historia de Alfas, omegas y betas
NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11 — Reconquista
El camión de basura no tiene horario fijo. Sale cuando se llena y para cuando se rompe. Salimos de Corrientes a las cinco y cuarto, atrás, entre bolsas negras que chorreaban jugo de tomate y cartón mojado. El chofer —beta, sesenta y pico, sin brazalete— no nos miró cuando subimos. Dijo: “Si vomitan, no limpian.” Y arrancó.
Adentro olía a todo lo que la gente tira. Elián se tapó la nariz con la campera de Valenti los primeros veinte minutos. Después se acostumbró, o el supresor clase B le bajó el olfato lo suficiente para no asfixiarse. Se había tomado la segunda pastilla antes de subir. Tenía la cara más pálida, pero la marca del cuello ya no supuraba. Respiraba mejor. O menos.
Valenti iba sentado en un cajón de verdura dado vuelta, con la barra de hierro entre las rodillas, envuelta en trapo. No hablaba. Cada tanto miraba por la rendija de la lona, contaba postes de luz, calculaba. Alfa. No pueden dejar de calcular.
Yo me quedé contra la chapa, con la mochila entre las piernas y el brazalete gris en el bolsillo del pantalón, no en el de la campera. No me lo puse cuando salimos de lo de Maris. Lo llevaba suelto, como si fuera una moneda.
A la altura de Bella Vista el camión frenó. No era control. Era pinchadura. El chofer bajó puteando en guaraní. Nos quedamos quietos. Elián se apoyó contra mi hombro sin darse cuenta, o dándose cuenta y sin que le importara. El olor a limón y chapa estaba bajo, tapado por los supresores, pero ahí. Y abajo, muy abajo, yo seguía oliendo a tinta. Él tenía razón.
—En Reconquista hay un galpón —susurró Valenti, sin mirar—. Lo manejan los de la red. Betas que sacan gente por el río. No preguntan por papeles. Preguntan por qué.
—¿Y nosotros por qué? —preguntó Elián.
Valenti tardó.
—Porque ya no entramos en la lista.
El chofer tardó cuarenta minutos en cambiar la rueda. Cuando arrancamos de nuevo, el sol pegaba de costado y el camión era un horno. Elián se sacó la campera. La marca del cuello quedó al aire, roja todavía, pero seca. Se pasó el dorso de la mano por la frente.
—Si me ven así, me leen —dijo.
—Te van a ver —dijo Valenti—. La pregunta es quién.
Llegamos a Reconquista pasado el mediodía. El chofer nos bajó tres cuadras antes del puerto, al lado de un descampado con yuyos más altos que nosotros. “Hasta acá”, dijo. “El galpón es el de chapa azul, atrás del silo. Digan que van de parte de Maris.”
No agradecimos. Él tampoco.
Caminamos con el sol arriba y los tres brazaletes sin número en las muñecas. Sin número no saltan en el lector, dijo Maris. Sirve dos minutos. A veces alcanza.
El galpón azul estaba abierto. Adentro había olor a pescado seco y a aceite de motor. Un tipo grande, beta, con delantal manchado, nos miró desde una mesa donde desarmaba un ventilador.
—Maris —dijo Valenti.
El tipo asintió. No preguntó nombres.
—Tengo lugar abajo hasta la noche. Después sale lancha a Las Palmas. Cruzan y se pierden. Paraguay no pide tanto.
—¿Cuánto? —pregunté.
El tipo me miró. No al alfa. A mí.
—Nada —dijo—. Ya pagaron.
—¿Quién?
—No pregunto.
Abajo era un sótano sin ventanas, paredes de ladrillo húmedo, un colchón, una damajuana con agua y un foco pelado que parpadeaba cada diez segundos. Cerró la escotilla y nos quedamos los tres con ese ruido —*tzic*— cada vez que la luz volvía.
Elián se tiró en el colchón. Valenti se quedó cerca de la escalera. Yo me senté en el piso, con la espalda contra la pared.
—Sacate el gris —dijo Elián de golpe, mirándome—. Me pone nervioso.
Me lo saqué del bolsillo. Lo dejé en el suelo, entre los dos.
—No lo voy a usar más —dije.
—No —dijo él—. No es por eso. Es porque cada vez que lo miro me acuerdo del Centro. Y cada vez que me acuerdo del Centro me acuerdo de que me sentaron en una silla y me dijeron que si no me casaba con Lazzari me iban a mandar a Supresión Permanente. Y vos estabas del otro lado del mostrador sellando.
No me defendí. Beta. No me defiendo.
—Yo no sabía —dije igual.
—Ya sé —contestó—. Pero estabas.
Valenti bajó los dos escalones que nos separaban y se sentó en el suelo también. Por primera vez desde que lo conocí, no parecía capitán ni alfa. Parecía cansado.
—Yo sí sabía —dijo—. Y firmé. Tres veces. Para que lo mandaran a Evaluaciones Especiales. Porque cada vez que lo veía sin supresores… —se calló. Tragó—. Porque no sabía qué hacer con lo que me hacía oler.
Elián lo miró largo.
—¿Y ahora sabés?
—No. Pero no voy a firmar más.
Nos quedamos callados. El foco hizo tzic. Afuera, arriba, se escuchaba el puerto: cadenas, gritos, motores.
Elián estiró la mano y empujó el brazalete gris con el dedo, despacio, hasta que quedó al lado de mi rodilla.
—Guardalo —dijo—. No te lo pongas. Pero guardalo. Para cuando te pregunten quién eras antes de decidir.
Lo levanté. Lo guardé en el bolsillo interno de la mochila. No en la muñeca.
Dormimos por turnos. Primero Valenti, después yo. Elián no durmió. Se quedó mirando el foco cada vez que parpadeaba, como si contara.
A las ocho el tipo del delantal golpeó la escotilla.
—Lancha lista. Diez minutos.
Subimos. El río Paraná a esa hora es oscuro y ancho, y huele a barro y a gasoil. La lancha era chica, de madera, con motor fuera de borda que tosía. El lanchero —beta, joven, sin preguntas— nos hizo seña de subir.
Nos sentamos los tres atrás. Elián en el medio otra vez. Sin brazaletes ahora. Maris había dicho que sin número no servían para cruzar.
Cuando la lancha arrancó, Corrientes se empezó a achicar igual que Santa Fe la noche anterior. Solo que esta vez no miraba para atrás.
Valenti me miró por encima de la cabeza de Elián. No dijo nada. Yo tampoco. Pero por primera vez olí algo que no era tinta ni papel. Olí hierro caliente sin rabia. Olí a alguien que por fin no estaba calculando.
Elián se recostó contra mi hombro, igual que en el camión, y esta vez no fingió que fue sin querer.
El río hacía shhh contra la madera. El motor tosía. Y en el medio del río, sin tierra abajo y sin brazalete en la muñeca, por primera vez no supe qué era —beta, error, ruido— y no me importó.
Lo que importaba era que íbamos los tres. Y que nadie nos estaba esperando con un folleto.