Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8 — El efecto colateral
Después de la tercera noche, después de las cuatro páginas escritas en trance y del mensaje de Marcos con su exigencia de cuatro semanas, Valeria intentó convencerse de que todo seguía igual.
No funcionó.
El olor estaba ahí, permanente, instalado en cada rincón del apartamento como si siempre hubiera formado parte de la decoración. La marca latía con una regularidad que ya no necesitaba explicación.
Y el manuscrito, abierto en la pantalla, la miraba con esa línea final que ella no recordaba haber escrito, pero que resonaba en su cabeza una y otra vez:
No hay monstruo más peligroso que aquel al que le enseñaste a querer.
Intentó escribir más.
Las palabras llegaban, pero no con la urgencia de los días anteriores. Llegaban dosificadas, como si algo se hubiera estabilizado. Como si la presencia de él ya no necesitara empujar, solo acompañar.
Se levantó y fue a la ventana.
La calle bullía con su ritmo habitual: gente que iba a trabajar, autobuses que frenaban, el tintineo de la tienda de la esquina al abrir.
—Necesito salir —dijo en voz alta.
El sonido de su propia voz le recordó que llevaba cuatro días sin pisar la calle, salvo para comprar leche.
Necesito ver que el mundo sigue ahí.
Se vistió, cogió las llaves y salió.
El ascensor bajó con su ruido habitual. El portal se abrió con su chirrido de siempre. La calle la recibió con el bullicio de un jueves cualquiera.
Todo normal.
Caminó sin dirección, dejando que las piernas decidieran.
Pasó por delante de la frutería, del banco, de la tienda de ropa donde nunca entraba. La gente pasaba a su lado, absorta en sus propios mundos, sin notar nada raro en ella.
Y entonces lo sintió.
El olor.
Ozono. Tormenta. Él.
Ahí, en medio de la calle, mezclado con el humo de los coches y el olor a pan de la esquina.
Valeria se detuvo en seco.
Giró la cabeza, buscando.
Una obra en la acera de enfrente. Un hombre con un taladro. Una furgoneta de reparto.
Nada que explicara ese olor. Nada que no fuera completamente normal.
—No —susurró—. No puede ser.
La gente la miró un segundo y siguió caminando. Una chica con auriculares pasó rozándola sin disculparse.
El olor seguía ahí. Débil, pero presente. Como un eco.
Si huelo a tormenta en el supermercado, pensó, juro que me mudo al campo. Sin electricidad. Sin nada que pueda oler raro. Me compro una cabra y me hago pastora.
Siguió caminando.
El olor se desvaneció dos calles más allá.
Respiró hondo.
Normalidad.
Otra vez normalidad.
Entró en una cafetería. Necesitaba sentarse. Necesitaba un café y cinco minutos de no pensar.
El local era pequeño, con mesas de mármol y sillas de madera. Gente leyendo el periódico, dos jubilados discutiendo de fútbol, una madre con un niño pequeño.
Lo de siempre.
Pidió un café y se sentó junto a la ventana.
El vaso humeaba entre sus manos cuando la marca ardió.
No fue un latido.
No fue una pulsación.
Fue un ardor seco, intenso, como si alguien hubiera presionado un hierro caliente contra su clavícula.
—Ah…
El sonido se le escapó antes de poder controlarlo.
La camarera, que pasaba cerca, se detuvo.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, sí —Valeria forzó una sonrisa—. El café está muy caliente. Me quemé la lengua.
La camarera asintió y siguió su camino.
El ardor duró tres segundos más y desapareció.
Valeria se llevó la mano al cuello, disimuladamente.
La piel estaba caliente, pero no había nada visible. Solo ella sabía lo que había pasado. Solo ella sentía el escozor residual, como una advertencia.
Vale, pensó mientras el pulso se le aceleraba. Esto ya es demasiado. La marca tiene horario comercial ahora. ¿Qué sigue? ¿Una aplicación que me avise cuando va a arder?
La mano le tembló al llevar el vaso a la boca.
Bebió el café rápido, pagó y salió.
Necesitaba volver a casa.
Necesitaba el olor familiar, el que ya conocía, el que —aunque extraño— al menos era predecible.
El teléfono vibró cuando llevaba media calle caminada.
Mara: ¿Estás libre? ¿Te va bien una llamada?
Valeria: Sí. Llama.
El teléfono sonó a los tres segundos.
—¿Dónde estás? —la voz de Mara sonaba contenta, con ese tono que usaba cuando tenía cotilleo fresco—. Suenas como si estuvieras en la calle.
—Estoy en la calle. Necesitaba salir.
—¿En serio? ¿La escritora ermitaña ha visto la luz del sol? Esto es histórico. Debería haber una placa.
Valeria sonrió.
La sonrisa le salió más fácil de lo que esperaba.
—Cuéntame. ¿Qué pasa?
—Pasa que Alessio y yo hemos quedado otra vez. Y esta vez fue él quien me llamó. Sin excusas. Sin “a ver si coincidimos”. Llamó y dijo: “Quiero verte”.
—Eso es bueno.
—Es muy bueno. Demasiado bueno. Por eso estoy en estado de alerta máxima. Los italianos con acento de pecado no hacen cosas tan directas sin segundas intenciones.
—Igual es que le gustas.
—Eso sería demasiado sencillo. Tiene que haber un plan malvado detrás. Una novia en cada puerto. Un negocio de tráfico de órganos. Algo.
Valeria rió.
Caminaba más despacio ahora, dejando que la conversación la anclara a la normalidad.
