Dentro de la Mafia Rusa, existen pactos, lealdades y acuerdos, es por eso que las hijas son monedas de cambios para el ascenso de los jefes de las familia, es un modo facil modo de obtener más poder..
La familia Lombardi resultado de la unión del hijo de un capo de la Cosa znostra Italiana con la unica hija del lugarteniente y mano derecha de la Mafia Rusa. Su decendencua fue su primogeniro Alexander y kas gemelas Laura y Lorena.
El hijo y futuro jefe de la mafia rusa elvfrio y cruel Dimitri Volkov, siente una pasión descontrolada por una de las gemelas, mientras es el mejor amigo de sus hermanos, es que Lorena es un espiritu libre que odia la vida de la mafia y sueña con escapar de eze mundo, no quiere ser como.su madre, una mujer triste que se refugia en frivolidades y alcohol para olvidar su triste vida.
Dimitri logra casarse con Lorena, pero ella no quiere ser su debilidad, ni la de nadie, es por eso que aprendio defenza personal, yvparticipa en peleas clandestinas
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El vals de las gemelas.
El vals de las gemelas
Las gemelas Lombardi cumplieron dieciocho años ese día, aunque sus miradas no podían ser más opuestas. Gean Carlo Lombardi, el capo, decidió que aquella mayoría de edad no sería una simple celebración familiar, sino una declaración de poder ante toda la Bratvá. La fiesta se preparó durante meses con una obsesión casi militar: cada invitado, cada flor, cada copa de champán fue elegida para proyectar la imagen de una familia en ascenso. Para Gean Carlo, sus hijas no eran solo sangre de su sangre, sino moneda de cambio, alianzas con pies de seda y sonrisas de porcelana.
Laura ya se veía reina de la pista, probándose vestidos de lentejuelas y planeando cómo robarse todas las miradas. Lorena, en cambio, miraba por la ventana de su habitación con los pinceles aún manchados de óleo, sintiendo que la arrastraban hacia un acantilado del que no podría retroceder. Olga, su madre, aquella noche bebió más de la cuenta antes de que empezara la fiesta, ahogando entre copas de vodka la pena de saber que sus hijas eran entregadas como trofeos a lobos vestidos de esmoquin.
Alexander, el primogénito, prometió en silencio no separarse de Lorena ni un solo instante. Pero nadie en la mansión Lombardi podía imaginar que aquella noche, bajo las luces de un salón moscovita, el destino de las gemelas quedaría sellado con un baile, un ataque y la obsesión de un heredero ruso.
El salón Zolotaya Kletka "Jaula Dorada" en el centro de Moscú fue engalanado con lámparas de cristal de Murano y paredes revestidas de pan de oro. La opulencia era tan obscena como necesaria: cada detalle debía gritar que los Lombardi no eran una sección más, sino socios de pleno derecho de la Bratvá.
Los jefes del crimen llegaron con sus mujeres enjoyadas y sus herederos vestidos de Armani. Estaba el Pakhan de Ekaterimburgo con sus tres hijos, todos con cuellos tatuados y miradas de acero. Llegó también el clan de los Morózov, dedicados al tráfico de armas, con su patriarca tuerto y una hija de mirada letal. Los Volkov, por supuesto, ocuparon la mesa principal: Iván Volkov, frío como el hielo siberiano, y a su lado Dimitri, impecable en traje negro, con los ojos grises recorriendo el salón como un depredador que elige a su presa.
Las gemelas fueron presentadas cada una por separado. Laura sonreía con la seguridad de quien sabe que es deseada, mientras que Lorena, con un vestido azul noche que su madre había elegido por ella, mantenía la espalda recta y la mirada perdida en algún punto más allá de los candelabros.
Cuando Dimitri se acercó a besar la mano de Lorena, ella sintió un escalofrío que no era de frío. Laura, al ver la escena, apretó su copa de champán con fingida indiferencia. Alexander, pegado a su hermana, no apartó la mano del bolsillo interior de su chaqueta, donde descansaba una Sig Sauer de 9 mm.
El baile inaugural comenzó con un vals lento, una tradición que mezclaba lo elegante con lo arcaico. Dimitri tomó a Laura de la cintura, y ella se abandonó a sus brazos con una sonrisa que todos interpretaron como complicidad amorosa. La pareja giraba perfecta: él, frío y preciso; ella, ardiente y espectacular.
Al otro lado de la pista, Alexander bailaba con Lorena, protegiéndola con su cuerpo, susurrándole al oído que todo estaría bien. Cuando la primera pieza terminó, Dimitri se acercó a Alexander y, sin pedir permiso, le arrebató a Lorena. Cambiemos de pareja, dijo con voz que no admitía réplica. Alexander apretó la mandíbula, pero asintió por el bien del protocolo.
Lorena sintió la mano de Dimitri en su espalda baja y un calor que detestaba reconocer. El ruso intentó guiarla con su habitual autoridad, pero ella no se dejaba llevar. No tienes que apretarme, sé bailar sola, le espetó. Él sonrió, una mueca peligrosa. Ya lo sé, por eso me fascinas. La irritación de Lorena creció. A mí no me fascinan los carniceros con traje.
Dimitri se inclinó, su aliento contra su oreja: Cuida tu lengua, pequeña, que en esta selva las palabras muerden. Pero ella no se calló, sino le recordó, en voz baja pero firme, que él no era su jefe, ni su socio, ni su dueño. Por muy alto que estés en la Bratvá, Dimitri Volkov, para mí solo eres un hombre peligroso que no sabe pintar ni sentir. El golpe verbal fue tan certero que él detuvo el baile un segundo. Por primera vez en años, alguien le había hablado sin miedo. Y eso, para su desgracia, solo avivó más su obsesión.
Cuando la orquesta atacó la tercera pieza, un estruendo ensordecedor partió en dos la noche. Las lámparas de Murano se hicieron añicos y el suelo tembló. Por los ventanales laterales irrumpieron una docena de hombres armados con fusiles Kalashnikov, sus chaquetas negras bordadas con el emblema de un cuervo: la marca del clan de San Petersburgo, enemigos jurados de los Lombardi desde una traición de hacía quince años.
Los gritos llenaron el salón. Gean Carlo Lombardi cayó al suelo cubriéndose la cabeza. Iván Volkov ordenó a sus hombres responder al fuego. En medio del caos, Dimitri agarró a Lorena del brazo y la arrastró tras una columna de mármol. ¡Suéltame!, gritó ella, pero él no obedeció.
Alexander, que ya había desenfundado su arma, abatió a dos atacantes de un solo movimiento, cubriendo a Laura que chillaba acurrucada tras la mesa de los pasteles. Las gemelas, por primera vez en sus vidas, vieron de frente la cara de la bestia que siempre habían querido ignorar o combatir. Lorena, que odiaba la mafia, sintió la sangre caliente de un sicario salpicarle el vestido azul noche. Y en ese instante, entre disparos y cristales rotos, entendió que su destino ya no le pertenecía. Dimitri, aún agarrándola, le susurró al oído con una calma aterradora:
"Bienvenida a la familia, princesa. Ahora ya sabes de qué color pinta la muerte"