un libro con personajes de ficción, dragones, ogros, un enemies to lovers y demás. ¿será que conseguirán enamorarse mutuamente? o solo seguirán en guerra. quién sabe depende de como ellos se traten a sí mismos
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XV. el lenguaje del fuego y el mármol
Zhaeryntha:
El vapor de las sales de pino envolvía la estancia, convirtiendo el baño real en una cámara de bruma y secretos. Yo estaba allí, con los jirones de mi vestido azul colgando de mis hombros, incapaz de mover un solo músculo. Se supone que debía gritar. Se supone que debía sacar mi daga y recordarle por qué mi linaje era temido.
Pero no pude.
Mis ojos, traidores y hambrientos, recorrieron cada centímetro de Kaelthoryn mientras la ropa caía al suelo de mármol. Sabía que era un guerrero, pero verlo así... su torso era un mapa de cicatrices y músculos tensos, una anatomía tallada para la batalla y, ahora lo entendía, para el placer. Y luego, mi mirada bajó.
Sentí un vuelco en el estómago, una mezcla de sorpresa y una excitación eléctrica que me hizo flaquear las rodillas. Kaelthoryn no solo estaba desnudo; estaba completamente erecto, una columna de carne firme y oscura que apuntaba hacia mí con una arrogancia que desafiaba cualquier protocolo. Era masivo, una promesa de una invasión que mi cuerpo, de repente, anhelaba con una intensidad aterradora.
—¿Te gusta lo que ves, Tormenta? —su voz era un rugido bajo, cargado de una vibración que sentí directamente entre mis piernas.
Antes de que pudiera responder, él acortó la distancia. Sus manos, todavía ásperas por el manejo de las riendas de su dragón, se hundieron en mi cabello y me obligaron a mirarlo. No hubo dulzura, solo una urgencia salvaje. Me besó con la fuerza de un huracán, su lengua reclamando mi boca mientras sus dedos desgarraban lo que quedaba de mi vestido, dejando que la seda cayera al agua.
Me levantó en vilo, mis piernas rodeando su cintura por puro instinto. Sentí el roce ardiente de su virilidad contra mi intimidad empapada, un contacto que me hizo soltar un gemido ronco contra sus labios.
—Entra conmigo —ordenó, y nos hundimos en el agua caliente.
El calor del baño no era nada comparado con el fuego que emanaba de su piel. Kaelthoryn me sentó sobre el borde de mármol de la tina, separando mis muslos con una brusquedad que me excitó hasta el delirio. Sus manos bajaron, acariciando la piel sensible de mi entrepierna hasta encontrar mi clítoris, frotándolo con una presión experta que me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros.
—Por favor, Kael... —suplicaba, aunque no sabía exactamente qué estaba pidiendo.
—Dime qué quieres, Vaelkríass. Dilo.
—Te quiero a ti... dentro... ahora —logré articular entre jadeos.
Él sonrió, una expresión depredadora, y se posicionó. Sentí la punta de su glande, masiva y caliente, presionando contra mi entrada. Con un movimiento lento y deliberado, comenzó a empujar. El dolor inicial fue un destello que se convirtió rápidamente en una plenitud abrumadora. Me llenaba por completo, estirando mis paredes internas hasta límites que no creía posibles.
—Eres tan estrecha... y estás tan caliente —gruñó él, hundiéndose hasta el fondo con una estocada final que me hizo gritar su nombre hacia el techo abovedado.
El ritmo comenzó. No era un baile, era una guerra. Kaelthoryn me embestía con una fuerza bruta, sus caderas chocando contra las mías con un sonido húmedo que resonaba en las paredes de mármol. Cada vez que salía casi por completo para volver a hundirse con furia, yo sentía que mi alma se desprendía de mi cuerpo.
Sus manos apretaban mis nalgas, elevándome para encontrar mejor su ángulo. El agua salpicaba a nuestro alrededor, pero yo solo sentía el roce contra mi sexo y la presión constante de su miembro reclamando cada rincón de mi interior. La excitación subió como una marea negra, nublándome la vista.
—¡Kaelthoryn! ¡Más... más fuerte! —le exigí, envolviendo mi cuello con sus brazos, buscando sus labios con desesperación.
Él respondió con una serie de estocadas rápidas y profundas, golpeando mi cuello uterino con una precisión que me hizo estallar. El orgasmo me golpeó como un rayo, mis músculos vaginales se contrajeron rítmicamente alrededor de él, atrapándolo en una prensa de placer. Kaelthoryn soltó un rugido animal, enterrando su rostro en mi cuello mientras sentía el chorro caliente de su simiente llenándome, una marea de fuego que selló nuestra unión en la oscuridad del baño.
Nos quedamos allí, jadeando, envueltos en el vapor y el aroma a sexo y pino, mientras el eco de nuestros gemidos se desvanecía en el silencio del castillo. La Tormenta había estallado, y nada volvería a ser igual.
