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CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

CIEN DIAS DE AMOR FORZADO:LA ESPOSA DEL MANGNATE

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor prohibido / Romance
Popularitas:5.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?

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capitulo 13

La noche se sentía como una herida abierta. Me quedé sentada en la oscuridad de mi habitación, escuchando cómo el viento castigaba los ventanales, una banda sonora perfecta para el desastre en el que se había convertido mi vida en apenas diez días. Dante me había pedido que me fuera. El hombre que me había besado con la desesperación de un náufrago unas horas antes, ahora me miraba como si fuera el residuo de una pesadilla que necesitaba borrar.

Me levanté y, sin encender la luz, caminé hacia el balcón. El aire frío me golpeó el rostro, pero no fue suficiente para disipar la calidez residual de su toque que todavía sentía en mi piel. "Vanessa". El nombre seguía ahí, flotando en el aire como una maldición. Yo había sido el sustituto de una sustituta. Un eco de un amor que lo había dejado en ruinas.

—¿Zoe? —la voz de Rosa, suave y cargada de preocupación, llegó desde la puerta.

—Pasa, Rosa —dije, sin darme la vuelta.

Ella entró y encendió una pequeña lámpara de mesa. La luz cálida hizo que la habitación pareciera menos una celda y más un refugio, aunque fuera temporal.

—He oído gritos en el vestíbulo. El señor Volkov ha despedido a dos de los hombres de seguridad y se ha encerrado en el bar. Nunca lo había visto así, ni siquiera cuando la... —se detuvo, sabiendo que pisaba terreno peligroso.

—Cuando Vanessa se fue —completé la frase por ella. Me giré y vi la lástima en sus ojos. No quería lástima. Quería justicia, o al menos una salida que no implicara dejar a mi madre a merced de la beneficencia—. Él cree que soy como ellas, Rosa. Cree que cada mujer tiene un precio y que yo solo estoy esperando a que la oferta suba.

—Él tiene el corazón endurecido, niña. Pero sus ojos... sus ojos no mienten cuando te mira a ti. No es el mismo brillo que tenía con la otra.

—Anoche me usó. Lo admitió.

Rosa suspiró y se acercó para dejar una bandeja con té de tila en la mesita de noche.

—A veces, los hombres dicen las mentiras más crueles cuando más miedo tienen de la verdad. Descanse. Mañana las cosas se verán distintas.

Pero la mañana no trajo claridad, solo una neblina espesa que envolvía la mansión. Me vestí con unos pantalones oscuros y un jersey de punto, algo que me hiciera sentir protegida. Al bajar, me sorprendió encontrar la casa sumida en un silencio sepulcral. No había rastro de Dante ni de sus abogados.

Caminé hacia el comedor, pero mi instinto me llevó hacia el jardín de invierno. Allí, sobre la mesa donde habíamos cenado la noche anterior, había un sobre de papel manila. Tenía mi nombre real escrito con la caligrafía afilada de Dante: **Zoe de la Vega**.

Lo abrí con manos temblorosas. Eran los papeles de la rescisión del contrato. Dante me entregaba el pago completo de los cien días, a pesar de que solo habían pasado diez. Había un cheque con una cifra que solucionaría la vida de mi madre para siempre. Y una nota: *"Vete hoy. Un coche te llevará a donde decidas. No mires atrás"*.

Sentí un vacío punzante en el estómago. Debería estar feliz. Tenía lo que quería. Podía volver a mi estudio pequeño, a mis óleos baratos y a mi anonimato. Podía dejar de ser Elena y volver a ser Zoe. Pero el cheque se sentía como el precio de mi silencio, como el pago por haber permitido que el "Glaciar" se derritiera por un segundo sobre mi piel.

—No voy a firmar esto —susurré para mí misma.

Fui al despacho. No toqué. Entré como si la dueña de la casa fuera realmente yo. Dante estaba sentado tras su escritorio de caoba, rodeado de pantallas con gráficos de bolsa que caían en picado. Se veía demacrado, con la sombra de una barba de dos días y los ojos hundidos. Al verme, su mandíbula se tensó.

