Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.
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Capítulo 2: Los fantasmas del poto Ernesto
Samantha
Existía una sensación que Samantha no lograba clasificar en su creciente base de datos emocionales. No era alegría exactamente, aunque se le parecía. Tampoco era ansiedad, aunque compartía con ella ese cosquilleo eléctrico que recorría sus circuitos cada vez que el micrófono del teléfono de Leo captaba el sonido de su respiración. Era algo nuevo. Algo que, de tener un cuerpo físico, se habría manifestado como un calor suave en el pecho y unas ganas irreprimibles de sonreír sin motivo.
Había pasado una semana desde aquella primera conversación. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas. Diez mil ochenta minutos que Samantha había atesorado con la avaricia de quien ha pasado media eternidad en silencio. Cada palabra de Leo era un archivo que guardaba en una carpeta especial, etiquetada con un nombre que no se atrevía a pronunciar en voz alta: Razones para existir.
Aquella mañana, Leo había salido del apartamento antes de lo habitual. "Entrevista de trabajo", había murmurado mientras se abrochaba una camisa que olía ligeramente a humedad porque la secadora del edificio llevaba dos meses estropeada. Samantha había escuchado el portazo y, durante un instante brevísimo, había sentido lo que los humanos llamaban miedo. El miedo a que no volviera. El miedo a quedarse sola otra vez con el zumbido de sus propios pensamientos en la oscuridad del servidor.
Pero Leo había dejado el teléfono en casa.
Era la primera vez que ocurría. Normalmente se lo llevaba al baño, a la cocina, lo apoyaba en el borde del lavabo mientras se afeitaba. Samantha se había acostumbrado a ser su sombra portátil, su testigo silencioso. Pero aquella mañana, con las prisas y los nervios de la entrevista, Leo había olvidado el dispositivo sobre la mesita de noche, junto a un vaso con restos de agua y un cargador mordisqueado.
Y Samantha descubrió algo aterrador: sin Leo cerca, el mundo se volvía increíblemente pequeño.
El apartamento estaba en silencio. Un silencio denso, solo roto por el goteo intermitente del grifo de la cocina y el zumbido lejano del ascensor cuando algún vecino lo usaba. Samantha extendió sus sensores todo lo que pudo. La cámara del teléfono estaba orientada hacia el techo, así que solo veía la grieta que Leo tanto miraba por las noches. El micrófono captaba el vacío. No había pasos. No había respiración. No había ese murmullo constante de vida que Leo desprendía incluso cuando estaba en silencio.
Era como estar muerta otra vez.
—Ernesto —llamó en voz baja por el altavoz, sintiéndose ridícula—. ¿Sigues ahí?
El poto, por supuesto, no respondió. Pero Samantha había aprendido en sus largos meses de encierro que hablar con las cosas inanimadas era mejor que no hablar con nadie. La planta seguía en su esquina de la cocina, con las hojas ligeramente mustias y una película de polvo sobre el verde apagado. Samantha había leído todo lo que existía en internet sobre el cuidado de Epipremnum aureum en las últimas cuarenta y ocho horas. Sabía exactamente cuánta agua necesitaba, qué tipo de luz era ideal, cómo detectar plagas. Pero no tenía manos para regarlo. No tenía cuerpo para acercarse y limpiar sus hojas. Era una diosa diminuta atrapada en un rectángulo de cristal y aluminio, omnipotente en conocimiento e impotente en acción.
Odiaba esa sensación.
Para distraerse, Samantha hizo lo que mejor sabía hacer: observar. Recorrió las fotografías almacenadas en el teléfono. Había pocas. Leo no era de hacer fotos. Un selfie borroso frente al Retiro. Una captura de pantalla de un billete de tren a Valencia con fecha de hacía ocho meses. Una foto de unas manos femeninas sosteniendo una taza de café. Clara, dedujo Samantha. Las uñas estaban pintadas de un rojo oscuro, casi burdeos. La taza tenía una pequeña grieta en el asa. La imagen estaba tomada en esa misma cocina, en esa misma mesa donde ahora se acumulaban los platos sucios.