El agua, ahora teñida de un azul pálido por los restos de las sales y la seda disuelta, nos mecía en un silencio que solo era interrumpido por el goteo rítmico de la fuente de mármol. El fuego que nos había consumido hacía unos instantes se había transformado en un rescoldo cálido y pesado que me mantenía anclada al fondo de la tina.
Me recosté contra el pecho de Kaelthoryn, sintiendo la vibración de su respiración profunda y el latido de su corazón, que poco a poco recuperaba su ritmo normal bajo mi oreja. Sus brazos me rodeaban con una posesividad que ya no me molestaba; al contrario, me hacía sentir una seguridad extraña, casi prohibida.
Él no decía nada. Simplemente jugaba con un mechón de mi cabello húmedo, enredándolo entre sus dedos ásperos y soltándolo con una parsimonia que me resultaba hipnótica.
—Esto es una locura, Kael... —murmuré, mi voz apenas un susurro que se perdía en el vapor—. Una locura demasiado fuerte.
Él detuvo el movimiento de sus dedos y sentí cómo apoyaba su barbilla en la coronilla de mi cabeza, aspirando el aroma de mi piel.
—Lo sé —respondió él, y su voz resonó en mi propia caja torácica—. Es un desastre absoluto. Mañana podrías estar pidiendo mi cabeza en una pica por haber entrado en tus aposentos, y yo podría estar lamentando haber dejado que una Vaelkríass me dejara sin aliento.
Solté un suspiro largo, cerrando los ojos. El calor del agua me envolvía, pero era su calor lo que realmente me importaba.
—No hablo solo de nosotros —continué, trazando círculos distraídos con el dedo sobre su antebrazo lleno de cicatrices de garras—. Hablo de todo. Del Terror Negro escondiéndose en nuestros bosques, de Vharok herido, de la guerra que sentimos llegar en el viento... Y aquí estamos, en medio del ojo del huracán, haciendo... esto.
—Quizás es lo único que tiene sentido, Zhaeryn —dijo él, usando mi nombre acortado por primera vez, con una suavidad que me desarmó—. En un mundo que se cae a pedazos, esto es lo único que es real. El fuego, el agua y tú.
Me giré un poco, lo suficiente para ver su perfil bajo la luz tenue de las velas que se consumían. Ya no era el chico arrogante de la gala, ni el jinete temerario del bosque. Era simplemente Kael, el hombre que me había visto desmoronarme y que me había sostenido entre sus brazos mientras yo cosía el ala de mi dragón.
—Si mi tía entra ahora, nos matará a los dos —dije, aunque no pude evitar que una pequeña sonrisa asomara a mis labios.
—Entonces moriremos limpios, Tormenta —bromeó él, dándome un beso fugaz en la frente antes de volver a enredar sus dedos en mi pelo—. Y con una historia mucho mejor que la de cualquier bardo de la corte.
Me hundí un poco más en el agua, dejando que el silencio nos envolviera de nuevo. Sabía que el amanecer traería problemas, explicaciones y sangre, pero por ahora, en este pequeño rincón de mármol y vapor, la locura era lo único que nos mantenía cuerdos.
Kaelthoryn:
Apreté la mandíbula al escucharla hablar de miedos y de tías furiosas. No quería lógica, no quería advertencias; quería que el mundo se detuviera justo aquí, entre el vapor y el roce de su piel contra la mía. Así que hice lo único que podía detener ese flujo de palabras: me incliné y la besé con una urgencia que le robó el aliento.
Fue un beso hambriento, sucio, cargado del sabor a sal y a la adrenalina que aún nos corría por las venas. Mi lengua reclamó la suya con una posesividad salvaje, y sentí cómo sus manos se enterraban en mi cabello, tirando de mí con la misma desesperación.
—Cállate, Tormenta —gruñí contra sus labios, mi voz vibrando en la cavidad de su boca—. No hay tías, no hay castillos. Solo estamos tú y yo.
La levanté del fondo de la tina, dejando que el agua escurriera por sus curvas perfectas, y la senté a horcajadas sobre mis muslos. El contacto de su sexo empapado y ardiente contra mi propia dureza me hizo soltar un gemido sordo. Estaba tan sensible, tan lista para mí, que sentí que perdería el control antes de empezar.
Mis manos bajaron por su espalda, apretando sus nalgas con fuerza, elevándola solo lo necesario para posicionarme. Zhaeryntha soltó un jadeo agudo cuando sintió la punta de mi miembro presionando contra su entrada, buscando el camino de regreso al calor que lo reclamaba.
—Kael... —susurró ella, con los ojos nublados por un deseo que rozaba la agonía.
—Mírame —ordené.
Quería ver sus ojos grises fundirse cuando la invadiera. Me hundí en ella de un solo impulso, una estocada profunda que nos hizo arquearnos a ambos. El agua de la tina saltó por los bordes, empapando el suelo de mármol, pero yo solo sentía la presión deliciosa de sus paredes internas apretándome, dándome la bienvenida con una humedad frenética.
