Mi nombre es Katherine, soy maestra sustituta en la universidad de Ozark las cosas se me complican cuando mi vida se topa con un Estudiante de nombre Teo, ese chico es la rebeldía en persona y el Diablo salido del Infierno.
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capítulo 21
El silencio de la noche en la residencia familiar era una presencia física, pesada y sofocante. Las paredes, que antes representaban seguridad, ahora parecían vibrar con la tensión eléctrica que emanaba de la habitación de invitados, justo al final del pasillo donde dormía Katherine. Ella estaba acostada, con los ojos azules fijos en las sombras del techo, escuchando el crujir de la madera y el latido desbocado de su propio corazón. El recuerdo de Sergio desvaneciéndose bajo la mirada morada de Teo horas antes la perseguía como una sombra sucia.
No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, sentía el fantasma de los dedos de Teo borrando el beso del pianista de sus labios. Desesperada por aire frío que despejara su mente, Katherine se levantó, se puso una bata de seda ligera sobre su camisón y salió a la terraza de la planta superior. La brisa era gélida, pero la agradeció. Se apoyó en la barandilla de piedra, observando el jardín sumido en la penumbra, tratando de convencerse de que todavía tenía el control de su vida.
En la habitación de al lado, Teo tampoco encontraba descanso. Estaba sentado en el borde de la cama, con el torso desnudo y la mandíbula apretada. La imagen de Katherine a punto de entregarse a otro hombre en el sofá de la sala se repetía en su mente como una tortura. Sus celos no eran racionales; eran una fuerza de la naturaleza, un incendio que consumía cualquier rastro de lógica. Al escuchar el suave clic de la puerta de la terraza, se asomó por su ventana.
Allí estaba ella. El blanco lunar de su cabello brillaba bajo la luz de las estrellas, y la seda de su bata se agitaba levemente con el viento. Teo no lo pensó. Salió a la terraza con pasos felinos, cerrando la distancia con la parsimonia de un depredador que finalmente tiene a su presa acorralada en campo abierto.
Katherine escuchó sus pasos y se giró bruscamente. El pánico, frío y agudo, la atravesó al ver la silueta de Teo emergiendo de las sombras.
—¡Aléjate, Teo! —siseó ella, retrocediendo hacia el rincón más alejado de la terraza—. ¡Vete a tu habitación ahora mismo! ¡Esto no está bien! ¡No puedes estar aquí!
—¿Qué no está bien, Katherine? —preguntó él, su voz era un susurro ronco que cortaba el viento—. ¿Que esté aquí mientras tú suspiras por ese imbécil? ¿Que no soporte la idea de que alguien más te toque?
—¡Es mi casa! ¡Es el mejor amigo de mi hermano! —Katherine comenzó a correr hacia la puerta que llevaba al interior, pero Teo fue más rápido.
En un movimiento brusco, Teo la interceptó. Katherine tropezó con una de las macetas de piedra del jardín de la terraza y cayó al suelo, intentando gatear hacia la salida. Pero antes de que pudiera levantarse, sintió una mano de hierro cerrándose alrededor de su tobillo.
—¡No! ¡Suéltame! —gritó ella, aunque su voz se ahogaba en un nudo de angustia.
Teo la arrastró por el pie sobre la superficie fría de la terraza, ignorando sus súplicas, hasta que la tuvo justo debajo de él. Se subió sobre su cuerpo, inmovilizándola con su peso, mientras Katherine forcejeaba frenéticamente, golpeando su pecho con los puños cerrados.
—¡Teo, por favor! ¡Kay está abajo! ¡Nos va a escuchar! —las lágrimas de frustración y miedo empezaron a rodar por las mejillas de Katherine.
—Que escuche —respondió él con una frialdad aterradora—. Que sepa que su hermana perfecta no es tan santa como él cree.
Teo no entendía de razones, ni de límites, ni de moral. En ese momento, solo existía su necesidad de marcarla de nuevo, de borrar cualquier vestigio de otro hombre en ella. Con una mano, sujetó las muñecas de Katherine sobre su cabeza. Buscó en el bolsillo de su pantalón y sacó un cordón de cuero que solía usar para sus proyectos de arte, atando sus muñecas con una firmeza que no admitía escape.
—¡No hagas esto... no me trates así! —suplicó ella, con el llanto rompiendo su voz—. ¡Soy tu maestra, Teo! ¡Ten un poco de respeto!
—El respeto se perdió en la carretera, Katherine —dijo él, bajando su mano para tocarla con una posesividad que la hizo estremecer—. Ahora solo queda la verdad. Y la verdad es que vibras bajo mis manos incluso cuando dices que me odias.
Teo comenzó a tocarla a través de la seda fina, sus dedos moviéndose con una maestría cruel que conocía cada punto de quiebre de la mujer. Katherine cerró los ojos, sollozando, luchando contra la oleada de placer traicionero que empezaba a invadirla a pesar de su resistencia. Era una lucha perdida. Su cuerpo, hambriento de la intensidad que solo Teo le proporcionaba, comenzó a arquearse involuntariamente hacia él.
—¡Mírame! —exigió Teo, presionando su cuerpo contra el de ella—. ¡Dime que no quieres esto! ¡Dime que prefieres las manos tibias de Sergio antes que las mías!
—Te... te odio... —balbuceó Katherine entre sollozos, pero sus caderas se movían por instinto propio, buscando el contacto—. ¡Hijo de puta, detente!
—No me voy a detener —susurró él al oído de ella, mordiendo el lóbulo de su oreja—. Voy a hacer que cada rincón de esta casa sepa a quién le perteneces.
La destreza de Teo era implacable. Sus manos recorrieron el cuerpo de Katherine con un hambre insaciable, marcando su piel pálida con la fuerza de su obsesión. Katherine, con las muñecas atadas y el rostro bañado en lágrimas, sintió cómo su voluntad se desmoronaba pieza por pieza. Las súplicas se convirtieron en jadeos, y el llanto en gemidos de una rendición absoluta.
En medio de la terraza, bajo el cielo indiferente, Katherine dejó de luchar. Se rindió una vez más al caos que Teo representaba, permitiendo que él la tomara con ese salvajismo que la destruía y la reconstruía al mismo tiempo. El roce de la seda, el frío de la piedra contra su espalda y el calor sofocante del cuerpo de Teo crearon una amalgama de sensaciones que la hicieron perder el sentido de la realidad.
—Dilo... —le pidió él, con la voz cargada de un deseo posesivo—. Di que eres mía.
—Soy... soy tuya... —admitió ella finalmente, con la voz quebrada, entregándose al abismo—. Solo... solo termina con esto, Teo... por favor.
Teo la poseyó allí mismo, en la terraza, con una urgencia que no buscaba placer, sino dominio. El sonido de los cuerpos chocando se mezcló con el susurro del viento, creando una sinfonía privada de pecado y desesperación. Katherine, con los ojos en blanco y el alma rota, se dejó llevar por la marea, sabiendo que a partir de esa noche, su casa ya no sería su santuario, sino su celda de seda y deseo.
Cuando todo terminó, Teo desató sus muñecas con una lentitud casi tierna, pero no se disculpó. La miró una última vez, con esos ojos morados que ahora brillaban con una satisfacción oscura, y regresó a su habitación por la ventana, dejándola sola en la terraza.
Katherine se quedó allí, en el suelo frío, abrazándose a sí misma mientras el llanto amargo volvía a brotar. Sabía que había cruzado una línea de la que no había retorno. El depredador ya no estaba en la habitación de al lado; ahora vivía dentro de ella, alimentándose de su miedo y de su incontrolable necesidad de ser suya.