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Destino Póstumo

Destino Póstumo

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Traiciones y engaños / Omegaverse
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Marcela Salazar S.

Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?

NovelToon tiene autorización de Marcela Salazar S. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

la trampa

La chica le mintió a Carlos. Le dijo que se reunirían varias personas para que él les diera un refuerzo en química. Que lo necesitaban. Que era el único que podía ayudarles.

Carlos había aceptado por fin.

No porque le gustara ser el centro de atención. No porque se sintiera seguro enseñando. Sino porque quería tener amigos. Desde que sus padres murieron, su mundo se había reducido a su abuela y a los libros. Los compañeros lo miraban con indiferencia. Nadie se acercaba. Nadie lo invitaba a nada.

Hasta ahora.

Se sintió útil. Necesario. Como si por fin pudiera ser algo más que "el chico tímido que perdió a sus padres".

Llegó a la casa de la chica con una mochila llena de apuntes. Iba nervioso, pero emocionado. Había repasado la lección la noche anterior, solo para estar seguro.

La chica lo recibió con una sonrisa que a él le pareció amable.

—Pasa —dijo—. Espérame en mi habitación. Voy a preparar bebidas y algo para picar mientras. Las demás llegarán pronto.

Carlos asintió. Subió las escaleras. Entró a la habitación.

No sabía en la trampa que había caído.

---

La habitación era amplia. Olía a flores y a perfume juvenil. Había una cama grande, un escritorio desordenado, posters en las paredes. Carlos se sentó en el borde de la cama, con la mochila en el regazo. Esperó.

Pasaron los minutos.

Nadie llegó.

Escuchó pasos en el pasillo. La puerta se abrió.

No era la chica.

Era Esteban.

Carlos se puso de pie de un salto. La mochila cayó al suelo. Los apuntes se desperdigaron por la alfombra.

—¿Qué... qué haces aquí? —preguntó, con la voz quebrada.

Esteban sonrió. Esa sonrisa amplia que antes le parecía guapa. Ahora, en la penumbra de la habitación, le pareció otra cosa. Algo que no sabía nombrar.

—La química —dijo Esteban, cerrando la puerta detrás de él—. Viniste a dar una clase de química, ¿no?

—Dijeron que éramos varios...

—Era mentira. Solo soy yo.

Carlos retrocedió un paso. La cama le dio en la parte trasera de las rodillas.

—No entiendo.

—Que me gustas, Carlos —dijo Esteban, acercándose—. Y estoy cansado de que huyas.

Carlos negó con la cabeza. Sus manos temblaban. Su corazón latía con fuerza, pero no era emoción. Era miedo. Un miedo que no entendía, porque nunca había tenido motivos para tener miedo.

Él siempre había sido inocente en su vida.

Sus padres, una pareja de dos alfas que lo amaban mucho, lo habían consentido demasiado como su único hijo. Le dieron todo. Lo protegieron de todo. Nunca le faltó nada.

Pero también lo aislaron sin querer. Lo llenaron de regalos pero no de herramientas para enfrentar el mundo. Carlos no sabía detectar mentiras. No sabía ver segundas intenciones. No sabía que hay personas que sonríen mientras planean hacerte daño.

Lastimosamente, ellos murieron en un viaje de negocios mientras viajaban en avión. Un accidente. Una turbulencia. Una noticia que llegó por teléfono mientras Carlos estaba en clase.

Su mundo se partió en dos.

Ahora vivía con su abuela. Una mujer mayor, cansada, que lo quería pero que ya no tenía la energía de antes. Todo el dinero de sus padres estaba en manos de su albacea, un hombre serio que manejaba sus bienes mientras él fuera mayor de edad y pudiera encargarse.

Carlos tenía dinero. Tenía una casa. Tenía una abuela.

Pero no tenía a nadie que le enseñara que el chico guapo de ojos azules no siempre es un príncipe azul.

—Por favor —dijo Carlos, con la voz apenas un susurro—. Déjame irme.

Esteban dio otro paso. Ahora estaban muy cerca. Carlos podía sentir su calor. Su olor a colonia cara y a algo más. Algo que no sabía identificar.

—No quiero que te vayas —dijo Esteban, levantando una mano para tocarle la mejilla—. Quiero que te quedes.

Carlos giró la cara. La mano de Esteban rozó su cuello. Sus dedos se cerraron alrededor de su nuca con una firmeza que no era violenta... todavía.