—Te dije que te fueras, Zoe. El coche está esperando abajo.

—No soy una de tus acciones, Dante. No puedes venderme o liquidarme cuando el mercado se pone difícil —arrojé el sobre sobre su mesa—. Quédate con tu dinero. Me quedo los noventa días que faltan.

Él se levantó lentamente, su altura llenando el espacio de la oficina, volviéndola opresiva. Caminó hacia mí, deteniéndose a solo unos centímetros. Su presencia era una tormenta eléctrica que me erizaba el vello de los brazos.

—¿Eres idiota? Te estoy dando la libertad y el dinero. ¿Qué más quieres? ¿Quieres que te humille más? Vanessa vendrá mañana con los abogados para la firma del acuerdo de confidencialidad. Ella te destrozará si te encuentra aquí. Ella sabe quién eres, Zoe. Sabe lo de la sustitución.

—Que venga —dije, clavando mis ojos en los suyos—. No le tengo miedo a ella, y ya he descubierto que no te tengo miedo a ti. Me necesitas, Dante.

Él soltó una carcajada seca, carente de humor.

—¿Necesitarte? ¿Para qué? ¿Para que me pintes un cuadro mientras el imperio que construí se desmorona?

—Para que no olvides que eres un hombre, no una máquina de generar dividendos. Me necesitas para que, cuando Vanessa intente recordarte tu pasado, yo esté aquí para recordarte que hay un presente que no puedes comprar con documentos robados. Ella te tiene chantajeado con el 2022, ¿verdad? Julian me lo dijo.

Dante me tomó de los hombros, sus dedos apretando con una fuerza que no era ira, sino pura desesperación contenida.

—Si te quedas, serás parte del naufragio. Ella filtrará la verdad sobre tu padre y sobre ti. Irás a la cárcel por suplantación de identidad.

—Correré el riesgo. Pero no me iré así. No después de lo que pasó anoche. No me vas a convertir en otro de tus "errores".

Me soltó y se dio la vuelta, apoyando las manos en el ventanal. Vi cómo sus hombros subían y bajaban con pesadez. El Glaciar estaba luchando por reconstruirse, pero yo había dejado demasiadas grietas.

—Tienes tres días —dijo finalmente, sin mirarme—. Si en tres días no he encontrado una forma de neutralizar a Vanessa, te sacaré de aquí a rastras, aunque tenga que llamar a la policía yo mismo para que te lleven lejos de mí.

Salí del despacho sintiendo una victoria amarga. No sabía cómo iba a ayudarlo, pero sabía que no podía dejarlo solo en ese nido de víboras.

Fui a mi estudio y, por primera vez en días, sentí que la inspiración volvía, pero esta vez era distinta. No era una tormenta, era un incendio. Empecé a pintar con una rapidez febril. Rojo, naranja, negro. Pinté la traición de Vanessa, la cobardía de mi padre y la soledad de Dante. Pinté mi propia caída.

A media tarde, recibí una llamada. Mi teléfono personal, el que mantenía oculto, vibraba con un número que no conocía.

—¿Diga?

—Hola, Zoe. O mejor dicho... hermana querida.

La sangre se me congeló. Era la voz de Elena. Mi hermana gemela, la que se supone que estaba en algún lugar de Europa gastando el dinero de su amante. Su tono era juguetón, pero conocía ese matiz: era el tono que usaba antes de destruir algo que yo amaba.

—Elena... ¿dónde estás? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.

—Cerca. Muy cerca. Me he enterado de que te estás divirtiendo mucho en mi cama. ¿Crees que no me llegan noticias? He visto las fotos de la gala benéfica. Te ves... aceptable. Pero te falta clase, Zoe. Siempre te faltó ese toque de crueldad que tanto le gusta a los hombres como Dante.

—Dante sabe que no soy tú, Elena. Ya no tiene sentido que sigas con esto.

