarrillo un poco más atrás
Las camionetas se detuvieron y los guardias abrieron las puertas. Camilo bajó primero, seguido de Isabella, a quien mantenía sujeta por la muñeca de una manera que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba allí. Franco y Elena bajaron del segundo vehículo, caminando hacia la entrada sin mirar a sus padres, con la prisa de quien quiere evitar una conversación incómoda
— Bienvenidos a casa — dijo Marco, su voz grave resonando bajo el porche mientras sus ojos se fijaban de inmediato en la joven desconocida que su hijo traía del brazo — Camilo, tu madre te está esperando en el salón. Y tú y yo tenemos que hablar de lo que pasó en Nueva York antes de que los periódicos locales empiecen a hacer preguntas que no queremos responder
— El asunto de Nueva York está cerrado, papá — respondió Camilo, subiendo los escalones sin soltar a Isabella — Los Lucchese ya no son dueños de nada y la ciudad va a empezar a enviar los pagos a nuestras cuentas a partir del próximo mes. No hay nada de qué preocuparse
Fabián dio un paso adelante, tirando la colilla del cigarrillo al suelo mojado y mirando a su hija Elena con una mezcla de orgullo y cansancio
— ¿Estás bien, Elen? Tu madre estuvo despierta toda la noche esperando una llamada tuya
— Estoy cansada, papá — respondió Elena, pasando por su lado sin detenerse — Voy a subir a cambiarme de ropa. Franco tiene los detalles de lo que pasó en los muelles si tienes tantas ganas de escuchar historias de muertes antes de la cena
Isabella miraba a los dos hombres mayores, dándose cuenta de que estos eran los jefes originales de la organización, los hombres que habían construido el imperio que ahora sus hijos manejaban con una crueldad que ellos mismos parecían temer. La joven intentó soltarse del agarre de Camilo al entrar al gran vestíbulo de la casa, pero los dedos del hombre se hundieron más en su piel, recordándole su situación
— Esta será tu habitación a partir de ahora, Isabella — dijo Camilo, abriendo la puerta de un gran dormitorio situado en el ala este de la mansión, lejos de las estancias principales de la familia — Aquí tendrás todo lo que necesitas. Los guardias se van a encargar de que no te falte comida ni ropa, pero no intentes salir al pasillo sin mi permiso. Mi madre y mi tía no tienen por qué cruzarse contigo y no quiero que causemos más problemas de los necesarios en esta casa
La habitación era inmensa, decorada con muebles de madera antigua y pesadas cortinas de terciopelo que tapaban la luz del día. No parecía el dormitorio de un hotel sino la celda de una reina cautiva, con una cama alta y un gran armario que ya estaba lleno de vestidos que ella nunca había elegido. Isabella se dejó caer en una de las sillas junto a la ventana, sintiendo que las paredes de esa casa se cerraban sobre ella como una tumba de piedra
— ¿Por qué haces esto, Camilo? — preguntó Isabella con una voz rota por el cansancio, levantando los ojos hacia él por primera vez en horas — No soy parte de tu mundo. No entiendo tus negocios ni me interesa tu dinero. Solo soy una persona normal que quiere volver a su trabajo. Déjame ir y te prometo que voy a olvidar que existes
Camilo se acercó a ella despacio, deteniéndose a unos pocos centímetros de su silla. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en los brazos del asiento, acorralándola con su presencia. El olor al perfume caro que traía en la ropa llenó el espacio entre los dos, obligando a Isabella a contener la respiración
— Ya te lo dije en Nueva York, Isabella — dijo Camilo en voz baja, y por primera vez hubo un matiz de algo parecido a la frustración en su tono de voz de siempre — No te traje aquí porque fueras útil o porque tuvieras un valor estratégico para mis negocios. Te traje porque cuando te vi en ese restaurante entendí que eras la única parte del mundo que no podía controlar con mis órdenes o con mis armas. Y he decidido que voy a aprender a controlarte a ti también, aunque me tome el resto de la vida conseguirlo
Se dio la vuelta y salió de la habitación sin esperar una respuesta, cerrando la puerta con un clic metálico que resonó en el silencio del dormitorio. Por fuera, el sonido de un cerrojo pasándose confirmó que su cautiverio en Chicago había comenzado oficialmente
Abajo, en el despacho principal, Marco y Fabián escuchaban el informe de Franco mientras Elena permanecía sentada en el borde de la mesa, mirando sus uñas con indiferencia. La tormenta seguía golpeando los cristales del gran ventanal, llenando la habitación de una luz mortecina que reflejaba el estado de ánimo de los hombres de la familia
— Camilo está perdiendo el juicio con esa chica — dijo Marco, golpeando la mesa con el puño de manera contenida — Traer a una civil a esta casa es un error que no nos podemos permitir. Si la policía federal empieza a investigar un secuestro en Nueva York, todas las rutas que acabamos de asegurar en el este se van a venir abajo en una semana
— Mi primo sabe lo que hace, tío Marco — intervino Franco, intentando mantener tranquilo el asunto aunque él mismo tuviera sus dudas — La chica está controlada y nadie en Nueva York sabe que está aquí. Para el mundo exterior, simplemente se mudó de ciudad. Además, Camilo no ha dejado de lado los negocios por ella. El trabajo en Queens se hizo a la perfección
Elena levantó la vista, su mirada fría fija en su tío
— El problema no es el trabajo de hoy, Franco. El problema es que Camilo está empezando a tomar decisiones basadas en lo que quiere para él y no en lo que es mejor para la organización. Si esa mujer se convierte en una debilidad para él, los enemigos que dejamos vivos en la Comisión se van a dar cuenta tarde o temprano. Y ya saben lo que pasa cuando un Rossi muestra un punto débil al mundo
El silencio volvió a reinar en el despacho, un silencio pesado y cargado de una amenaza que todos en esa habitación comprendían a la perfección. La Santísima Trinidad de Chicago seguía siendo dueña de las calles, pero por primera vez en sus vidas, el peligro no venía de fuera sino de las sombras que ellos mismos habían decidido cobijar bajo su propio techo.