—Tranquilo —susurró Esteban—. Vas a ver que te va a gustar.

Carlos cerró los ojos.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.

Y en algún lugar de su mente, muy al fondo, una vocecita le decía que nada volvería a ser igual después de ese día.

Carlos intentó poner distancia entre los dos. Sacó fuerzas de donde no tenía y le dijo que no se sentía cómodo. Que quería irse.

La decepción se mostraba en sus ojos.

No solo por él. Por la trampa. Por la mentira. Por haber creído que alguien quería ser su amigo.

—No te sientes cómodo —repitió Esteban, con una voz que ya no era suave. Tenía un filo nuevo. Un borde cortante—. Llevo semanas detrás de ti. He sido paciente. He sido amable. Y tú siempre huyes.

—Lo siento —susurró Carlos—. No es mi intención...

—Pero ya me cansé.

Esteban se cansó del rechazo. Se cansó de perseguir a la liebre. Tomó la decisión: aquí y ahora, Carlos sería suyo. Fuera como fuera.

Había querido ser bueno. Solo quería probarlo una vez, como hacía con todos. Pero algo en Carlos le decía que una vez no sería suficiente. Que este chico tímido, de mejillas sonrosadas y mirada esquiva, iba a engancharlo de una forma que no podía explicar.

Y eso lo asustaba.

Y eso lo enfurecía.

—Hoy no saldrás de aquí hasta que seas mío —dijo, dando un paso hacia adelante—. Y aún así, siempre estarás en mis manos.

Carlos vio en los ojos de Esteban la locura. No era pasión. No era deseo. Era otra cosa. Algo oscuro. Algo que nunca había visto antes.

Su cuerpo tembló. No era expectativa. No era nerviosismo. Era instinto primogénito. La parte más antigua de su cerebro le gritaba que se fuera. Que huyera. Que eso no era amor. Que nunca lo había sido.

Pero no pudo.

Esteban lo lanzó sobre la cama con una fuerza que le robó el aire. Se posó sobre él, aprisionándolo con su peso. Las sábanas olían a flores. Todo era suave. Todo era blanco. Pero las manos de Esteban eran duras. Apretaban sus muñecas contra el colchón.

—Por favor —suplicó Carlos, con la voz rota—. Por favor, déjame ir.

Esteban no respondió. Solo lo miró. Y en sus ojos azules ya no había nada del chico guapo que le había sonreído en el salón de clases.

Carlos intentó liberarse. Usó todas sus fuerzas. Forcejeó. Pataleó. Trató de girar el cuerpo. Pero Esteban era más grande, más fuerte, más pesado. Cada movimiento de Carlos era respondido con más presión. Más peso. Más imposibilidad.

Su desesperación aumentaba.

—Quieto —ordenó Esteban, con la voz ronca.

Carlos no obedeció. Siguió peleando. No sabía pelear. Nunca había tenido que hacerlo. Pero su cuerpo sabía. Su cuerpo quería vivir. Su cuerpo quería escapar.

Esteban al notar la pelea de Carlos se desesperó. No estaba acostumbrado a que le dijeran que no. No estaba acostumbrado a que se resistieran. Su paciencia se rompió como un hilo demasiado tenso.

Por impulso, le dio una bofetada.

El golpe no fue fuerte. No para alguien acostumbrado a los golpes. Pero la piel de Carlos era tan delicada. Nunca había sido maltratado. Nunca. Sus padres lo habían protegido de todo. De las malas palabras. De las malas personas. De la maldad del mundo.

Su boca supo a sangre inmediatamente.

El sabor metálico le llenó la lengua. El labio le ardió. Y algo dentro de él se rompió. No un hueso. No un diente. Algo más profundo. Algo que no tenía nombre.

Carlos se quedó congelado.

Su cuerpo dejó de responder. Los brazos cayeron flácidos a los lados. Las piernas dejaron de patalear. Los ojos se abrieron, fijos en el techo blanco, en la lámpara de luces tenues, en algún punto que no estaba allí.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

No las dejó caer.

No podía.

No podía hacer nada.

—Así me gustas —susurró Esteban, bajando la cabeza hacia su cuello—. Quieto. Callado. Tuyo.

Y Carlos cerró los ojos.

Y dejó de estar allí.

Su mente se fue a otro lugar. A un lugar donde no había manos apretando sus muñecas. No había peso sobre su pecho. No había labios recorriendo su piel.