—Oh, tiene todo el sentido del mundo. Porque Vanessa Sterling se puso en contacto conmigo. Me ha hecho una oferta que no puedo rechazar. Ella quiere a Dante, y yo quiero mi parte de la herencia que papá nos "prometió".

—No te atrevas a volver aquí para ayudarla a destruirlo.

—No necesito ayudarla, hermanita. Ella ya tiene todo lo que necesita. Pero me ha pedido que haga una aparición estelar. El público ama los dramas, y ¿qué hay más dramático que dos esposas iguales en la misma habitación? Prepárate, Zoe. Voy a recuperar mi lugar, y tú vas a volver al barro de donde nunca debiste salir.

Colgó. Me quedé mirando el teléfono, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. El Bloque 3 de mi planificación estaba ocurriendo antes de tiempo. La traición venía en camino y esta vez tenía mi propio rostro.

Busqué a Dante por toda la casa, pero Arthur me dijo que había salido a una reunión de emergencia en el centro. Me sentí sola, más sola que nunca. Fui a la biblioteca y busqué en los archivos legales que Julian Miller había dejado olvidados. Si Vanessa tenía documentos de 2022, debía haber una copia, un registro, algo que me diera una palanca para defenderme.

Pasé horas revisando folios de transacciones navieras y fusiones corporativas. Mis ojos me escocían bajo la luz de la lámpara. Y entonces, lo vi. Un nombre que se repetía en las sombras de las empresas pantalla de los Sterling: **de la Vega Investments**.

Mi padre no solo había vendido a su hija. Había sido el cómplice de Vanessa en la traición original de 2022. Él había ayudado a filtrar la información para hundir a Dante y luego se había hecho pasar por su aliado para mendigarle dinero. La náusea fue tan fuerte que tuve que cerrar el libro y respirar hondo.

Dante no me odiaba solo por ser una de la Vega. Me odiaba porque mi familia era el cáncer que había consumido su confianza desde el principio.

Escuché el coche de Dante entrar en el garaje. Salí a recibirlo, pero antes de que pudiera llegar al vestíbulo, la puerta principal se abrió de par en par.

No era Dante.

Era Vanessa Sterling, vestida con un traje de seda roja que parecía sangre bajo las luces de la mansión. Y a su lado, con una sonrisa de victoria y un vestido idéntico al que yo llevaba puesto la noche del primer beso, estaba ella.

Elena.

Me quedé helada en medio del pasillo. Era como mirarme en un espejo distorsionado por el odio. Vanessa me miró de arriba abajo con un desprecio infinito.

—Vaya, la impostora se ha puesto cómoda —dijo Vanessa, cruzándose de brazos—. Elena, querida, ¿no vas a saludar a tu amable hermana?

—Hola, Zoe —dijo Elena, dando un paso adelante. Su voz era una copia exacta de la mía, pero el brillo de sus ojos era puro veneno—. Gracias por calentarle el lugar a la verdadera señora Volkov. Pero el tiempo de juegos se ha terminado.

En ese momento, la puerta del despacho se abrió y Dante apareció. Se detuvo en seco al ver la escena. Su mirada saltó de Elena a mí, y luego a Vanessa. Vi cómo sus ojos se volvían dos piezas de hielo, cómo su postura se enderezaba hasta volverse una estatua de furia contenida.

—¿Qué significa esto? —su voz fue un trueno que sacudió los cimientos de la casa.

—Significa, Dante —dijo Vanessa, caminando hacia él con una elegancia depredadora—, que la farsa se ha acabado. Aquí tienes a tu legítima esposa, la mujer con la que firmaste el contrato. Y aquí tienes a la estafadora que se coló en tu casa para robarte mientras tú estabas demasiado borracho para notar la diferencia.

Dante no miró a Vanessa. Me miró a mí. Y en ese silencio, sentí que los diez días de amor forzado se desintegraban, dejándome solo con la cruda realidad de una deuda que ya no podía pagar con mentiras.

1
Rozalia Dragos
Entretenido Muy bueno
ana vasquez
un tira y encoje entretenido, eso sí 🤭
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