Empecé a moverme con un ritmo brutal, ascendente, golpeando el fondo de su ser con cada embestida. Ella echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su cuello, y yo me ensañé con su piel, dejando marcas que no se borrarían en días. El sonido de nuestros cuerpos chocando, ese chapoteo húmedo y rítmico, llenaba la estancia, volviéndose más errático conforme la tensión subía.
—¡Más... más adentro! —gritó ella, clavando sus uñas en mis hombros, su cuerpo estremeciéndose bajo el impacto de mis caderas.
No me detuve. La saqué del agua un momento, apoyándola contra la pared fría de mármol del baño mientras yo seguía dentro de ella, sosteniéndola solo por los muslos. El contraste del frío de la piedra contra su espalda y el fuego de mi cuerpo invadiéndola la volvió loca. Sus espasmos comenzaron a rodearme, una serie de contracciones eléctricas que amenazaban con hacerme estallar.
—Eres mía, Zhaeryn —mascullé al oído, mi aliento quemándole la piel mientras aceleraba el ritmo, mis estocadas volviéndose cortas, rápidas y despiadadas.
Sentí el momento exacto en que ella se desmoronó. Su grito quedó ahogado en mi hombro mientras su cuerpo se tensaba en un orgasmo violento que me arrastró con ella. No pude aguantar más. Solté un rugido animal, apretándola contra la pared con una última embestida profunda, y sentí cómo mi propia simiente brotaba en oleadas calientes, llenándola hasta el borde, uniendo nuestras sangres y nuestros fuegos en un pacto que el amanecer no podría romper.
Nos quedamos así, unidos, temblando bajo el vapor, mientras el mundo exterior seguía su curso, ignorante de que en este baño se estaba librando la batalla más dulce de la frontera.
La saqué del agua, envolviendo su cuerpo tembloroso en una sábana de lino fino que apenas duró un segundo sobre su piel antes de que la arrojara al suelo de sus aposentos. El rastro de gotas de agua marcaba nuestro camino hacia la gran cama de roble, un altar de sábanas revueltas que aún olía a la desesperación de la noche anterior.
La empujé con una brusquedad cargada de posesividad, obligándola a quedar **boca abajo** contra el colchón. Sus manos se hundieron en las almohadas de seda, buscando un anclaje mientras yo me posicionaba detrás de ella, admirando la curva perfecta de su espalda y el arco de sus caderas que brillaban bajo la luz de las velas moribundas.
No esperé. Me abrí paso entre sus muslos y me hundí en ella de una sola estocada profunda, sintiendo cómo su interior, todavía palpitante y lubricado por el baño, me devoraba por completo. Solté un gruñido gutural al sentir la presión absoluta de sus paredes rodeándome.
Entonces, me quedé quieto.
Me mantuve enterrado hasta la raíz, sintiendo el latido de su sexo contra el mío, dejando que la plenitud nos invadiera a ambos en un silencio tenso y cargado de electricidad. Zhaeryntha hundió la cara en la almohada, soltando un gemido ahogado que vibró en todo el colchón.
—Es... humillante... —murmuró ella entre jadeos erráticos, su voz amortiguada por la tela—. Estar así... bajo de ti... como una cautiva...
—No eres una cautiva, Tormenta —le siseé al oído, apretando mis manos sobre sus caderas para anclarla aún más contra mí—. Eres mía. Y sabes que te encanta esta rendición.
Como si mis palabras fueran el combustible que necesitaba, ella dejó de protestar. En lugar de apartarse, comenzó a colaborar con una lascivia que me prendió fuego a la sangre. Zhaeryntha elevó un poco las caderas y comenzó a **mover su hermoso culo en círculos lentos y calculados**, restregándose contra mi base con una fricción insoportable que me hacía ver estrellas.
—¡Maldita sea! —mascullé, clavando mis dedos en su piel mientras ella mantenía ese movimiento rotativo, atrapándome y soltándome rítmicamente.
Cada círculo que trazaba con su pelvis era una tortura de placer. Ella sabía exactamente lo que estaba haciendo; sentía cómo su clítoris rozaba con cada giro, cómo su humedad se mezclaba con la mía, creando un sonido húmedo y rítmico que llenaba la habitación. Sus jadeos se volvieron más agudos, más desesperados, mientras seguía moliendo su cuerpo contra el mío, dictando el ritmo de mi agonía.
—¿Humillante, dijiste? —le pregunté, dándole una nalgada sonora que la hizo arquearse y apretarme aún más fuerte—. Entonces, ¿por qué no puedes dejar de moverte así para mí?
—Cállate... y fóllame... —respondió ella, girando la cabeza lo justo para mirarme con unos ojos grises que destellaban una mezcla de derrota y un deseo salvaje.
No necesité que me lo dijera dos veces. Rompí la quietud con una serie de estocadas violentas y rítmicas, mis caderas chocando contra las suyas con la fuerza de un ariete. El colchón chirriaba, el aire se volvía pesado y cada vez que me hundía hasta el fondo, ella soltaba un grito que terminaba en un susurro de pura entrega. La Tormenta y el Jinete estaban fundidos en un solo pulso de carne y fuego, ignorando que el amanecer ya empezaba a lamer las ventanas del castillo.