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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 5: La Propuesta (No, Esa No)

En psicología de la creatividad hay un concepto que explica por qué algunas parejas no deberían trabajar juntas: la Interferencia de Dominio. Es ese fenómeno por el cual dos personas con estilos cognitivos distintos, en lugar de complementarse, se bloquean mutuamente. Como dos músicos que tocan la misma partitura pero con ritmos diferentes. Como dos cocineros que se pelean por la misma sartén. Como una psicóloga que escribe novelas románticas y un publicista que corrige sus inexactitudes anatómicas intentando escribir un libro a cuatro manos.

—No podemos poner eso —dije, señalando la pantalla del portátil.

—¿Por qué no? —Andrés, sentado a mi lado en el sofá, defendía su párrafo con la vehemencia de quien presenta una campaña a un cliente exigente.

—Porque dice: "El amor es como una campaña publicitaria: necesitas un buen eslogan, un público objetivo y un presupuesto ajustado."

—Es una metáfora brillante.

—Es una metáfora horrible. El amor no es una campaña publicitaria. El amor no tiene presupuesto.

—Claro que lo tiene. Tiempo, energía, atención. Son recursos limitados. Hay que gestionarlos bien.

—Andrés. Cariño. Luz de mis ojos. Especialista en hacerme perder la paciencia. Si publicamos eso, mis lectoras me lincharán en redes sociales.

—Tus lectoras adoran mis metáforas publicitarias. Lo dicen en los comentarios de Noveltoom.

—Eso es porque no saben que eres tú quien las escribe.

—¿Y si lo saben?

—Entonces te perdonan porque tienes ojos color avellana y una sonrisa estadísticamente significativa. Pero yo no puedo permitirme ese sesgo.

Llevábamos así tres horas. Tres horas encerrados en el estudio, con el portátil abierto, dos tazas de café vacías y un documento de Word que apenas llegaba a la página dos. El libro conjunto. La gran idea de la editorial. El proyecto que iba a revolucionar el género romántico.

El proyecto que estaba a punto de acabar con nuestra relación.

—Propongo una tregua —dijo Andrés, cerrando el portátil—. Café en El Psicoanálisis. Aire fresco. Y cuando volvamos, abordamos esto con perspectiva.

—¿Qué perspectiva?

—La de que somos un equipo. No dos escritores compitiendo por el mismo párrafo.

—Eso es muy maduro.

—Lo he aprendido de una psicóloga que escribe novelas románticas.

—Esa psicóloga está a punto de tirarte el café a la cabeza.

—Entonces vamos a por ese café. Antes de que cometas un delito.

---

El Psicoanálisis estaba igual que siempre. El mismo neón rosa. Las mismas lámparas de tinta Rorschach. El mismo barista con tatuajes en los antebrazos que nos recibió con un "Bienvenidos al subconsciente. ¿Qué trauma quieren beber hoy?".

—El de siempre —dije—. Y que sea doble.

—¿Doble? —El barista arqueó una ceja—. Eso es grave.

—Estamos escribiendo un libro juntos —explicó Andrés.

—Ah. Doble es poco. Les pongo triple.

Nos sentamos en nuestra mesa de siempre, junto a la ventana. La foto de la gala seguía colgada en la pared, con su placa dorada y su beso inmortalizado. Fuera, Barcelona se desperezaba bajo el sol de febrero. La vida seguía. La gente normal paseaba, reía, se enamoraba sin tener que escribir un libro sobre ello.

—¿Por qué aceptamos esto? —pregunté, dando un sorbo a mi café. Triple. El barista no bromeaba.

—Porque nos pagaron un adelanto muy generoso.

—Aparte de eso.

—Porque creímos que sería fácil. Contar nuestra historia. Sin filtros. Sin ficción.

—Y está siendo lo más difícil que hemos hecho juntos.

—Sí.

