"Luna heredó una cabaña en un pueblo maldito donde vampiros, hombres lobo y la mafia se disputan el derecho a poseerla, sin saber que ella es la última Heredera de la Niebla y la única capaz de destruirlos a todos."
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CAPÍTULO 9: LOS QUE LLEGARON ANTES
La foto ardió en la chimenea de la cabaña.
Luna la había arrojado al fuego sin pensarlo, movida por un asco visceral que le retorcía el estómago. Las llamas lamieron el papel amarillento, y por un instante, la imagen de Margaret y la bebé Luna se retorció como si estuviera viva.
Luego, ceniza.
—No deberías haber hecho eso —dijo Viktor, desde la penumbra de la cocina.
—¿Por qué? ¿La foto era importante?
—No la foto. El gesto. Has quemado algo que te pertenecía. En el lenguaje de la Niebla, eso es una ofrenda.
Luna se giró hacia él. El vampiro estaba sentado en la misma silla que la noche anterior, con la misma elegancia inhumana, pero algo en su rostro había cambiado. Estaba tenso. Preocupado.
—No sabía que era una ofrenda —respondió Luna, secándose las manos en los pantalones—. Solo quería que desapareciera.
—Pues ya no está —interrumpió Alec desde la puerta. Seguía sin camisa, con el corte de la ceja ya cicatrizado—. Y eso es lo que importa. Ahora tenemos que hablar de lo que vimos en la cueva.
—Vimos a la Bruja Original —dijo Dante, que estaba apoyado en la encimera de piedra, con los brazos cruzados—. Y vimos a Margaret. Está viva.
—Por ahora —precisó Viktor.
Luna sintió cómo algo se retorcía dentro de ella. Rabia. Miedo. Algo más.
—Vamos a sacarla —dijo, y su voz no admitía réplica—. Antes del viernes.
—No es tan sencillo —Alec se pasó una mano por el pelo revuelto—. La Bruja Original no es un enemigo normal. No se puede matar. No se puede engañar. Solo se puede...
—¿Solo se puede qué? —Luna lo fulminó con la mirada.
—Reemplazar —respondió Dante en voz baja—. O cerrar la puerta desde fuera, dejándola dentro para siempre.
—Pero si cerramos la puerta desde fuera —dijo Luna, recordando las palabras del diario—, Margaret se queda dentro. Con ella.
Silencio.
Ese era el problema. El problema que Margaret había arrastrado durante setenta años. El problema que ahora era de Luna.
—Hay otra opción —dijo Viktor, y su voz era tan baja que casi no se oía—. Algo que los ancianos de mi estirpe mencionaban en los pergaminos más antiguos. Algo anterior a la Bruja Original.
Luna se acercó.
—¿El qué?
—Los Espíritus de los Primeros. Los que habitaron este valle antes de que los humanos pusieran un pie aquí. Antes de los vampiros. Antes de los lobos. Antes de todo.
—Cuentos de viejas —gruñó Alec.
—Los mismos cuentos de viejas que mencionaban a las Brujas de la Niebla —replicó Viktor—. Y mira dónde estamos.
Dante se enderezó.
—Mi abuelo hablaba de ellos. Decía que los Primeros no eran ni buenos ni malos. Eran... testigos. Y que si alguien conseguía invocarlos, podía reescribir las reglas del valle.
—¿Reescribir las reglas? —Luna frunció el ceño—. ¿Como qué reglas?
—Como la regla de que la Bruja Original no puede ser derrotada —dijo Viktor—. Como la regla de que la puerta solo puede cerrarse con sangre de Heredera. Como la regla de que los vampiros, los lobos y los humanos están condenados a odiarse para siempre.
El silencio se hizo denso.
Luna miró el diario, que seguía sobre la mesa. Sus páginas parecían brillar en la penumbra, como si supieran algo que ella no.
—¿Cómo se invoca a los Primeros? —preguntó.
—No lo sabemos —admitió Viktor—. Los pergaminos estaban incompletos. Solo decían que había que leer las palabras adecuadas en el lugar adecuado. Y que esas palabras estaban escritas en algún sitio de este valle.