Se fue a la cocina de su casa, con su madre preparando galletas. Se fue al jardín, con su padre enseñándole a plantar flores. Se fue a la sala, con los dos viendo una película en el sofá, los tres juntos, los tres felices, los tres completos.

Mamá, pensó. Papá. Ayúdenme.

Pero ellos no estaban.

Y nadie iba a ayudarlo.

Y cuando Esteban terminó, se levantó como si nada. Se arregló la camisa. Se miró en el espejo de la chica. Pasó una mano por su pelo negro.

—No le digas nada a nadie —dijo, sin mirarlo—. Si hablas, voy a decir que tú quisiste. Que me provocaste. Y todos me van a creer a mí.

Salió de la habitación.

Cerró la puerta.

Carlos se quedó solo.

En la cama.

Con la sangre secándose en el labio partido.

Con la ropa rota.

Con el alma hecha pedazos.

Pasaron minutos. Una hora. No supo cuánto tiempo estuvo allí, mirando el techo, sin llorar, sin moverse, sin pensar.

Después, escuchó pasos en el pasillo. La chica asomó la cabeza. La que lo había engañado. La que lo había traicionado.

—Carlos... —dijo, con una voz que intentaba sonar preocupada—. ¿Estás bien?

Carlos no respondió.

Se incorporó. Se puso de pie. Sus piernas temblaban. Recogió su mochila del suelo. Los apuntes de química seguían esparcidos por la alfombra, como pétalos de una flor muerta.

No los recogió.

Salió de la habitación. Bajó las escaleras. Atravesó la puerta.

Afuera, el sol seguía brillando.

Los pájaros seguían cantando.

El mundo seguía girando.

Como si nada hubiera pasado.

Carlos caminó hasta su casa. No recordó el trayecto. No recordó haber abierto la puerta. No recordó haberse metido a la ducha.

Pero de repente estaba allí, bajo el agua caliente, frotándose la piel hasta enrojecer, tratando de borrar lo que no se podía borrar. Froto su cuello y siento ardor.

Y entonces, recién entonces, las lágrimas llegaron. Se dió cuenta q Esteban lo había marcado.

Y no pararon de caer en mucho, mucho tiempo.

1
cristal
así se llama mi maestro🤭
Marcela Salazar S.: q coincidencia, y es maestro de q materia? 🤭
total 1 replies
Maru19 Sevilla
Para mí que la abuela es mala
Maru19 Sevilla
Oohhh😱 otra encrucijada 👏👏👏
Marcela Salazar S.
muy bien libro, lo recomiendo totalmente
Maru Sevilla
Espero que tengan una buena vida pronto 🥰
Marcela Salazar S.: claro q si. pero no sé q tan pronto 😋🤭
total 1 replies
Maru Sevilla
Que buenos personajes 🥰🥰🥰🥰
Maru19 Sevilla
Bravo!!!! Así se hace, arriba el Omega!!!👏👏👏👏
Marcela Salazar S.: el es alguien fuerte. ya lo demostró. ahora se viene el almorsh
total 1 replies
Maru19 Sevilla
Hay no!!!!😭
Maru19 Sevilla
Que terror 😱
Maru19 Sevilla
Madres!!! de dónde salió este loco?
la potaxia 63
🥰🥰🥰
Marcela Salazar S.: gracias por el apoyo a la novela, espero te esté gustando 🥰
total 1 replies
Maru19 Sevilla
Me quedo con el Jesús en la boca!!!!! Por favor que lo encuentren rápido 😭
Maru19 Sevilla
Que giro de la historia /Panic/
Maru19 Sevilla
Que mala noticia, de tu percance😭😭😭 cuídate mucho autora, lo primero siempre serás tú, gracias por tu información, esperaré tu pronta recuperación 🥰🥰🥰🥰 Mejórate pronto ❤️❤️❤️❤️
Maru19 Sevilla
Muy bonita novela , ojalá ya atrapen al maldito Esteban/Left Bah!/
Maru19 Sevilla
Pero Gabriel no cerró la puerta /Facepalm/
Maru Sevilla
Bravo por Gabriel 👏👏👏👏
Maru Sevilla
Que bueno!!! ya era hora una mano amiga
Maru Sevilla
Que buena historia!!! Más capítulos autora por favor 👏👏👏👏
Maru Sevilla
Maldito enfermo!! Que ganas de horcarlo
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