Silencio. El silencio de los que se enfrentan a una verdad incómoda. Contar el amor era fácil cuando lo disfrazabas de ficción. Cuando podías cambiar los nombres, exagerar los gestos, inventar diálogos que nunca ocurrieron. Pero contar la verdad, la verdad desnuda de un martes cualquiera, era otra cosa. Era exponerse. Era mostrarse vulnerable. Era decirle al mundo: "Esto somos. Con nuestras discusiones absurdas. Con nuestras tapas de mantequilla extraviadas. Con nuestros gatos delincuentes."

—Tengo una idea —dijo Andrés.

—¿Otra metáfora publicitaria?

—No. Una idea de verdad. ¿Y si en lugar de escribir un libro convencional, escribimos algo distinto? Algo que se parezca más a nosotros.

—¿Como qué?

—Como un diálogo. Una conversación. Tú y yo. Hablando. Discutiendo. Queriéndonos. Sin estructura. Sin capítulos. Solo nosotros.

—Eso es...

—¿Una locura?

—Iba a decir "brillante". Pero locura también.

—¿Lo intentamos?

—Lo intentamos. Pero con una condición.

—Usted dirá.

—Que el primer capítulo lo titulemos: "La tapa de la mantequilla y otros conflictos existenciales."

Andrés sonrió. Esa sonrisa. La suya. La que llevaba casi dos años iluminando mis días, incluso cuando discutíamos por metáforas publicitarias.

—Trato hecho. ¿Lo escribimos ahora?

—Ahora. Antes de que se me pase la inspiración.

Sacó el móvil. Abrió la aplicación de notas. Escribió la primera línea:

"Ella dice que el amor no es una campaña publicitaria. Yo digo que sí. Y en esa discusión llevamos tres años. Y espero que dure toda la vida."

Lo leí. Lo releí. Sentí un nudo en la garganta.

—Es perfecto —dije.

—Lo sé. Lo he aprendido de una escritora que conozco.

—Vas a usar esa frase hasta el final de nuestros días, ¿verdad?

—Hasta el final de nuestros días.

---

Cuando volvimos a casa, Schrödinger nos esperaba en el recibidor. Sentado sobre sus patas traseras. Con una expresión que solo puedo describir como "triunfo contenido".

—¿Qué ha pasado? —pregunté, dejando las llaves en el recibidor.

Schrödinger parpadeó lentamente. Luego se giró y caminó hacia la cocina con paso majestuoso. Lo seguimos.

La nevera estaba abierta. La cerradura magnética, desactivada. El tupper del salmón, vacío sobre el suelo. Y junto a él, una nota escrita con mi propio bolígrafo.

"El código era 1402. San Valentín. Muy predecible. Seguiremos informando."

—Andrés —dije, con una calma que no sentía—. Nuestro gato ha descifrado un código de cuatro dígitos.

—Lo sé.

—Ha deducido que era la fecha de San Valentín.

—Lo sé.

—Y nos ha dejado otra nota.

—Lo sé.

—¿No te parece aterrador?

Andrés se agachó, recogió la nota, la leyó de nuevo. Luego miró a Schrödinger, que nos observaba desde el umbral de la cocina con su desprecio habitual.

—No —dijo finalmente—. Me parece inspirador. Este gato merece su propio capítulo en el libro.

—¿Con voz de Morgan Freeman?

—Con voz de Morgan Freeman. Y derechos de autor en salmón.

Schrödinger emitió un maullido. Uno solo. Breve. Conciso.

Que significaba, claramente: "Trato hecho."

---

Aquella noche, con el portátil abierto en el salón y Schrödinger roncando en su cojín (satisfecho, saciado, triunfante), Andrés y yo escribimos el primer capítulo de nuestro libro conjunto.

Lo titulamos: "La tapa de la mantequilla y otros conflictos existenciales."

La primera línea decía:

"El amor no es una campaña publicitaria. Pero si lo fuera, tendría el mejor eslogan del mundo: 'Tú y yo. Y un gato que abre neveras.'"

Y por primera vez en tres horas, estuvimos de acuerdo.

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