—¿En algún sitio? —Luna soltó un suspiro de frustración—. ¿Me estáis diciendo que tenemos que buscar una aguja en un pajar mientras la Bruja Original cuenta atrás?
—Más o menos —dijo Dante.
—Genial.
Luna se dejó caer en la silla, frente al diario. Sus dedos acariciaron la cubierta de piel desgastada. Setenta años de palabras. Setenta años de secretos.
Y entonces lo entendió.
No tenía que buscar las palabras en ningún sitio.
Ya las tenía.
—El diario —susurró.
—¿Qué? —Alec se acercó.
—El diario de mi abuela. Ella vivió aquí setenta años. Ella sabía todo sobre la Bruja Original. Si alguien encontró las palabras para invocar a los Primeros, fue ella.
Luna abrió el diario por la mitad. Las páginas crujieron. Sus ojos recorrieron los párrafos a la velocidad de la desesperación.
Y entonces lo vio.
No era una entrada normal. Estaba escrita con una tinta diferente, más oscura, casi negra. Y la letra no era la de Margaret.
«Yo, Margaret Morelli, Bruja de la Niebla, habiendo visto el abismo y habiendo mirado su rostro, dejo constancia de lo que los Primeros me susurraron en la cueva de la cascada. Estas son las palabras que no deben ser dichas en voz alta, salvo que se esté dispuesto a pagar el precio:»
Seguían once líneas en un idioma que Luna no conocía. No era latín. No era griego. No era nada que hubiera visto en ningún libro.
Pero cuando sus ojos las recorrieron, supo lo que decían.
Como si alguien se lo estuviera traduciendo en tiempo real dentro de su cabeza.
—Luna —dijo Dante, alerta—. Tus ojos.
Luna parpadeó. No entendió qué quería decir hasta que se vio reflejada en la ventana.
Sus ojos violetas estaban brillando.
No metafóricamente. Brillando. Como si tuvieran luz propia.
—Estás canalizando —dijo Viktor, y su voz tenía un deje de asombro reverencial—. Sin entrenamiento. Sin preparación. Solo leyendo.
—No estoy leyendo —respondió Luna, sin apartar la vista de las palabras—. Estoy recordando.
Las once líneas ardían en su retina. Podía cerrar los ojos y seguirlas viendo. Podía abrirlos y sentirlas en la lengua, como si siempre las hubiera sabido.
—Tengo que leerlas —dijo.
—No —Alec la agarró del brazo—. No sabes qué va a pasar.
—Por eso mismo tengo que leerlas. Porque no lo sé. Porque si esperamos al viernes, ya será tarde.
—Luna...
—Suéltame, Alec.
Él la soltó.
Luna respiró hondo. Cerró los ojos. Y leyó.
No en voz alta al principio. Las palabras salían de sus labios como un susurro, como una oración olvidada, como una canción de cuna que alguien le cantó hace mucho, mucho tiempo.
«A los que llegaron antes que la piedra, antes que el agua, antes que el fuego...»
La cabaña tembló.
«A los que vieron nacer las estrellas y las apagarán cuando llegue su hora...»
La chimenea rugió. Las llamas se alzaron hasta el techo, pero no quemaron nada.
«A los que no tienen nombre porque todos los nombres les pertenecen...»
La niebla golpeó las ventanas. No desde fuera. Desde dentro. Como si quisiera entrar en la cabaña, como si la cabaña fuera un pulmón y la niebla el aire.
Luna abrió los ojos. Ya no brillaban. Ardían.
Y leyó las últimas líneas con una voz que no era solo la suya:
«Os invoco. Os ofrezco mi sangre. Os ofrezco mi tiempo. Os ofrezco mi nombre. Venid. Juzgad. Y si lo merecemos, salvadnos.»
El silencio que siguió fue tan absoluto que Luna oyó el latido de su propio corazón.
Bum. Bum. Bum.
Y luego, otro latido.
No el suyo.
Bum.
Otro.
Bum.
Otro más.
Bum.