—Oye —dijo Mara, cambiando de tono—. Hablando de cosas serias… ¿ya hablaste con lo de la editorial? Porque si no contestamos hoy, pierden el interés.
Valeria se detuvo en mitad de la acera.
—¿Qué editorial?
—La que te mencioné hace tres días. Convoca, la de romance oscuro. Te envié los correos, te expliqué las bases. Dijiste que te parecía interesante, pero que querías pensarlo. ¿No te acuerdas?
Silencio.
—¿Val? ¿Sigues ahí?
—Sí, sí. Estoy.
—¿En serio no te acuerdas? Hablamos veinte minutos. Te leí las bases por teléfono. Dijiste que sonaba bien.
La voz de Mara había perdido el tono alegre.
Ahora era más aguda. Más alerta.
Valeria buscó en su memoria.
Nada.
Un agujero negro donde debería haber una conversación con su mejor amiga sobre una oportunidad profesional.
—Con el lío del libro —dijo, y la excusa le sonó frágil incluso a ella— tengo la cabeza como un colador. Ya sabes: bloqueo, luego páginas, luego otro bloqueo… no sé ni qué día es.
—Vale, pero veinte minutos, Val. Una conversación entera. Te leí las bases. ¿De verdad no te suena?
Valeria apretó el teléfono contra la oreja.
—Lo siento —dijo, y la honestidad le salió sin querer—. No me acuerdo.
Mara tardó un segundo en responder.
—No sé, Val. Hay algo en ti que no termina de encajar. Desde hace unos días. Pareces en otra parte. Literalmente.
—Es el libro. Te juro que es el libro. Nunca había escrito así. Me tiene absorbida.
—Ya… pero no es solo eso. Te olvidas de cosas. Y cuando hablamos, tienes esa mirada…
—¿Qué mirada?
—Como si estuvieras hablando conmigo, pero también con alguien más. Como si hubiera algo que no me estás contando.
La marca latió una vez, lenta.
—No hay nada —dijo Valeria—. Solo estoy cansada. Es mucho escribir.
—Vale… —Mara no sonó convencida—. Pero si necesitas algo, ya sabes.
—Lo sé.
—Y contesta a lo de la editorial. Te reenvío los correos. Otra vez.
—Vale.
Colgaron.
Valeria se quedó un momento inmóvil en medio de la acera, con la gente pasando a su alrededor, con el ruido de la ciudad llenándolo todo.
Una conversación entera, pensó. Veinte minutos. Bases. Una oportunidad.
Y no recuerdo nada.
Siguió caminando.
El apartamento la esperaba.
Cuando entró, el olor la recibió como un perro fiel.
Ya no le parecía extraño. Ya no le parecía intruso.
Era el olor de su casa ahora.
El de él.
Se dejó caer en el sofá.
El cansancio le pesaba en los huesos, aunque no había hecho nada físico. Era otro tipo de fatiga: la de intentar sostener una realidad que se desmoronaba por los bordes.
Miró a su alrededor.
Todo en su sitio.
Los libros en las estanterías.
Las tazas en la cocina.
El ordenador en el escritorio.
Normalidad.
Pero en la mesa baja, junto al mando de la tele, estaba el cuaderno.
El cuaderno físico.
El que usaba para tomar notas cuando el ordenador no estaba cerca.
No recordaba haberlo usado hoy.
No recordaba haberlo abierto siquiera.
Lo cogió.
Lo abrió por la primera página en blanco.
Y allí estaba.
Una frase.
Escrita con su letra.
Completa. Coherente.
No me busques en el olor. Búscame en las palabras que no recuerdas haber escrito.
La fecha al margen: hoy.
Valeria leyó la frase una vez.
Dos veces.
Tres.
No la había escrito.
No recordaba haber escrito eso.
No recordaba haber pensado eso.
No recordaba haber abierto el cuaderno en todo el día.
Pero ahí estaba.
La marca pulsó.
Fuerte.
Como un latido que no era el corazón.
El olor se intensificó. La envolvía.
No era incómodo.
No era amenazante.
Era…
No sabía qué era.
Levantó la vista del cuaderno.
Miró a su alrededor.
La puerta del dormitorio, entreabierta.
El pasillo, vacío.
La cocina, a oscuras.
No había nadie.
Pero la frase estaba ahí.
Se levantó y fue al ordenador.
Lo encendió.
Abrió el manuscrito.
El cursor parpadeaba al final de la última línea que había escrito.
Intentó añadir algo.
Una palabra.
Una frase.
Nada.
Las teclas respondían, pero las palabras no llegaban. Como si la conexión se hubiera cortado.
Volvió al cuaderno.
Leyó la frase otra vez.
—¿Qué estás haciendo? —susurró al aire—. ¿Qué quieres de mí?
El silencio respondió.
El olor no se fue.
Valeria cerró el cuaderno.
Apoyó la cabeza en las manos.
El peso de todo —los sueños, los olores, los olvidos, las frases que aparecían solas— la aplastaba contra el sofá.
Pero debajo de ese peso había algo más.
Un hilo.
Una conexión.
La certeza de que no estaba sola.
De que él estaba ahí, de alguna manera, aunque no pudiera verlo.
La marca pulsó otra vez.
Más suave.
Como un recordatorio.
—Ya sé que estás ahí —dijo, sin levantar la cabeza—. Ya sé que no me estoy volviendo loca. O sí. Pero no es por lo que creía.
Nadie respondió.
Nunca respondían.
Pero el olor seguía ahí.
Y ella, en lugar de tener miedo, sintió algo parecido al alivio.
No estaba sola.
Aunque no supiera lo que eso significaba.