Murió en las calles protegiendo a su hermana menor… y despertó en un infierno distinto.
Reencarnó como un omega, hijo de duques poderosos que lo odian y lo castigan en secreto. Para la sociedad es un villano manipulador; en realidad, es un niño roto al que nadie quiere proteger.
Golpes, hambre y humillaciones marcan su vida, ocultas tras rumores perfectamente construidos.
Para borrar toda sospecha, sus padres lo obligan a un matrimonio político con el temido duque del sur, un alfa frío y respetado que acepta el compromiso con desprecio, creyendo que el omega merece su fama.
Él no se rebela.
Después de un año de maltratos, obedecer es su única forma de sobrevivir.
Pero cicatrices ocultas, silencios que duelen y miradas llenas de miedo comenzarán a romper la mentira. Cuando la verdad salga a la luz, dos almas marcadas deberán aprender a sanar juntas.
Una historia de dolor, redención y un amor que aprende a cuidar lo que el mundo decidió odiar.
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Capítulo 20: Lo que empieza a doler distinto
Kael empezó a notarlo cuando dejó de buscarlo.
No era que Elian se alejara.
Era que ya no estaba siempre mirándolo a él.
Al principio fue algo pequeño. Casi imperceptible. Una sonrisa distraída al cruzarse con una sirvienta en el pasillo. Un leve asentir de cabeza al jardinero cuando éste le ofrecía una flor recién cortada. Un “gracias” dicho con una voz más firme, menos encogida.
Elian estaba cambiando.
No de golpe.
No de forma espectacular.
Pero estaba empezando a habitar el mundo.
Y Kael… no supo cómo sentirse al respecto.
Parte de él se tranquilizaba al verlo así. Al verlo más erguido, más presente, con menos miedo en los ojos. Eso era lo que había querido desde el inicio. Que Elian se sintiera seguro incluso cuando él no estaba cerca.
Pero había otra sensación. Una más incómoda. Más silenciosa.
Una presión en el pecho cada vez que Elian sonreía… y no era para él.
Kael se descubrió observándolo más de lo necesario.
Notó cómo Elian comenzaba a caminar con menos cuidado, cómo ya no pedía permiso para todo, cómo incluso se permitía pequeñas rutinas propias. El té por la tarde en el jardín. El libro que llevaba siempre bajo el brazo. La forma en que, a veces, reía bajito ante un comentario trivial.
Ese sonido le provocaba algo extraño a Kael.
No molestia.
No enojo.
Algo más peligroso.
Una noche, Kael regresó tarde a su habitación.
Había sido un día largo. Reuniones, informes, decisiones que no admitían error. Al entrar, lo primero que notó fue el aroma.
Su aroma.
Pero mezclado con algo más suave. Más cálido.
Kael se detuvo en seco.
Miró hacia la cama.
Elian dormía profundamente, de lado, abrazando una de sus prendas dobladas. No era la chaqueta de la expedición. Era una camisa vieja, de tela gastada, que Kael ya no usaba.
El omega no estaba inquieto.
No estaba temblando.
Dormía en paz.
Kael cerró la puerta con cuidado y se quedó de pie, observando.
No era la primera vez.
Desde su regreso, Elian había comenzado a hacerlo sin decir nada. Como una costumbre inconsciente. Como si su cuerpo hubiera decidido que ese objeto era parte de la rutina nocturna.
No es dependencia, se dijo Kael.
Es regulación.
Lo sabía.
Lo entendía.
Y aun así…
Algo se tensó en su pecho al pensar que esa prenda —y no él— era lo que Elian abrazaba cuando dormía.
Kael se sentó en la silla cercana, sin despertarlo.
Observó cómo los dedos del omega se aferraban a la tela con suavidad. Cómo su respiración se sincronizaba con el aroma. Cómo su rostro, por primera vez desde que lo conocía, no mostraba miedo incluso dormido.
Eso fue lo que terminó de romper algo dentro de él.
No quería que Elian dependiera solo de él.
Pero tampoco quería no ser elegido.
El pensamiento lo sacudió.
Esto no es correcto, se dijo.
Soy su protector. Nada más.
Pero la palabra ya no encajaba del todo.
Protección era vigilar.
Cuidar.
Defender.
Lo que sentía ahora… iba más allá.
Kael se levantó y se acercó a la cama. Se inclinó apenas para acomodar la prenda, con cuidado de no despertarlo. Sus dedos rozaron por accidente la mano de Elian.
El omega se movió un poco, murmuró algo ininteligible… y sonrió.
Una sonrisa pequeña, inconsciente.
El pecho de Kael se apretó con fuerza.
—Esto… —susurró para sí—. Esto no es solo deber.
Se retiró a su lado de la cama y se recostó sin tocarlo, mirando el techo.
Durante un largo rato, no durmió.
Pensó en las sonrisas nuevas de Elian.
En su confianza creciente.
En la forma en que otros empezaban a verlo… no como un omega quebrado, sino como alguien amable, gentil, presente.
Y algo oscuro, primitivo, se movió en su interior.
Celos.
No posesivos.
No violentos.
Pero reales.
No quería que nadie lo lastimara.
Y, más egoísta aún…
no quería que alguien más ocupara ese lugar silencioso que Elian había creado para él sin darse cuenta.
Kael cerró los ojos.
Esto es peligroso, pensó.
Porque ya no quiero solo protegerlo.
Al amanecer, Elian despertó primero.
Notó la presencia de Kael y sonrió, todavía somnoliento.
—Buenos días —murmuró.
Kael abrió los ojos.
—Buenos días.
Elian se dio cuenta entonces de que aún abrazaba la camisa.
Se sonrojó.
—Lo siento… —empezó a decir.
Kael negó con la cabeza.
—No te disculpes —respondió—. Veo que… te ayuda a dormir.
Elian dudó un segundo.
—Sí —admitió—. Me gusta la rutina. Me hace sentir… estable.
Kael asintió.
—Las rutinas seguras son importantes.
Elian sonrió otra vez.
Y esta vez… Kael sintió el golpe directo en el pecho.
Porque entendió algo con claridad incómoda y definitiva:
Elian estaba aprendiendo a confiar en el mundo.
Y él…
estaba empezando a amarlo en silencio.
Sin quererlo.
Sin nombrarlo.
Sin saber aún qué hacer con eso.