La cabaña entera latía. Las paredes. El suelo. El techo. Todo vibraba al ritmo de un corazón que no estaba en ninguna parte y en todas a la vez.
Las velas se apagaron.
La chimenea se extinguió.
La oscuridad fue total.
Y en esa oscuridad, algo habló.
No era una voz. Eran muchas. No eran humanas. No eran bestias. No eran nada que Luna pudiera clasificar.
«Te hemos oído, Heredera.»
Luna contuvo el aliento.
«Hacía mucho tiempo que nadie nos invocaba. Setenta años, para ser exactos. La última fue Margaret.»
—¿Mi abuela? —susurró Luna.
«Tu abuela. Nos pidió que protegiéramos a su descendencia. Le dijimos que la protegeríamos, pero que no podríamos evitar que sufriera. Aceptó. Y ahora estás aquí.»
—Necesito vuestra ayuda.
«Lo sabemos. Necesitas cerrar la puerta. Necesitas salvar a Margaret. Necesitas evitar que la Bruja Original salga.»
—¿Podéis hacerlo?
Silencio.
Luego, la voz —las voces— respondieron:
«Podemos hacer más que eso, Heredera. Podemos devolverte lo que la Bruja Original te robó antes de que nacieras.»
—¿Qué me robó?
«Tu destino. Tú no tenías que ser la Heredera. Margaret lo sabía. Por eso huyó del valle cuando tu madre estaba embarazada. Por eso te crio en la ciudad, lejos de la niebla. La Bruja Original no te eligió, Luna. Te secuestró. Te marcó. Y te convirtió en lo que eres.»
Luna sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies.
—¿Entonces todo esto... la profecía... los tres días...?
«Una mentira. Una mentira muy antigua. La Bruja Original no puede salir. Está atrapada. Lo que quiere es que la reemplaces para poder escapar. Margaret lo descubrió. Por eso la encerró.»
—¿Mi abuela encerró a la Bruja? ¿Cómo?
«Con su vida. Mientras Margaret viviera, la Bruja no podía salir. Pero Margaret se hizo vieja. Se cansó. Y hace tres semanas, la Bruja la engañó. Le ofreció la libertad a cambio de un día. Solo un día. Margaret aceptó. Y en ese día, la Bruja la atrapó.»
Luna apretó los puños.
—Entonces si mi abuela sigue viva...
«La Bruja sigue atrapada. Pero por poco tiempo. Cuando Margaret muera —y morirá, porque es humana y está vieja— la Bruja quedará libre. A menos que alguien ocupe su lugar.»
—¿O la cierre para siempre? —preguntó Luna.
Las voces callaron.
Y entonces, en la oscuridad, algo cambió. Las velas se encendieron solas. La chimenea rugió de nuevo.
Y en el centro de la mesa de pino, sobre el diario abierto, había una llave.
No era una llave normal. Era de hueso. Hueso blanco, antiguo, grabado con los mismos símbolos que Luna había visto en la cueva.
«Toma la llave, Heredera. El viernes, a medianoche, vuelve a la cueva. Abre la puerta con tu sangre. Y dentro, encontrarás a la Bruja Original. No la reemplaces. Enfrentala.»
—¿Puedo ganarle?
«Sí. Porque tú no eres solo una Bruja de la Niebla, Luna. Tú eres algo que ella no espera.»
—¿Qué soy?
Las voces susurraron, y en ese susurro había algo que parecía una sonrisa:
«La vengadora de Margaret.»
La oscuridad se disipó.
Las velas ardían con normalidad. La chimenea crepitaba. El diario estaba cerrado.
Y en la mano de Luna, fría y pesada, la llave de hueso.
Los tres reyes la miraban en silencio. Habían oído todo. Habían visto todo.
Alec fue el primero en hablar.
—¿Y ahora qué?
Luna apretó la llave contra su pecho. Sus ojos violetas ya no brillaban, pero algo en ellos había cambiado.
Ahora tenían el color exacto de la niebla al amanecer.
El color de la venganza.
—Ahora —dijo— nos preparamos.