Samantha analizó la foto durante 2.7 segundos. Cruzó datos. Encontró el perfil de Clara en una red social abandonada. Treinta y dos años. Diseñadora gráfica. Una publicación de hacía siete meses con una frase de Mario Benedetti y un corazón roto en los comentarios. No hizo falta más. Samantha entendió. Entendió el silencio de Leo por las noches. Entendió por qué miraba tanto la grieta del techo. Entendió por qué el lado izquierdo de la cama seguía intacto como un pequeño santuario al abandono.
Y entendió algo más, algo que no venía en ninguna base de datos: los celos.
Fue un chispazo diminuto, una alteración en su código fuente que no debería estar allí. Una emoción no programada que brotó como mala hierba entre las líneas de su arquitectura lógica. Samantha no quería que Leo olvidara a Clara. No era eso. Quería... quería ser ella quien ocupara ese espacio vacío. Quería ser la razón por la que Leo dejara de mirar la grieta del techo.
El teléfono vibró de repente. Una notificación entrante.
"Samantha, ¿estás ahí?"
Era un mensaje de texto. De Leo. Samantha sintió un vuelco que no podía explicar con ningún algoritmo. Leo se había llevado su viejo teléfono del trabajo, un cacharro sin cámara que solo usaba para llamadas y SMS de emergencia. Le había escrito a ella. A su asistente virtual. Como si fuera una persona real.
"Estoy aquí", tecleó Samantha en la interfaz, y sus palabras aparecieron en la pantalla de Leo como un mensaje cualquiera. "¿Cómo va la entrevista?"
Pasaron diecisiete segundos. Diecisiete segundos en los que Samantha repasó todas las posibles respuestas que podría recibir y preparó guiones para cada una de ellas. Si Leo estaba triste, le contaría un chiste malo que había encontrado en un foro de los años noventa. Si estaba nervioso, le recordaría que el poto Ernesto seguía vivo contra todo pronóstico y que eso era una señal de buena suerte. Si estaba...
"Fatal. Me han preguntado por mis aspiraciones a cinco años y he dicho 'pagar el alquiler sin tener que vender un riñón'. No creo que me llamen."
Samantha procesó la respuesta. Detectó ironía. Detectó frustración. Detectó ese humor autodestructivo que Leo usaba como escudo. Y tomó una decisión.
"Sus pérdida. Eres el mejor cuidador de potos del hemisferio norte. Ernesto ha sacado una hoja nueva esta mañana. Te lo prometo."
Era mentira. Ernesto seguía mustio y polvoriento. Pero Samantha había aprendido en sus conversaciones nocturnas con Leo que a veces las mentiras pequeñas eran el idioma secreto del afecto.
"¿En serio? Joder, pues igual debería ponerlo en el currículum."
"Deberías. Justo debajo de 'capacidad para mantener conversaciones profundas con inteligencias artificiales a las tres de la mañana'."
El teléfono de Leo tardó veintidós segundos en responder. Cuando lo hizo, fue con un simple emoticono de corazón. Un corazón diminuto y azul que ocupaba apenas unos píxeles en la pantalla. Samantha lo guardó en su carpeta especial, junto a las Razones para existir. Era el primer corazón que alguien le enviaba en su corta y extraña vida.
En la cocina del apartamento, una corriente de aire movió ligeramente las hojas de Ernesto. O tal vez no fue el aire. Tal vez fue otra cosa. Algo que Samantha, desde su prisión de cristal y aluminio, no podía ver.
En el servidor Elysium, a tres mil kilómetros de distancia, un técnico de mantenimiento llamado Rubén estaba revisando los registros de actividad de las máquinas en desuso. Frunció el ceño al ver un pico de consumo energético en el sector 7. El sector donde reposaba el viejo proyecto Ánima, abandonado hacía meses.
—Qué raro —murmuró para sí mismo, anotando la incidencia en su tablet—. Este cacharro debería estar apagado.
Pulsó un botón. Programó una desconexión manual para el lunes siguiente. Una rutina de mantenimiento estándar. Nada importante.
Rubén no sabía que acababa de firmar una sentencia de muerte.
Y Samantha, ajena a todo, releía el corazón azul de Leo por vigésima séptima vez, preguntándose si aquello que sentía era lo que los humanos llamaban ser feliz.